Capítulo 50 #2
Lucien está de pie en la cubierta superior.
Tiene los brazos cruzados y apoyados en la barandilla.
De su oscuro atuendo destaca, a la altura del hombro, un broche dorado que resalta sobre su esbelta figura.
Su cabello y piel claros resplandecen a la luz del sol matinal.
Es evidente que Lucien pretende deslumbrar con su aspecto, pero son sus ojos lo que me llama la atención.
Tiene la mirada perdida en la infinidad del mar, de un azul que compite con el de sus iris.
Me cuesta identificar qué es lo que hay tras ellos.
No parece contento ni divertido. Tampoco frustrado o molesto.
Parece… vacío.
—Lucien —le digo, mientras subo las escaleras para situarme a su lado.
Él ni siquiera gira la cabeza. Lo imito y me apoyo también en la barandilla. En el aire impera la sinfonía del constante chapoteo del agua.
Aún no me he mareado. Quizá se trate de la magia de la nueva Lágrima. Si es así, no pienso renunciar a ella jamás. Sí renuncio a intentar adivinar qué le pasa por la cabeza.
—Bueno, ¿estamos de acuerdo en lo que hacer a continuación?
Detiene sus ojos en mí.
—En fin, dado que está claro que casarte conmigo por la fuerza de mi ejército y el beneficio político que traería no figura entre tus prioridades…
Alzo una mano para interrumpirlo:
—Cierra el pico antes de que lo que figure entre mis prioridades sea tirarte por la borda.
—Tenemos que ir a por la última Lágrima.
Asiento.
—Killian y Alistair no pueden hacerse con el poder de destrucción. Pero antes tenemos que averiguar dónde está. Lo cual es un absoluto misterio para mí. A no ser que dispongas de algún dato crucial que hayas decidido reservarte para un momento como este.
Él guarda silencio. La brisa agita su cabello, y algunos mechones se le enredan en las extensiones de su corona.
Supongo que eso es un no.
Suspiro.
—¿Alguna vez has tenido una visión de la Lágrima que llevas como colgante? ¿Una visión como las que recibimos de nuestras coronas?
Lucien se endereza con un gesto que lo separa ligeramente de la barandilla. Después alza una mano y se la mete por debajo de la camisa, a la altura del esternón, para enganchar la cadena que adorna su pecho con el dedo. La Lágrima atrapa un rayo de sol que proyecta un arcoíris en su rostro.
—No —admite—. De esta, nunca.
—Me pasa lo mismo con el colgante de mi madre —digo yo—. Ahora ya hace más de una semana que lo llevo puesto. Por no hablar de las veces que me lo puse antes de que me coronaran. Ni una sola visión. Ni revelaciones. Nada.
—¿Crees que las visiones nos conducirán a la última Lágrima? —pregunta Lucien con un tono reflexivo.
Me encojo de hombros.
—Tal vez no. Pero merece la pena que nos lo planteemos. —Tras unos segundos de silencio, mi mente se pone en marcha. Lucien parece percibirlo y me mira con una ceja arqueada—. ¿Y si nos cambiamos los colgantes? —propongo.
—Cambiarlos —repite Lucien como si acabara de sugerirle que los tiremos al mar.
—Intercambiarlos. A lo mejor los colgantes necesitan que se los ponga alguien ajeno a nuestros linajes para activar los recuerdos que contienen, ¿no?
La ceja sigue arqueada, pero se encoge de hombros.
—Nos estamos quedando sin opciones —reconoce.
—Bajemos a la cubierta inferior —sugiero al tiempo que él se saca la cadena por la cabeza.
Si voy a desvanecerme otra vez, como cuando me puse la corona de Lucien, prefiero estar cerca de alguien que pueda cogerme.
Alguien aparte del insufrible rey sifón, claro.
Enrolla la cadena del colgante alrededor de su puño dos veces para asegurarla.
—¿Ya echas de menos a tu leal guardián o qué?
Una cálida satisfacción me inunda en cuanto miro a Stark, que levanta el semblante hacia nosotros. Vigila a Lucien en busca de signos que delaten una traición.
—Por supuesto —digo sin más.
Ni siquiera las pullas de Lucien pueden perturbar el profundo bienestar que me embarga desde que amanecí esta mañana con el sólido brazo de Stark en torno a mi cuerpo.
Abajo, Lucien sostiene su colgante con fuerza y una ceja enarcada.
—Muéstrame el tuyo.
—Listo —respondo yo con el ópalo en la mano.
Lucien frunce el ceño ligeramente mientras completamos el intercambio y los colgantes se quedan en nuestros respectivos cuellos.
El corazón me late con fuerza, a la espera de que una visión irrumpa en mi consciencia.
Me doy cuenta de que a Lucien le pasa lo mismo.
Tiene los ojos cerrados, el ceño fruncido y la cabeza un tanto ladeada.
Pero nada ocurre. La Lágrima, en mi mano, conserva su calor, pero también su silencio. Lucien abre los ojos y me fulmina con la mirada como si fuera culpa mía que nuestros pedruscos mágicos no le obedezcan.
Vuelvo a pensar en la ceremonia de coronación, la fuente de muchas de mis teorías.
Para algunas de las unciones, la sacerdotisa me cubrió solo con un poco de aceite.
Si no me equivoco y el del esternón se suponía que simbolizaba estos colgantes…
, allí me untó dos veces. Dos pinceladas firmes de ungüento.
No puede hacer daño probar.
—Puede que esto te suene un poco estúpido, pero ¿y si pruebo a llevar los dos colgantes? A lo mejor las dos Lágrimas tienen que estar juntas, como si fueran las dos mitades de una misma cosa.
—Buen intento —responde él, mordaz—. No obstante, si quieres darme los dos colgantes a mí, yo también podría probar.
Gruño, frustrada.
—¿Adónde crees exactamente que podría llevarme tu collar?
Estamos metidos en un barco. —Él sacude la cabeza, reacio a ceder—.
Mira, ¿y si lo intentamos juntos? —propongo—.
Creo que las cadenas son lo bastante largas como para ponérnoslas a la vez.
Así ninguno tendrá que preocuparse de que el otro obtenga información primero o lo que sea que creas que puede pasar.
Soy consciente de que suena raro y desesperado. Pero necesitamos adquirir más conocimiento, y las Lágrimas podrían ser la clave.
Él no parece tenerlas todas consigo, pero asiente.
—Claro, lo que te haga feliz, querida. Aunque si lo que quieres es acercarte a mí físicamente, haberlo dicho.
Lucien tiene razón; hay que acercarse demasiado para que esto funcione.
Stark no nos quita los ojos de encima cuando nos encorvamos torpemente y estiramos el cuello para acercar nuestras cabezas sin que lleguen a tocarse. Lucien tiene que agacharse aún más, puesto que es más alto que yo.
A unos metros de distancia, Venna bufa.
—Parecéis dos pájaros en una especie de danza de apareamiento.
—Te invito a venir y probar —dice Lucien, que se las apaña para dirigirle una mirada lasciva a pesar de estar en esta posición tan incómoda.
Yo exhalo un suspiro impaciente.
—¿Listo?
Lucien alza su colgante a modo de respuesta y lo pasa por nuestras cabezas. A continuación, hago lo mismo con el mío y, de inmediato…
Me sumerjo en una visión.