Capítulo 59 #2
A lo lejos oigo los sonidos que lo rodean: dos docenas o más de jinetes Phylax, gruñen mientras mantienen la barrera en alto.
Las burlas de Tormun, promesas de violencia.
El sonido áspero de la respiración de Stark cuando reúne su poder para lanzar otro golpe contra su prisión mágica.
«¿Noemi? —la llamo—. ¿Estás bien?».
«Estoy bien —responde para mi alivio—. Logré escapar antes de que emboscaran a Valstark. Estoy intentando encontrar una forma de ayudarle».
Comparto la información con Stark y luego abro los ojos al darme cuenta de que los había cerrado.
La magia que nos envuelve hace que el mundo sea inquietantemente similar al reino de sombras de mis sueños, y durante medio segundo me siento desorientada. Trago saliva. No sé cuánto tiempo he dejado de prestarle atención a Killian.
El corazón me va a mil. Se está yendo todo a la mierda.
Parpadeo de nuevo y por fin logro enfocar a Killian.
Él me observa, y cuando ve que he salido de mi ensimismamiento, se echa a reír.
El sonido hace que se me hiele la sangre; el frío me cala hasta los huesos.
—¿Hablando con tu mascota alfa? —ronronea antes de reírse más fuerte—. Tranquila, lo mantendremos con vida. Tormun tiene planes para él.
Gruño y me enfundo toda mi rabia como una manta a la vez que preparo a mis sombras para atacar.
«Se acabó el juego», me dice Anassa, con los músculos tensos, listos para la acción.
«Bien dicho», respondo. Mis propios músculos se tensan mientras absorbo más y más poder.
—¿De verdad creías que Alistair y yo no nos daríamos cuenta de tus trucos, Meryn?
Por favor. —Le brillan los ojos con locura—.
En cuanto vi a la puta de mi padre merodeando por mi campamento, supe que habías venido para traicionarme.
—Ladea la cabeza—. Me decepciona que consideraras oportuno alimentarme con mentiras, pero no te preocupes, gatita.
Sé qué hacer con una bocaza como la tuya —dice con un afecto pervertido.
Se me revuelve el estómago. Puto cerdo de mierda.
—Ahora entrégame las Lágrimas antes de que le diga a mi gente que ejecute a ese alfa soberano de pacotilla.
La furia se me acumula en el cuerpo, profunda y potente, como un lago de fuego negro. Estoy lista para reducir a este cabronazo a cenizas.
—¡Ni se te ocurra tocarlo, hijo de puta!
Las palabras apenas han salido de mi boca cuando mi poder se alza como un enorme semental, enrollándose y estrellándose contra la cabeza de Killian.
Pero sus sombras también han regresado a sus manos, por lo que desvía el golpe con facilidad y crea un escudo con mi poder robado.
Las sombras chocan y rebotan contra el muro que hemos formado a nuestro alrededor hasta que este cede. La gente de Killian grita y corre mientras látigos de oscuridad aplastan tiendas y derriban estructuras.
Enfurecida, absorbo más y más poder. Aprieto el puño alrededor de la corona de Astreona, y las coronas, ambas amplificadores sumamente poderosos, duplican y rebotan la magia.
Nunca he usado el tuercesombras con ambas coronas a mi disposición. Estoy borracha de poder, su torrente embriagador me llena tanto que me oscurece la visión.
Con un manotazo violento, lanzo el poder hacia Killian como un rayo mortal.
Pero él extiende los brazos y recibe la lanza de sombra como a una amante. La enorme lanza negra se deshace al llegar a él, fluye alrededor de sus brazos y le baja por el torso. El exceso de poder se derrama en el suelo bajo sus pies.
«Mierda. Mis ataques no sirven de nada, lo único que consigo es que aumente su poder».
Anassa tiene las orejas hacia atrás y las patas plantadas en el suelo con firmeza. Me mantiene estable mientras las salvajes cuerdas de sombra nos azotan a ambas y se levanta un viento extraño.
«¡Pues prueba otra cosa!», me ordena, y eso hago.
Las Lágrimas de la creación y de la destrucción. Me dan miedo, su poder es demasiado grande y misterioso, pero no hay mejor momento para usarlas que este.
Killian nos lanza dagas de sombra, y Anassa esquiva dos de ellas antes de que logre levantar un escudo Phylax sobre nosotras. El escudo me concede un precioso minuto para pensar mi próximo movimiento.
Meto la mano libre en la bolsa y agarro con fuerza las dos últimas Lágrimas. Las puntas afiladas se me clavan en la palma, y dejo que el dolor me ancle.
¿Primero la de la creación? La gema se calienta bajo mi mano mientras pienso qué podría funcionar e intento canalizar el poder hacia Killian.
Esos hilos blancos y brillantes de magia brotan de mí de nuevo, alcanzan a Killian y se hunden en el suelo como raíces en movimiento.
A su alrededor surge una zarza enorme. Se eleva desde el suelo y se multiplica hasta eclipsarlo y dejarlo completamente atrapado en su interior.
Se ríe, es un sonido salvaje. Me pone los pelos de punta.
En un torbellino de oscuridad, desaparece del interior de las espinas y reaparece fuera de ellas.
—Ese poder será una incorporación interesante a mi colección. —Sonríe de oreja a oreja, mostrando los colmillos, que brillan bajo la extraña luz del día cortada en cintas por el poder de las sombras que todavía se arremolina a nuestro alrededor.
«¡Pues que sea la de la destrucción!», me grita Anassa. Mi magia se eleva para responderle.
Con un grito silencioso, desato toda la fuerza contra mi enemigo, y el vacío abismal que crea la Lágrima parece explotar al cobrar vida. Un abismo negro infernal se abre bajo los pies de Killian, que desaparece de mi vista al ser absorbido por él.
Aprovecho la breve pausa en la pelea para comprobar cómo se encuentra Stark, y me llegan pequeños retazos de lo que ve cuando conecto mi consciencia a la suya: el muro Phylax está hecho trizas.
Stark y Cratos luchan con espada y magia.
Tajos del tuercesombras atraviesan a dos lobos Phylax mientras Cratos despedaza a un jinete.
Stark bloquea ataques de otros tres antes de darse media vuelta para hundir una daga en las entrañas de uno y descargar la furia de su espada en otro. Sin embargo, no hay ni rastro de Noemi.
«¡ MERYN !».
Anassa me devuelve a la realidad, y el pánico me invade.
Killian se eleva lentamente desde la grieta negra que rasga el suelo. Una nube de sombras lo mantiene en el aire y sostiene una espada de sombras en cada mano: el tuercesombras en estado sólido.
Necesito ganar algo de tiempo para descubrir cómo detenerlo. Abro la boca, sin saber qué voy a decir hasta que salen las palabras:
—¿Qué opina Alistair de que dependas de mi magia Hielormenta, Killian?, ¿de cómo contraatacas con magia que me robaste en lugar de usar su propio poder?
Se le retuerce el rostro de ira y, por un momento, creo haber calculado mal cuando la sombra que lo sujeta se lanza hacia delante y arrastra a Killian hacia mí a una velocidad aterradora.
—Sabes… —grita, pero entonces se le contrae el gesto y cae de rodillas sobre la plataforma negruzca que se encuentra a sus pies.
La magia se retuerce con fiereza mientras observo cómo lucha esa batalla en su mente para contener al antiguo sifón dentro de él. Cierra los puños y pelea por el control.
Aprieto con fuerza las Lágrimas de la creación y la destrucción, lista para atacar de nuevo mientras está distraído, pero una voz familiar me detiene.
—¡Meryn, ayuda!
Anassa y yo nos damos la vuelta hacia el sonido, y allí están Noemi y Ephyse, entre los restos polvorientos de una tienda. Ephyse yace en el suelo, con la pierna torcida en un ángulo extraño, y Noemi gimotea sobre él.
Desmonto de Anassa de un salto y corro hacia ellos.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué puedo hacer?
Recuerdo al huargo de Venna, Skaia, en el bosque, y la desesperación se apodera de mí.
«Otra vez no».
«Anassa, ¿puedes ayudarlos?».
Anassa rodea a Ephyse por el otro lado para buscar la herida, y yo pongo una mano sobre el hombro de Noemi.
—Noemi, quédate conmigo —suplico.
Se vuelve hacia mí, con el rostro lleno de lágrimas y un destello extraño en los ojos.
—Meryn —dice, y le sale la voz entrecortada.
Alza la mano y yo me inclino hacia ella.
Al principio no me doy cuenta de lo que ha pasado, solo de que mi magia está apagada, debilitada.
Miro a Noemi y veo que sostiene algo entre las manos, algo que brilla con un resplandor familiar: dos cadenas doradas, cada una de ellas con el colgante de un ópalo.
«Los collares de las Lágrimas».
—Noemi, ¿qué…? —empiezo, confundida.
Y entonces mi mundo se vuelve borroso. A lo lejos, siento a Anassa desplomarse; el mareo también la golpea a ella.
Intento respirar hondo, pero mi cuerpo y mi mente parecen desconectados.
Creo que pierdo el conocimiento durante unos segundos.
Al abrir los ojos, el mundo me da vueltas antes de enfocarse.
Miro a mi alrededor sin entender nada. ¿Dónde estoy? Tiendas…, es una especie de campamento. Noemi está conmigo, y Killian.
Killian, mi prometido.
Lo observo con la visión nublada mientras se acerca a mí.
—Buen trabajo, Noemi —le dice a la chica apostada a mi lado antes de inclinarse hacia ella para darle una palmadita en la cabeza, como si fuera su perro favorito. Ella lo mira con miedo y luego levanta el brazo hacia él, despacio, mostrando los dos collares que sostiene en la mano.
Tiene los dedos blancos, apretados con fuerza alrededor de las cadenas. Killian le acaricia la mano y la mira a los ojos. Poco a poco, abre el puño para que él pueda coger las dos joyas brillantes.
—Killian…, ¿dónde estamos? ¿Qué está pasando? —Mi voz suena extraña.
—Amada mía, estás a salvo. Estoy aquí. —Killian se vuelve hacia mí y me sonríe con dulzura—. Entrégame esa corona, ¿quieres?
¿Corona? Bajo la mirada y descubro una extraña corona en mi mano. La corona de Astreona, recuerdo de repente. Pero ¿por qué la quiere Killian?
«¡Meryn, no!».
La voz de Anassa resuena en mi mente, y me giro hacia mi huargo, confundida.
—¿Anassa?
Está tendida en el suelo, con los ojos cerrados y las orejas hacia atrás. Sacude la cabeza, una y otra vez, como si intentara desprenderse de un atacante.
«¡Lucha contra esto, Meryn! ¡Puedes hacerlo!», añade con voz agonizante.