Capítulo 45 #3
Pero él ya ha reaccionado. Un arrebato de su magia sacude la habitación. Extiende los puños a ambos lados y su fuerza impacta contra la piedra, que se queja con un estremecimiento sin que el poder de Stark ceda ni un poco. Ahora, apenas se acercan.
—¡Anassa, ayúdalo! —pido.
Anassa es la primera en acudir; después, los cuatro lobos se lanzan contra las paredes para ayudar a ralentizar el implacable avance de la piedra a nuestro alrededor. Los demás nos ponemos a estudiar los símbolos de inmediato.
Stark deja escapar un gruñido, con la mirada fija al frente y la respiración pesada. La presencia de tanta cantidad de su magia en un espacio tan reducido hace que me zumben los oídos y que me piquen los ojos. Su fuerza de impulsión se canaliza en una corriente mortal sobre mi cabeza.
—Son las manos entrelazadas, ¿no? ¡Lealtad! —vocifera Noemi.
—¡¿Qué?! —Venna se gira para mirar a Noemi.
Ella señala el símbolo al que se refiere.
—¿Lo toco?
—¡No, espera! La cadena hace que parezca forzoso —se apresura a destacar Venna.
Repaso los símbolos con los ojos, intentando encontrar uno que tenga sentido. Fuerza, Lealtad. Necesitamos un símbolo que represente ambas. Pero hay demasiados, y mi corazón late demasiado deprisa como para que pueda pensar. No consigo centrarme en nada que no sea el quejido dolorido de Stark.
—Meryn, ¿y este? —grita Venna, con la mano frente a un símbolo que ni siquiera registro.
Tengo la vista puesta en Stark. No puede aguantar así eternamente. Tengo que actuar. Tengo que ayudarlo.
—Daos prisa —masculla Stark.
Sus brazos comienzan a sacudirse por el esfuerzo.
Es el Daemos más fuerte que hay, pero incluso él tiene sus límites.
Las paredes empiezan a ganar la batalla contra Stark, que grita de dolor y se dobla sobre sí mismo.
Su magia arrasa la habitación y hace que se me derritan las entrañas.
Se me escapa un sollozo producto del pánico.
Y entonces caigo en la cuenta: Stark me está mirando. Ha detenido sus ojos oscuros en mí, y me queman como si yo fuera la fuente de su fuerza. Está empapado en sudor, sus facciones están contorsionadas en una mueca de furia. Pero sus ojos me pertenecen solo a mí.
Lealtad.
—Es… —farfullo—. Es una corona. ¡Buscad una corona! —Venna se apresura hasta la de la mano que sujeta una tiara con fuerza y yo aclaro—: ¡Esa no!
No es muy distinta de la de las muñecas encadenadas. No, Stark jamás me sostendría con tanta fuerza como para impedirme respirar. Un auténtico Daemos sigue siendo miembro de su manada, supeditado a su alfa, leal a su líder aunque su fuerza se imponga a la de todos los demás. Stark es…
Hay otra corona situada sobre una mano abierta hacia arriba, con los dedos separados.
Un ofrecimiento. Siento un extraño hormigueo al sumergir los dedos en su fuego carente de calor.
Al instante, las paredes enmudecen y detienen su despiadado avance.
Hay un breve momento de suspense antes de que retrocedan hacia sus posiciones originales.
Y así, la puerta opuesta a la entrada cede. El fuego desaparece y queda reemplazado por un tenue fulgor rojizo.
Trémula, me quito las lágrimas de la cara y corro junto a Cratos. Stark está desplomado bocarriba, con la respiración entrecortada y los brazos temblorosos.
—Eh. Eh —lo llamo, tocándole la pierna.
Se deja resbalar por el lomo de Cratos y cae sobre sus pies. Yo lo sostengo con un quejido ahogado por el esfuerzo de soportar su peso. Pero no me importa. Lo rodeo con los brazos para mantenerlo erguido.
—Estoy bien —jadea—. Deberíamos ponernos en marcha.
—Dos segundos —digo yo—. Es una orden, mi leal Daemos.
Exhala un débil suspiro. Noto el temblor de sus dedos en mi nuca. Me separo de él a regañadientes. Le recorro los brazos con las manos para tranquilizarme y luego me vuelvo hacia el resto.
—Perdón —digo, incómoda.
Noemi sonríe.
—No pasa nada.
—A mí no me has mimado tanto después de mi prueba —bromea Venna, y le doy un golpecito en cuanto paso a su lado para montar sobre Anassa.
Cratos se agacha un poco para facilitarle las cosas a Stark, a quien oigo soltar una maldición por lo bajo al ver que sus brazos no le permiten montar en un primer intento.
Una vez sobre su lobo, me reprende por mirarlo para asegurarme de que está bien.
Yo, a lomos de Anassa, pongo los ojos en blanco cuando pasamos a su lado.
Cruzamos la puerta juntos. Hay otra cámara; alberga una escalera de caracol descendente. Giro la cabeza y urjo a Anassa para que se adentre en las profundidades.
Tras unos cuantos minutos bajando en espiral, llegamos a un territorio circular. Parece la formación natural de una cueva, quizá por la profundidad que hemos alcanzado. Aquí, la luz es un tanto diferente. El símbolo de la puerta se enciende con una llama dorada. Phylax.
Noemi y su lobo avanzan despacio, pero no se precipita cuando la puerta empieza a abrirse. La estancia al otro lado es completamente distinta de las otras dos.
Me sitúo junto a ella.
— Joder —musito al ver la cámara.
¿Cómo puede ser?