Capítulo 56
Meryn
Mierda».
—¿No estaba con Jonah y el grupo que nos atacó? ¿Estamos seguros? —pregunto con urgencia.
Egith nos transmite a Stark y a mí la información que vio con sus propios ojos a través del vínculo. Una enorme masa de fuerzas, vinculados y soldados por igual. Y liderándolos a todos… sí, es inconfundible: Killian.
Stark niega con la cabeza.
—El grupo que nos perseguía solo era un pequeño contingente de sus fuerzas.
—¿Killian? —pregunta Noemi. Tiene los ojos oscuros abiertos de par en par—. ¿Viene a por el resto de los vinculados?
—Eso parece. Egith está pendiente de los movimientos de las tropas —digo.
Ya contamos con un número de seguidores leales bastante bajo. No puedo abandonar al resto a manos de la violencia y la esclavitud mágica de Killian y Alistair.
Y están dentro de un feudo. Las vidas de los plebeyos correrán peligro si Killian ataca allí a los vinculados.
—¿Va tras ellos simplemente para aniquilarlos? ¿Para quedarse con lo que queda de tu ejército? —especula Noemi con voz tensa.
—No —respondo—. O no solo por eso, aunque estoy segura de que también forma parte de sus planes. Alistair intenta provocarme. Pues se acabó. Lo ha logrado. Estoy harta de esconderme. Se acabó huir de él.
Los demás me miran con una mezcla de miedo y determinación.
Elevo la voz.
—¡Me he cansado! Él tiene una Lágrima, pero yo tengo cuatro. Me hacen poderosa. Puede aprovecharse de mi tuercesombras, pero juraría que no de las Lágrimas… Y con esta capacidad de crear y destruir, puedo derrotarlo. Además, tengo otra cosa que él no tiene.
—¿Conocimientos sobre Lumina? —pregunta Noemi, insegura.
—Una rabia pura e incandescente — la corrijo. Empiezo a caminar de un lado a otro y miro a Anassa—. ¿Cuánto tardaremos en llegar a Caída Floral?
«Unas cinco horas a toda velocidad», responde.
Asiento mientras hago los cálculos.
«Pero primero necesitamos descansar, Meryn —añade con severidad. Agita la cola; es algo que suele hacer cuando está molesta—. No has dormido. Nadie lo ha hecho. Lo de Tardorlin ha sido duro, tanto emocional como físicamente. Y…».
—¿Y? —espeto.
«Apestas a humana mugrienta —gruñe Anassa—. Come, duerme, lávate».
Aprieto los dientes.
—Ah, pues nada, a dormir.
Me enseña los dientes para regañarme por mi terquedad, pero yo le devuelvo el gesto antes de clavar la mirada en Lucien.
Permanece en pie con su habitual expresión de calma, como si estuviera en una fiesta aburrida a la que solo asistió para tener una excusa para beber.
Pero cuando advierte que lo estoy mirando, levanta una ceja y enfoca la mirada.
—He llegado a la conclusión de que eres una persona muy confusa —le digo, cansada de sutilezas.
Sonríe.
—Gracias.
—No era un cumplido. Pero… creo que puedo confiar en ti. Puedo, ¿no? —pregunto.
Respira hondo y se acerca a mí con paso indolente.
—Lo único que realmente deseo en este mundo, lo único que siempre ha estado fuera de mi alcance, es la muerte de mi hermano, ya sea rápida —hace una pausa— o lenta y espantosa.
—Su voz suena casi despreocupada, pero sus ojos cuentan otra historia—.
Quiero borrarlo de este mundo y de todos.
Tú no te interpones en ese objetivo, Hielormenta.
Pongo los ojos en blanco.
—Era una pregunta de sí o no.
Sonríe y, por algún motivo, la expresión resulta tranquilizadora y depredadora a la vez.
—Sí, puedes confiar en mí.
—Entonces… —Me duele el corazón. Cierro los ojos y digo—: Lleva a Venna de vuelta a Astreona, por favor. Protégela.
Venna sigue inconsciente sobre Anassa. El brazo le cuelga por el costado de mi loba. Tiene la cara pálida y está empezando a sudar.
La media sonrisa abandona el rostro de Lucien.
—¿Y Alistair?
Bajo la cabeza y suspiro.
—Lucien, sé que no quieres que vaya a por él sola. Me lo has dejado muy claro. Y, siendo sincera, tampoco es mi primera opción. Pero Venna necesita estar a salvo, y no podemos llevarla con nosotros allí a donde vamos. Lo sabes, ¿verdad?
Mira alternativamente a Venna y a la bolsa que llevo atada al cuerpo, la que contiene mi corona, el collar y las otras dos Lágrimas.
Me arden las mejillas.
—No estarás pensando en ponerla en riesgo porque te preocupa nuestro desequilibrio de poder, ¿no?
—Normalmente me encantan los desequilibrios de poder… —flirtea de nuevo.
— Lucien.
Lucien suspira, y entonces lo veo más cansado que nunca.
—No, supongo que no. Pero más te vale terminar el trabajo.
—Lo prometo —le digo—. Y me aseguraré de darle recuerdos a Alistair de tu parte mientras le retuerzo el puñal, ¿vale? ¿Cómo vas a volver al barco?
—Viajaremos a pie. Es una pena que no tengamos un caballo, pero, como bien sabrás, la velocidad es innata en un sifón. Encontraremos lugares seguros para descansar y recuperarnos entre tramos. Cargaré con ella hasta que se despierte y pueda moverse por sí misma.
Aprieto los labios.
—Intenta ponérselo lo más fácil posible. Por favor. Y… no dejes que mate a nadie.
Hacer algo así la destrozaría. Matar sin sentido. Impulsada por la desesperación y el hambre inhumana. No puede pasar por más pérdidas.
Lucien emite un sonido vagamente ofensivo y pone los ojos en blanco.
—He guiado a muchos sifones a través de su transición. Estará bien.
Bajo la voz y doy un paso hacia él. Estoy tan cerca que se endereza.
—No sé si va a estar bien —susurro.
Ha pasado por un trauma inconmensurable, su propia naturaleza ha cambiado y, además, ha perdido a su loba. Skaia, la única presencia constante y estabilizadora de su vida. Una parte de ella, igual que lo era Izabel.
Aunque al final eligió esta transformación, me aterra que se despierte y se arrepienta de seguir viva. Que se convenza de que ya no queda nada de ella que merezca seguir viviendo.
Lucien frunce las cejas pálidas.
—Meryn —dice con seriedad.
Separo los labios. Creo que es la primera vez que usa mi nombre de pila.
—La protegeré.
Trago saliva. Luego consigo decir:
—De acuerdo. Entonces deberías irte.
Retrocedo.
Pero él me agarra del brazo para detenerme. Sigue con expresión seria. El aire que nos rodea se vuelve pesado. No me suelta.
—Si las Lágrimas de verdad son nuestra única oportunidad para acabar con Alistair… Killian. Bueno. Quiero que seas lo más fuerte posible cuando te enfrentes a ese desgraciado.
Lo observo, paralizada por la sorpresa, mientras levanta la mano con la que me sujetaba y se quita el collar de ópalo del cuello; luego saca su corona de la bolsa.
El rey Lucien Brilloscuro está frente a mí con ambas Lágrimas en las manos, me las ofrece. Me ofrece su confianza.
Mi voz refleja mi sorpresa.
—¿Estás seguro? Hace un par de días me dijiste que no confiabas en mí.
La mirada de Lucien es fría.
—Si tú puedes depositar tu confianza en mí, supongo que yo puedo ofrecerte la misma cortesía. Tengo algo preciado para ti en mi poder, y ahora tú tienes algo preciado para mí.
Al principio aguarda con paciencia.
Luego, con impaciencia, añade:
— Confío en que me las devolverás.
—Lo haré. Lo prometo —respondo.
Cuando cojo las Lágrimas, el poder adicional estalla dentro de mí al instante, oscuro como la medianoche y cegador como el sol del mediodía. Trago saliva y espero a que se me pase el mareo.
—Pues ya está —dice.
Mira su corona en mis manos durante un segundo, luego levanta la cabeza y se dirige hacia el costado de Anassa.
De un solo movimiento fluido, se impulsa hacia arriba y se sujeta a su pelaje.
Dice algo en voz baja que no alcanzo a oír y luego retira a Venna de su lugar de descanso y la acomoda contra su pecho.
La cabeza de Venna cae con torpeza sobre su hombro, pero él la recoloca con cuidado hasta que su rostro queda oculto contra su cuello. Incluso le sostiene el cráneo con la mano cuando desmonta de Anassa, evitando que el impacto contra el suelo la sacuda.
La transporta con reverencia. No hay otra palabra. Es como si cargara con la responsabilidad de proteger algo valioso y frágil. Incalculable, incluso.
«Algo preciado para ti —dijo—, y algo preciado para mí».
Lo que significa que, en su cabeza, su corona es igual de importante que la seguridad de Venna.
—Elias —ordena Lucien. Elias se acerca a él rápidamente.
Ambos sifones me dedican una última mirada de despedida, y Lucien inclina la cabeza en un gesto que, por una vez, interpreto como una señal de respeto. Después, se van. Corren entre los árboles a la desconcertante velocidad de los sifones.
Obligo a los músculos de mis hombros a relajarse. Cuando lo hago, me doy cuenta de que también tengo la mandíbula y la frente tensas, pero no consigo aflojarlas con la misma facilidad.
—Descansaremos aquí. Noemi, Ephyse no tiene rival cazando criaturas pequeñas. Necesitamos comer. ¿Puedes pedirle que nos ayude? Cratos, tú encárgate de buscar un arroyo para conseguir agua fresca —ordeno.
«Y para que te bañes», me recuerda Anassa, y le doy un manotazo en la pata.
Aunque se lo agradezco. Ese pequeño toque de humor afloja un poco el nudo de tristeza, tensión y agotamiento que me invade.
Siempre sabe lo que necesito.
Antes de separarnos para ponernos en marcha con las distintas tareas necesarias para montar un campamento, nos tomamos un último momento para acercarnos. Para concentrarnos en los vínculos que todavía fluyen entre nosotros.
Los tres lobos forman un círculo protector a nuestro alrededor, y yo hundo la cabeza en el pelaje de Anassa. Me concentro en su calor persistente. Incluso en pleno invierno, siempre estará ahí. Siempre.
«¿Estoy cometiendo un terrible error al ir a por él? —le pregunto—. ¿Le estoy dando lo que quiere, sobre todo ahora que tengo todas las Lágrimas?».
Ella baja la cabeza y me rodea con el hocico de forma protectora.
«No, no lo estás cometiendo. Killian es poderoso, pero tú también. Él no sabe cuánto poder posees. No estará preparado».
Dejo que la certeza de su voz me endurezca los nervios.
«No le daré tiempo a adaptarse. Estará muerto antes de entender qué fue lo que pasó», respondo con la voz afilada como una cuchilla.
«Exacto. Descansa para que por fin puedas tener tu venganza».
El agotamiento comienza a vencerme. Me acomodo contra el costado de Anassa, reconfortada por la forma en que su respiración me sube y me baja hacia el descanso.
Los ojos de Stark se cruzan con los míos desde donde empieza a encender una hoguera. Arquea una ceja. Inmediatamente sé que me pregunta si quiero que me acompañe.
Pero niego con la cabeza. Así es como lo haremos, como nos acercaremos lo suficiente para matar a ese cabrón sin tener que abrirnos paso a través de mis propias tropas.
«Necesito hablar con él una última vez».