Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 57 #3
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Capítulo 57 #3

Stark alza las manos e invoca su tuercesombras de alfa soberano. Las sombras acuden a él con rapidez, me envuelven los brazos y los tobillos y me atan a la roca. Lucho contra ellas, pero es inútil; no ceden.

Es raro estar del lado que recibe este poder. Las sombras tienen consistencia, pero también son extremadamente ligeras, como si algo invisible me retuviera en el sitio a pesar de que puedo ver su oscuridad.

—En serio, ¿cómo se te da tan bien? —refunfuño.

Se le forma una arruga entre las cejas, y me intriga su reacción. Quiero insistir más, pero él no me da la oportunidad. Sacude la cabeza y da un paso adelante con el jabón.

—Hora de lavarse, princesa.

Se inclina para hacer espuma con la pastilla entre nosotros y, sin decir palabra, comienza a frotarme.

A pesar de mi postura, su tacto es suave y hace que la piel me hormiguee mientras me pasa la mano por todo el cuerpo.

Afloja las sombras lo justo para ayudarme a sumergir mi pelo en el agua tibia.

Me lo enjabona. Cuando toda la espuma ha desaparecido, Stark me lanza una mirada seria.

—Mañana… —empieza.

—No quiero hablar de mañana —respondo con un nudo en la garganta.

La verdad es que tengo miedo. Miedo de que no lo logremos y de lo que eso significará para Nocturna. Miedo de que sí lo logremos, pero que el precio sea la vida de uno de nosotros.

—Fóllame como si tuviéramos toda la eternidad —le suplico.

Stark deja que sus sombras se disipen y yo abro las rodillas lentamente a modo de invitación. Él se coloca entre ellas y se presiona contra mí.

Me besa. Al principio sus labios son firmes e inflexibles, pero se suavizan cuanto más me acerco a él. Cuando desliza la lengua en mi boca, ciño su espalda ancha con mis brazos para pegarlo más y más a mí.

Los suaves sonidos del agua a nuestro alrededor, la brisa entre las ramas de los pinos y los cantos de los pájaros cazando en el aire frío de la noche se mezclan como una sinfonía. Me estremezco por el frescor del viento en la piel mojada y por el calor implacable del cuerpo de Stark contra el mío.

Echo la cabeza hacia atrás y miro el cielo. Stark me recorre el cuello con los labios y los dientes, y la aspereza de sus mejillas y su barbilla me encienden la piel.

Nos juntamos cada vez más, hasta que apenas sé dónde termino yo y dónde comienza él. Noto el calor de su polla contra mí, provocándome sin concederme aún la plenitud que ansío.

Gimo, un sonido pequeño y desesperado, y él enreda los dedos en mi pelo mojado e inclina mi rostro hacia el suyo.

Me mira a los ojos mientras, por fin, vuelve a penetrarme.

Me provoca tanto placer que casi me olvido de respirar.

Cuando sale y vuelve a entrar, marcando un ritmo constante, lo hace despacio.

Ya no hay desesperación ni castigo; es casi algo reverencial.

Saboreo cada roce de su piel contra la mía, cada segundo de plenitud cuando me llena una y otra vez, más y más profundo. Se le acelera la respiración contra mi cuello cuando se acerca al orgasmo, y eso también lo saboreo.

Justo antes de correrse, baja la mano y me acaricia el clítoris con los dedos, y es justo lo que necesito.

Caigo, me precipito hacia el orgasmo. Aumenta el ritmo, cada embestida me lleva más alto, y hundo los dedos en sus hombros hasta sentir que se le tensa todo el cuerpo y se estremece cuando él también se corre.

Me doy cuenta de que un mar de sombras danza a nuestro alrededor; mi placer y mi emoción se derraman en olas oscuras que crecen para acariciarnos a ambos. Mientras recuperamos el aliento, aferrados el uno al otro, los tentáculos de poder empiezan a disiparse y desvanecerse.

Stark me abraza y se queda dentro de mí mientras las últimas sacudidas de placer me recorren el cuerpo como las ondas de la piscina humeante que nos rodea. Me envuelve la espalda con los brazos para ahuyentar el frío que amenaza con alcanzarnos ahora que nos hemos quedado quietos.

Permanecemos así un buen rato; yo con el rostro hundido en el hueco de su cuello y la cabeza bajo su barbilla.

Finalmente, a regañadientes, nos secamos lo mejor que podemos y volvemos a vestirnos. Regresamos al campamento en silencio y nos tumbamos juntos frente al fuego.

El sueño llega con facilidad. No sé cuánto tiempo descanso, pero cuando abro los ojos, el sol está saliendo. Proyecta largas sombras entre los árboles y lo baña todo con un resplandor dorado.

Sigo acurrucada contra Stark, protegida por su fuerza. Está tremendamente guapo bajo esa luz. Todavía tiene los ojos cerrados. Cuando duerme parece más joven, como si fuera quien era antes de que llegara todo el dolor. O como quien podría ser si tuviera ocasión de sanar.

Conmigo, quizá. Conmigo.

«Meryn», dice Anassa con suavidad. Hay cariño y comprensión en su voz.

Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas detener el amanecer. Deseo poder invocar suficientes sombras como para volver negro el cielo y llenarlo otra vez de estrellas.

Pero hasta yo tengo mis límites.

«Anassa», respondo.

Y ella pronuncia esas palabras que sabía que llegarían.

«Es la hora».