Gabriela TP, Capítulo XII (Gabriela, Torbellino de Pasiones nº 12) 7
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El viejo se acomodó en el sofá, acercándose unos centímetros imperceptibles hacia ella, con la excusa de "ver mejor la pantalla".

—Con su permiso, Gabita, no quiero perderme detalle.

Y así, mientras en la pantalla los protagonistas sufrían por amores imposibles y traiciones melodramáticas, en la sala de estar de Gabriela se desarrollaba una escena mucho más tensa.

Ella, absorta en la trama, comentaba en voz alta las desgracias de la heroína, gesticulando y moviéndose, ajena a todo.

Él, fingiendo mirar el televisor, tenía la vista periférica clavada en el perfil de Gabriela, en cómo su pecho subía y bajaba con la emoción, en el aroma a mujer limpia y prohibida que lo envolvía.

Estaba sentado junto a ella, compartiendo su intimidad, su tiempo y su novela.

No la estaba tocando, no todavía, pero sentía que ya la tenía en sus manos.

—¡Mire, mire lo que le dijo! —exclamó Gabriela, indignada con el villano de la tele, tocando el brazo de don Carlos en un gesto espontáneo de camaradería.

El contacto quemó la piel del viejo a través de la camisa.

—Terrible, terrible —murmuró él, con la garganta seca, pensando que no había villano en esa pantalla que se comparara con el plan que él estaba ejecutando en ese preciso momento.

El capítulo de "Pasión Oculta" terminó con un punto de máxima tensión dramática que dejó a Gabriela con la boca abierta y a don Carlos con el corazón acelerado, aunque por razones muy distintas.

La luz del atardecer ya se había extinguido, dejando la sala sumida en una penumbra acogedora iluminada solo por el resplandor del televisor y una lámpara de pie.

Don Carlos miró el reloj de pared. Las nueve de la noche. Aún faltaba un par de horas para que llegara César, pero sabía que estirar más la cuerda podía romperla. La prudencia era su mejor aliada.

—Bueno, rubia —dijo el viejo, poniéndose de pie con un crujido de rodillas fingido para dar lástima y ternura a la vez—. Creo que ya he abusado bastante de tu hospitalidad. No quiero que se te haga tarde con tus cosas.

Gabriela se levantó también, alisándose el vestido con las manos, un gesto que hizo que la tela se pegara a sus muslos una última vez para tortura del barrendero.

—Para nada, don Carlos. Ha sido una tarde muy agradable. De verdad. Me sentía un poco sola y su compañía me vino de maravilla. Además, ¡qué bueno tener con quién comentar la novela! César odia estas cosas.

Caminaron juntos hacia la puerta de entrada.

Don Carlos iba con la cabeza baja, ocultando la erección persistente que le había durado más de tres horas y el dolor sordo en los testículos por la contención.

Se sentía como un volcán tapado con un corcho.

Quería agarrarla allí mismo, empujarla contra el muro y besarla hasta dejarla sin aliento, pero se contuvo.

—Gracias por el té, Gabita. Estaba delicioso. Y las galletas, un manjar —dijo él, abriendo la puerta—. Que tengas buena noche. Y recuerda, cualquier cosa, yo ando cerca.

Abrió la puerta y el aire frío de la noche entró en la casa. Estaba a punto de cruzar el umbral, resignado a volver a su soledad, cuando la voz de Gabriela lo detuvo.

—Don Carlos…

El viejo se giró, con la esperanza encendiéndose de nuevo en sus ojos.

—¿Dime?

Gabriela se mordió el labio, dudando un segundo. No sabía por qué lo iba a decir. No sentía atracción por él, no de esa manera. Pero se sentía tan… comprendida. Tan segura. Y la soledad de su casa se le hacía insoportable cuando no estaba con don Braulio.

—Mañana… —empezó ella, con una timidez repentina—. Mañana dan otro capítulo. Y César sigue en el turno de tarde toda la semana. Si… Si no tiene nada que hacer, podría venir de nuevo, a la misma hora, para que veamos la teleserie juntos. ¿Quiere?

El mundo de don Carlos Bernabé estalló en fuegos artificiales silencios.

—¿De… De verdad? —tartamudeó, esta vez sin fingir—. ¿No te molesta?

—Claro que no. Lo espero a las cinco.

—Aquí estaré, rubia. Sin falta. No me lo pierdo por nada del mundo.

El viejo salió de la casa flotando. Apenas la puerta se cerró a sus espaldas y escuchó el clic del cerrojo, soltó el aire que había estado conteniendo.

Caminó rápido hacia su cuartucho, casi corriendo, impulsado por una mezcla de adrenalina, lujuria y dolor físico.

Al llegar a su habitación, cerró con llave y se quedó de pie al medio de aquel espacio.

Estaba con su rostro ajado en alerta con todos los músculos tensados, respirando agitadamente, y preso de lujuria.

Se llevó las manos a la cabeza, riendo y gimiendo al mismo tiempo.

—¡Mañana! ¡Me invitó para mañana! —susurró en la oscuridad—. ¡Me invitó!

Se sentía físicamente enfermo de deseo. Le dolía el cuerpo de tanto desearla y no tocarla.

Se quitó los pantalones con desesperación y se tiró en su catre miserable, liberando su miembro erecto y palpitante.

Se masturbó con una furia ciega, visualizando cada detalle del vestido durazno, el olor de su perfume, la curva de sus rodillas, gritando su nombre en silencio.

Pero, cuando sintió que se iba a correr profuso, se apretó la verga casi despescuezándosela, prometiéndose que pronto, muy pronto, toda esa leche acumulada en sus testículos se iba a derramar al interior de ese poderoso cuerpo dorado.

Mientras tanto, en su casa, Gabriela recogía las tazas de la mesa de centro con una extraña sensación de ligereza. Tarareaba la canción de la teleserie mientras lavaba la loza. Se sentía bien. Acompañada. Validada.

No tenía idea de que acababa de invitar al lobo a cenar.

Se sentía animada, coqueta, viva. Subió a su habitación, se lavó las manos y se miró al espejo de nuevo, sonriendo.

Pensó en don Braulio y en cuándo podría verlo, pero, curiosamente, esa noche, con su marido a un lado suyo, se durmió pensando en qué podría comprar para acompañar el té de mañana con su nuevo "mejor amigo" viendo la teleserie.

FIN CAPÍTULO 12.