Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12) 1
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Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12)

Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12)

Por Roger David

© inepub.com

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La pregunta de César, "¿Te portaste bien?"

, flotó en el aire nocturno como una pluma de plomo, una broma inocente que para Gabriela marcó la frontera invisible de su doble vida.

Por un instante, el tiempo se detuvo. El mundo se redujo a la sonrisa radiante de su esposo, al calor de su abrazo, y al eco de sus propias palabras resonando en su conciencia: “¿Te portaste bien?”

Lo que sintió fue un remolino vertiginoso.

Una ola de culpa tan helada y profunda que casi la hizo tambalearse, y más por lo agotada que se sentía después del combate corporal que se había mandado hace pocos minutos con don Braulio en su propia casa.

La respuesta era un grito en su alma: “¡No! ¡No me porté bien! ¡Me porté como la peor de las traidoras!”

Pero, de forma simultánea y aterradora, una oleada de poder la electrificó.

El hecho de estar allí, en sus brazos, con el sabor del soldador aún en su piel y el rastro de su semen secándose en el interior de los muslos, era el acto de rebeldía más excitante que jamás había cometido.

Se sintió una diosa y una pordiosera, una esposa y una ramera, todo al mismo tiempo, y en el mismo cuerpo tembloroso.

Y en medio de ese caos, la socarrona mirada de don Carlos Bernabé, su cómplice, a solo un par de metros, fue el ancla que le impidió desmoronarse. No estaba sola en su traición.

Con una respiración que apenas logró controlar, Gabriela separó su cuerpo del de César lo justo para mirarlo a los ojos. Su sonrisa no era la misma de antes; era una sonrisa nueva, más brillante, más peligrosa, cargada con el secreto que solo ella y el viejo barrendero compartían.

—¿Portarme bien? —repitió, con una voz que sonaba sedosa y un poco traviesa—.

Pues... para ser una buena esposa, creo que estuve un poco aburrida, la verdad.

Pero para ser una mala mujer... —hizo una pausa, dejando que la insinuación flotara en el aire como un perfume—. Creo que me porté de maravilla.

César soltó una carcajada, completamente engañado por el juego que creía puramente coqueto. Le dio un pellizco en la cadera.

—¡Ay, Gaby! Siempre de tan buen humor. Bueno, me alegra que al menos no te hayas aburrido del todo.

Aun así, el aire fresco de la noche fue un golpe para Gabriela, un shock de realidad que la hizo temblar en los brazos de su marido, sobre todo después de su mentira.

Por un instante, el mundo fuera de la fiesta pareció demasiado real, demasiado peligroso.

El sudor se secaba en su piel, el maquillaje debía estar corrido, y el olor a sexo, a don Braulio, era un aura invisible que temía que todos pudieran oler.

Pero cuando César la apretó contra sí, con una sonrisa de puro afecto, el instinto de supervivencia se activó.

—¿Entonces, mi vida? ¿De dónde vienes? ¿Por qué no estás en la fiesta? —volvió a preguntarle César con su voz libre de cualquier sospecha.

Gabriela levantó la vista hacia él, y en ese momento, se convirtió en la actriz de su propia vida. Otra nueva mentira brotó de sus labios, suave, natural, perfecta.

—Ay, amor, los baños estaban un desastre. Todos ocupados, con filas... No aguantaba. Solo corrí a la casa un momento a retocarme el maquillaje y a lavarme las manos. No sabes el alivio.

Mientras las palabras salían, sus ojos, como por una fuerza magnética irreprimible, volvieron a dar con los ojos de don Carlos Bernabé. El viejo barrendero la miraba fijamente, sonriéndole, asintiendo; en sus ojos oscuros no había juicio, sino una chispa de burla y triunfo.

Y sí, una sonrisa torcida se dibujó en la arrugada boca de don Carlos, un gesto que decía: "Yo sé la verdad. Yo sé de dónde vienes realmente".

Pero el pánico que Gabriela esperó sentir no llegó.

En su lugar, esa extraña sensación de poder volvió a recorrerla.

Le devolvió la sonrisa, pero la suya fue de pura y osada complicidad.

Eran cómplices. Él era el arquitecto de su traición y, paradójicamente, su único aliado.

Don Carlos pareció entender su mensaje. Se acercó a ellos con su paso de viejo cansado, pero con los ojos vivos y alertas.

—Señora Gabriela, que bueno verla de nuevo —saludó, poniendo una mano en el hombro de César—. Ya está todo arreglado en la sala de calderas. Mañana todo el condominio tendrá agua caliente gracias a su marido.

Gabriela escuchó las palabras de don Carlos y sintió cómo una burbuja de risa nerviosa y oscura le subía por la garganta.

“Agua caliente”, había dicho el viejo. La ironía era tan espesa y descarada que casi se podía tocar.

Ella sabía perfectamente que la única temperatura que había subido drásticamente en esa última hora no tenía nada que ver con las tuberías del condominio, sino con el fuego que don Braulio le había encendido entre las piernas en su propia cama matrimonial; un incendio que César,

en su inocencia útil, había facilitado al irse con don Carlos.

Lejos de sentirse ofendida por la burla velada hacia su esposo, Gabriela sintió un escalofrío de placer prohibido recorrerle la espalda.

La audacia de don Carlos la fascinaba. Al mirarlo a los ojos, notó ese brillo burlón y entendió perfectamente el subtexto sucio de su comentario.

Se mordió el labio inferior, no por vergüenza, sino para contener una sonrisa que habría sido demasiado reveladora para cualquiera.

Apretó el brazo de César con una fuerza que su marido interpretó como orgullo, pero que en realidad era la tensión eléctrica de compartir un secreto devastador en público.

—Es verdad —dijo Gabriela, con la voz un poco más ronca de lo normal, sosteniendo la mirada del barrendero con un descaro nuevo—. César es muy… eficiente. Y siempre está dispuesto a cooperar.

Gabriela vio cómo las pupilas de don Carlos se dilataban al captar su respuesta. Él sabía… Sabía que ella acababa de concretar con don Braulio y estaba disfrutando del juego tanto como ella.

—Así es, señito… Así es… —respondió el viejo, con una reverencia burlona—. Y don Cesar hoy estuvo a la altura para que todo funcionara.

—Para eso estamos los vecinos, don Carlos —respondió César, orgulloso de su buena obra.

—Y por eso mismo, les debo una cerveza. O dos… —devolvió don Carlos Bernabé en el acto—. Vengan, vamos a tomar algo. La fiesta sigue y no podemos quedarnos parados aquí en la puerta como guardianes.

César aceptó con una alegría genuina.

—¡Excelente idea! Vamos, mi amor. Necesitamos refrescarnos.