Capítulo 48 #2
Noemi me mira impotente. Venna mantiene un semblante inexpresivo, distante. Stark me mira fijamente.
A la espera. A la espera de que haga algo. Pero ¿qué más puedo hacer, joder?
He muerto por esta Lágrima, ¡por el amor de la Diosa!
Me siento y luego me tumbo, sin que me importe que se me pringue el pelo y la ropa de sangre. Me quedo mirando el techo sobre nosotros con el corazón desbocado.
¿Ha sido para nada? ¿O es que… Killian ha llegado aquí primero, de alguna forma? ¿La tiene él?
Estoy agotada. No puedo pensar. Ni siquiera consigo moverme.
Las palabras de Stark vuelven a por mí:
«¿Cómo has podido hacerme esto?».
Antes de que pueda frenarme, rompo a llorar. Al principio solo unas pocas lágrimas ejercen presión, pero después, tras un jadeo, me sobrevienen los sollozos.
No sé lo que estoy haciendo. Nunca he sabido lo que hacía. Simplemente actuaba con confianza y esperaba que el mundo reaccionara de acuerdo a mi impostura.
Y ahora los he traído a todos hasta aquí, lejos de todos aquellos que nos necesitan de verdad.
¿Para qué? He fallado.
El eco de mis sollozos resuena por esta habitación redonda. Patético. Vergonzoso. Las lágrimas descienden por mis mejillas.
Tengo los ojos cerrados con fuerza, así que al principio no me doy cuenta de lo que pasa. Venna se queda sin aliento.
—Meryn…
Al abrir los ojos, parpadeo hasta deshacerme de las lágrimas, esforzándome por recobrar la respiración, y me yergo para quedar sentada.
Al principio no sé qué es lo que veo. Es como si la habitación girara ante mis ojos envuelta en una espiral de pinceladas lilas y rojas que se difuminan y se arremolinan para convertirse en nuevos colores. ¿Estaré a punto de desmayarme?
Después, la imagen se aclara en mi mente.
La sangre a mi alrededor se desvanece. Cada vez que una lágrima se mezcla con ella, son más las baldosas que quedan visibles mientras giran a mi alrededor, de manera que el suelo pasa a ser un brillante arcoíris de adoquines iridiscentes.
Yo ahogo la respiración y me pongo de pie.
¿Más magia?
Otra lágrima cae de mi barbilla hasta el suelo. Fascinada, contemplo cómo lo que queda de mi sangre se diluye y las baldosas a mi alrededor se dan la vuelta como una flor que se abre. Ahí está, justo en el centro del mosaico. Tal y como indicaba mi visión.
El ópalo.
Las yemas de mis dedos levitan hacia él. A lo lejos, oigo que los demás dicen algo. Pero mis sentidos están embotados, anclados a la superficie de la Lágrima.
Al agacharme, dudo; recuerdo las visiones que acompañaban a ambas Lágrimas en las coronas. No tengo la fuerza necesaria como para revivir ninguna ahora mismo.
Quizá cuando haya dormido un par de días o algo así.
Resignada, rasgo otro jirón de mi atuendo y lo uso para taparme las yemas de los dedos antes de rodear la Lágrima con ellas.
Me preparo para una visión, pero no me llega ninguna. Vale. O no hay visión alguna aquí o yo tenía razón y es necesario que mi piel entre en contacto con la gema.
Me giro para mirar a mis amigos, Lágrima en mano, y la levanto para que la vean.
—Hora de salir de este sitio de una puta vez —les digo.
Recibo una reacción comedida. Noemi parece un poco animada. Venna se limita a mirarme ceñuda. Stark se da la vuelta, monta a Cratos y se dirige a la única puerta que hay.
Salimos en silencio. Incluso Anassa, que arrastra sus ensangrentadas patas, tiene los hombros caídos.
El trayecto hasta la base de la torre resulta desconcertantemente anodino. Hemos peleado tanto para llegar arriba por culpa de la extraña magia que nos ha elevado, que esperaba que el descenso fuera igual de místico.
Pero resulta que lo único que tenemos que hacer es caminar. Incluso hay ventanucos con aberturas verticales en la piedra, dispuestos cada pocos metros para que no tengamos que sumirnos en la oscuridad de nuevo.
Cuando por fin salimos a la orilla rocosa de la isla, todo es distinto.
La niebla que la asediaba se ha disipado casi del todo, y el barco de Lucien ha echado el ancla en aguas tranquilas, no muy lejos.
El casco está prácticamente intacto, a excepción del largo raspón en el lateral, producto de nuestro encuentro inicial con las rocas.
Tiene aspecto de haber navegado por aguas perfectamente tranquilas.
Elias se asoma por la barandilla de la cubierta superior y saluda con la mano.
—¡Ya decíamos que teníais que haber encontrado algo! Hace unos diez minutos, todo se ha despejado sin más. La niebla se ha esfumado y hemos podido navegar entre las rocas. No ha habido problema.
Miro a Noemi, impulsada por el recuerdo de cómo las olas casi se la engullen, y noto una punzada de amargura.
Ya sé que los desafíos a los que nos hemos enfrentado estaban diseñados específicamente para que alguien como Killian no pudiera llegar hasta la Lágrima, pero odio que mi gente haya tenido que sufrir tanto por ello.
Soy consciente de que también mis actos han contribuido a dicho sufrimiento.
Trago saliva con la esperanza de aliviar la culpa.
Lucien aparece por la borda y se reclina sobre la barandilla como un gato perezoso al sol.
—¿Qué tal la expedición?
Noemi suelta una risa sardónica.
—Bueno, Meryn ha muerto , pero por lo demás, genial.
Yo aprieto la mandíbula un momento antes de alzar la Lágrima de Diosa para que todos la vean, con la mano todavía protegida por la tela, evitando el contacto con mi piel.
La gema atrapa la luz del sol, con lo que proyecta pinceladas iridiscentes sobre el agua.
—Un éxito —digo.
Mientras avanzamos a lomos de nuestros lobos huargo en dirección a las olas e iniciamos nuestro trayecto de vuelta, esta vez bastante más agradable que el anterior, mis ojos se encuentran con los de Lucien.
No dice nada. Se contenta con mirarme con una expresión plácida.
Pero no me cuesta nada percibir las maquinaciones del rey sifón detrás de la falsa calma y en la sutil forma que tiene de tamborilear con el dedo en la baranda.
Con esta Lágrima extra en mis manos, soy consciente de que el equilibrio de poder entre nosotros ha cambiado. Ahora tengo tres de las siete Lágrimas, mientras que él solo cuenta con dos.
¿Va a dejar que ese desequilibrio prospere?