Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 48
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Capítulo 48

Meryn

Oscuridad. No me muevo. Y ya no caigo.

Pero estoy separada de mí misma, como si Meryn Hielormenta fuera una desconocida, alguien a quien no envidio.

Y entonces lo oigo. Susurra palabras que no logro discernir, con el aliento entrecortado contra mi mejilla. Sus brazos trémulos rodean mi cuerpo. Su cuerpo entero está tembloroso.

Stark. Stark .

Estoy viva. Estoy viva y él también.

Recupero de golpe la lucidez.

Por un momento, me asalta una confusa sensación de mareo que me desorienta, acompañada de un lacerante dolor en el pecho.

Doblo los dedos para comprobar si puedo flexionarlos.

Hay un líquido caliente debajo de mi mano.

Caigo en la cuenta de que es mi sangre. Por fin, consigo que mis pulmones vuelvan a funcionar.

Cuando abro los ojos, lo que me rodea está borroso.

Parpadeo deprisa. Lentamente, Stark adquiere nitidez ante mis ojos. Sigue sujetándome, con su cara cerca de la mía. La angustia que se desprende de sus facciones me aboca a la muerte una vez más.

—Hola —musito, débilmente.

Él retrocede como si le hubieran abofeteado y escruta mi semblante, presa del desconcierto. El dolor de hace unos segundos se transforma en perplejidad. Se queda boquiabierto.

Stark, con las manos pegajosas por mi sangre, me toma el rostro con tanta delicadeza que parece que cree que voy a desaparecer si me toca con un poco de fuerza.

—¿Estás aquí? —pregunta, anonadado.

—Estoy aquí —respondo.

Alzo la mano para rozarle la mejilla, recubierta de una barba incipiente. Él aleja la cara de mi contacto, con un velo de ira en la mirada.

Que sus emociones sean tan evidentes resulta, de hecho, un tanto inquietante… Cuando alguien tan dueño de sí mismo se quiebra de esta manera, quiere decir que la has fastidiado bastante.

—¿Qué coño ha sido eso? —ruge.

Yo compongo una mueca y su forma de sostenerme se suaviza al instante. Su voz, en cambio, no. Ese contraste hace que me maree de nuevo.

—¡Estabas muerta , Meryn! ¿Cómo has podido hacerme esto a mí, a nosotros? Todos lo hemos visto. Incluso Anassa… Se ha desplomado. Ella… —Se le corta la voz.

Yo me las apaño para volver la cabeza hacia un lado y ver a Cratos sobre Anassa con aire protector, la mirada salvaje y el hocico contraído en una mueca.

Stark se enfurece tanto que se queda sin palabras. Le tiemblan las manos cuando me incorpora para sentarme.

He muerto .

O eso pensaba.

¿O es que debía estarlo para que la magia aceptara mi sacrificio?

¿Qué ha sucedido en ese reino de sombras? ¿Qué es lo que me ha hecho regresar?

Stark se separa de mí y se aleja unos pasos en dirección a su lobo. Le coloca una mano en el hocico y le dice algo al oído. Cratos inclina las orejas un poco hacia delante.

Ambos se me quedan mirando, con la crudeza de sus emociones a plena vista en sus ojos oscuros.

Yo trato de eludirlo, demasiado aturdida como para enfrentarme a ello.

Busco a mis amigas. Venna y Noemi están cerca de nosotros, junto a sus lobos. Ambas están lo suficientemente lejos como para que sus botas no toquen el charco de mi sangre. Y no estamos…

Ya no nos encontramos en la cámara con el altar. Me percato de que ni siquiera estamos bajo tierra. La luz se cuela por unas ventanas altas y estrechas, situadas muy por encima de nosotros.

Sin embargo, mi sangre sigue tiñendo el suelo, así que… aquí es donde perecí. De algún modo.

—¿Dónde… estamos?

Al ver a Venna acercarse, pongo toda mi atención en ella.

—¿Ya está?

Sus ojos enrojecidos brillan con cierta furia. Tiene los puños muy apretados.

—¿Qué? —farfullo.

—¡Lo que has hecho ha sido una mierda , Meryn! —vocifera ella—. ¡Pensábamos que te habíamos perdido!

Con un estremecimiento, me llevo la mano al pecho. La herida ha sanado por completo, pero sigue habiendo un jirón en mi camisa, y mi parte delantera está húmeda y teñida de rojo.

—Yo… —empiezo, pero no sé qué decir. He hecho lo que tenía que hacer. Era lo que la cámara exigía y, a juzgar por el entorno, era lo correcto—. Ha funcionado, ¿no?

— No , maldita… —Venna sacude la cabeza. Se le quiebra la voz y se vuelve frágil, vulnerable—. Pensábamos que estabas muerta. —Se retira una lágrima antes de que caiga—. Muerta . Otra vez. No puedo, no…

Izabel. Está pensando en Izabel. Por supuesto.

Acaba de verme morir. O  no morir. Al menos, si he muerto, no ha sido mucho rato, ¿verdad?

Pero eso no hace que su sufrimiento sea más tolerable.

Está atrapada en esa espiral y es por mi culpa.

Yo le he hecho revivirlo, y ahora la herida está tan fresca como en la primera hora tras la muerte de Izabel.

Se lo veo en la cara.

—Lo siento —consigo articular, a pesar de que volvería a hacerlo.

Lo haría. Para salvarles la vida. Para destruir a Killian.

Anassa se levanta despacio y se sacude. Se acerca hasta donde estoy yo, aún rodeada de mi sangre. Me hostiga suavemente con el hocico y yo levanto la mano para aferrarme a ella. Sus enormes patas blancas son ahora de color carmesí debido a toda la sangre que ha manado de mi cuerpo.

¿También ella ha muerto? ¿Ha visto lo mismo que yo?

Se lo preguntaré después, cuando… cuando todo esto haya pasado.

Entierro el rostro en su pelaje y me dejo mecer por su cálido y familiar aroma. El contacto con ella me reconforta. Es un recordatorio de los motivos que hay detrás de mis actos. Y también de los suyos. Ha estado conmigo hasta el final. Preparada para morir por mí, por nuestros amigos.

«Ayúdame», le digo; una palabra cargada de significado.

Ella desliza el hocico bajo mi brazo y me sostiene mientras yo me incorporo como buenamente puedo.

Todavía tengo los dedos de los pies un poco entumecidos, pero puedo ponerme de pie si me apoyo en ella.

Stark da un pequeño paso hacia delante en un amago de querer auxiliarme, pero se queda quieto, con la mirada fija en mi sangre.

Yo inspiro hondo y hablo:

—Sé que pensáis que he sido temeraria o egoísta. Pero simplemente sabía que esta era la única manera. Como Estrategos, se me exigía que demostrara mi habilidad para actuar como una líder y sacrificarme por los demás cuando fuera necesario. Si no lo hubiera hecho, todos habríamos perecido.

Stark alza la mirada de golpe.

—¿Y no podrías habérnoslo comentado? ¿Dejar que lo abordáramos juntos? ¡ Joder , Meryn!

—¿Debería haber permitido que el gas te asfixiara mientras te lo explicaba con detalles? —espeto a la defensiva.

Cratos contiene un gruñido y Anassa le enseña los dientes.

—Stark —digo, intentando calmarme. Lo miro directamente a los ojos—. Si hubiera dedicado ese instante a dar explicaciones, habríamos discutido. ¿O es que acaso habrías dejado que me clavara una daga a mí misma?

Él cierra los ojos, con la mandíbula tensa.

Yo miro al resto.

—¿Me habríais dejado hacerlo?

La pregunta flota en el aire entre nosotros, carente de respuesta. Por supuesto que no me lo habrían permitido. He hecho lo que tenía que hacer.

—Solo… —Suspiro—. ¿Podéis decirme cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué es lo que ha pasado?

Durante un rato, todos se escudan en el silencio. Al fin, es Noemi quien lo rompe.

—Al caer tú, ha sido como si todos cayéramos contigo. Ha sido raro…, como si… cayéramos hacia arriba. Y al darnos contra el suelo, resulta que ya estábamos en esta habitación. Estábamos aquí, y tú sangrabas…

Su voz se apaga de forma abrupta.

Yo me froto el pecho sanado.

—Echemos un vistazo. Busquemos la Lágrima. Acabemos con esto y salgamos de aquí —resuelvo, dando un paso al frente.

No veo la hora de dejar todo esto atrás. La emoción que impregna el ambiente es asfixiante, y no los culpo. Yo probablemente sentiría lo mismo en su lugar. Pero me está poniendo enferma.

—Ahora estamos en lo alto de la torre —añade Stark con un tono de voz monocorde, como si compartiera un informe en la tienda de mando—. Se puede ver el cielo.

Lo he notado. Las hileras de ventanas horizontales, situadas muy por encima de nuestras cabezas, envuelven esta habitación circular y dejan paso al tenue resplandor de la luz del sol. Aquí arriba, además, el aire es fresco. Ya no nos sofocan las piedras de esa pesadilla subterránea.

—Hay que inspeccionar esta habitación —digo, evaluando el lugar.

No hay nadie aparte de nosotros cuatro y nuestros lobos.

Siento una punzada en el pecho al pensarlo. Quizá sea una locura, pero una parte de mí tenía la esperanza de encontrar a la Diosa al final del camino, para que nos guiara y nos ayudara. Y si encima lo hubiera hecho sentada en lo alto de un santuario con la Lágrima en la mano, habría sido ideal.

Pero no veo nada más que motas de polvo que danzan en el aire.

¿Alguna vez estuvo aquí siquiera? ¿O me he tomado esa canción demasiado en serio?

Mis ojos recalan en el suelo. Frunzo el ceño. En la visión… vi la Lágrima. La vi. Estaba en una estancia redonda como esta, pero el suelo estaba adoquinado y dibujaba un hermoso mosaico.

Voy hasta una zona del suelo libre de la mancha de mi sangre y la froto con la manga. Despacio, tanto el polvo como la suciedad empiezan a disiparse y a revelar un diseño justo como el de mi visión. Así que es aquí. Como mínimo, estoy en el lugar que me indicó la visión. Pero ¿y la Lágrima?

—Vi algo como esto cuando usé la clarividencia —les digo con voz trémula—. Había una habitación con un mosaico precioso. Y la Lágrima de Diosa estaba en el centro, a la espera.

Sin embargo, esto no se parece a mi visión. El suelo está sucio. Y hay sangre. Mucha sangre, más de la que nunca imaginé que pudiera albergar mi cuerpo.

Se me retuerce el estómago al pensar en cómo debe de haber sido para Stark y los demás verme morir y desangrarme.

Destierro esa imagen de mi mente.

Tanto Stark como Venna como Noemi tienen los ojos puestos en mí, como si yo tuviera la respuesta a qué hacer a continuación.

—La Lágrima debería estar aquí. Debería…

Me sitúo justo en el centro de la estancia, donde mi sangre oscurece el suelo.

Me arranco un trozo de tela bastante largo del bajo de mi túnica y limpio la sangre con avidez. ¿Dónde coño está?

Aún arrodillada, miro a los demás.

—No lo entiendo…