Capítulo 46
Meryn
Hay un inmenso abismo frente a nosotras.
El fondo se pierde en la oscuridad más absoluta.
Justo antes de que las paredes desaparezcan en la nada, atisbo una capa de niebla que también saboreo en el aire.
Por un momento, mi mente rechaza esto. ¿Dónde coño estamos?
¿Bajo el agua? ¿Quién habrá construido un lugar así de imposible?
En el otro extremo de la cámara hay una cornisa similar a la que nos sostiene a nosotras. Uniendo las dos, hay una estrecha franja arqueada de piedra maciza con la suficiente anchura como para que los lobos puedan pasar de uno en uno.
—Despacio —indica Venna.
Noemi asiente, y su lobo huargo pone una pata en el puente.
La estructura soporta bien el peso, por lo que añade la otra zarpa.
Otro paso. Nada. Uno más. De pronto, dos líneas gemelas de llamas doradas atraviesan el puente por los flancos.
El crujido que emite la piedra es escalofriante.
Se me corta la respiración al ver que Ephyse se detiene, aterrada ante la posibilidad de tropezar.
—Joder, qué inestable —dice Noemi, apurada.
No tardo en comprender el origen de su ansiedad y la tarea que tiene por delante. El puente no aguantará nuestro peso. Sin su ayuda, no.
Los guerreros Phylax más hábiles del frente pueden llevar a cabo trucos formidables con su magia de contención: levantar campos que bloquean con precisión las flechas enemigas mientras dejan pasar las nuestras o reforzar los escudos físicos de nuestros efectivos para que resulten impenetrables incluso cuando los soldados cargan con ellos y los desplazan sin parar.
Es un nivel de destreza que todavía me queda lejano, a pesar de la potencia de mi propia magia.
—Puedo apuntalar el puente, pero necesito concentración —musita Noemi con un ligero temblor en la voz—. Creo que puedo hacerlo, pero…
Le dedico un asentimiento de aliento. Ella endereza la espalda y cierra los ojos al tiempo que contrae la cara. Esta vez, cuando Ephyse avanza, el puente no emite ni un ruido. Se mueven deprisa al recorrer el puente a paso ligero. Al llegar al otro lado, Noemi se desploma, aliviada.
—Ha funcionado —dice el eco de su voz.
Pero cuando se gira para mirarnos, su sonrisa se esfuma. Me doy cuenta de que está empapada en sudor. Debe de estar calculando la cantidad de energía que hará falta por su parte para lograr que crucemos todos.
—Puedes hacerlo, Noemi —le digo.
Ojalá pudiera comunicarme con ella mentalmente. Busco que mi rostro refleje fielmente el ánimo que le quiero transmitir, al igual que el pensamiento de que ha sobrevivido a cosas mucho peores que esta. Adopta una expresión seria.
—Que pase Stark ahora que aún estoy fuerte —indica con determinación.
Stark modifica su postura a lomos de Cratos en un claro gesto de incomodidad ante la idea de dejarme atrás.
Pero no puede rebatir la lógica de Noemi.
Su huargo y él pesan mucho más que cualquiera de nosotros.
Aguarda la señal de su amiga y después guía a Cratos hacia delante.
Se apresuran con firmeza, a la vez que mantienen los cuerpos alineados.
Lo atraviesa por completo y yo suelto un suspiro de alivio.
Noemi es víctima de su propio esfuerzo. Se inclina de manera pronunciada sobre Ephyse, jadeando. Venna da un paso al frente.
—¡Nosotras no pesamos nada comparadas con esos dos! —comenta—. Ligeras como plumas.
Noemi suelta una tenue risa y las líneas de su rostro se suavizan un poco.
—¿Listas?
—Que pase Meryn —corta Stark—. Aún tenemos pendiente la prueba de Estrategos.
Lo que quiere decir es que, en caso de que Noemi no fuera capaz de ayudar a Venna a cruzar, aún podríamos llegar hasta la Lágrima. La imagen del cuerpo maltrecho de la mujer de mi visión relampaguea en mi mente. ¿Ha llegado la hora? ¿Era Venna a quien vi?
Ni hablar. Que le jodan a eso.
—Ve —le ordeno a Venna al ver que duda.
—Meryn… —masculla Stark.
Pero yo niego con la cabeza. Me resulta imposible dejar a Venna atrás y que sea la última, sobre todo teniendo en cuenta que eso podría significar que no sale de aquí.
Y menos después de todo lo acontecido con Izabel.
Necesito verla sana y salva al otro lado del puente antes de cruzar yo.
De lo contrario, sería incapaz de vivir con el remordimiento.
Venna da un paso al frente. Noemi ahoga un quejido y llora en silencio superada por la presión. Venna y su loba avanzan veloces. Aun así, cuando llegan a la mitad, Noemi cae de rodillas.
Se me corta la respiración. Venna y Skaia permanecen inmóviles mientras el puente, que emite otro crujido seco, se tambalea ligeramente hacia la izquierda.
Mierda. Mierda . El puente se recoloca a la derecha.
Skaia procura mantener el equilibrio, lo que hace que Venna se agite sobre ella peligrosamente.
El semblante de Noemi palidece por el esfuerzo.
No puedo moverme. Lo que me recorre las venas no es sangre, sino pánico.
El momento se prolonga indefinidamente. Noemi estampa las palmas contra el suelo y se pone de pie a duras penas.
Recobra una mirada resolutiva y, con un gruñido, libera más poder.
El puente se refuerza y, en cuanto lo hace, Skaia recorre la distancia restante.
Por fin puedo volver a respirar. Venna entierra el rostro en el pelaje gris de Skaia y Noemi se sienta en el suelo, agotada.
—Tómate un respiro, Noemi —ordeno.
Anassa deambula junto al borde. La ansiedad le sale por los poros, pero no permito que me contagie. Confío en Noemi. Es más fuerte de lo que cree.
—Voy… Voy a hacerte pasar, Meryn —afirma con voz áspera. Inspira hondo, entre temblores, y sus ojos centellean—. Lo juro.
Sonrío.
—Lo sé.
Porque confío en que me mantendrá a salvo. Confío en que me dará esa protección que a ella tanto le faltó. Lo que la convierte en una Phylax tan poderosa es, precisamente, todo ese dolor que tuvo que soportar. Entiende lo que es sentirse vulnerable. No me dejará caer.
Asiente hacia nosotras para indicar que está preparada y se pone en pie de nuevo.
Anassa pone una pata en el puente. Avanzamos con pasos seguros.
El puente cruje y Noemi suelta un sollozo iracundo.
Mantengo la vista fija en ella todo el rato mientras me acerco cada vez más.
A medio camino, empiezan a fallarle las fuerzas de nuevo, igual que con Venna.
Anassa y yo nos quedamos quietas. El puente no se mueve demasiado, pero el ligero temblor del que es presa sí consigue que me dé un vuelco el estómago. ¿Hacia dónde llevará ese abismo?
Si caemos, ¿tendremos una muerte rápida? ¿O nos quedaremos heridas pero vivas, destinadas a morir de hambre lentamente en una caverna en la que nadie podrá rescatarnos? ¿Anassa me traicionaría en caso de que yo fuera el único alimento del que pudiera disponer?
«Contrólate —espeta Anassa, que ha oído su nombre en mi mente—. Los lobos perciben tu inquietud y eso nos está debilitando a todos».
Tiene razón. Me yergo y miro a Noemi con la intención de transmitirle confianza.
—Puedes hacerlo.
Ella asiente con la cara roja y sudorosa.
Con un grito agónico, imbuye de poder al puente una última vez.
Ambas lo recorremos a toda velocidad. Y, por fin, me encuentro en el otro extremo, con la mano de Stark extendida para cogerme sin miramientos.
Su respiración es casi tan pesada como la de Noemi.
Cratos hunde los dientes en el pelaje de Anassa.
Extiendo el brazo hacia la mano de Noemi y la tomo mientras Stark me sostiene.
—Ha sido increíble —le digo.
No solo por mantener el peso de cuatro personas, sino también de cuatro lobos, dos de ellos enormes.
Noemi está llorando.
—Lo… siento. Lo siento…
—No pasa nada, Noemi —le digo.
No sé por qué se está disculpando. Quizá por lo sucedido con Lucien. Pero no importa. Es una de nosotros.
—Ya has hecho tu parte. Ponte cómoda y disfruta del espectáculo que resta.
Ella suelta una carcajada titubeante y asiente antes de seguir mis pasos en dirección a unos escalones que hay al frente.
La última estancia tampoco es como las demás.
En ella reina la oscuridad, y está vacía a excepción de un simple altar de piedra en el centro.
Yo miro en derredor. No hay inscripciones en el techo.
Ni juntas para placas de presión que haya que fortalecer.
Ni agujeros en las paredes de los que puedan salir pinchos de repente.
Tan solo hay una daga. Reluce en el altar, que ya está rodeado por una tenue llamarada plateada que parpadea. Me bajo de Anassa y me acerco.
Esta dependencia me resulta extrañamente familiar.
Como si la recordara de un sueño. Mis visiones de la clarividencia relampaguean en mi mente de nuevo: la torre, las olas, el cuerpo en el suelo…
Hay una antigua inscripción en la piedra, tallada con tanta profusión que las palabras casi parecen estar grabadas a fuego.
Están trazadas en espiral a lo largo de los márgenes curvos del altar.
Empiezo a leerlas en voz alta, dando pasos para seguir el círculo.
los hijos de nocturn podrán caminar cuando el carmesí la piedra corone.
allí donde el acero besa los huesos, que el estrategos una decisión tome.
la totalidad de la sangre responderá a su destino .
la duda, a la muerte abrirá el camino.
Un sacrificio. Una daga. Carmesí coronando la piedra. El significado parece bastante obvio. La visión que tuve de esta torre, el cuerpo que yacía boca abajo, Stark inclinado sobre él… Es esto. La prueba en la que uno de nosotros debe morir, uno de los hijos de Nocturna.
Una parte de mi mente se abstrae de esa idea y se abandona a una espiral lejana, como si contemplara la escena desde arriba.
«Uno de nosotros debe morir». «Morir. Uno de nosotros debe…
». Qué apropiado. Un sacrificio final para demostrarle nuestra valía a la mente enferma que diseñó esta serie de pruebas.
Se oye un chasquido y un débil siseo llena el aire, lo que me saca del torbellino de reflexiones.
Pequeños hilillos de humo ascienden de las grietas que hay allá donde la pared se une al suelo.
Me llega un olor intenso, como el del fétido líquido que segregan las mofetas.
Toso y me tapo la nariz. Me escuecen los ojos.
—¡¿Qué es eso?!
—Gas. Meryn, creo… Creo que alguien tiene que morir —dice Venna, que también ha atado cabos.
Da un paso al frente y, con el rostro lívido, señala la daga.
—La duda, a la muerte abrirá el camino —repite Noemi con la voz preñada de temor.
El horror me oprime la garganta. Ese cuchillo…
es para mí. Esta habitación exige sangre.
No puedo limitarme a hacerme un corte en la mano y sangrar un poco.
Habla de la totalidad de la sangre. Alguien debe entregar su vida a través de la sangre sobre esta roca.
Y si no elijo al afortunado, todos pereceremos asfixiados por estos gases tóxicos. ¿Cuánto tiempo tengo? ¿Segundos?
—Tómame a mí —se ofrece Venna con rapidez, atragantándose por el gas.
—¿Por qué? —inquiero, con los ojos irritados por los vapores—.
¿Para que puedas reunirte con tu hermana?
—Ella da un respingo. Probablemente piense que estoy siendo cruel.
Pero no consigo frenarme y evitar herir sus sentimientos.
Tiene que oírlo—. Porque eso es lo que Iz querría, ¿no, Venna? ¿En serio crees algo así?
—¡Meryn!
—¡He dicho que no! —grito, y cojo la daga.
Tan solo hay una elección que yo pueda hacer. Todos nos estamos ahogando con los malditos gases; ni siquiera me ven hacerlo.
«Meryn, ¡no! —interviene Anassa con fuerza en mi mente, consciente de mis emociones—. Tiene que haber otra manera. Nocturna te necesita».
Su mente queda al descubierto ante mí y me muestra imágenes de su madre y su padre asesinados por el trono; sus solitarios años en las montañas; la pérdida de sus amigos, uno tras otro, hasta que no quedó nada más que su fe en el linaje Hielormenta.
Su fe en mí . Su anhelo por mí . Las lágrimas me bañan las mejillas cuando me alejo de ella mentalmente.
Si no lo hago ahora, ya no me atreveré; debe ser rápido.
Cojo aire, lo que me hace toser por el humo y doblarme sobre mí misma.
En mi mente, mi visión se conjura más clara que nunca: ese cuerpo en el suelo. Stark gritando presa de la ira y del dolor, inclinado sobre mí, tapando la cara de la dueña de ese cuerpo inerte. Creo que lo supe en cuanto lo vi.
«Tengo que ser yo».
Anassa permanece callada.
«No puedo pedirle a ninguno que haga esto por mí, Anassa».
Le muestro lo que había mantenido en secreto: la visión, el cuerpo. Ese retazo de futuro que no he compartido ni siquiera con ella. Se queda inmóvil. La pena florece en sus adentros y cobra fuerzas tanto en su mente como en la mía. Es pura y verdadera, tan poderosa que me deja sin aliento.
«No me lo contaste», dice con suavidad.
«Lo siento mucho —le respondo—. Estar vinculada a ti ha sido el privilegio de mi vida».
Así que está de acuerdo. Accede a sacrificarse junto a mí. Para salvar a Cratos. Para salvarlos a todos. Mi loba. Mi corazón. Mi corazón…
Mi próxima inspiración no consigue llevar todo el aire necesario a mis pulmones por culpa del gas, pero no importa.
Alzo la cabeza y vuelvo a mirar a Stark para empaparme de sus facciones contraídas.
Tiene la nariz y la boca tapados mientras tose.
Las lágrimas brotan en mi mirada de nuevo, cegándome.
Lo hago por él, así podrá vivir. Todos podrán vivir.
—Consigue la Lágrima —le digo con la voz ahogada—. Llévasela a Lucien y derrotad a Killian. Y… Saela. Protégela, por favor .
Los ojos de Stark se desorbitan hasta que apenas distingo sus pupilas. Tarda demasiado en darse cuenta de cuáles son mis intenciones. Se abalanza sobre mí, pero, por primera vez desde que empezamos a entrenar juntos, yo soy más rápida.
Clavo la daga en mi propio pecho, directa al corazón.