Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 54
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Capítulo 54

Meryn

El cielo nocturno brilla con un resplandor apagado mientras Tardorlin arde. Se oyen gritos de sufrimiento y niños llorando. Y la suma sacerdotisa, envuelta con fuerza en bandas de sombra, me sonríe con las llamas reflejadas en los ojos.

Es una sonrisa hermosa. Una sonrisa amable. Y eso basta para que mis huesos se vuelvan de hielo.

Entonces, dice:

—¿Qué más queda por decir? Los ejércitos del rey Killian están de camino. Tendrá la Lágrima en su poder dentro de poco, aunque yo le haya fallado.

Mi magia responde de inmediato, azotándome las venas.

— ¿ Killian va a venir? ¿Aquí?

Su mirada es salvaje; su expresión, primitiva. Se echa a reír, un sonido maniaco y estremecedor. Stark la agarra del hombro y la sacude.

—¡Responde a tu reina!

—No sois mi reina, ¡usurpadora! —grazna—. ¡Nunca fuisteis merecedora! ¡No os contaré nada!

La miro, y lo único que veo es la encarnación humana de todas las manipulaciones de Killian. La miro y lo veo a él.

Veo la forma en la que me sonrió después de arrojarme a mis propias mazmorras. Se me oscurece la visión. Ni siquiera intento detenerlo. Mi magia se dispara. «Córtaselas —es lo único que pienso—. Arráncaselas de raíz».

Una hoja oscura le cercena las muñecas.

La magia se mueve en silencio, demasiado deprisa como para distinguirla con claridad.

Ella jadea y baja la mirada a los muñones en los que hace apenas un segundo se encontraban sus manos destrozadas.

Ahora yacen en el suelo, irreconocibles tras la quemadura de la Lágrima.

La sangre cae como lluvia sobre el suelo helado.

Su sorpresa y su conmoción se convierten en puro dolor.

La suma sacerdotisa abre la boca para gritar.

Oigo cómo toma aire… y le parto el cuello antes de que pueda liberar su sufrimiento.

Su cuerpo se desploma y resbala hasta el suelo. Lo golpea con pesadez; sus faldas se amontonan a su alrededor mientras la sangre sigue manándole de las muñecas.

Stark me observa con firmeza. Estoy demasiado furiosa como para cuestionar mis acciones o pensar en las consecuencias.

—¿Crees que decía la verdad? ¿Que viene un ejército? —le pregunto.

Stark entorna los ojos y baja la vista al cadáver.

—No lo sé. ¿Te quedan…? —Se detiene, como si luchara consigo mismo, y luego continúa—: ¿Te quedan fuerzas para usar la clarividencia?

Respiro hondo varias veces.

—No lo sé —respondo, pero me coloco junto a Anassa para apoyarme en su costado e intentarlo—. Debería ser fácil ver lo que ocurrirá en las próximas horas. No requiere tanto esfuerzo.

Cierro los ojos. El agotamiento da vueltas dentro de mí. Tengo que concentrarme en mi magia durante casi un minuto antes de lograr ver los primeros retazos de una visión.

Veo:

A Stark y a mí reunidos con Venna y Noemi, con Tardorlin ardiendo a nuestras espaldas.

Y luego…, sí, un escuadrón de vinculados cabalga a toda velocidad y llega a Tardorlin. ¿Enemigos? ¿Amigos? Intento adentrarme más en la visión y veo un rostro: Jonah.

No tenemos forma de saber cuánto tardará en cumplirse este futuro. En la visión, sin embargo, sigue siendo de noche, y las llamas de Tardorlin todavía rugen.

Me alejo de la magia con un grito ahogado.

Me agarro al pelaje de Anassa para no desplomarme contra el suelo.

—No mentía —digo con la voz sofocada por el cansancio—. Jonah y un escuadrón de vinculados vienen hacia aquí.

—¿Son demasiados como para que nos enfrentemos a ellos? —La mirada de Stark es letal.

Dudo.

—Probablemente podríamos con ellos. Si no estuviéramos cansados. Pero ¿y si algunos no son en realidad nuestros enemigos? ¿Y si están bajo la influencia de Killian? No quiero matar a más de los nuestros si no es necesario.

Los ojos de Stark destellan, pero monta de un salto.

—Volvamos con los demás.

Encontramos a Noemi y a Venna ayudando en el campamento improvisado que se ha formado fuera de las murallas destrozadas de Tardorlin.

Algunos habitantes han empezado a regresar con cautela a la ciudad ahora que los temblores han cesado, pero la mayoría parece preferir esperar hasta estar del todo seguros de que el peligro ha pasado.

Les explico a nuestras amigas que debemos marcharnos, que nuestros enemigos vienen hacia aquí y que no tardarán en llegar.

—¿Y qué pasa con toda esta gente? —responde Noemi, presa de la ansiedad.

—Noemi —la reprende Stark por oponerse a mi orden. Ella lo fulmina con la mirada, pero Ephyse repliega las orejas cuando Cratos se acerca.

Examino a la multitud reunida a nuestro alrededor. Están asustados, heridos, confundidos. Su hogar se encuentra en ruinas. Ardiendo.

En mi interior se instala un sentimiento de calor abrasador y un frío nauseabundo.

«Tengo que creer que los vinculados de Killian no les harán daño —digo a través del vínculo para evitar que nos oigan—. Su guerra no es contra los plebeyos de Tardorlin. Probablemente quiera que se sumen a su causa».

Venna duda.

«¿Tienes la última Lágrima?».

«Sí».

«¿Y… fue la culpable de todo esto?». Venna hace un gesto impotente a su alrededor.

Trago saliva.

«No estoy segura. Pero sí, eso creo».

Eso parece convencerla.

«No podemos permitir que ese poder caiga en manos enemigas. Deberíamos buscar un lugar seguro donde reagruparnos».

Agradezco no ser la única que cree que debemos irnos, por mucho que esta gente nos necesite. Venna, una amiga con más compasión que yo, respalda mi decisión.

«Estoy de acuerdo —digo—. Con Lucien, tendremos ya seis Lágrimas. Incluso si Killian drena mi magia y la fuerza de Alistair, deberíamos tener poder más que suficiente para acabar con él. Luego podremos volver aquí y reconstruirlo todo. Pero debemos elegir el momento y el lugar de esa batalla».

Stark asiente de mala gana.

«Necesitamos un plan, no presentar una resistencia mediocre después de pasar una noche agotadora».

«Vámonos. Ahora mismo», ordeno, y todos montamos.

Hemos hecho lo que hemos podido, pero se nos ha acabado el tiempo. Nos colocamos en formación, pero antes de que podamos movernos, una voz temblorosa surge de entre la multitud.

—¿Nos estáis abandonando, alteza?

Se me cierra la garganta y ni siquiera soy capaz de volverme para buscar de dónde ha salido la pregunta. El llanto de un niño me atraviesa la piel y me desgarra por dentro.

—Siento mucho dejaros así —les digo. No tengo forma de saber si mi voz alcanza a la multitud.

Si alguno de ellos siquiera escuchará mi disculpa—.

Nunca os abandonaré. Os lo prometo. Independientemente de que creáis que yo soy vuestra gobernante legítima o que lo es Killian Valtiere, he jurado dar mi vida por vosotros, el pueblo de Nocturna.

En estos momentos me están persiguiendo, y lo más seguro que puedo hacer es marcharme.

En cuanto haya recuperado mis tropas, volveremos a Tardorlin para ayudaros a reconstruirla.

Hasta entonces, sé que podéis contar los unos con los otros.

Entonces insto a Anassa a avanzar.

No hay más preguntas mientras nos dirigimos al campamento donde Elias y Lucien nos esperan. Nos movemos rápido, en perfecta formación. Stark va a mi lado, liderando conmigo. Noemi permanece al otro lado para protegerme. Venna viene detrás, preparada para avisarnos si alguien nos sigue.

El humo me quema los pulmones mientras golpeamos el suelo helado al galope. Siento la empuñadura de mi daga fría al sostenerla en la mano; me irradia dolor por todo el brazo.

Estoy tan exhausta que dudo ser capaz de conjurar un susurro de magia. Pero mis dagas nunca me han fallado.

Atravesamos el bosque a toda velocidad en dirección a nuestro campamento sin incidentes. Nuestros huargos se esfuerzan al máximo para alejarnos del peligro lo más rápido posible. Pero, en la siguiente colina, vemos que el lugar donde se han establecido nuestras fuerzas está ardiendo.

Siento entonces un escalofrío que me hace prestar atención a nuestros vínculos.

Venna ha notado algo. No me da tiempo a percibirlo antes de que un silbido agudo me roce uno de los oídos y luego el otro.

Después, un golpe sordo, un gemido que se corta de repente.

Un dolor cegador irrumpe a través de mi conexión.

Me falta el aire y casi me caigo de Anassa; siento la necesidad de llevarme la mano a la garganta para detener la hemorragia.

—¡Para! —le grito a Anassa, tanto en voz alta como a través del vínculo.

Me doy la vuelta.

La loba de Venna, Skaia, está en el suelo. Una flecha enorme le atraviesa la garganta. Está sangrando muchísimo. Se está… Se está muriendo.

Y Venna… Yace en el suelo junto a ella, boca arriba, con las manos alrededor de su propia garganta, retorciéndose de dolor.

El corazón me da un vuelco. Empiezo a ver borroso. Por un segundo, solo puedo mirarla. Su rostro y el de Izabel se entrelazan ante mis ojos, y los veo a ambos frente a mí, con una mueca de dolor. Muriendo. Por mi culpa.

Me he quedado paralizada en el tiempo, como si todo lo que ocurre perteneciese al pasado, a un recuerdo desgarrador. Mi mente se disocia, se fragmenta.

Noemi ya se ha bajado del lomo de su huargo y corre hacia ella.

—¡Detenlos, Meryn! —grita con voz ahogada.

«Detrás de nosotros, Meryn. —La voz de Anassa se abre paso en mi mente a través de mi angustia—. En la línea de los árboles».

Anassa gira. Me esfuerzo por enfocar la vista.

En el borde del bosque, al oeste, un grupo de vinculados leales a Killian forman un muro, montados sobre sus lobos, mientras aguardan sus órdenes. Los ojos de los animales brillan en la oscuridad entre los árboles.

Jonah ha salido de entre las sombras. Sostiene un arco y coloca otra flecha con rapidez. Incluso desde aquí puedo ver su sonrisa de oreja a oreja, cómo le relucen los dientes blancos como colmillos.

Otra oleada de pura rabia me golpea.

No dejaré que me arrebate a nadie más. No se lo permitiré.

Mi poder se eleva, encarnando la venganza. Pero al mismo tiempo estoy cansada, muy cansada. Mi cuerpo se tensa como la cuerda de un arco que está a punto de romperse.

«Meryn, es demasiado», dice Anassa.

No. No dejaré que me rompa.