2
Gabriela asintió, dejando que su marido la guiara de nuevo hacia el interior de la boca del lobo.
Cruzaron el umbral y el calor del salón, mezclado con el olor a cerveza, perfume y sudor, la envolvió como una manta húmeda.
La música de una salsa vibraba en el aire, y el bullicio de la gente la golpeó como una ola.
Y entonces, a lo lejos, cerca de una mesa donde descansaban botellas de cerveza y de otros tipos de trago, lo vio.
Gabriela vio que don Braulio no estaba solo; que estaba en compañía de sus dos ayudantes, que se reía de algo que le dijo uno de ellos.
Se fijó que se había cambiado la camisa por otra limpia, y su pelo estaba algo más arreglado.
Parecía un hombre satisfecho, un depredador que acaba de saciar su hambre.
Por un instante, sus miradas se encontraron a través de la multitud danzante.
Los ojos de don Braulio se posaron en ella, y en ellos no hubo el deseo animal de antes, sino una mirada de posesión tranquila, de conocimiento compartido.
Un ligero movimiento de cabeza, casi imperceptible, fue su saludo: "Eres mía", parecía decirle.
Gabriela sintió una descarga eléctrica recorrerle el cuerpo.
No era de culpa, sino de una mezcla de orgullo y terror.
Se apretó más contra el brazo de César, buscando en él el ancla de la normalidad, mientras su mente y su corazón seguían flotando en el espacio prohibido que compartía con el soldador.
—¿Qué tal, mi vida? ¿Una cerveza fría? —le preguntó César, llevándosela hacia la mesa donde don Carlos Bernabé los esperaba con las cervezas que acababa de recibir en la barra.
—Sí, por favor —susurró Gaby, sin quitarle los ojos de encima a don Braulio, que ya se había girado para seguir la conversación con sus ayudantes, como si nada.
Cuando Gabriela y César llegaron a la mesa, don Carlos Bernabé los esperaba como un monarca en su trono de plástico, con tres vasos de cerveza helada sudando sobre el mantel de hule.
La música de la fiesta retumbaba alrededor, pero en ese pequeño rincón, el aire parecía vibrar con una frecuencia diferente, una que solo captaban la rubia y el barrendero.
—¡Hombre, don Carlos! —exclamó César, dejándose caer en la silla con un suspiro de alivio, ajeno a todo—. ¡Nos salvó la vida! Con el calor que hacía en ese sótano, sentía que me deshidrataba.
—Para eso estamos los amigos, don César —respondió el viejo, empujando uno de los vasos hacia él y el otro hacia Gabriela.
Su voz era rasposa, amable, pero sus ojos, oscuros y hundidos en las cuencas, se clavaron en los de la rubia con la precisión de un francotirador—.
Tome, vecina. Se ve que usted también viene... “acalorada”. Necesita refrescarse.
Gabriela, sin tomar en cuenta el doble sentido del vejete, con eso de venir acalorada, tomó el vaso, sintiendo el frío del vidrio contra sus dedos, un contraste brutal con el calor que todavía le palpitaba entre las piernas.
Al llevarse el borde a los labios, sus ojos se encontraron con los de don Carlos por encima de la espuma.
No hizo falta decir una palabra. En ese cruce de miradas hubo una conversación telepática, eléctrica y sucia.
«¿Lo hiciste? —preguntaban los ojos burlones del viejo, brillando con una malicia triunfante.»
«Lo hice —respondieron los ojos azules de Gabriela, desafiantes, brillantes de una lujuria residual—. Y fue gracias a usted.»
Gabriela bebió un trago largo, dejando que el líquido amargo le bajara por la garganta, mientras don Carlos sonreía levemente, relamiéndose los labios como si pudiera saborear el secreto que ella traía pegado en la piel.
—¡Ah, qué maravilla! —dijo César, limpiándose la espuma del labio—. Oiga, don Carlos, ¿nadie está a cargo de la mantención del baño de mujeres? Gabriela me dijo que tuvo que ir a la casa un momento porque los baños de acá, aparte de llenos, estaban imposibles.
—Hizo bien, hizo bien… Seguro que la mocosa que dejamos a cargo debe andar bailando por ahí con algún espinillento…
—inventó el barrendero, sin dejar de mirar a Gabriela, escaneándola como si pudiera ver a través de su vestido negro—.
Además, a veces, los baños públicos no ofrecen la privacidad que una dama necesita para ciertos asuntos delicados. ¿No es así, señora Gaby?
—Exactamente, don Carlos —respondió ella, con una voz que sonó un poco más aguda de lo habitual, cruzando las piernas bajo la mesa y sintiendo el roce de su propia ropa interior, humedecida del semen pegajoso de don Braulio que seguía escurriendo hacia afuera—.
En casa una se siente más cómoda… Más dueña de su espacio.
La conversación fluyó trivial por unos minutos, hasta que la naturaleza llamó a César. La cerveza, sumada a los nervios de la reparación, hizo su efecto.
—Perdonen —dijo César, levantándose de golpe—. La cerveza me pasó la cuenta. Voy al baño y vuelvo enseguida. No se muevan.
—Vaya tranquilo, amigo. Aquí le cuidamos a la señora —dijo don Carlos, haciéndole un gesto magnánimo con la mano.
Apenas la espalda de César desapareció entre la multitud de bailarines, la atmósfera en la mesa cambió drásticamente.
El ruido de la fiesta pareció alejarse, creando una burbuja de silencio cómplice alrededor de ellos.
Don Carlos Bernabé se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y su máscara de colaborador servicial se deslizó un poco, dejando ver al depredador ansioso que habitaba debajo, pero no tanto como para que Gaby se diera cuenta.
—Se te ve… radiante, rubia —murmuró, bajando la voz a un tono confidencial, casi viscoso—. Parece que el "retoque" en tu casa fue muy efectivo. ¿Valió la pena la hora que te di?
Gabriela sostuvo su mirada, sintiendo una mezcla de vergüenza y una excitación perversa al poder compartirlo con alguien.
—No se imagina cuánto, don Carlos —susurró, jugueteando con la base de su vaso—. Digamos que… encontré justo lo que me faltaba —le dijo sin querer ser demasiado explicita, pero lo suficiente para que don Carlos entendiera de que sí, de que lo había hecho con don Braulio.
El viejo barrendero sintió un tirón violento en la entrepierna. Su mente, ágil y sucia, procesó la información al instante.
—Y…, dígame, ¿dónde sucedió todo? —preguntó, arrastrando las palabras, haciéndose el consejero preocupado—. Porque me pareció ver que los lugares habituales estaban ocupados, todos con mucha luz, con los baños ocupados y todo eso… Si se puede saber, claro.
Gabriela se quedó mirándolo con una sonrisa de medio lado, cargada de intención. Se inclinó también, acortando la distancia entre sus rostros.
—Pues… tuve que improvisar, don Carlos —dijo, mirándolo fijamente—. No había lugar en ninguna parte… Su taller ya estaba ocupado por sus ayudantes y unas chicas. Así que decidí que no había mejor lugar que en mi casa.
—¿¡En tu casa, rubia!? ¿¡De verdad!?
—Sí, en mi casa. —Gabriela se lo pensó por unos cuantos segundos, pero sintió que no debía tener secretos con don Carlos, por todo lo que estaba ocurriendo, si inclusive ya hasta la había visto teniendo relaciones con don Braulio, y se la soltó—. Fue en mi habitación… No tuve más alternativa.
La revelación golpeó a don Carlos como un martillazo en la trompa con el que le destrozaban los pocos dientes amarillentos que le quedaban.
«¡Entonces fue en su cama! —gritó su mente—. ¡Se llevó al soldador a la cama del cornudo de César!»
La imagen mental fue instantánea y devastadora: Gabriela abierta de piernas sobre la colcha matrimonial, siendo embestida por don Braulio, gimiendo y ensuciando las sábanas de su marido, todo mientras él, don Carlos, mantenía al esposo ocupado con una mentira.
La erección que le provocó ese pensamiento fue tan brutal y repentina que tuvo que apretar los dientes para no soltar un gemido.
Su verga, vieja pero todavía funcional para el vicio, se le puso dura como una piedra, palpitando furiosa contra la tela gastada de su pantalón, amenazando con reventarle la cremallera.
—¿En… En tu propia habitación matrimonial?
—repitió el viejo, con la voz estrangulada, tratando de mantener la compostura mientras sentía que la sangre se le agolpaba en la cabeza y en la bragueta—.
Vaya… Eso sí que es… aprovechar bien la comodidad del hogar.
Me imagino que el "trabajo" quedó bien hecho, entonces.
—Impecable —confirmó Gabriela, tomando otro sorbo de cerveza, disfrutando del efecto que sus palabras tenían en el viejo—. Fue… profundo. Muy intenso. De esos arreglos que a una le dejan las piernas temblando, don Carlos.
Entonces, Gabriela bajó la mirada hacia su vaso, adoptando una expresión repentinamente solemne, casi angelical, tratando de limpiar con palabras la suciedad de sus actos.
—Pero, don Carlos, no vaya a creer que fue solo un infame desliz —dijo con voz suave, buscando comprensión en los ojos del viejo—.
Lo llevé a mi casa porque… porque yo estoy enamorada de él.
De verdad. Siento por don Braulio lo mismo que siento por César.
Son amores distintos, pero igual de fuertes.
No podía llevarlo a un rincón sucio o dejar que me llevara a un motel barato.
Él merece estar en mi espacio, en mi intimidad, porque es parte de mi corazón tanto como mi marido.
Don Carlos Bernabé tuvo que llevarse una mano al regazo por debajo de la mesa para acomodarse el bulto doloroso que le había crecido, mientras asentía con una gravedad fingida, poniendo cara de consejero comprensivo.
—Claro, rubia, se entiende… El corazón es grande y misterioso —murmuró.