Capítulo 59
Meryn
Llevo al límite mi capacidad para mentir y fingir mientras asimilo la amenaza de Killian.
Estoy segura de que se me refleja una oleada de emociones en el rostro.
Lo único que puedo hacer es desear que encajen con lo que él espera.
Siempre le encantó jugar con mis emociones.
Finalmente obligo a mis facciones a adoptar una expresión de miedo cuando respondo, manteniendo mi fachada; espero haberlo convencido.
—Por supuesto. Como desees.
El asco de Anassa es un gruñido bajo al fondo de mi mente mientras arrastramos a Stark y a Cratos hasta la tienda de Tormun.
Decenas de ojos nos observan cuando pasamos junto a humanos y lobos.
Una de las parejas es claramente Daemos, su lobo de un negro azabache.
La observo al pasar y noto cómo aparta la mirada al ver a su alfa así de humillado.
Sucia traidora.
Me muerdo la lengua con tanta fuerza que noto el sabor de la sangre.
Los minutos se me antojan horas mientras arrastro a Stark y a Cratos detrás de mí. Cuando por fin llegamos a la tienda de Tormun, sus cuerpos se estrellan dolorosamente contra la tierra firme a la entrada, en una demostración de crueldad indiferente.
«Lo siento mucho», digo a través del vínculo.
Stark se ríe en mi mente, bajo y ronco.
«Esto no es nada. Ni siquiera me dejará un moratón. De hecho, ¿quieres decirle a Anassa que me dé un par de mordiscos que sí me dejen marca?».
«Cállate —respondo con cariño—. Y no subestimes a estos idiotas. Ten cuidado».
«Lo mismo digo, mi reina», responde.
Me incorporo y finjo torcer la boca con desdén mientras observo sus cuerpos atados. Después Anassa y yo nos giramos hacia donde nos espera Killian.
Detrás de mí, oigo a Tormun salir de su tienda y soltar una carcajada grave que me pone la piel de gallina. Hay algo en ella que me inquieta sobremanera.
—Siempre te lo has tenido muy creído, Stark Therion —se burla, y uno de los vinculados que lo observa tiene la osadía de reírse con él.
Cierro los ojos durante un breve instante ante el sonido de Tormun escupiendo, probablemente en la cara de Stark, seguido de un golpe sordo de un cuerpo al ser pateado.
Anassa aminora el paso, y sé que está deseando darse media vuelta y despedazar a Tormun.
—Bueno, eso se acaba hoy —concluye Tormun. El sonido de los cuerpos al arrastrarlos es inconfundible.
Anassa y yo nos obligamos a mirar al frente y avanzamos con determinación, alejándonos de Stark y de Tormun. Este era el plan. Cíñete al plan.
«Ahora —les indico a Noemi y Stark con urgencia—. Tormun tiene a Stark, se dirigen a su tienda. Una vez dentro, esperad hasta que os parezca el momento adecuado, y entonces dadle de su propia medicina».
«Entendido. Ya puedes soltar la magia Kryptos. No te preocupes, Meryn —me asegura Noemi—. Nos encargaremos de él».
Admiro la fuerza de Noemi al enfrentarse al alfa de su propia manada.
Pero no tenemos tiempo para pensar en eso; en cuestión de un segundo, Anassa y yo nos encontramos de nuevo frente a Killian.
Me aferro a un hilo de mi conexión con Stark y Noemi mientras vuelvo a dirigir mi atención hacia fuera, lista para recibir cualquier mensaje urgente de su parte.
Killian parece un monarca de los pies a la cabeza: cuerpo delgado y musculoso, con espléndidas telas en un atuendo elegante pero sencillo, las manos limpias, la cara afeitada. Mantiene una expresión impasible y, para cualquiera que no lo conociera, parecería la viva imagen del control.
Pero yo lo conozco demasiado bien.
Conozco sus señales, incluso después de haberme pasado noches enteras intentando olvidarme de él: cómo aprieta la mandíbula al estar irritado, probablemente debido a mi presencia y mi clara ventaja al ir sentada en lo alto de Anassa; cómo mueve los dedos de la mano derecha, ansiosos e impacientes.
Por no olvidar otra cosa: esos espasmos raros alrededor de los ojos; una ligera tensión y la posterior relajación de los tendones del cuello.
Por su bravuconería, diría que tener a Alistair dentro de su cabeza le está pasando factura. Me pregunto con qué frecuencia pierde el control del antiguo sifón, con qué frecuencia es Alistair quien está al mando.
Killian hace un gesto detrás de él, en dirección a la entrada de su ostentosa tienda.
—Acompáñame, querida. Comeremos algo mientras discutimos nuestros próximos movimientos.
Niego con la cabeza. No tengo ganas de entrar, las paredes de la tienda limitarían el movimiento de Anassa y el mío. Al aire libre tenemos más opciones.
—Ya he comido.
Killian hace una mueca. Por un momento, creo que Alistair va ganando la batalla por el control, pero entonces sus facciones recuperan la normalidad.
—¿Y bien? ¿Y las Lágrimas? —me pregunta al fin, y las sombras que nos rodean se estremecen de forma errática (cosa suya, no mía).
Stark ya se ha liberado de sus «restricciones». Noemi y él deben de estar avanzando contra Tormun. Bien. Dejo que mi control sobre mis emociones y mi magia se relaje, ese enfoque tenso que se apodera de mi mente se disipa.
Hora de hacer las cosas a mi manera.
Mi ira y mi sed de venganza aumentan, impulsando a mis propias sombras a moverse. Se reúnen y se mezclan con las de Killian.
La sensación de sus sombras — mis sombras robadas— entrelazadas con las mías me revuelve el estómago.
Aunque la magia me resulta familiar, también me provoca un sentimiento de incomodidad.
Me concentro en su rostro para ignorar la danza palpitante de poder a nuestro alrededor.
Se expande sobre nuestras cabezas como una red masiva, hasta que nos encontramos en un extraño mundo crepuscular, con la luz del sol filtrándose entre hebras de pura negrura.
Absolutamente vomitivo.
Nuestras magias se arremolinan y se enredan para formar una tienda intangible que logra aislar al resto.
—Las Lágrimas deberían ser solo para nosotros —digo al enviar aún más sombras hacia las paredes que nos rodean, esperando distraer a Killian y lograr así mantenerlo sumido en la oscuridad mientras Stark y Noemi ejecutan la primera parte de nuestro plan—.
Son demasiado poderosas. No quiero hablar de ellas donde alguien más pueda vernos u oírnos.
—Por supuesto, gatita —responde con suavidad—. No te preocupes, una vez que me las entregues, estarán a salvo.
Los músculos de Anassa se tensan más de lo que creía posible bajo mis piernas. Su ira está ligada a nuestro vínculo como una cuerda que conecta su corazón con el mío. Le envío una corriente de tranquilidad.
Después saco lentamente los dos collares de debajo de mi ropa y se los muestro en la palma de la mano, sin quitarme las cadenas que me cuelgan del cuello.
—Dos de ellas se convirtieron en collares —empiezo.
Quiero alargar este momento lo máximo posible.
El objetivo es que la amenaza que supone Tormun sea neutralizada y que la manada Phylax vuelva a estar bajo mi mando antes de atacar a Killian para poder controlar tantas variables como nos sea posible—.
Ambas son reliquias de los linajes reales: el mío y el de los astreonenses.
—La sacerdotisa dijo lo mismo —exclama Killian con impaciencia—. Veo que llevas la corona lobuna. ¿Y el resto?
Me desato la bolsa de cuero de la cadera y saco la corona de Lucien despacio.
—La corona del rey sifón. ¿Le resulta familiar a Alistair?
En cuestión de medio segundo, el semblante de Killian sufre esa transformación inquietante cuando Alistair toma el control. Se le ponen los ojos en blanco y se le queda la cara completamente flácida. Después aparece otra persona detrás de sus rasgos.
Avanza hacia nosotras con el brazo extendido.
—Dámela —sisea con un tono algo distinto al de Killian. Anassa y yo retrocedemos con cautela.
—Que vuelva Killian —ordeno, y me tiembla la voz con asco y un ligero miedo.
Este es el sifón que orquestó la caída de mi familia, que inventó el grillete que me rodea la muñeca y que le concede a Killian control sobre mis poderes. Este es el ser antiguo al que incluso Killian teme enfrentarse sin el poder completo de las Lágrimas de Diosa en su arsenal.
No quiero que participe en la conversación. Sé cómo lidiar con Killian, pero no con él.
El rostro de Killian se retuerce en una mueca burlona, obra del sifón parasitario que habita dentro de él.
—Tendremos mucho tiempo para hablar, pequeña Hielormenta. Lo espero con ganas.
Se produce otra transición inquietante y entonces Killian regresa, respirando con dificultad durante unos segundos antes de recomponerse como si nada hubiera pasado.
—¿Lista para enseñarme tu último premio?
Vuelvo a meter la mano en la bolsa para sacar la Lágrima de la estatua, pero antes de alcanzarla, siento una descarga a través de la conexión mental con Stark.
Dolor. Sorpresa. Más dolor.
Tengo que apretar los dientes para no encogerme.
«¿Qué está pasando?», les grito a ambos con desesperación, tensa por la atención que requiere mantener esta conexión mental mientras sostengo la barrera de sombras alrededor de Killian y de mí.
Mi magia se eleva en respuesta a mi necesidad, la oleada de poder fluye a través de mí como una inmersión brusca en agua helada.
Abrazo el agudo cosquilleo que me provoca la corona en la cabeza, las Lágrimas alrededor del cuello, y la corona de Lucien en la mano, ya que actúan como un conducto hacia más y más poder.
«Tormun sabía lo que planeábamos —responde Stark con una ira y sed de sangre crecientes que hacen que el corazón me lata a toda velocidad—. Tenía un escuadrón de Phylax listo para atraparme con su poder de contención».
«Mierda». Lo busco a través del vínculo. Nuestras mentes se unen todavía más, y siento cuando convoca una enorme cantidad de poder de impulsión y lo estrella contra las paredes que los traidores Phylax han construido a su alrededor.
«Ya se están debilitando, subestiman el poder de un alfa soberano. Pero creo que estaré liado un buen rato», me informa antes de lanzar otra descarga de poder estremecedora contra la jaula mágica que lo mantiene cautivo.