Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 57
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Capítulo 57

Meryn

Duermo… ¿o no?

Abro los ojos en una oscuridad antinatural. Es inmensa. Está viva. Y enseguida me inunda los pulmones al filtrarse por mis poros. Pero conozco esta sensación. Puedo soportarla. Puedo dominarla.

Killian no sabe lo que yo sé sobre este lugar: que mi antepasado-dios Nocturn a veces me habla desde aquí. Tengo que suponer que él es el responsable de su existencia.

Esto no tiene nada que ver con Killian; él solo es una plaga, una invasión.

Y pronto será eliminada.

Me giro para echar un vistazo a mi alrededor. Me escuecen los ojos mientras me esfuerzo por ver dentro de este caldero de sombras. No veo a Killian ni percibo su presencia.

¿Sabe que he venido? ¿Tiene que estar dormido al mismo tiempo que yo para que funcione? ¿Cuánto tendré que esperar? Cuanto más tarda en aparecer, más crece la paranoia que me baja por la columna.

No veo nada, pero eso no significa que no esté aquí, observándome.

Cierro los ojos —la diferencia entre tenerlos abiertos o cerrados es mínima— y visualizo una armadura a mi alrededor. Una armadura que él jamás podrá atravesar, fundida y forjada con las mismas sombras que me rodean.

Mis sombras.

Cuando abro los ojos, un destello de un azul inquietante me provoca una mueca. «Killian».

Dejo caer la cabeza hacia el pecho. Ya he hecho esto antes. Cientos y cientos de veces.

«Mujeres con dolor».

Hago aflorar mi propio dolor. Invoco la emoción a la que he estado resistiéndome durante meses porque habría sido demasiado debilitante vivir con ella.

Y casi resulta curativo dejarla salir. Empuñarla. Poseerla, serla.

Ser débil de una forma poderosa.

Dejo que se me llenen los ojos de lágrimas, y entonces levanto la vista hacia él y suelto un grito ahogado.

—Oh, gracias a la Diosa. ¡Killian!

Da un paso hacia mí desde las sombras, con expresión de cautela.

—Gatita.

Tragándome el asco, me acerco a él con los brazos extendidos.

—He estado intentando contactar contigo desde la última vez que hablamos. Siento haber tardado tanto.

Killian levanta una mano y me detiene antes de que lo alcance. Enarca una ceja.

—Mis fuerzas me dijeron que estabas en Nocturna. Que fuiste a Tardorlin y te llevaste la Lágrima que localizamos allí. Pensé que había sido bastante claro. Debías quedarte en Astreona hasta que yo te llamara.

Las lágrimas me resbalan por las mejillas.

—No quería cogerla. —Desgraciado de mierda—. Después de lo que pasó en la frontera, Lucien insistió en que viniéramos aquí a cazaros a ti y a Alistair. Descubrí dónde estaba la Lágrima y la cogí para poder traértela. ¡No deberíamos confiarle estas cosas a nadie más!

Levanta las cejas con sorpresa.

—Pero atacaste a mis tropas.

Niego con la cabeza.

—Solo porque Lucien todavía estaba conmigo. No podía dejar que supiera lo que estaba planeando.

Killian frunce los labios, se acerca más a mí y pone las manos sobre mis brazos de una forma que pretende ser reconfortante.

—¿Y Lucien? ¿Dónde está?

Retorciendo el rostro en una parodia de amenaza, digo:

—Lo maté, tal y como me pediste. Le corté la cabeza mientras dormía. Su corona es tuya.

Al fin, se le dibuja una sonrisa repugnante en la cara.

—Buena chica. Así que tienes las coronas, la Lágrima de Tardorlin y tu collar. La suma sacerdotisa me habló de este último.

Zorra malnacida, ¡pues claro que se lo dijo! No pienso contarle nada sobre la Lágrima de la torre, pero si ya sabe lo de mi collar…

—Y el de Lucien. Él también tenía un collar. Fue fácil quitárselo en cuanto dejó de tener cuello.

—¿Y qué hacen los collares y la Lágrima de Tardorlin? —Percibo un brillo codicioso en su mirada—. ¿Nos ayudarán a derrotar a Alistair?

Niego con la cabeza para fingirme tonta. Con los ojos muy abiertos, me apoyo contra él e intento no estremecerme ante su contacto.

—No tengo ni idea. A mí no me obedecen. Pero estoy segura de que a ti te revelarán sus poderes.

Levanta una mano y me coloca el pelo detrás de la oreja. Ronroneo con suavidad ante su roce para ocultar la arcada que casi se me escapa.

—¿Y la pareja de tu lobo y su jinete? —La voz de Killian es una caricia baja y sucia.

Se me revuelve el estómago ante la pregunta. Sé lo que tengo que decir. Lo hemos planeado todo. Y aun así, siento la lengua pesada y reacia.

Pero me obligo. Es la única manera. Lo miro a los ojos y adopto un tono cruel.

—Son todo tuyos. Anassa lo entenderá. Necesitamos eliminarlos para que tú asumas el poder. Los ataremos con sombras y te los traeremos. Deja que Tormun se ocupe de él.

Por fin se le refleja la sonrisa en la mirada, y es una expresión horrible, sin alma. Levanta la mano y me acaricia los labios con brusquedad con el pulgar.

La energía se reúne. Caótica. Aterradora.

Espantosa. Sé lo que va a pasar antes de que ocurra; me preparo para ello.

Cada uno de los músculos de mi cuerpo grita ante el error: Killian me besa.

Duele. Ha dejado fuera los colmillos, y uno se me clava en el labio y me hace sangre.

Me quedo paralizada, me hundo en mí misma mientras intento cubrirme con aquella armadura que visualicé.

Aunque breve, se me hace eterno. Finalmente, se aparta.

Me mira a los ojos con expresión seria, y su aliento me acaricia el labio sangrante.

—Te quiero —me dice.

—Yo también te quiero —miento con la boca amarga—. No puedo esperar para estar a tu lado.

—¿Vendrás a mí? —me pregunta—. Estoy fuera de Caída Floral.

Asiento, con la cabeza embotada y aturdida.

—Estaré allí por la mañana. Y entonces encontraremos una forma de sacar a Alistair de tu cuerpo y podremos empezar nuestra vida juntos.

Todas las palabras que quiere oír fluyen de mis labios con facilidad a pesar de la daga que se me clava en el estómago. Por favor, por favor, por favor , que salga todo bien mañana.

Killian me dedica una sonrisa a modo de respuesta y me invade un dolor muy real. Se me crispan los nervios; siento como si me estuvieran apuñalando lentamente.

—Entonces te veré por la mañana, gatita —dice.

Las sombras se alzan para bloquearme la vista y nos sumen en la oscuridad.

Me despierto a la luz de la luna, frente a las cenizas que todavía conservan su calor.

La cola de Anassa está extendida sobre mis piernas. Su respiración calmada me ancla a la realidad, pero yo no consigo acompasar la mía. Sin moverme, giro la cabeza.

Stark ya está despierto y me mira. Me devuelve un semblante serio, pero tiene los ojos demasiado abiertos. Rezuma intranquilidad.

Levanto el brazo para llamarlo. Se pone en movimiento de inmediato; se levanta y atraviesa el campamento apretando los puños.

Fue… fue horrible. Dolió. Todavía duele. Puede que la herida que me hizo en el labio no haya vuelto conmigo, pero juraría que aún me escuece.

Apenas puedo respirar.

Stark se arrodilla ante mí y deja que hunda los dedos en su cabello y tire. Inclina la cabeza mientras lo acerco. Un solo instante tocándolo me devuelve a mí misma. Cierra la mano alrededor de mi muñeca. Me pregunta si estoy bien.

—Lo que le dije… Yo no… yo… —No me puedo creer que dijera eso—. Tú… Yo nunca…

—Shhh.

Es tan reconfortante.

—Lo sé —afirma.

Entonces, de un solo movimiento, me levanta y me echa sobre su hombro.

—¡Stark! ¿Se puede saber qué haces? —bufo mientras miro a nuestro alrededor. Noemi sigue acurrucada contra el costado de Ephyse, dormida. Anassa y Cratos también dormitan.

Unas pocas zancadas de Stark y nos alejamos del fuego y del campamento.

—Cratos ha encontrado una fuente termal. Ya oíste las órdenes de Anassa. Apestas.

Me pongo roja. Le pego un manotazo en la espalda, pero sé que el golpe probablemente le resulte igual de molesto que el picotazo de un mosquito.

—¡Bájame, bruto!

Nos adentramos más en el bosque. Me sujeta con fuerza por la parte superior de los muslos mientras me retuerzo bajo su agarre.

—Es hora de darse un baño. Pienso exfoliarte a fondo, alteza mugrosa.

Tiene razón; necesito lavarme, pero hay algo en la forma en la que me está dando órdenes que me hace querer desafiar su autoridad.

En cuestión de minutos llegamos a la fuente termal: una preciosa poza de agua humeante en un claro apartado. Tengo que admitir que resulta muy tentadora.

Stark me deja en el suelo con brusquedad.

—Desnúdate —ordena.

Le brillan los ojos oscuros. Un calor totalmente ajeno a las aguas termales susurra dentro de mí y se enrosca al fondo de mi vientre.

De pronto, esto no parece tener nada que ver con mi necesidad de lavarme, sino con el hecho de que mañana podríamos enfrentarnos a la muerte.

Tenemos una noche, estas pocas horas, antes de plantarle cara a la incertidumbre.

Y lo que más deseo ahora mismo es que Stark me tome con rudeza, que me haga olvidar todos mis miedos y ahogue todas mis inseguridades hasta que lo único que pueda sentir sea esto. A él. A nosotros.

Así que doy un paso hacia él con la barbilla en alto a modo de desafío.

—¿Y si no lo hago? —Mi tono es afilado, pero sé que percibe el coqueteo que se esconde tras él.

Se le curvan los labios.

—Te daré unos azotes.

Doy otro paso hacia él y nuestros pechos casi se tocan.

—Oblígame.

Entonces recurro a nuestro vínculo y le envío mi consentimiento.

«Quiero que me obligues. Por favor».

Se estremece ligeramente cuando le llega, y luego me observa con una necesidad inconfundible.

«Pídeme que pare si en algún momento lo necesitas».

Stark apoya un pie en el pedrusco que hay junto a él. Después me agarra de la muñeca, tira de mí con brusquedad y me tumba sobre su rodilla. De un único y rápido movimiento, me baja tanto los pantalones como las bragas.

Mi sexo y mi trasero quedan expuestos al aire frío; tiemblo de excitación.

—Te gusta que te traten como a una reina sucia, ¿verdad? —gruñe mientras baja la mano a mis nalgas.

—Sí, alfa —gimo cuando su mano callosa me acaricia. Me gusta. Me encanta cómo me trata: una mezcla de depravación y adoración.

El aire cambia cuando Stark echa la mano hacia atrás y la deja caer sobre mi culo con un golpe seco.