Capítulo 60
Meryn
El cuerpo decapitado de Killian se inclina hacia un lado y luego se desploma en el suelo. Un humo extraño, azulado, brota de su cuello sangrante y, por un instante, vuelvo a ver ese destello de ojos azules: la inquietante mirada de Alistair. Después desaparece.
Respiro hondo y me aferro a mis sombras con todas mis fuerzas para contener su caos y disipar rápidamente la magia a nuestro alrededor antes de soltarlo todo y caer de rodillas sobre la tierra empapada de sangre. Me hundo en el suelo, vacía, agotada.
De pronto, el ambiente es brillante y soleado.
El cielo es claro y azul, como si todo lo que acaba de suceder solo hubiera sido un sueño.
Lo observo, aturdida, y durante unos segundos mi mente está libre de dolor, del clamor de las voces y del zumbido y el tirón de la magia.
El color es demasiado puro, el azul demasiado vibrante. Es como si me estuviera limpiando.
Entonces el dolor regresa de golpe. «Anassa».
Me arrastro hacia ella y la inspecciono sin parar. Está débil, pero viva. Le sube y le baja el pecho con cada respiración. Llorando, me dejo caer sobre su costado.
—No te vas a librar de mí aún —susurro.
Me quito la chaqueta y la presiono contra su herida, aunque por suerte ahora se reduce a un hilo de sangre.
Los aullidos de los huargos por todo el campamento me devuelven al presente. Stark y Cratos recuperan el control sobre ellos, aprovechando el caos causado por la muerte de Killian y el fin del poder de la Lágrima de la coerción.
Me hormiguea la muñeca en la que llevo el brazalete de compromiso. Levanto el brazo y observo con asombro cómo el metal se afloja y el brillo rojo del rubí se apaga y adquiere el de una gema normal, inerte.
Como si siempre hubiera estado ahí, aparece una unión en el metal, una finísima línea negra que lo mantiene unido con un simple cierre.
Con ganas de llorar, toco el cierre con cuidado y lo abro con la uña.
El brazalete se abre y queda suspendido en mi muñeca durante un último instante. Y cae al barro.
Un gesto mínimo. Un trozo de metal insignificante. Siento el cuerpo más ligero. Me estremezco al notar una ligera calidez a mi lado. No necesita hablar. Mi cuerpo lo reconoce.
Me giro y veo a Stark agachado junto a mí. Me lanzo hacia él y me estrecha entre sus brazos con fuerza, con tanta que acabo sobre su regazo, con el rostro en su cuello y su pulso latiéndome contra los labios.
Cratos se ha ido directamente junto a Anassa y se inclina hacia ella para lamerle la cara.
—Stark, ¿Cratos sabe si…?
—Se pondrá bien —confirma—, pero la herida es grave. Necesita tiempo y descanso para recuperarse.
Exhalo y siento cómo me quito otro peso de encima.
Sus brazos a mi alrededor son un ancla. Esto es real. Por fin me he librado de Killian.
Ninguno de los dos necesita palabras. Lo que sea que venga después…, soy libre.
Me resbalan las lágrimas por las mejillas hasta caer sobre el hombro de Stark. Cierro los ojos con fuerza para bloquearlo todo excepto la presión de su cuerpo contra el mío, su pecho cálido y firme, su abrazo —su amor— más fuerte que cualquier cosa que haya conocido.
—Meryn —dice Noemi con voz temblorosa.
Me separo de Stark y la miro. Está sonriendo, pero percibo un dolor persistente en su mirada. Cuando le tiendo la mano, el alivio lo sustituye. La acerco a mí y también la abrazo, esperando que el gesto le transmita algo de la fuerza que Stark acaba de darme.
—Lo siento mucho —dice con un sollozo. Sostiene entre nosotras el anillo que le quitó a Killian.
Lo tomo y lo alzo bajo este sol nuevo. El ópalo brilla con una inocencia engañosa. No debería ser tan hermoso.
—No tienes que disculparte, Noemi. Él también me controlaba a mí. Nada de lo que hiciste fue culpa tuya.
Noemi traga saliva, con los ojos llenos de lágrimas, y al final asiente.
—¿Qué vas a hacer con el anillo? ¿Con todo esto? —pregunta.
Lo aprieto con fuerza antes de guardarlo en la bolsa donde llevaba las otras Lágrimas. Con cansancio, me acerco al cuerpo de Killian y recojo las que me había quitado, que han quedado esparcidas a su alrededor.
—Nadie debería tener el poder de imponer adoración —digo, negando con la cabeza—. ¿La capacidad de manipular a tanta gente? ¿De doblegar sus mentes a tu antojo? Nadie en el mundo debería tener ese poder.
—¿Y el resto? —pregunta al señalar las otras gemas.
El agotamiento me invade al pensar en todo lo que hay que hacer.
—Tengo que devolverle a Lucien sus dos Lágrimas en Astreona. Y las demás…, hay una parte de mí que quiere coger las tres gemas que hemos encontrado y destruirlas o enterrarlas en algún lugar remoto donde nunca puedan ser halladas.
Noemi asiente, pero la expresión de Stark se tensa y se ensombrece.
—¿No estás de acuerdo? —le pregunto.
—Estoy de acuerdo con lo que decidas. Tú mandas.
La respuesta me deja un mal sabor de boca, pero no tengo tiempo para indagar más. El campamento de guerra de Killian vuelve a la vida. Los que estaban bajo su magia recobran la consciencia y se tambalean hacia la luz en busca de respuestas.
Mientras Stark me ayuda a ponerme en pie, les hago la pregunta, aunque ya conozco la respuesta.
—¿Tormun?
—Estaba bajo el control de Killian —responde Stark—. Pero, aun así, no se iba a dejar someter. Cratos y yo hicimos lo que creímos que era necesario.
Entonces está muerto. La manada Phylax se ha quedado sin alfa.
Un estruendo sacude el campamento. Reconocería ese sonido en cualquier parte: decenas de lobos corriendo juntos, patas golpeando la tierra y mentes rebosantes de esperanza.
Los vinculados descienden por las colinas que conducen a Caída Floral. Egith lidera la marcha, con los hombros erguidos y la cabeza en alto. Dejo escapar un pequeño grito de victoria y avanzo tambaleándome. Al rato, se encuentran ante nosotros, y alzo una mano hacia su huargo, Sofos.
—Anassa está herida —digo, aunque las palabras son innecesarias; Sofos ya lo habrá sentido. Egith desmonta de un salto y Sofos corre hacia Anassa—. Me alegro de que estés a salvo. De que todos estéis a salvo —añado con la voz rota por el cansancio.
—Gracias por llegar a tiempo —responde—.
Por detenerlo. —Respira hondo—. Caída Floral ha sido leal, tanto a ti como a todos los vinculados, pero no habríamos podido resistir su ataque.
Venid a la ciudad con nosotros. Atenderemos a Anassa de inmediato y podréis alojaros en la mansión de lord Caída Floral.
Le dedico una sonrisa.
—Gracias, alfa.
Egith inclina la cabeza. Varios de sus jinetes trabajan junto a sus lobos para vendar bien la herida de Anassa. Su propia magia curativa ya está haciendo efecto, por lo que se le empieza a estabilizar la respiración.
Miro a mi alrededor y sé que tengo que decirle algo a la gente de Killian.
Por muchas ganas que tenga de huir a Caída Floral, de cuidar a mi huargo y de caer en un ligero coma, tengo que asegurarme de que sepan que no soy igual.
Que no soy como él. Así que doy un paso al frente para alejarme del caos de lobos y jinetes recién llegados, y hablo en voz alta y con claridad.
—Sé que muchos de vosotros estabais bajo una influencia que no podíais resistir, y lo entiendo. No seréis castigados, porque no teníais libre albedrío. Pero tenemos mucho que reconstruir juntos y llevará tiempo que volvamos a confiar los unos en los otros. Lo sé.
Los jinetes Phylax que se encuentran más cerca de mí se mueven en el sitio con incomodidad, mirándose entre ellos. Pero me escuchan.
—A partir de ahora, seremos más fuertes que nunca. Si no creéis que podáis llegar a confiar en mí y no queréis formar parte de la manada que estamos construyendo aquí, marchaos ahora. No iré tras vosotros —les digo.
Cuando me vuelvo hacia Egith, veo que los lobos y los jinetes leales han improvisado una camilla con tela de tiendas y postes y han colocado a Anassa sobre ella. Cratos, Ephyse y otros dos lobos cuyos nombres desconozco sujetan los extremos de los postes con los dientes. La imagen me infunde valor.
Le dedico a Egith una sonrisa tensa.
—Guíanos.
Un par de horas después, estoy de pie en el centro de la enorme habitación que los hospitalarios nobles de Caída Floral nos cedieron a Stark y a mí. Su gratitud se refleja en una lámpara de araña reluciente, un armario lleno de ropa elegante y una cama enorme que me está dando muchas ideas.
Incluso nos proporcionaron un gran lecho de mantas y pieles para que Anassa se encuentre más cómoda mientras se recupera.
Miro a mi huargo con cariño mientras la observo dormir. El médico del castillo confirmó que se trataba de una herida limpia y que curaba bien. Mueve un poco las patas traseras en sueños. Cratos permanece tumbado a su lado para mantenerla caliente y a salvo.
Avivo el fuego y observo cómo saltan chispas de la madera. Hay algo en la simplicidad de dar vida a la chimenea que me ayuda a calmarme después de todo lo ocurrido.
Unos golpes en la puerta me sacan de mi ensimismamiento y me levanto para ir a abrir. Cuando lo hago, me quedo paralizada.
—Oh.
Ruby está de pie frente a mí.
—¿Interrumpo…?
Ni siquiera termina la pregunta antes de que me aparte para dejarla pasar.
—Me alegra que hayas sobrevivido —le digo cuando entra—. Creo que tanto Lucien como mi padre me cortarían la cabeza si no lo hubieras hecho, y me gusta bastante seguir teniéndola.
Ruby sonríe con ironía. Está claro que no se siente del todo cómoda aquí, en mis aposentos.
—¿Fredrich estaba bien cuando os fuisteis?
Me acerco al fuego y me cruzo de brazos. Ella me observa con atención.
—Sí. Te echa mucho de menos, pero está cuidando de mi hermana. ¿Has estado en contacto con él? —Creo que pueden comunicarse mentalmente a través de su vínculo señorial. Se me tensan los hombros mientras espero noticias de mi hermana.
Se une a mí frente a las llamas, que le iluminan los ojos de una forma preciosa.
—Así es. Dice que Saela se está adaptando muy bien en Brilloscuro.
Han estado recorriendo la ciudad…, él intenta alimentar su curiosidad lo máximo posible.
Le gustaría…, bueno, le gustaría inscribirla en una escuela, con vuestro permiso, claro.
Al menos, por ahora, hasta que toméis una decisión definitiva sobre su situación.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Una escuela. Creía que esa clase de futuro ya no era posible para Saela. Por lo menos, en Nocturna; incluso aunque haya acabado la guerra, no me imagino una clase llena de nocturnianos recibiendo a una sifón con los brazos abiertos.
Pero en Astreona…
—Me parece bien —respondo con un nudo en la garganta. No quiero pensar en su situación a largo plazo , todavía no…, es demasiado doloroso—. ¿Qué pasará cuando regreses a Astreona?
Ruby clava la mirada en la luz de las llamas, y la tensión se le refleja cada vez más en la frente. Cuando habla, suena segura.
—No quiero interponerme en su relación. Si necesita que les dé espacio, lo haré. Sin embargo, si ella quisiera conocerme, a mí también me gustaría.
Sus palabras hacen que sienta una opresión en el pecho, y aparto la mirada antes de que pueda ver el brillo de mis ojos reflejado en el fuego.
—Mi padre y tú… —Se me forma un nudo en la garganta. Todavía me cuesta verlo con otra mujer—. Para mí ha sido muy duro aceptar que sigue vivo después de todo este tiempo. Pero me alegro de que esté aquí. Me alegro de que él y Saela puedan tener una relación. Gracias por salvarlo.
Da un paso hacia mí con los brazos extendidos, pero yo levanto la mano.
—Puede que esté agradecida, pero creo que tú y yo todavía no estamos en el punto de darnos abrazos.
Ruby se ríe e inclina la cabeza.
—¿Todavía? —Un silencio incómodo se instala entre nosotras antes de que se compadezca de mí—. Hablaremos más tarde, ¿de acuerdo?
Asiento, y cuando cierra la puerta al salir, me deja sumida en un silencio agradable y crepitante. Con un suspiro, me dirijo hacia el baño. Lo que me encuentro allí me alivia el dolor de cabeza y me calma la tensión de los músculos.
Stark se apoya en el borde de la enorme bañera con una leve sonrisa en los labios. Levanta una esponja y me mira de arriba abajo.
—¿Un baño, mi reina?
Sonrío y me acerco a él.
—¿Lo has preparado tú, alfa?
Se incorpora.
—Me pareció que te lo habías ganado. No me obligarás a tener que perseguirte otra vez, ¿no?
Guío sus manos hasta mis caderas y él se inclina hacia mí. De inmediato las desliza por mi espalda, mete una bajo mi camisa y me acaricia la columna con los dedos. Suspiro y me apoyo contra su pecho.
—Hoy ya no me quedan fuerzas. Soy toda tuya, Stark.
Su risa me roza el cuello antes de besármelo. La esponja me acaricia la parte baja de la espalda, seca pero suave y llena de promesas. La barba incipiente de Stark me raspa la palma cuando guío su boca hacia la mía. Empieza a desabrocharme la ropa mientras me besa lentamente.
Estoy agotada, pero me siento más ligera que nunca desde que reclamé el trono, o quizá incluso desde que se llevaron a mi hermana. Sí, el futuro se abre ante mí como un océano, pero ya no estoy anclada por una oscuridad en mi muñeca. Puedo moverme. Puedo respirar.
Esta noche, puedo dejarme llevar por la sensación de las caderas de Stark al encontrarse con las mías, su mano alrededor de mi pecho, sus dientes atrapando mi labio.
Esta noche, puedo empaparme de la luz y trazar un nuevo rumbo.
Esta noche, lo tengo a él , y cuando me levanta sin esfuerzo y entra conmigo en la bañera, nada más importa.