Capítulo 53
Meryn
Los trocitos de piedra salen despedidos en todas las direcciones. Distingo el característico resplandor opalescente de la Lágrima y estiro la mano para atraparla al vuelo. Anassa se mueve con destreza, y ambas ignoramos los afilados trozos que nos golpean mientras nos lanzamos hacia delante.
Pero llegamos demasiado tarde. La suma sacerdotisa ya tenía la mano extendida para atrapar la Lágrima cuando cayera, por lo que cierra los dedos alrededor de la gema.
Los fragmentos de piedra caen con violencia sobre su brazo, provocándole cortes de los que brota la sangre. Pero el dolor no parece afectarla; le brilla el rostro con un sentimiento de victoria.
Un segundo después, Anassa se estrella contra ella. El peso de mi huargo derriba a la sacerdotisa sobre los adoquines, ambas manos ahuecadas con reverencia alrededor de la Lágrima, que aprieta contra su pecho.
Anassa y yo gruñimos al unísono mientras mi loba extiende una poderosa pata delantera para inmovilizar a la mujer contra el suelo.
En el forcejeo he soltado la fisura, y Cratos y Stark se vuelven completamente visibles. Rodean a la sacerdotisa por detrás para que no tenga forma de escapar.
Sin embargo, antes de que me dé tiempo a desmontar para arrancarle el trofeo de su agarre, un resplandor violento se escapa de entre sus manos.
La luz de la gema ha cambiado. Ya no es suave y cálida, sino afilada, atraviesa con dureza la oscuridad de la noche, como si el propio mundo se hubiera hecho añicos de luz y oscuridad bajo el martillo de la sacerdotisa.
Alzo la mirada hacia la plaza de la ciudad, repentinamente iluminada, con un ardor en los ojos a causa del súbito resplandor.
«Meryn», me llama Stark con urgencia, y vuelvo a mirar a la anciana.
Las manos de la suma sacerdotisa han empezado a humear.
Se me revuelve el estómago mientras la observo. Me inclino hacia delante para intentar comprender lo que estoy viendo. Algo sacude el mundo a nuestros pies, y casi salgo despedida hacia el suelo. Anassa se prepara y yo aprieto los muslos hasta que me duelen para mantenerme en la montura.
«Pero ¿qué narices…?».
Otro temblor sacude la plaza. Transcurre un momento antes de que la euforia abandone el rostro de la sacerdotisa y se vea reemplazada por la confusión, y luego por algo bastante cercano al pánico.
—¿Qué está pasando? —solloza, mientras aprieta la Lágrima con más fuerza, incluso cuando la piel de sus manos comienza a vaporizarse y a humear—.
¡Fui portadora de una Lágrima durante mucho tiempo!
Sé que solo los dignos pueden tocar las Lágrimas de Diosa más sagradas, pero ¿quién podría ser más digno que la líder del templo más devoto de la Diosa?
Alza la voz con cada una de las palabras que profiere, hasta que las últimas parecen más un alarido que un discurso.
Y entonces ese sonido agudo sigue y sigue.
Stark y yo observamos con horrorizada fascinación cómo empiezan a derretírsele las manos, cómo las yemas de los dedos se le convierten en muñones mientras sus gritos se vuelven cada vez más desgarradores.
Otra sacudida violenta casi me hace caer, y mis sombras se elevan en respuesta a mi angustia y mi pánico. Se oye un fuerte chirrido de piedra y un crujido seco.
Por un segundo, mi cerebro desorientado cree que Stark, nuestros huargos y yo estamos flotando en el aire. Y entonces me doy cuenta de que no; es la estatua de la Diosa —o lo que queda de ella— que se está hundiendo en una oscuridad retorcida y turbia que ha aparecido en el centro de la plaza.
La propia sacerdotisa se desliza hacia ella a toda velocidad, aferrando la Lágrima con sus muñones, sus gritos deformados por la agonía.
Intento concentrarme para que mis sombras la sujeten y eviten que se caiga, pero no me obedecen, se limitan a azotar la plaza en frenéticas oleadas.
«¡ STARK !», grito con desesperación a través de nuestro vínculo. Él ya está reaccionando; los tentáculos de su propio tuercesombras envuelven el torso de la mujer y la levantan por los aires con violencia.
—Perdóname por esto —oigo que le dice a Cratos cuando arrastra a la mujer hasta su huargo y la tumba sobre su lomo frente a él.
Guío a Anassa junto a Cratos y me inclino para arrancarle la Lágrima de las manos a la sacerdotisa.
La gema brillante me quema la piel. Durante el breve instante en el que la toco, se produce una corriente de magia a través de ella que se extiende por la plaza y provoca una tormenta de tierra a nuestros pies.
Envuelvo la Lágrima en la manga con rapidez antes de abrir mi bolsa de un tirón y guardarla ahí.
Pero esconderla no cambia nada. La tierra continúa sacudiéndose y moviéndose, los temblores aumentan cada vez más.
Las patas delanteras de Anassa se siguen resbalando hacia delante a medida que más y más adoquines se desprenden de su base y caen en el pozo negro sin fondo que se forma donde antes se alzaba la estatua.
«¡Tenemos que salir de aquí!», le grito a Stark y a Anassa.
«¿Nos llevamos a la sacerdotisa con nosotros?». La voz de Stark es fría como el hielo, lo que refleja la cantidad de concentración que está usando para mantener estable su tuercesombras.
Puede que ahora mismo no le tenga mucho aprecio, pero si va a darnos alguna información, necesitamos que permanezca sobre el lomo de Cratos.
«Sí…, por si sabe algo de los planes de Killian», grito mientras nuestros lobos se apresuran y saltan.
Quizá ha acabado descubriendo que solo hay siete y que he encontrado una por mi cuenta, o tal vez todavía esté buscando algo que ni siquiera existe.
Si la sacerdotisa puede darnos alguna pista, nos vendría bien.
Tengo el corazón en la garganta; Anassa lucha por mantenerse fuera del profundo abismo que se abre ante nosotros. Las piedras desaparecen bajo sus patas.
Nos sacuden de un lado a otro, Anassa y Cratos se desvían en direcciones aleatorias para evitar la destrucción que se extiende y que avanza cada vez más rápido. Las olas recorren toda la plaza y un viento violento empieza a levantarse.
Finalmente, al encontrar un apoyo bajo las patas, Anassa salta desde el suelo que se derriba hacia una porción de adoquines firmes. Cratos nos pisa los talones. No perdemos ni un segundo antes de alejarnos corriendo de la plaza.
El rastro de destrucción nos persigue.
«No se detiene —le digo a Stark con preocupación—. Aunque nadie esté usando la Lágrima, la magia sigue activa».
Paramos a mitad de la siguiente calle para contemplar la escena de la destrucción. Casi toda la plaza es ahora un pozo negro como la tinta y continúa expandiéndose cada vez más.
«Tenemos que sacar de aquí a tanta gente como podamos —me dice Stark—. Dividámonos. Meryn, ¿puedes pedir refuerzos?».
Enlazo mentalmente con Noemi y Venna.
«Tenemos la Lágrima —les informo—, pero también algunos problemas más graves. La magia le ha hecho algo a Tardorlin y se está viniendo abajo o… no lo sé, pero algo está destruyendo la ciudad. Necesitamos sacar a la gente. ¿Podéis ayudarnos?».
Venna responde de inmediato.
«¡Ya vamos!».
Siento como ambas entran en acción. Debían de estar a la espera de mi señal por si las necesitábamos.
¿Y ahora qué? Me incorporo sobre el lomo de Anassa para ver lo más lejos posible. Las ondas de destrucción se acercan con rapidez a donde nos encontramos. Junto a la plaza, la torre de piedra de un pequeño templo se sacude y se inclina antes de estrellarse con fuerza contra el suelo.
Se elevan nubes de polvo procedentes de las piedras, los ladrillos y la madera que se hacen añicos a nuestro alrededor y, por un momento, lo único que vemos es gris.
Toso, me lloran los ojos por la arenilla que flota en el aire.
«Cuando se despeje…, tú gira a la izquierda, yo iré a la derecha».
Percibo el asentimiento mental de Stark y luego su despedida, como el roce de unos labios fantasmales contra mi mejilla.
«Ten cuidado, mi reina».
Nuestras mentes se separan para poder concentrarnos en nuestras tareas.
Me limpio los ojos con la camisa, las lágrimas se mezclan con el polvo; después le señalo a Anassa la amplia avenida. Giramos a la derecha en la esquina y corremos a toda velocidad.
La ciudad gime y grita como si fuera un ser vivo.
Trozos de tierra salen despedidos al aire mientras los edificios y las calles se inclinan, se agrietan y se hunden en la nada más oscura.
Se me encoge el corazón al pensar cuánta gente puede haber perdido ya la vida en esta locura.
La quietud de la hora ha quedado destrozada con la misma violencia que el corazón de la ciudad.
Gritos y sollozos estallan por todas partes mientras los habitantes de Tardorlin huyen de sus camas.
Algunos corren hacia las puertas y otros se quedan en la calle mirando al horizonte con horror.
No sé cómo, pero logro alzar la voz.
—¡Tardorlin! ¡Despertad y evacuad! —La desesperación me da fuerza, y mis palabras resuenan por encima del retumbar de la tierra bajo nuestros pies.
A lo lejos, oigo el grito atronador de Stark haciendo lo mismo. Me aferro a ese sonido, incluso cuando los estruendos se vuelven demasiado fuertes y ya no puedo distinguir su voz.
Anassa añade un aullido potente al caos, y cada vez más gente sale de sus casas, tropezando con sus pijamas, cargando bebés y objetos de valor, parpadeando, llorando y maldiciendo.
—¡A las puertas! —Anassa y yo nos dirigimos por el camino más rápido hacia las puertas principales. Familias, guardias, camareras y toda clase de personas corren aterrorizadas en dirección a las estrechas salidas repartidas a lo largo de las murallas exteriores de Tardorlin.
La marea de gente colapsa las calles y forma un cuello de botella; los empujones y los gritos de pánico crean un auténtico caos.
—¡Moveos, joder! —grito con la voz rota.
Anassa y yo llegamos a las puertas y esta vez, mi tuercesombras hace justo lo que necesito: se estrella contra ellas y las arranca de las bisagras.