Capítulo 50
Meryn
La explosión es inmediata para los dos.
El placer es abrumador de por sí, pero estar en la mente de Stark cuando me lo proporciona… es demasiado. Demasiado.
No puedo pensar, solo puedo sentir.
Siento el provocativo calor de su lengua resbaladiza al acariciarme el clítoris con delicadeza. Fuegos artificiales, mi cuerpo se derrite. Y el propio placer de Stark en respuesta al mío.
La sensación que tiene él al empalmarse; su excitación es como un incendio que avanza en su interior. Su miembro se pone aún más rígido al ser testigo de lo lista que estoy para él. Con un gemido, cierro los ojos con fuerza. Casi es demasiado.
Él se detiene con la lengua hundida en mí, y sé sin necesidad de preguntar que también él se ve superado por el vaivén de nuestro mutuo placer al trasladarse de uno a otro.
Pero entonces reanuda los movimientos. Comienza con pequeños y lánguidos lametones.
El ardor me recorre el cuerpo, desatando punzadas de placer tan intensas que casi resultan dolorosas.
Estoy en él y en mí misma cuando su lengua toca la tecla clave , lo que hace que me derrita entera.
Le encanta ser el responsable de que me esté volviendo tan loca, y esa noción me enciende todavía más.
Hace una pausa y vuelve a empezar a recorrer lentamente esa zona perfecta desde la que asciendo hasta la cresta de la ola del placer. Y entonces se aparta. Despacio, con cuidado, de forma insoportable. Y se detiene. Y vuelve a hacerlo. Y vuelve a pararse. Y otra vez.
Me estoy ahogando en esta sensación en la que siento cómo me acerca a esa cumbre de intensidad, pero de forma paulatina, muy poco a poco, de manera que nunca corono la cima, sino que me tambaleo en ella mientras mi cuerpo se deshace en su boca.
Su lengua es la mía cuando me hace eso; su embriagadora satisfacción me pertenece.
Una deliciosa sensación me recorre por entero mientras crece sin cesar, presente en los dos.
Ahogo una exclamación al saborearme a mí misma a través de su boca.
Un regusto agridulce como las fresas del invernadero del castillo mezcladas con un delicado vinascua blanco.
«Mi sabor favorito», dice su voz en mi mente, y yo gruño y me relamo.
Sé lo que va a hacer antes de que lo haga. Hay una fracción de segundo de impaciencia antes de que vuelva a mover la lengua y me humedezca otra vez. Y entonces, joder … Decide tocarse a sí mismo bajo los pantalones, proporcionarse caricias impetuosas. Diosa, es tan placentero… Tanto …
Comparte unas imágenes conmigo, imágenes de lo que me hará cuando me haya corrido, del húmedo calor de mi entrepierna mojada y de cómo será penetrarme.
Gimo, jadeo y me retuerzo, ajena a todo menos a la mente de Stark y a lo que está desatando en mí.
Lo veo venir un segundo antes de que me toque con la otra mano. Siento su propia excitación cuando hunde los dedos en mi entrepierna y acaricia mi coño empapado, trazando círculos en el centro.
Se toma su tiempo, disfruta de cada sensación que su toque despierta en mi cuerpo. Me mete el dedo índice para notar cómo me contraigo a su alrededor, llena y ansiosa por más al mismo tiempo.
Aparta la lengua un momento y yo suelto un quejido ante su pérdida. Pero entonces me mete un segundo dedo y, despacio, lo dobla junto al otro, solo un poco, para sacarlos y presionar contra las paredes que los envuelven mientras yo me contraigo.
Se está recreando en todas las sensaciones que es capaz de captar de mis adentros, memorizando cómo me hace sentir, el calor que me embarga por completo mientras él dobla los dedos una vez más, con un poco de vehemencia esta vez, antes de presionar con las yemas de los dedos.
Casi me pongo a levitar de la impresión.
Sus dedos me abandonan y me dejan tan aturdida que apenas puedo pronunciar palabra. Pero él ya está ahí, en mi cabeza, consciente de qué es lo que deseo decir. Su diversión es como una caricia.
«¿Todo bien, princesa?».
«Vete a la mierda, Stark, sabes perfectamente qué es lo que me estás haciendo», consigo articular.
Stark se toca a sí mismo, lo que hace que su excitación se mezcle con la mía hasta que ya no logro diferenciarlas.
Ahora jadea, cerca del culmen, lo cual me acerca a mí . Después gruñe y vuelve a bajar la cabeza hasta mi entrepierna, donde lame con rapidez y precisión el punto exacto. Me vuelve a meter los dedos, deprisa y sin miramientos antes de retirarlos.
«Necesito… Necesito…», mis pensamientos son un caos. Me fallan las palabras.
—¿Qué necesitas, Meryn? —dice en voz alta.
Estoy atrapada en el movimiento de su boca y odio que no esté en mi cuerpo.
Lloro sin motivo, al borde de ese culmen, víctima del movimiento constante de su mano sobre su polla, muy consciente de lo duro que se ha puesto por mí.
No consigo mediar palabra; tan solo jadear.
Pero Stark lo sabe. Sabe exactamente cómo actuar para llevarme a la cima, y lo hace.
Sus dedos, su boca, el delicado roce de sus dientes en mi clítoris.
Esa presión creciente de placer y anhelo y acumulación hasta que… vuelve a frenar. Se me saltan unas lágrimas de placer y frustración y deseo que se deslizan por mis mejillas hasta caer en el colchón.
«Por favor, Stark», suplico en nuestras mentes.
«¿Por favor qué, princesa? —replica él, con su lengua en mi clítoris de nuevo al tiempo que desliza despacio un dedo en mi interior, arrancándome temblores y sollozos—. Quiero oírtelo decir».
El placer es tan intenso que roza el dolor a estas alturas. Mi cuerpo arde de deseo, al borde de un clímax que se prolonga.
«Por favor, deja que me corra», ruego sin un ápice de dignidad.
Por toda respuesta, él aumenta la cadencia de su boca en mi clítoris y succiona mientras añade un tercer dedo para dilatarme y llenarme más.
Me deshago. Me rompo en mil pedazos. En mi cuerpo estalla un placer que me nubla la vista. La mano de Stark agarra con firmeza la base de su polla, estimulándola conmigo, con su boca contra mi clítoris, del que emana un orgasmo que no cesa .
«Sigue tocándote», musito casi sin aliento en mi cabeza, y él obedece.
De algún modo, mi orgasmo prosigue. Él está a punto de explotar, lo que permite que mi placer se alargue indefinidamente.
«Stark —digo en su mente—. Stark, oh, Diosa, Stark».
Él jadea y se muerde el labio inferior con fuerza para no acabar. Todo mientras se da placer por mí, para compartir dicho placer conmigo, como si lo viviera yo para que el clímax de mi orgasmo no termine de abandonarme nunca.
Solo cuando empiezo a relajarme, me coge de las caderas con las dos manos y me empuja hacia el borde de la cama para que mis piernas lo rodeen.
Su polla encuentra ese punto de placer en mi cuerpo, y la sacudida que nos produce a los dos a la vez me reactiva hasta que vuelvo a retorcerme entre gemidos.
«Por favor, sí, por favor, por favor, por favor», le suplico, y ahí está él, en mi mente, consciente de lo cerquísima que estoy del abismo.
Ya no puede posponerlo más. Con una mano, se ubica a sí mismo frente a mi apertura y yo pierdo la noción de la realidad por un instante cuando me penetra.
Caliente, húmedo, está tan cerca ya…
Stark la saca y me la vuelve a meter. Está en mí y yo estoy en él; noto cómo las resbaladizas paredes de mi interior se ciñen alrededor de su polla hinchada y anhelante. Es un placer cegador, él casi ha…
Incrementa el ritmo; yo me aferro a él con las piernas. Joder . No sabía que existieran sensaciones tan extremadamente placenteras…
—¡ Joder , Meryn! —vocifera él, y yo me corro con él, presa de una tempestad de fuego que se desata en cada fibra de mi ser.
Me embiste una vez más, dos, y me cubre con su propio alivio. Estoy en su mente, sumergida en el éxtasis que se propaga a través del orgasmo más intenso que ha tenido nunca. Su placer y el mío nos unen más y más, hasta que dejo de sentir cualquier otra cosa.
Unas oleadas ardientes se ciernen sobre él mientras ambos temblamos y recobramos el aliento que nos ha arrebatado la intensidad del momento.
Poco a poco, recupero mi mente, todavía enlazada a la suya, y por un segundo ni él ni yo somos capaces de decir nada.
La calidez y la satisfacción compartida de lo que acabamos de hacer recorre nuestros cuerpos en breves estremecimientos.
Stark me envuelve con los brazos y me levanta de la cama sin separarnos.
Me da la vuelta con cuidado hasta que consigue tumbarse bocarriba en el pequeño catre, conmigo sobre él. Colapso sobre su pecho y casi me vuelvo loca de nuevo al notar el temblor de su miembro todavía dentro de mí.
—Meryn —oigo que dice con suavidad.
Tengo la cabeza apoyada en su pecho, por lo que oigo cómo los latidos de su corazón se calman paulatinamente.
Él entierra una lánguida mano en mi pelo para acariciarlo antes de recorrer mi espalda con los dedos.
—Ajá… —murmuro yo, arrebujándome más.
—La próxima vez que sientas la necesidad de sacrificarte, recuerda qué es lo que dejas atrás —dice él.
Resoplo.
—Aquí nadie se muere hasta que hayamos hecho esto por lo menos cien veces —coincido.
«Cien mil veces», puntualiza él, y yo sonrío contra sus pectorales.
Dejamos que nuestras mentes permanezcan entrelazadas mientras nos quedamos donde estamos, con nuestros corazones latiendo al unísono y nuestros pechos ascendiendo y descendiendo movidos por nuestra respiración. Percibo el instante en el que cae rendido al sueño.
A la mañana siguiente, todos nos reunimos en cubierta una vez más, con las miradas perdidas en la exuberante isla verde que, hasta no hace mucho, era yerma.
La espesura casi oculta la torre. La atención de los presentes regresa una y otra vez a esa explosión de vida, como si, por mirarla mucho, la isla fuese a revelarnos sus secretos.