Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 53 #2
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Capítulo 53 #2

La muchedumbre se precipita sollozando y gritando en dirección al valle. Pero no es suficiente… Incluso con las puertas abiertas de par en par, la salida queda bloqueada por el gentío. No escapan lo bastante rápido.

«¡Stark!», le pido ayuda.

Una mancha oscura se lanza hacia nosotras desde el otro extremo de la multitud, y observo con asombro cómo Cratos y Stark se acercan a una velocidad a la que jamás los había visto moverse.

En menos de un latido ya están junto a la entrada abarrotada.

Cratos se impulsa sobre las patas traseras para saltar, y ambos pasan por encima de la gran masa humana, todavía con la suma sacerdotisa inconsciente sobre su lomo. Aterrizan con destreza a mi lado.

—¡Están bloqueando las puertas! —le grito a Stark—. ¡Tenemos que abrir las murallas!

Ya me resulta instintivo ese tirón mental y ese chasquido que se produce cuando compartimos una sola mente.

Mi poder se expande entre nosotros como una nube oscura cargada de relámpagos.

Mi fuerza bruta y la concentración precisa de Stark se entrelazan mientras las sombras nos rodean y se arremolinan cada vez más sobre un punto de la muralla sin atalaya, hasta que toda una sección de la pared de piedra queda completamente envuelta en la oscuridad.

Stark y yo gritamos con fuerza al levantar el bloque en el aire. No podemos dejarlo caer así, sin más, morirían demasiadas personas. En cambio, nuestro tuercesombras lo eleva más y más alto, y luego lo balancea hacia la lejanía hasta que estamos seguros de que podemos soltarlo sin aplastar a nadie.

Tras un momento de estupor, la multitud empieza a salir a través del hueco, y la ciudad va vaciándose mucho más rápido que antes.

El sudor que me cubre la frente me entra en los ojos y me los limpio con las manos llenas de polvo.

Justo entonces llegan Noemi y Venna. Stark le entrega la suma sacerdotisa a Noemi para que la vigile mientras nosotros nos ponemos manos a la obra. Ambas se quedan apostadas en las puertas para asegurarse de que la evacuación continúe.

«¿Ahora qué?», Stark me mira y yo respiro hondo mientras pienso.

«No cortes el vínculo, necesito tu precisión —respondo con firmeza. Siento cómo toma aire y percibo el leve movimiento de sus músculos cuando asiente—. Pero separémonos de nuevo e intentemos salvar a tantos como podamos. Anassa, ¿puedes guiarnos mientras vuelvo a enfocar bien?».

Anassa sale disparada.

Esta vez no se produce esa punzada de separación; nuestras mentes permanecen juntas, somos uno: vemos lo que el otro ve, sentimos lo que el otro siente.

Anassa y yo corremos por las calles laterales hacia la destrucción. Cada vez sale más gente de tabernas, burdeles, pisos de alquiler y de una larga fila de elegantes viviendas con jardines sombreados.

Paramos en seco, echando el peso hacia atrás, cuando las paredes de una taberna destartalada empiezan a derrumbarse.

Levanto las manos y, con la idea de que Stark está conmigo, juntos manipulamos las sombras a mi alrededor hasta que estas se encargan de sostener el edificio e impiden que se venga abajo.

Las paredes gimen pero se mantienen en pie. El letrero descolorido de la taberna se desprende de las bisagras y se astilla al estrellarse contra la calle. Gruño mientras el peso de las paredes hace fuerza contra nuestra magia.

La gente sale despavorida del interior y huye.

Cuando ya no queda nadie dentro, soltamos el control y el edificio se derrumba en la calle con un estruendo ensordecedor.

La visión de Stark eclipsa a la mía, y veo la escena que se extiende ante él con tanta claridad como si fuera a través de mis propios ojos: llamas lamiendo las casas mientras las calles que se vienen abajo crean un caos de vigas y antorchas, fogones y muebles.

Un hombre barbudo, con los ojos enrojecidos, se tambalea hacia Stark. Las palabras le salen arrastradas y apresuradas.

—Mi h-h-h-hijo, por favor, p-p-por favor, está en la cama, en la tercera planta de nuestra… nuestra… nuestra casa —suplica mientras se agarra al pelaje de Cratos.

Stark extiende el brazo para cogerlo y subirlo de un tirón sobre su huargo.

«Yo me ocupo. ¿Puedes ir al sur?», me pregunta Stark señalando hacia el otro lado de la ciudad, donde se encuentran las otras puertas.

«Voy para allá».

Anassa y yo corremos hacia los límites del sur.

Stark tenía razón al pedirme que viniera aquí: una masa frenética de personas se arracima junto a las pequeñas puertas, pero un carro volcado las bloquea e impide que se abran más allá del ancho de dos personas.

—¡Apartaos! —grito, y todos se vuelven hacia mí. Ver cómo Anassa se abalanza hacia ellos hace que se quiten a toda velocidad de mi camino.

Sin el vínculo mental con Stark, recurro al impulso de Daemos en lugar de a mis sombras, escogiendo el poder por encima de la precisión.

Con un grito y un barrido del brazo, hago estallar el carro y lo lanzo lejos de las puertas.

De inmediato, guardias y ciudadanos tiran de ellas hasta abrirlas de par en par para que la ruta de escape quede despejada.

Parece que pasan horas antes de que los temblores cesen finalmente. Sacamos a tanta gente como podemos. Tengo la mente tan agotada por el uso de la magia y el esfuerzo que apenas puedo juntar dos palabras.

Fuera de la ciudad, Anassa sube una pequeña pendiente, el cansancio evidente en cada uno de sus movimientos, para que podamos tener una buena vista desde la cima de la colina.

Le proyecto a Stark una imagen de lo que vemos para que sepa dónde encontrarnos, y después vuelvo a cortar nuestra conexión antes de desplomarme sobre el lomo de Anassa y dejarme caer al suelo.

Anassa enrosca su cuerpo alrededor del mío y su respiración agitada le hace temblar los costados mientras me protege del frío al mismo tiempo.

Miro colina abajo con la visión borrosa.

Tardorlin es un desastre. Los edificios derrumbados parecen un amasijo de dientes rotos, dolorosos y horribles.

Algunas de las casas de madera todavía siguen ardiendo.

Las llamas lamen las pilas de escombros mientras contemplamos desolados las ruinas.

Y allí, en el centro de la ciudad, tras haber engullido el espacio que ocupaban cinco calles como mínimo, se abre el enorme agujero donde antes se erigía la estatua de la Diosa.

Hasta ahora nos hemos concentrado únicamente en lo que la gente necesitaba de inmediato. En heridas, rescates y en calmar el pánico. Casi me permito olvidar el acontecimiento que inició todo esto. Busco mi mochila y deslizo la mano dentro. Para bien o para mal, la nueva Lágrima sigue ahí.

«La Lágrima de la destrucción», pienso, y siento un escalofrío.

Joder.

«¿La sacerdotisa?», le pregunto a Stark a través del vínculo.

«Acabo de reunirme con Noemi para buscarla. Vamos hacia ahí».

Su respuesta me invade, y con ella un destello de su ubicación: alzo la vista para verlo salir a través de lo que queda de las puertas de la ciudad, con la frágil figura de la anciana delante de él cruzada sobre el lomo de Cratos.

Atraviesan el paisaje a toda velocidad hasta alcanzarnos, y Stark desmonta con mucha más gracia de la que yo podría reunir en este momento. La anciana se apea después; continúa atada por los tentáculos de sombras de Stark.

Mi voz es fría como el hielo cuando doy un paso adelante para mirarla a los ojos.

—Suma sacerdotisa, es hora de que empecéis a hablar de una puta vez.