Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 55
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Capítulo 55

Meryn

Los lobos siguen moviéndose a pesar de nuestra desesperación y agotamiento.

A pesar de la dolorosa pérdida de uno de los suyos.

Lejos de Tardorlin, lejos de los Phylax traidores que hayan sobrevivido y lejos de la herida desgarrada que abrí en la tierra y que dejó una cicatriz en el paisaje.

Lejos , con la Lágrima de Diosa de la destrucción en mi mochila irradiando calor contra mi pecho y el lugar donde antes estaba el vínculo de Venna intentando —sin conseguirlo— fluir una y otra vez.

Y el corazón se me rompe, y se me rompe, y se me rompe. El dolor del viaje es lo único que me mantiene anclada a la realidad.

Tras una hora entera con los muslos ardiendo y los pulmones en llamas, le grito a Lucien:

—¿Cuánto tardará en transformarse?

Venna continúa dormida, pero recuerdo el proceso de Saela a la perfección. Estaba bien. Parecía ella misma cuando la encontré en el despacho de Stark en Hielormenta. Y, de repente, empezó a desgarrar gargantas y a retorcerse como un animal en una trampa.

Ay, Diosa. Venna.

—Lucien —bufo.

Recuerdo que los sifones recién transformados son los más peligrosos.

El ansia es incontrolable. Durante una temporada, Venna ni siquiera me reconocerá.

Me mirará y solo verá el mapa de mis venas bajo mi piel.

Sé que también se sentirá como si estuviera muerta, o cambiada.

Y aunque sea solo por un tiempo, no sé si podré soportarlo.

—Horas —me responde Lucien—. Unas seis, más o menos.

Asiento y me pierdo en mis pensamientos. Seis horas. ¿Cuánta distancia podremos recorrer en ese intervalo? ¿Cómo gestionaremos la transformación inicial?

La comprensión nos atraviesa la mente a Anassa y a mí a la par.

«Tendremos que separarnos», dice Anassa.

No podemos gestionar la transformación de Venna mientras sigamos en movimiento, pero tampoco podemos dejarlo todo a un lado para ayudarla. Nos llevaría días. Días que no tenemos con las fuerzas de Killian pisándonos los talones.

Aún no anuncio mi decisión. Seguimos cabalgando lo más rápido que podemos.

Los lobos deben de percibir la urgencia, porque corren hasta que apenas consiguen mantener la cabeza en alto, alternando entre estallidos de velocidad y un ritmo más sostenible en el tiempo.

Siguen corriendo. Sin una sola queja. Sin un solo gruñido o un chasquido de dientes.

Ellos también están de luto. Lo más probable es que el ardor que sienten en los músculos sea una distracción igual de bienvenida para ellos que para mí.

Llega un punto en el que ya no podemos proseguir. No estoy segura de dónde estamos, pero sé que Stark y Cratos, que se han recorrido casi toda la nación, lo averiguarán. Ahora mismo, tengo otras preocupaciones.

Aflojo el ritmo de Anassa y me inclino hacia atrás con Venna inconsciente entre mis brazos. Anassa reduce la velocidad hasta rebajarla a un trote y luego a un paso pesado y jadeante. Deja caer la cabeza; tiene la respiración agitada por el esfuerzo.

Echo un vistazo al paisaje. Hay menos árboles, pero el dosel de sus copas sigue siendo lo bastante denso como para ocultarnos, y el sol todavía no ha salido. Y aunque estoy agotada , logro mantener un velo de magia a nuestro alrededor.

No me hago ilusiones de que pueda protegernos por completo del peligro. Podría pasar cualquier cosa en cualquier momento. Mi sensación de seguridad se ha hecho añicos —otra vez— con la punta de una flecha.

Pero debo hacer esto, y debo hacerlo ahora. Necesito reunir la mayor cantidad de información posible por si nos da alguna ventaja, alguna solución.

Los demás se detienen junto a Anassa. Noemi se inclina hacia delante para tumbarse sobre Ephyse y le rodea el cuello ancho con los brazos; cierra los ojos, temblando por el esfuerzo. Cratos se acerca a Anassa y le acaricia el hocico con el suyo. Se quedan así, jadeando.

Bajo la vista hacia Venna. Parece que está durmiendo, pero no es un sueño tranquilo. Está atrapada en sueños oscuros, y no hay nada que yo pueda hacer para protegerla de ellos.

—Ven —susurro mientras contengo las lágrimas.

Le sostengo la cabeza, que descansa contra mi hombro, y me inclino para besarle el pelo.

Después le aparto unos mechones de la frente y le concedo a mi corazón un par de latidos rápidos para llorar, para saborear la ira que me provoca todo lo ocurrido.

Cuando la dejo recostada sobre los hombros de Anassa, mi huargo me envía una promesa: cuidará de Venna mientras yo hago lo que debo hacer.

La acaricio mientras desmonto, con las piernas temblorosas a causa de la larga cabalgata.

Luego me acerco a Stark y le agarro el tobillo, que descansa contra el costado de Cratos.

Él me observa desde arriba, con la frente cubierta de sudor y la mano hundida en el pelaje de su lobo.

Elias se encuentra detrás de él, e incluso su perfecto rostro de sifón está marcado por el cansancio.

—Quizá cuatro horas más, antes de que… —me dice, y mira hacia Venna.

—No voy a esperar. Necesito recabar la mayor cantidad de información posible —respondo.

—¿Esperar? —pregunta Elias cuando se baja del lomo de Cratos.

—Se refiere a la Lágrima —añade Lucien desde detrás de Noemi.

Se incorpora y se baja del huargo con la ropa ondeando—.

Coincido en que lo más prudente es aprender todo lo que podamos sobre estos objetos antes de enfrentarnos a Alistair, ya que él está armado con una de ellas. Asumo que me necesitas para eso.

Mi respuesta es sacar la Lágrima. Sigue manchada de la sangre de la suma sacerdotisa.

La levanto para examinarla bajo la luz moteada de la luna que se filtra entre las hojas temblorosas que se agitan sobre nosotros.

A medida que se me enfría el sudor, el frío me invade.

O tal vez sea la conmoción. Sin embargo, siento la mano cálida alrededor de la piedra.

El ópalo es tan hermoso que duele. Desearía que no existiera. El poder que contiene es horrible. Y odio haberlo usado para mis propios fines.

Desvío la mirada hacia Stark.

«¿Me cuidarás?», susurro a través del vínculo.

«Siempre».

Acuno la Lágrima entre las palmas y la extiendo hacia Lucien para que coloque sus manos sobre las mías.

A estas alturas, que me arrastren a otro tiempo ya me resulta familiar. La ilusión crece dentro de mí. Un hambre de saber.

Me hundo en la tierra, bajo el suelo, caigo a través de la oscuridad. Y entonces…

Me encuentro en un bosque árido y frío. La escena es increíblemente clara. Hay tierra bajo mis pies. Percibo el aroma intenso de la hierba y los olores dulces y dispares del cedro y la savia. El aire es fresco, pero la luz frente a mí es cálida.

La luz de Lumina.

Se encuentra delante de mí, caminando despacio. Va descalza, le asoman los pies bajo el dobladillo del vestido vaporoso de lino pálido y sencillo, adornado únicamente con una sola línea de tachuelas parecidas a perlas.

Brilla desde dentro, como antes, pero su expresión es inescrutable.

Lumina deja de caminar y se vuelve hacia mí. Casi no llega la luz hasta nosotras y, aun así, ella desafía a las sombras. Bien podría estar de pie en un campo verde en pleno día de verano, con la hierba ondeando a su alrededor al compás del movimiento de su cabello.

La observo mientras junta las palmas de las manos, cierra los ojos y respira hondo.

Al exhalar, libera una ola de poder. Es aterradora, sobrecogedora, hermosa, imposible. Es como el primer llanto de un recién nacido, con el dolor de su madre todavía flotando en el aire.

A medida que la ola avanza, consume el bosque. No, no lo consume. Lo transforma.

En la expresión de Lumina ahora hay dolor, alivio, alegría. Todo a la vez. Mantiene los ojos cerrados mientras el bosque empieza a convertirse.

La tierra bajo mis pies se transforma en piedra compacta y geométrica, endureciéndose a cada segundo que pasa.

Los árboles altos se doblan, sus ramas crecen en línea, en ángulos rectos sobrenaturales, y luego se petrifican formando siluetas de edificios.

Las raíces se convierten en escalones de piedra.

Las ramitas crecen hacia arriba y se transforman en ventanas.

Giro sobre mí misma, boquiabierta, mientras el bosque se torna en una ciudad ante mis ojos.

Incluso el olor cambia; lo reemplaza el olor a humo fresco, como si las chimeneas de los hogares ya estuvieran encendidas.

De pronto, me doy cuenta de que reconozco el patrón de estas calles. He estado aquí. Hace horas.

Es Tardorlin.

Está muy cambiada. Los edificios no son tan modernos, todos tienen techos de paja y ninguno alcanza más de una planta de altura.

Pero la disposición de las calles me resulta familiar por su manía de estrecharse y ensancharse de forma impredecible.

Y las casas conservan un eco de sus futuras versiones.

Cuando me vuelvo para mirar a Lumina, se encuentra de pie justo en el centro de una plaza que reconozco.

Está en el lugar donde se alzaba la estatua de la Diosa Sin Rostro.

Al cabo de un minuto, el crujido de los árboles desaparece.

Poco después, también se apaga el profundo estallido de las piedras al formarse.

Solo entonces Lumina abre los ojos. Observa todo lo que tiene delante con una sonrisa benévola.

Y entonces, llora. Sonríe y llora como si estuviera feliz de contemplar por fin este lugar que tanto tiempo llevó dentro, pero como si también echara de menos tenerlo tan cerca de sí.

Tal y como presencié en la Lágrima de la torre, le resbalan las lágrimas hasta la barbilla puntiaguda y le caen en las manos. Se unen y se convierten en un ópalo; una nueva luz brilla contra los rasgos de la Diosa.

Una puerta se abre. Luego otra. De repente, empieza a salir gente de todos los edificios de nuestro alrededor. Mucha gente, a pesar de que antes de que la magia de la Diosa recorriera este lugar no había absolutamente nadie. El corazón me va a toda velocidad.

¿Acaba de… crearlos?