Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Meryn

Así que sí eran dos mitades que necesitaban juntarse» . Mi satisfacción arrogante por haber tenido razón dura apenas un instante antes de que toda mi atención se concentre en las imágenes que se dibujan ante mí.

Es muy distinta de las otras que he experimentado. Mucho menos nítida y mucho más… fragmentada. Son como trozos de recuerdos, en lugar de algo coherente.

Lo primero que veo es a una mujer hermosa, aunque «hermosa» no es una palabra lo bastante poderosa para describirla.

Es radiante.

Tiene la piel dorada y parece brillar desde dentro.

Su rostro de facciones delicadas está enmarcado por una melena verde esmeralda que le cae hasta los hombros.

Emana una energía indescriptible. Belleza, sí.

Pero también hay en ella un aire de paz.

Una suavidad que me roza la piel mientras acuna su barriga de embarazada.

Sé al instante que no es humana.

En parte es por sus ojos extraños, del color de la luz del sol al filtrarse entre las hojas primaverales, con pupilas no del todo negras que reflejan la luz cálida a su alrededor de forma peculiar. Pero también lo sé por instinto.

Cuando la miro, siento un conocimiento silencioso que me dice que es más de lo que yo soy.

Una fisura se abre y me separa de ella. Otra escena cobra forma mientras giro a través del pasado.

La misma mujer —¿el mismo ser?— está de pie junto a un niño. El bebé parece completamente humano y no comparte el brillo etéreo de la mujer. Esta pasa la yema de los dedos sobre el estómago del pequeño mientras duerme, contemplándolo con calidez en los ojos.

Un hombre se materializa a su lado, como si el espacio que ocupa fuera un espejo que alguien inclina bruscamente hacia mí para captar su reflejo.

Es alto y de otro mundo, con el pelo negro azulado como el cielo nocturno y la piel pálida como la luz de la luna. Le destellan los ojos igual que a ella, y las sombras se retuercen a su alrededor, siguiendo la curva de su brazo cuando lo posa en el borde de la cuna.

Su voz grave me eriza el vello al instante.

—Nuestra hija puede ser el vínculo con mis lobos y gobernar sobre tus humanos, pero sabes que no puedes quedarte con la niña. Es nuestra, pero no de los nuestros.

Hay algo en su voz que me resulta familiar, algo que me sacude los huesos.

El semblante dorado de la mujer se descompone por el dolor. Llora en silencio. Y mientras lo hace, alza las manos, con las palmas hacia arriba, y ahueca el aire frente a ella. Atrapa sus lágrimas como si recogiera los fragmentos rotos de su corazón.

Observo fascinada cómo las lágrimas empiezan a unirse y a vibrar. Poco a poco se cristalizan y adoptan un brillo familiar. Un ópalo.

La mujer se inclina y coloca la piedra sobre el pecho del bebé con las manos temblorosas. Entre sollozos, susurra promesas como que mantendrá a su hija y a su linaje a salvo. Que los protegerá a lo largo de generaciones.

La voz del hombre es más fría que el monte Matalobos. Ni se inmuta mientras la observa llorar.

—Despídete, Lumina.

El aire abandona mis pulmones. ¿«Lumina»?

La visión vuelve a cambiar. Apenas distingo más que un puñado de figuras. Sobre todos nosotros está el mismo hombre de antes, con el cabello oscuro y las sombras enroscadas alrededor de los dedos. Mira hacia abajo con la misma expresión imperturbable.

A sus pies se encuentra una mujer vinculada acompañada de su huargo. Ambos se inclinan ante el hombre de cabello oscuro. La mujer vinculada sostiene a la niña en brazos, y el ópalo le cuelga a la pequeña del cuello.

—No confío en los no vinculados. Tú la criarás y la protegerás —ordena el hombre.

La mujer vinculada inclina aún más la cabeza, hasta tocar el suelo.

—Como ordenéis —dice.

Suelto un grito ahogado y regreso a la realidad. Siento una caída repentina, y luego soy muy consciente de mis pies dentro de las botas y de la cubierta bajo mis pies. Me tambaleo y me golpeo contra la barandilla con un gruñido de dolor.

Las cadenas dobles del collar se tensan alrededor de mi cuello, y jadeo mientras doy un paso atrás hasta liberarme. Paso mi collar por encima del cuello de Lucien, esperando que haya obtenido lo que sea que necesitaba de su visión.

Tengo que parpadear varias veces para conseguir que la vista se me enfoque, pero cuando todo se aclara, me siento casi normal.

O no normal.

Una conmoción profunda me sacude hasta los huesos.

Ese nombre, Lumina , es el mismo de los delirios de mi madre.

El que he oído susurrado en mi propia mente en momentos de vulnerabilidad. Todavía recuerdo que una voz oscura lo pronunció en mi primera noche como novata.

¿Es Lumina el verdadero nombre de la Diosa Sin Rostro?

Y ese bebé, bendecido con una Lágrima de Diosa para protegerlo, destinado a servir de vínculo con los lobos, a gobernar sobre los humanos…

Si fue mi antepasada, la primera del linaje Hielormenta, entonces no solo tengo sangre real.

Lucien contempla su propio collar con una expresión inescrutable.

—¿Me vas a contar lo que has visto? —le pregunto con los ojos entrecerrados. ¿Habrá tenido la misma visión? ¿U otra completamente distinta?

Aprieta los labios antes de curvarlos en una sonrisa burlona.

—¿Y tú?

Nos miramos durante unos segundos.

Meto la mano en el bolsillo y saco la Lágrima de la torre.

—Quizá esta también tenga algo que mostrarnos.

Lucien la examina.

—¿No te ha revelado sus secretos?

—Aún no —admito. Puede que también requiera de dos, por la razón que sea. Levanto la mano con la Lágrima extendida. Lucien intenta cogerla, pero cierro los dedos—. No voy a dártela. Pero… quizá deberíamos tocarla los dos.

Lucien asiente, esta vez sin hacer comentarios indecorosos. Ambos respiramos hondo antes de que envuelva su mano alrededor de la mía.

Me arrancan de la cubierta del barco y me lanzan al cielo, girando sin control hasta que vuelvo a enderezarme. Las náuseas me invaden durante un momento, pero después me siento ligera y con un cosquilleo, como si hubiera dejado mi cuerpo atrás y no fuera más que un recuerdo.

No veo a Lucien, pero siento su presencia. Estamos presenciando la misma visión.

La misma mujer de antes —Lumina— se materializa desde una luz cegadora.

Al principio camina sobre el aire, con el vestido ondeando tras ella.

Luego la estancia se materializa a nuestro alrededor, tabla por tabla y piedra por piedra, hasta que vuelvo a encontrarme en la torre que acabamos de abandonar.

Está dispuesta de la misma forma, pero no muestra señales del paso del tiempo.

Lumina parece angustiada. Va y viene, recorre la estancia en círculos como un animal atrapado. Enreda los dedos una y otra vez en su cabello verde, y sus ojos destellan mientras gira y vuelve a girar.

De pronto, el espacio se oscurece. Las sombras se coagulan y se anudan como serpientes retorciéndose. El hombre de la anterior visión aparece, aunque, al igual que a Lumina, no me parece adecuado llamarlo «hombre». Sé que es algo más. Se le ve igual de apuesto y frío que antes.

—¡Nocturn! —grita Lumina al instante. Se acerca a él, con la falda del vestido ondeando—. ¡¿Qué has hecho?! ¿Cómo lo has conseguido? ¡Me has debilitado!

«Nocturn». El nombre me provoca escalofríos. Otro nombre demasiado presente en los labios de mi madre.

«Los hijos de Nocturn», era lo que estaba escrito en el acertijo del altar. Pensaba que se refería a los hijos de Nocturna, pero quizá estaba equivocada.

Un eco del nombre resuena en mi interior, como un acorde inquietante.

Sé que nunca había visto su rostro.

Pero su voz… De pronto, lo recuerdo: la voz del reino de sombras. La voz que me ha atormentado en mis sueños desde que me vinculé con Anassa y puso todo en marcha. ¿Habrá sido la de Nocturn todo este tiempo?

En la visión, hace una mueca. Tiene una mirada indiferente, como si acabara de descubrir que debe ocuparse de una molestia.

—Te has debilitado tú sola. Yo no he tenido nada que ver.

—¿Yo sola? —exclama Lumina.

—Siempre fuiste demasiado generosa. No es culpa mía que tu altruismo te haya perjudicado —responde con frialdad—. Es impropio de una diosa.

«Impropio de una diosa». Lo sabía, pero, aun así, la confirmación envía una oleada de conmoción directa a mis huesos. Empiezo a temblar.

Dioses. Ambos son dioses.

A Lumina le brillan los ojos. Tiene las manos apretadas en puños junto a sus faldas, pero respira hondo y, algo más calmada, dice:

—¿Por qué haces esto?

Nocturn se acerca tanto que le pisa el bajo de la falda con las botas.

—Me perteneces a mí y solo a mí, y te quedarás aquí hasta que lo aceptes.

¿Lo aceptó ? ¿Por eso ya no está en la torre? ¿Por eso no la encontramos allí? ¿Se convirtió en suya y él la dejó salir? ¿O se negó y luchó por liberarse?

Lumina abre la boca para gritar de nuevo, pero Nocturn se disipa en la oscuridad en cuestión de segundos. Se deshace y se funde con las sombras de los rincones. La negrura palpita cuando se une a ella y después se atenúa lentamente, dejando que regrese la luz.

Lumina cae de rodillas, llorando, y se me rompe el corazón. El resto de la estancia se desvanece porque solo importa ella. Ella y este dolor que tanto reconozco.

Puede que sea un ancestro lejano, pero lo odio.

Sus lágrimas se condensan en otro ópalo, igual que antes. Observa la joya sobre los pliegues de su falda, y su horror es una bruma fría en el aire. Con manos temblorosas, lo alza hacia la luz. Es hermoso y, sin embargo, difícil de mirar; el poder que contiene quema con su intensidad.

—Me he debilitado… —susurra. Su rostro se contorsiona por la tristeza—. No sabes lo que es ser un dios, Nocturn.

Regreso a mi cuerpo con brusquedad y dejo escapar un sonido ahogado. Me he caído en la cubierta, y Anassa está sobre mí, protectora. Me empuja con el hocico, y me concentro en su contacto para convencerme de que no sigo ahogándome en el sufrimiento de Lumina.

Lucien está de rodillas a mi lado.

—¿Lo has visto? —me pregunta en busca de confirmación.

—Sí.

Nocturn. Él atrapó a Lumina en esa torre.

Ahora estoy segura de que s u voz es la que he estado oyendo. Nocturn debió de ser quien preparó esa retorcida prueba para nosotros y quien me devolvió a la vida después de que me clavara la daga en el pecho.

Todo el tiempo fue él: sus sombras atormentando mis sueños, haciéndome creer que estaba perdiendo la cabeza en Hielormenta.

—Nunca fue locura —murmuro—. Ni la mía, ni la de mi madre. Siempre fue historia. Nos estaba contando nuestra historia.

Lucien me mira, desconcertado.

—Pensé que no era nada. Solo… garabatos sin sentido. Pero ahora… espera. —Me pongo en pie de un salto y me dirijo a mi litera para buscar los diarios de mi madre. Saela, qué chica tan lista. Llevaba razón al decir que los necesitaría.

Paso las páginas hasta encontrar la que buscaba, la que muestra esos tres nombres una y otra vez: Lumina, Nocturn, Astreon.

Una línea une las repeticiones de los tres.

Cruza el de Lumina, el de Nocturn, el de Astreon y vuelve a empezar.

Una unión eterna. Parece caótico por la cantidad de veces que se repiten, pero no es casualidad.

—Pero ¿quién es Astreon? —pregunto lentamente.

Lucien frunce los labios y alza la mirada al cielo.

—¡Vale! De acuerdo. Te contaré mi primera visión, pero solo si tú haces lo mismo.

Pongo los ojos en blanco.

—Supongo que eso significa que viste a alguien llamado Astreon, ¿no?

—Sí —admite Lucien—. Creo que podría ser un antepasado. Y… posiblemente Lumina también. Pero entonces… —Su voz gana seguridad—. Siempre supe que yo parecía un dios.

—Deja el ego a un lado un minuto y concéntrate —resoplo—. Yo también vi a un dios en mi visión. A Nocturn. Creo que pudo haber sido mi antepasado. Así que Lumina tuvo algo tanto con Nocturn como con Astreon. ¿Por eso la encerraría Nocturn? ¿Por haberle sido infiel?

Omito la parte en la que Nocturn me ha estado hablando en sueños. No hay necesidad de compartir todos mis secretos.

Examino el diario de mi madre en busca de cualquier pista que pueda guiarnos hasta la última Lágrima.

Paso páginas y páginas. Los nombres de Nocturn, Lumina y Astreon se repiten una y otra vez con letra diminuta.

Algunas páginas son ilegibles, la caligrafía es demasiado temblorosa como para descifrarla.

Otras están arrugadas o descoloridas; quizá en algún momento se mojaron y la tinta se corrió.

Paso a un boceto borroso que ocupa toda la página. El diario está lleno de dibujos de esa mujer sobrenatural: la diosa Lumina, tal y como sé ahora. Pero este dibujo tiene algo más concreto. Más real.

—Stark —lo llamo—, ¿te recuerda a algo?

Baja la mirada hacia la página y luego me mira a mí.

—La estatua de la Diosa Sin Rostro de Tardorlin.

Exacto. La que vi cuando viajé con Stark, cuando una fuerza inexplicable me atrajo hacia ella. La de las manos misteriosamente cálidas. Como si estuviera viva y me sostuviera.

Cierro el cuaderno de golpe.

—Sé dónde encontrar la última Lágrima.