Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 49 #2
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Capítulo 49 #2

El hambriento anhelo que se conjura en su semblante me alarma.

—Destruir —coincido—. Así que tienes razón, Lucien. No podemos ir a Caída Floral. Pero tampoco podemos volver a Astreona. Si Killian y Alistair siguen buscando esa última Lágrima, debemos encontrarla antes que ellos o estaremos perdidos.

Tras la sombría revelación, nos retiramos a nuestros camarotes para descansar. Stark apenas me mira. Yo observo cómo sus anchas espaldas se alejan de camino a su habitación, sin mí. Noto una punzada en el pecho.

«¿Es que nunca va a perdonarme por lo de la torre?», le pregunto a Anassa.

«Dale tiempo —responde ella, somnolienta, desde el rincón en el que se ha acomodado con Cratos en cubierta—. Descansa un poco».

Mi pequeño aposento de madera está sumido en un silencio solo quebrado por los crujidos del barco a mi alrededor.

Me meto en el catre. Tengo todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo agotados.

Y, sin embargo, mi cerebro se niega a reposar.

Prefiere darle una y mil vueltas a las Lágrimas y lo que pueden significar.

Oigo pasos al otro lado de mi puerta, amortiguados por la oscura madera. Me revuelvo en la cama y cierro los ojos con la intención de conciliar el sueño. Pero entonces alguien abre la puerta sin previo aviso.

Stark entra en el cuarto. Su presencia engulle lo que queda de la luz.

—Has venido —digo con torpeza.

Él se queda en el umbral y examina lo que hay en mi habitación. Desde que embarcamos, siempre he dormido en su camarote en vez de en el mío. No había puesto el pie aquí, y me doy cuenta de forma instintiva de que no le gusta lo que ve.

El contenido de la alforja que traje conmigo está volcado en el suelo —un suelo que apenas es visible ya—.

Para ser justos, no es que haya mucho suelo tampoco.

La butaca está ocupada por los diarios de mi madre y el volumen sobre las reinas Hielormenta.

Sobre la estrecha cómoda cuelgan varias prendas de ropa que tapan los cajones.

El rostro, ya de por sí torcido por una mueca de Stark, se ensombrece.

—Mira, sabes qué te digo, que no te he invitado a venir aquí, así que ahórrate el sermón —le digo con acidez.

Él se cruza de brazos.

—No he dicho nada.

—No hace falta. Te oigo pensar, y ni siquiera tenemos una conexión mental ahora mismo.

Le bastan tres zancadas —en las que procura evitar la ropa tirada— para llegar a mi lado.

—Hazme sitio.

Stark se quita la camisa y, para mi desconcierto, la deja caer junto a mi ropa en el suelo. Ni siquiera parpadea al hacerlo. Se deja puestos los pantalones de dormir y me dirige una mirada expectante.

Yo me arrimo a la pared para dejarle espacio sobre el colchón.

—¿Vamos a hablar de…?

—No —corta él, acomodando su inmenso cuerpo junto al mío en este espacio angosto—. Ahora no.

Suspiro y me pierdo en la oscuridad de sus ojos. Al alzar la mano para retirarle un mechón de la cara, me veo obligada a reprimir el impulso de besarlo.

—¿A qué has venido, entonces?

—Porque los dos necesitamos dormir, y yo no podría hacerlo sabiendo que estás aquí sola, con la posibilidad de acabar en ese reino de sombras con él .

Me rodea la cintura con su robusto brazo en un gesto que no tiene nada de sexual; simplemente, la cama no puede acogernos a ambos a menos que nos peguemos el uno al otro.

Se me forma un nudo en la garganta. Está tan enfadado conmigo que ni siquiera me habla y, aun así, aquí está. Aun así, está pendiente de mí.

—Vale —murmuro. Aprieto la frente contra la calidez de su pecho, me embriago de su densa fragancia ambarina.

Y, para mis adentros, pienso: «Eres lo mejor que me ha pasado en la vida».

Y: «Haces que quiera convertirme en una persona merecedora de semejante devoción».

Y: «Si yo soy tu razón correcta, tú también eres la mía».

No sé si proyecto esas palabras en su dirección, pero, al sumergirme en un sueño reparador en el que no pasa nada, estoy convencida de que me acaricia la espalda con la mano.

No ha amanecido del todo cuando me despierto; la luz al otro lado de la escotilla es del azul grisáceo de la aurora temprana.

O, comprendo, lo sería si no fuera el gris propio de un día lluvioso.

En algún momento de la noche, Stark y yo hemos cambiado de posición.

Ahora él se encuentra por completo debajo de mí, y yo duermo prácticamente sobre su cuerpo como si fuera el colchón.

El mar mece el barco con algo más de vehemencia debido a la tormenta. Debe de haberme despertado una ola.

Me pongo en contacto mental con Anassa, que me percibe y me hace saber sin necesidad de palabras que está bien. Tanto ella como los demás lobos se han resguardado de la lluvia en la cubierta inferior.

Golpeamos otra ola que sacude la habitación de un lado a otro.

Que me sacude a mí encima de Stark.

Lo que me permite descubrir su palpable virilidad.

Su miembro se desliza entre mis muslos sin que la tela de sus pantalones me impida sentir cada detalle. Un pequeño gemido de deseo brota de mi garganta.

Esto no está bien. No voy a restregarme contra un hombre dormido.

Apoyo mi peso en las manos y me yergo con cuidado para quitarme de encima sin molestarlo.

Pero no llego muy lejos. Una de las manos de Stark se detiene en mi cadera y presiona con fuerza.

La otra recala en mi cuello y en los tatuajes que él trazó allí.

Aprieta con suavidad mientras me atrae hacia él. Sus ojos siguen cerrados.

¿Está… durmiendo?

—Stark —susurro.

Nada.

— Stark .

El barco se sacude de nuevo y la mano que tiene sobre mi cadera me sostiene con firmeza contra él. Yo gimo con impotencia. Eso es lo que hace que, de pronto, abra los ojos por fin; unos ojos aturdidos por el sueño pero muy activos. Él me mueve sobre su rigidez y contengo otro gemido.

—Aún no hemos hablado —protesto de manera poco convincente—. Estás enfadado conmigo.

—¿Lo estoy? —Su voz suena ronca y grave. Stark agita las caderas contra las mías y yo gimo, presa de un calor que no hace más que aumentar en mis adentros—. ¿Es eso lo que crees, Meryn? Conéctate conmigo. Deja que te lo enseñe.

La mano que tenía en mi cuello se vuelve delicada cuando pasa a acariciar mi piel.

Cierro los ojos y busco la conexión mental que existe entre nosotros, la que funciona al margen de nuestros lobos y su vínculo de pareja.

Ninguno de los dos está totalmente despejado, por lo que preciso unos segundos, pero al final lo logro.

Estoy en él y en mí al mismo tiempo, así que puedo sentir sus emociones con mucha intensidad.

La respiración se me atasca en la garganta. No está enfadado, sino que tiene el corazón roto . Me proporciona un recuerdo: yo en un río de sangre, con una daga clavada en el pecho. Me veo a través de sus ojos, y es un jodido espanto.

Estoy muerta. Muerta de verdad. Mi piel ha perdido su color.

No respiro. El rojo de mi sangre en las manos de Stark.

Tiembla. Cree que me ha fallado; al final, no ha podido protegerme.

Este era su miedo más atroz: que yo decidiera hacerme algo que él no pudiera impedir.

Y ha sucedido, a pesar de que había estado protegiéndome de…

Veo otro recuerdo a través de sus ojos. Yo, viva y aseada, sentada en la cubierta del barco mientras intento dilucidar adónde ir a continuación.

Qué preciosa estoy bajo la mirada de Stark.

Mi blanco y argénteo cabello brilla a la luz del sol.

Se le encoge el corazón mientras me contempla con deleite.

Es difícil creer que estoy ahí después de lo que ha presenciado hace escasas horas. Incluso en este momento, lo único que ve al mirarme es la daga que sobresalía de mi pecho y el rojo de mi sangre en sus manos.

No está acostumbrado a sentir miedo y yo lo asusto por la inmensidad de esto que hay entre nosotros.

Cojo aire para tranquilizarme y lo miro a los ojos. La visión aún se superpone a lo que vemos y marea un poco.

—No me has fallado.

—Sí te he fallado —replica él enseguida—. Debería haberme anticipado a lo que querías hacer; debería haberte detenido antes de…

—No —lo interrumpo—. Las decisiones de los demás nunca son un fracaso nuestro .

Es importante que lo entiendas. Yo tomé la decisión que juzgué correcta.

Y volvería a hacerlo con tal de salvaros a los tres, con tal de darle un futuro a nuestro país.

La elección fue mía, y fue un privilegio poder hacerla.

—Y es mi privilegio ser tu protector, princesa —murmura él—. ¿Por qué te empeñas en negarme eso?

Pongo las manos en su rostro. Su barba incipiente me araña las palmas. Después me acerco hasta que nuestros labios se rozan.

—Yo nunca te negaría nada. Debes darte cuenta.

Él se incorpora para besarme y yo lo siento todo: la sensación de nuestras bocas al encontrarse, el sabor de su aliento, sus manos en mis caderas y la suavidad de mi piel desde su experiencia cuando desliza una mano por debajo de mi camisón.

Stark maniobra deprisa y nos mueve de manera que ahora soy yo la que está debajo de él. Después me levanta el camisón hasta la cintura y me quita la ropa interior, que tira lejos. Él se coloca en el suelo, de rodillas.

—¿No te vuelve loco no recoger eso? —le provoco.

Los ojos de Stark, hambrientos y encendidos, se clavan en los míos.

«Ahora te enseñaré lo que de verdad me vuelve loco».

Apoya mis piernas sobre sus hombros y se inclina hacia mi centro. Estoy en su cabeza y en la mía. Siento tanto el peso de mis propios muslos como su presencia bajo ellos. Su cálido aliento me acaricia la entrepierna, pero también soy yo quien lo exhala.

Le pongo una mano en la frente para detenerlo.

—Espera. ¿Esto no es un poco raro?

«Pensaba que habías dicho que nunca me negarías nada, princesa. No me niegues la oportunidad de mostrarte qué aspecto tienes y cuál es tu sabor. Cómo te siento».

Con una carcajada sorprendida, digo:

—¿Sabes qué? A la mierda. Sí, hazlo.

Las palabras apenas han escapado de mi boca cuando la lengua de Stark se hunde en mí.

«Qué cojones…».