Capítulo 52
Meryn
Tardamos un día en regresar a la costa, y no se me va el mareo durante todo el viaje. Desembarcamos al sur de Caída Floral, evitando los acantilados que conducen al feudo.
Después viajamos otro día más a lomos de los lobos, mirando constantemente por encima del hombro. Resulta desolador pensar que, casi con total seguridad, cualquier soldado o vinculado con el que nos crucemos será leal a Killian, no a mí. Soy una refugiada en mi propio país.
Mientras tanto, Lucien y Elias sufren bajo las muchas capas de ropa que les obligamos a coger en Astreona, por si acaso. Venna, Noemi y yo disfrutamos fastidiándolos con ese tema. Hay que buscar la diversión donde se pueda.
Durante todo el viaje, espero que el terror de Egith me despierte en mitad de la noche si Killian lanza un ataque contra Caída Floral. Me comunico con ella cada poco para asegurarme de que tanto ella como el resto de los vinculados siguen a salvo.
Y rezo, y rezo, y rezo para que Killian no encuentre la Lágrima antes que nosotros. Para que haya sido lo bastante narcisista como para confiar en que me quedaría donde me pidió que lo hiciera.
Stark y yo por fin nos sentamos a horcajadas sobre Cratos y Anassa respectivamente mientras contemplamos Tardorlin en la distancia. Desde lejos parece pacífica. Pequeña.
Aquí de pie, rodeada de naturaleza y tan lejos de la civilización, todo parece mucho más fácil. Pero sabemos por la información de Egith que toda la ciudad ha caído en manos de Killian.
Stark y yo nos adentraremos en ella sin los demás.
Nuestro plan es pasar desapercibidos, entrar y salir sin ser vistos.
Venna y Noemi opusieron resistencia cuando les expliqué el plan, pero incluso ellas tuvieron que admitir que Stark y yo seríamos más rápidos y menos propensos a llamar la atención por nuestra cuenta.
Tengo mis propios motivos para querer dejarlas atrás.
Si esta misión para recuperar la Lágrima fracasa —y Stark y yo acabamos cautivos o incluso muertos—, al menos habrá dos nocturnianas leales que puedan continuar la lucha junto a Lucien.
Y sé que Venna se asegurará de que Saela se encuentre a salvo, incluso si yo ya no estoy.
Desde nuestra posición elevada sobre Tardorlin, le dedico a Stark un asentimiento tenso.
«En marcha».
Cratos y Anassa irrumpen en la extensión de terreno oscuro.
Al principio transitamos por el límite del bosque para esconder nuestra presencia.
No necesito usar mi magia de Kryptos bajo la sombra de los antiguos pinos.
No somos los únicos depredadores que se mueven en la oscuridad de los bosques de Nocturna; nadie más estaría fuera a esta hora.
Pero el bosque pronto se abre paso y estamos lo bastante cerca de las puertas de la ciudad como para reducir la velocidad, y entonces fisuro para ocultarnos.
A medida que nos aproximábamos a las puertas de Tardorlin, tanto Anassa como yo recordamos la primera vez que vinimos aquí.
Cuánto ha cambiado en tan poco tiempo. Aquella ocasión, una nieve espesa nos cubría mientras reducíamos la distancia con la ciudad, lo amortiguaba todo e impregnaba las calles de una cualidad onírica.
En esta oportunidad estamos también cubiertas de nieve, pero en lugar del blanco plateado de entonces, ahora impera el azul oscuro y el negro de mi poder, de modo que avanzamos sumergidas en la oscuridad, fundiéndonos con las largas sombras que proyectan los pinos y la negrura de alguna que otra granja abandonada.
Aguanto la respiración mientras llegamos hasta los muros; los movimientos de Anassa y Cratos se vuelven más lentos y cuidadosos con cada paso que nos lleva hasta las puertas.
Nos detenemos lo más cerca que nos atrevemos y esperamos, pues necesitamos que aparezca otro visitante para así enmascarar nuestra entrada a la ciudad.
La fisura nos oculta, pero no nos permite atravesar muros de piedra. Todavía no me he atrevido a intentar algo así.
Los cuatro permanecemos quietos como estatuas hasta que los minutos se convierten en una hora, quizá más. Stark y yo mantenemos nuestras mentes abiertas, por supuesto, y hablamos de vez en cuando para no volvernos locos, pero ninguno quiere desconcentrarse; debemos mantenernos ocultos y alerta.
Al fin, un carro tirado por caballos conducido por dos figuras desciende por el camino. Se allega a las puertas a paso de tortuga.
Ambas figuras van envueltas en capas y pieles para protegerse del frío. Entorno los ojos para intentar distinguir sus rasgos cuando pasan a escasos metros de nosotros, pero la densa capa de sombras que me rodea me nubla la vista y no logro distinguirlos con claridad.
Aprieto los dientes mientras aguardamos, escuchando al conductor conversar con los guardias de la puerta.
Una voz masculina enumera los bienes que lleva en el carro, las mercancías que han traído para comerciar.
Uno de los guardias pasa por una puerta más pequeña para examinar las cajas apiladas en el vehículo.
Debe de parecerle bien lo que registra, porque le hace una señal a su compañero y el portón comienza a abrirse con un chirrido.
El conductor agita las riendas cuando la abertura es lo bastante amplia como para permitirles el paso, y Anassa y Cratos se mueven rápido; avanzan en silencio hasta la parte trasera del carro para colarse tras ellos.
Mi magia es tan densa que los guardias ni siquiera miran en nuestra dirección cuando pasamos.
En cuanto entramos en la ciudad, giramos por una calle lateral. Los dos caballos se sobresaltan, pero la gente no parece notar nada raro. Cuando por fin quedamos fuera de su campo de visión, empiezo a recuperar la calma.
Tardorlin parece más silenciosa de lo que recordaba. ¿Será obra de Killian? ¿Qué le ha hecho a mi país ahora que se ha proclamado rey?
«Simplemente es tarde», dice Anassa, pero en su voz percibo cierta duda.
Nuestras anteriores visitas fueron tan breves que apenas recuerdo un par de lugares y el nombre de algunas calles.
Reconozco la posada donde Stark y yo nos alojamos; alzo brevemente la vista hacia la ventana de aquella pequeña habitación que compartimos. Se me curvan los labios al recordar cómo yacía a su lado y me negaba el calor de la atracción que ya sentía con tanta claridad.
Cratos se agita y golpea el suelo ligeramente al pasar.
«¿Recuerdas…?».
«Sí —confirma Stark al instante—. Debería haber aprovechado mejor nuestra pequeña habitación y la cama compartida. Perdí demasiadas horas pensando en ello cuando debería haber estado durmiendo».
No puedo verle la cara a causa de las sombras que nos rodean, pero, aun así, siento su mirada clavada en mí. Me arde la sangre.
«Ahora no —refunfuña Anassa—. Tendréis tiempo de sobra para aparearos después de conseguir la Lágrima y matar a Killian».
«¡Anassa! —exclamo con fingida indignación—. Deja de poner la oreja».
«Pues controla tu deseo; es tan potente que me resulta imposible ignorarlo», resopla.
Razón no le falta.
Pasamos frente a tiendas cerradas, los escaparates oscuros. Algunos de los pisos que se encuentran encima de ellas están iluminados, otros no; las velas arden contra la noche envolvente.
La plaza de la ciudad se despliega ante nosotros y tanto Anassa como yo contenemos el aliento al contemplar la estatua de la Diosa Sin Rostro.
«La última vez que estuvimos aquí fue como si sintiera algo», murmuro cuando me bajo de su lomo y concentro mi energía para mantener el manto de sombras alrededor de ambas ahora que ya no somos una.
«Tu sangre Hielormenta lo sabía», responde Anassa antes de sentarse sobre las patas mientras doy los últimos pasos hacia la estatua. Como la última vez, Stark y Cratos se quedan atrás y dejan que me acerque sola.
En esta ocasión, la nieve no oculta su forma, y el resplandor de las farolas situadas alrededor del borde de la plaza ilumina cada pequeño detalle de su túnica tallada y sus delicadas manos.
Como la última vez, sostiene un puñado de flores y monedas, ofrendas del pueblo de Tardorlin a la misteriosa deidad sin rostro.
Alzo la mano y le acaricio la cara con dos dedos.
Ahora soy capaz de imaginarme los rasgos que deberían estar ahí, la piel dorada.
¿Qué magia despojó su semblante, su nombre, su historia? ¿Por qué su identidad se perdió en el tiempo?
Anassa resopla.
«Quizá encontremos la respuesta en la última Lágrima», sugiere para empujarme con suavidad hacia lo que he venido a buscar.
Bajo los dedos y coloco la mano sobre la suya. Pero igual que la otra vez, la piedra no está fría. De sus manos ahuecadas emana un calor constante y acogedor a pesar del persistente frío del aire.
«Debe de estar aquí, en sus manos —le digo a Stark—. Pero no veo una abertura, un cerrojo… ¿Cómo se supone que debo…?».
Stark y Cratos se acercan.
«¿Quieres que le echemos nosotros un vistazo?».
¿Tengo que romper la estatua? ¿Está dentro? Me parece un insulto a la Diosa Sin Rostro…, darle con un cincel a este precioso monumento que lleva aquí vete a saber desde hace cuánto.
Ahora que estoy aquí, hay algo que me detiene. Como si la propia Diosa me estuviera advirtiendo de que me aleje.
Intento identificar la sensación: ¿es algún tipo de magia que no entiendo?
¿Debería escucharla? ¿O solo es un obstáculo para obtener esta Lágrima?
Antes de que pueda adivinarlo, los agudos sentidos de Anassa captan algo.
«Monta ahora mismo —dice—. Viene alguien».
Me doy la vuelta, doy dos grandes pasos para subirme a lomos de Anassa y refuerzo la magia a nuestro alrededor.
Un segundo después oigo lo que el sensible oído de mi huargo ha percibido antes: el ligero repiqueteo de unas botas de cuero sobre los adoquines.
Contengo la respiración mientras la persona se arrodilla y se inclina para apoyar la frente contra los pies de piedra de la Diosa; los susurros de sus plegarias nos alcanzan, demasiado suaves incluso para que Anassa logre distinguir las palabras.
Cuando la figura se incorpora, se le baja la capucha ligeramente, lo que nos permite ver un rostro arrugado.
Me quedo con la boca abierta.
«¿Es…?».
«Sí», me confirma Stark.
Es la suma sacerdotisa.
«Está bajo la influencia de Killian —digo con los ojos clavados en ella—. Ya sea por voluntad propia o por la fuerza, está utilizando esa maldita Lágrima para controlarla, ¿no?».
Ambos guardamos silencio. Sabemos lo que ocurrirá a continuación.
Anassa es quien da voz a nuestros pensamientos.
«Sea como sea, probablemente está aquí por la misma razón que nosotros: para llevarse la Lágrima. No podemos permitirlo».
Como en respuesta a sus palabras, la sacerdotisa saca de debajo de sus ropajes una herramienta: un martillo que brilla bajo la luz de las farolas.
El tiempo para pensar se ha acabado.
—Suma sacerdotisa —la llamo.
Dejo caer la fisura que nos oculta y le pido a Anassa en silencio que avance.
—Os ordeno que paréis ahora mismo —exijo.
Se da la vuelta; la mano con la que sostiene el martillo cae a un lado mientras me mira estupefacta. Se le arruga la cara aún más cuando nos observa a Anassa y a mí.
—¡Mi reina! —Se arrodilla e inclina la cabeza. Su voz resuena de forma extraña en la plaza, el vacío del lugar parece devolvernos el sonido: «Reina, reina».
Las sombras y la luz parpadean sobre el rostro de la anciana cuando me acerco. Stark y Cratos permanecen cerca de mí, todavía envueltos en sombras.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Os ha enviado Killian? ¿Cómo supo que debía venir a este sitio?
La sacerdotisa asiente lentamente.
—El rey Killian me envió. —Tiene la mirada desenfocada.
«Si está bajo la influencia de ese monstruo, por el anillo… —les digo a Stark y a Anassa con inquietud—. ¿Creéis que existe alguna manera de sacarla del trance?».
Stark y Cratos se arriman un poco más.
«Será mejor que no nos arriesguemos a intentarlo. Obviamente está aquí por la Lágrima. No está de nuestra parte, Meryn. Si se interpone en nuestro camino…, tendremos que incapacitarla».
Entiendo lo que dice, pero una parte de mí duda al mirar a esta mujer frágil.
Después de todas las cosas horribles que he hecho, ¿ahora encima tengo que atacar a una anciana?
¿Y cómo reaccionará el pueblo de Nocturna si le hago daño —o algo peor— a la máxima autoridad de la orden sagrada de la Diosa? Dudo que así consiga que vuelvan a apoyarme.
Doy otro paso hacia ella y extiendo la mano con gesto tranquilizador.
—Suma sacerdotisa, soy yo, Meryn. Killian os está controlando. Debéis despertaros. No quiero haceros daño.
El rostro de la suma sacerdotisa parece iluminarse desde dentro ante mis palabras; le arden los ojos con una intensidad febril.
—Niña boba —dice con un tono de voz cargado de veneración—. Me temo que os equivocáis.
«¡Arriba!», ladra Anassa con urgencia a través de nuestro vínculo, pero yo ya estoy saltando sobre su lomo sin apartar la vista de la sacerdotisa.
La mirada de la mujer emana una euforia que me pone los pelos de punta. Su mirada es la de una auténtica creyente, vidriosa y ferviente.
—El rey Killian no necesita emplear su magia conmigo. Llevamos mucho tiempo esperando este momento. Esperando a alguien que comprenda el poder de lo que hemos mantenido en secreto, alguien dispuesto a hacer todo lo que sea preciso para reclamar las Lágrimas y rehacer con ellas nuestro mundo.
Alza la voz mientras continúa. Se me hiela la sangre.
—Su alteza…, no, su santidad reclamará este destino. Será un dios vivo en la tierra.
Antes de que pueda reaccionar, se vuelve con notable agilidad hacia la estatua y levanta de nuevo el martillo. Aunque Anassa y yo nos abalanzamos sobre ella, la suma sacerdotisa descarga la herramienta con sorprendente fuerza.
Las manos de la Diosa se hacen añicos, y sus fragmentos se dispersan por toda la plaza.