Capítulo 58 #2
Nos miramos fijamente mientras invocamos nuestras sombras juntos. Stark guía el poder en cuerdas oscuras de magia que se enroscan a su alrededor y al de Cratos, una y otra vez, hasta que quedan atados con firmeza.
Ponemos sus cuerpos con cuidado en el suelo, usando la magia para envolverlos y levantarlos ligeramente. Esperamos evitar que se golpeen contra cada roca y raíz en el corto trayecto que nos separa del emplazamiento enemigo.
Al igual que con Noemi, me paso un buen rato concentrada en mi magia, con los ojos cerrados. Me detengo en sus hilos, en el tejido de sombras mientras estas se acomodan. Cuando estoy segura de haber asimilado la sensación, Stark y yo volvemos a separar nuestras mentes y nos alejamos con suavidad.
Antes de ponernos en marcha, no puedo resistirme a deslizarme por el costado de Anassa, arrodillarme junto al cuerpo de Stark y tomar su rostro entre las manos para darle un último beso.
Hay sombras entre nuestras bocas, una mordaza llamativa hecha de magia que Stark y yo colocamos con sumo cuidado para que sea evidente pero no restrictiva.
Vibra y palpita contra nuestros labios. Paso la lengua por el labio inferior de Stark, y él usa un tentáculo de su propia magia para pegar mi cabeza a la suya y juntar nuestras bocas.
Gimo ante la sensación de la presión de nuestro poder compartido y de su boca caliente. Él enarca una ceja, y logra parecer despreocupado incluso en esta posición vulnerable.
«Creo que te gusto así, bien atado».
Resoplo.
—No te mueras; así podremos probarlo luego.
Ofrecemos un espectáculo dramático: yo cabalgando con descaro hacia las fauces de mi enemigo sobre mi brillante huargo blanco plateado y los tentáculos de sombra, gruesos y salvajes, palpitando detrás de mí, anclados a las ataduras mágicas que rodean a Stark y a Cratos.
El negro profundo de las sombras crea una textura desconcertante contra el pelaje negro como la tinta de Cratos.
Casi espero que los soldados humanos que hacen guardia nos desafíen, pero solo jadean y retroceden en cuanto nos ven llegar; dejan espacio más que de sobra para que avance con mi carga feroz.
Killian debió de haberles pedido que me esperaran.
Los caminos son anchos y bien transitados, ya recorridos por lobos y sus jinetes.
A medida que nos adentramos en el laberinto de tiendas, comenzamos a ver a los vinculados y sus huargos; han acampado en grupos de dos y tres, con las tiendas lo suficientemente separadas como para que sus lobos duerman al aire libre a su lado.
Anassa echa las orejas hacia atrás y enseña los dientes con un gruñido al pasar junto a los lobos de la manada Phylax, lobos que ha conocido durante décadas y que ahora llevan más de un mes apoyando a un sifón aspirante al trono.
Al estudiar a los vinculados de Phylax, noto que muchos no me miran a los ojos. ¿Sienten vergüenza por lo que han hecho? ¿Temen a la chiflada de Hielormenta, quien podría despedazarlos con un simple gesto?
¿O es la influencia de Killian lo que les impide sostenerme la mirada?
Vuelvo la cara al frente.
Llevo una bolsa cruzada al pecho y atada con fuerza, su posición prominente es una señal evidente de que he traído las Lágrimas conmigo. También porto la corona y los dos collares de Lágrimas alrededor del cuello, ocultos bajo mi túnica y mi abrigo.
La corona de Lucien y las Lágrimas de la torre y la estatua de Tardorlin están dentro de la bolsa, y el zumbido de energía de su poder combinado me crispa los dientes. Estoy esperando a necesitarlas para sacarlas, pero no alejo mucho la mano de los cordones por si acaso.
También llevo la bolsa con los fragmentos del Acero Feroz, sobre todo porque no estaba segura de qué otra cosa hacer con ella. Tal vez pueda golpear a Killian en la cabeza con la empuñadura inservible.
«Noemi —la llamo; estiro la mente por el sendero familiar—. ¿Estás en posición?».
Siento un extraño vacío donde debería estar ella. Trago saliva y me concentro en mantener el rostro como una máscara impasible.
«Stark, Noemi no responde».
Su cuerpo se tensa contra las ataduras de sombras.
«¿Cómo que no responde? ¿Está herida?».
«Déjame intentarlo otra vez. —Estabilizo la respiración y la busco de nuevo, esta vez con más fuerza—. ¡ NOEMI !».
Durante otro minuto de dolorosa espera, no siento nada, solo ese vacío. Y entonces…
«Meryn, estoy aquí —responde una voz familiar en mi mente, y dejo escapar un pequeño suspiro de alivio—. Todo va según lo planeado», me confirma, así que le doy las gracias y le transmito el mensaje a Stark.
Más adelante, un hombre Phylax que se encuentra a lomos de un lobo se aparta de forma apresurada para dejarnos pasar a mí y a Anassa. Hago contacto visual con él y me detengo en seco, cansada de alargar esto.
—¿Dónde está? —Mi voz es inexpresiva, mortal.
El Phylax levanta un dedo tembloroso y señala hacia la parte trasera del campamento de guerra. Sigue retrocediendo, sin apartar la mirada de mi carga.
El infame y brutal Stark Therion, atado junto a su lobo, como un trozo de carne.
Anassa se inclina para lanzarse a morder al huargo del hombre, y ambos pegan un salto del susto y se alejan de nosotros.
No tenemos que caminar mucho. Después de que Anassa dé un par de pasos más, una piscina de sombras empieza a reunirse en el camino que se extiende frente a nosotros. De ella emerge Killian, envuelto en mi sombra, en mi poder.
El pelo dorado oscuro le brilla con intensidad, perfectamente peinado, como si estuviéramos en medio de un baile y no en una guerra.
Tiene un aspecto saludable, descansado. Esa belleza antinatural que poseen todos los sifones, mezclada con las sombras que se arremolinan a su alrededor, le da una apariencia de otro mundo.
Pero, aun así, hay algo en su rostro que no me encaja. Entrecierro los ojos y lo examino. Pequeños espasmos, como si se estuviera concentrando con todas sus fuerzas o tensando los músculos de la mandíbula.
Me pregunto…
Cuando lo veo en el reino de las sombras, Alistair no está allí. En el mundo terrenal, ¿están atrapados en una lucha constante? Me guardo ese detalle.
Killian sonríe, como si nos viéramos todos los días, y levanta una mano a modo de saludo.
—Querida, has llegado.
Me trago la bilis mientras logro devolverle una pequeña sonrisa.
—Killian.
Lo he visto en ese mundo onírico más veces de las que me gustaría, pero verlo en persona es muy distinto. No ha pasado tanto tiempo desde nuestro último encuentro, cuando intenté matarlo y logró desaparecer gracias a mi poder.
Y, sin embargo, todo ha cambiado.
—Veo que le has traído a nuestro alfa Phylax el regalo que prometiste —dice Killian con una voz perezosa y sedosa. Se acerca con confianza y pasa a mi lado para observar a Stark y a Cratos, que permanecen detrás de mí, atados y amordazados en el suelo.
Resisto el impulso de escupirle en la cara.
Me giro en el asiento y mantengo la voz fría mientras muevo los dedos para hacerlos levitar a un metro del suelo.
—¿Dónde dejo esto?
Killian se inclina y le roza ligeramente la mejilla a Stark con la yema de un dedo, sonriendo con suficiencia. El asco y la ira me invaden. Como intente hacerle daño a Stark… Killian se endereza antes de que me lance sobre él, y me recuesto de nuevo, respirando hondo.
Señala una enorme tienda, ridícula por lo ostentosa en comparación con el aspecto utilitario del resto del campamento. Justo como dijo Noemi.
—Ponlo allí. Pero vuelve enseguida, gatita. Tenemos que ponernos al día. —Hace una pausa y frunce los labios—. Y necesitaré pruebas de que vienes con el resto de las Lágrimas, como prometiste.
—¿O qué? —digo con expresión vacía mientras el corazón me martillea dentro del pecho con ansias de guerra.
Killian ladea la cabeza y responde:
—O saqueamos la ciudad de inmediato y matamos hasta el último vinculado que haya traicionado a mi trono.