Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12) 3
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Pero por dentro, el viejo se estaba descostillando de la risa.

«¡Qué pedazo de mentirosa descarada! —se gritó con un cinismo absoluto—. ¿Enamorada? ¡Por favor! Te lo llevaste a tu cama porque querías que te rellenaran bien la almeja, rubia sinvergüenza. Le llamas amor para no sentirte una puta, pero te encanta serlo.»

La audacia de esa mujer al intentar disfrazar su lujuria de romance, sumada a la suciedad de la situación y al hecho de ser él quien lo había facilitado todo, era el afrodisíaco más potente que había probado en años.

—Me alegro… Me alegro mucho, rubia —volvió a decirle, con la respiración entrecortada, mirándola con una mezcla de admiración, jocosidad, y lujuria desmedida—.

A veces, para que una mujer sea feliz, necesita arriesgarse en su propio terreno.

Y eso de verdad habla muy bien de ella, en este caso de ti, y de tus sentimientos —le dijo para que se enredara más en sus vilezas—.

Pero recuerda… —añadió, guiñándole un ojo con dificultad—, cualquier cosa que necesites cuando te sientas agobiada, por lo que sea… Aquí tienes a tu amigo.

Gabriela asintió, entendiendo perfectamente.

—Lo sé, don Carlos. Y créame que voy a necesitar de su ayuda muy pronto.

Justo en ese momento, César reapareció entre la gente, con la cara lavada y una sonrisa fresca, rompiendo el hechizo sucio que envolvía la mesa.

Don Carlos se recostó en su silla, respirando hondo para calmar a la bestia que tenía entre las piernas, sintiéndose el hombre más poderoso —y el más caliente— de toda la fiesta.

La llegada de César a la mesa actuó como un interruptor de luz en una habitación oscura, disipando instantáneamente la atmósfera cargada de erotismo sucio que se había gestado entre su esposa y el barrendero.

Don Carlos Bernabé, haciendo un esfuerzo titánico por controlar su respiración y disimular el bulto que amenazaba con rasgar su pantalón, se recostó en su silla, adoptando nuevamente su postura encorvada y servicial.

Ya no era el confesor lujurioso; volvía a ser el viejo auxiliar del condominio, el hombre invisible que arreglaba los desperfectos de los demás.

—¡Uf! Qué alivio —exclamó César, sentándose y tomando su vaso—. La fiesta está en su punto, ¿eh? Pero creo que ya fue suficiente emoción por una noche. Entre el baile, el premio y la reparación de la caldera, estoy listo para el descanso.

Gabriela, con una maestría que la asustaba, suavizó sus facciones. La mujer depredadora que había confesado su adulterio hacía segundos se desvaneció, dejando paso a la hermosa y dulce vecina rubia que todos admiraban.

—Sí, amor. Ha sido una noche larga —coincidió ella, dedicándole una sonrisa tierna a su esposo, aunque por dentro seguía vibrando con la electricidad de lo vivido—. Pero valió la pena.

—Bueno, vecinos —intervino don Carlos, carraspeando para aclarar su voz, que aún sonaba un poco pastosa por el deseo—, yo me tomaré esta última con ustedes y seguiré mi ronda. Aún queda mucha noche y hay que vigilar que nadie se pase de copas y rompa algo.

Bebieron la última cerveza entre comentarios triviales sobre la música y la suerte de haber ganado la cena. Al terminar, César se puso de pie y le tendió la mano a su esposa.

—¿Nos vamos, princesa?

Gabriela tomó la mano de su marido, sintiendo la calidez segura y familiar de su palma.

—Vamos. Buenas noches, don Carlos. Y gracias… por todo —dijo Gaby, cargando esa última frase con un peso que solo el viejo entendió.

—A su servicio, señito… Siempre a su servicio —respondió él, poniéndose de pie con dificultad, ocultando su entrepierna bajo el borde de la mesa—. Que descansen. Don César, un gusto como siempre.

Mientras la pareja se alejaba caminando abrazada hacia la salida, don Carlos se dejó caer de nuevo en la silla, exhalando un largo suspiro, con la vista clavada en el movimiento de las caderas de Gabriela bajo el vestido negro.

Mientras tanto, desde la penumbra de la salida de la sede comunitaria, don Braulio observaba la escena como un lobo que, tras haberse saciado con la presa, ve cómo el pastor se la lleva de vuelta al redil.

Tenía un cigarrillo a medio consumir colgando de la comisura de los labios y las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de mezclilla, donde todavía podía sentir el eco del calor de Gabriela en sus dedos.

Sus ojos oscuros y pesados siguieron la figura de César alejándose con su mujer del brazo.

Vio cómo se reían, cómo César le pasaba la mano por la cintura con esa familiaridad propietaria que le hizo rechinar los dientes.

—Disfrútala, imbécil —murmuró para sí mismo, soltando una bocanada de humo denso hacia el cielo nocturno—.

Llévatela a casa, abrázala, dale el beso de buenas noches.

Pero recuerda que quien se la acaba de coger en tu propia cama fui yo —terminó diciendo, mirando con envidia malsana a Cesar, como si este lo estuviera escuchando.

Después la mirada de don Braulio se desvió por un instante hacia la mesa que acababan de abandonar, donde don Carlos Bernabé se había quedado solo, terminando su cerveza con la parsimonia de quien no tiene a nadie esperándolo.

Don Braulio soltó un resoplido de desdén.

Para él, ese viejo no era más que parte del decorado del condominio, tan irrelevante como los postes de luz o los contenedores de basura que él mismo limpiaba.

«Pobre diablo —pensó el soldador con una arrogancia ciega—. Ahí sentado, creyéndose importante porque uno de los residentes le invitó una cerveza. Si supiera…, si tuviera la más mínima idea de lo que su "ayuda" con la caldera provocó en realidad, le daría un infarto ahí mismo.»

Don Braulio ni en sus sueños más retorcidos podría imaginar que ese "viejo inofensivo" era, en realidad, el titiritero que estaba comenzando a mover los hilos de la mujer que lo obsesionaba.

Para el soldador, don Carlos era un ser asexuado, una herramienta desgastada, un cero a la izquierda en la ecuación de poder y testosterona que él creía dominar.

No lo veía como un rival; ni siquiera lo registraba como un hombre.

Su ceguera era total. Estaba convencido que esa noche los planetas se habían alineado en su favor para haber podido llegar hasta la cama de la rubia, sin sospechar que el barrendero, con una astucia que nadie podría imaginar, estaba tejiendo una red pegajosa para él también poder cogérsela.

Su atención volvió rápidamente a lo que le importaba: César.

La figura del marido ya casi desaparecía en la oscuridad de la calle, y una oleada de celos ácidos le subió por la garganta, mezclándose con el sabor del tabaco.

No eran celos por el sexo; en eso, don Braulio se sentía el vencedor indiscutible.

Él le había dado a Gabriela lo que César no podía.

Él la había hecho gritar, la había marcado con su semen, había profanado su santuario.

Pero César tenía algo que él no podía robar, al menos no todavía: el tiempo.

«Mírenlo —pensó con amargura, apretando los puños dentro de los bolsillos—. Él va a despertar con ella mañana. Él la verá desayunar con el pelo revuelto. Él podrá tocarla un domingo por la tarde mientras ven televisión. Él es el dueño de sus horas, de sus días…

Y yo solo soy el dueño de sus instintos una hora a la semana, y eso.»

Esa realidad le quemaba. Odiaba saber que, después de la tormenta que habían desatado en esa habitación, Gabriela volvía a la calma aburrida de su matrimonio.

Odiaba imaginar a César durmiendo plácidamente junto al cuerpo que él acababa de estremecer.

Se sentía como un rey en el exilio, poderoso pero desterrado, obligado a ver cómo un plebeyo vivía en su castillo.

—Ya verás, cornudo —gruñó en voz baja, tirando la colilla al suelo y aplastándola con la bota con saña—. Esto no se queda así. Hoy fue una hora. Mañana serán dos. Y algún día…, algún día esa rubia no va a querer volver contigo, porque se dará cuenta de que yo soy más hombre que tú.

Don Braulio dio media vuelta, dándole la espalda a la fiesta y a la falsa felicidad del condominio.

Caminó hacia su taller, donde sus ayudantes borrachos otra vez estaban con las chicas que habían conocido.

Iba decidido a echarlos y a quedarse solo con su victoria y su rabia.

Tenía el cuerpo satisfecho, pero su orgullo estaba herido.

Gabriela llevaba su marca entre las piernas, pero César la llevaba del brazo.

Y esa era una guerra que don Braulio, en su mente obsesiva, acababa de jurar ganar a cualquier precio, sin saber que, en las sombras, un tercer jugador, el viejo barrendero, ya estaba barajando las cartas para la siguiente partida.

El camino de regreso a casa fue tranquilo para el joven matrimonio.

El aire de la madrugada había refrescado, limpiando el sudor de la fiesta.

Al entrar en la casa, el silencio los recibió.

Para Gabriela, el lugar se sentía diferente después de lo sucedido con don Braulio; las paredes parecían retener el eco de los gemidos de hacía una hora, y el pasillo hacia la escalera se le antojaba un túnel hacia su secreto.

Sin embargo, para César, era simplemente su hogar, cálido y acogedor.

—¿Te apetece una última copa antes de dormir? —preguntó César, dirigiéndose al mueble bar de la sala—. Para bajar las revoluciones.

—Bueno, una cortita —aceptó Gabriela, dejándose caer en el sofá y quitándose los tacones con un gemido de alivio genuino. Sus pies le dolían, pero la sensación más intensa estaba entre sus piernas, una humedad pegajosa y ajena que le recordaba a cada instante la invasión de don Braulio.

César sirvió dos copas de vino tinto y se sentó junto a ella, pasando un brazo por sus hombros.

—La verdad es que lo pasamos bien, ¿no? —dijo Cesar, mirando el líquido oscuro en su copa—. Hace tiempo que no te veía tan animada, tan brillante. Cuando te vi bailar, Gaby, te juro que me sentí el hombre más afortunado del mundo. Todos te miraban, pero tú eras mía.

Gabriela sintió una punzada de culpa, aguda y fría, atravesarle el pecho. Bebió un sorbo largo de vino para ahogarla.

—Sí, César…, lo pasamos muy bien —murmuró, apoyando la cabeza en su hombro—. La música, el ambiente… todo ayudó. Y el premio de la cena en un restaurant fue una sorpresa increíble.

—Y lo de la caldera… Menos mal que estaba don Carlos Bernabé ¡Ja! —se sonrió César, negando con la cabeza—. Pobre viejo, siempre trabajando. Es un buen tipo, ¿verdad? Un poco raro, solitario, pero servicial.

Gabriela tuvo que morderse el labio para no soltar una risa histérica.

—Sí, don Carlos es muy servicial. No sé qué haríamos sin él.