Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 45 #2
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Capítulo 45 #2

¿Y si no lo advierte? ¿Y si nos deja aquí y nos toca quedarnos atrapados en esta oscuridad para siempre?

Ya sé que no tiene sentido, que Venna nunca nos abandonaría, pero eso no impide que una opresión se apodere de mi pecho, justo en la zona en la que suelen palpitar mis miedos. Como una mano enorme que me estrujara los pulmones. Me cuesta mantener la respiración serena y muda.

Nos rodea una negrura inasumible, interminable. Se parece a ese reino de pesadilla en el que Killian me atormenta. Al pensarlo, casi puedo ver su cara, flotando hacia mí desde la oscuridad, con su boca torcida en una sonrisa de suficiencia; sus ojos, de ese inquietante azul, mirándome fijamente…

«Cálmate», me dice Anassa mentalmente, abriéndose lo suficiente como para que me vea amparada en el ritmo de su propia respiración calmada. Estable, incluso. Intento imitarla. El pánico que siento disminuye un poco.

Después, más adelante, en torno a Venna, empiezo a distinguir un débil resplandor azul. ¿Qué narices…? El rostro de Venna se torna visible, lo que me permite apreciar su expresión de absoluta concentración.

Así que es ella quien lo hace, de algún modo. Envía la luz adelante y atrás para iluminar un poco a Skaia. No mucha, pero basta.

Reanudamos la marcha. El camino que alumbra para nosotros se vuelve más ancho, y a veces solo distingo las inmensas formaciones rocosas cuando ya las tengo encima. Son como barcos inmensos que navegan directos hacia nosotros en las sombras. Un paso en falso y cualquiera podría chocar con las rocas.

Algunos de los obstáculos son lisos y brillantes, como las paredes revestidas de gemas negras; otros están cubiertos por púas tan afiladas como el colmillo de un lobo huargo, solo que son cinco veces más largos.

Bajo esta extraña luz, da la sensación de que los pinchos se ciernen sobre nosotros. Yo me estremezco y me detengo hasta que la sensación desaparece, ya que no confío en mí para moverme con el sigilo necesario hasta que recupere la concentración.

Los pasos de Venna son sólidos y uniformes en todo momento. Me concentro en su lento caminar y en la forma deliberada en la que coloca los pies para imitarla.

En dos ocasiones, Venna para y, en lengua de signos, nos indica que nos agachemos.

La primera vez, los lobos huargo solo tienen que bajar un poco la cabeza para evitar una serie de estalactitas de aspecto inquietantemente frágil que cuelgan sobre nuestras cabezas.

Es incómodo verlos agazapados, pero salimos indemnes.

Después, al cabo de un minuto, Venna hace otra señal acompañada de un término que no capto. Me esfuerzo por recordar la palabra a la que se refiere con el signo y lo consigo cuando veo lo que hay delante: un túnel.

Mierda.

Con cuidado, replico el signo a mis espaldas, asegurándome de que tanto Noemi como Stark y sus lobos estén listos.

Anassa choca con el techo antes de darse cuenta de que no está lo bastante agachada.

Se me tensa el cuerpo como la cuerda de un arco mientras observo cómo retrocede cautelosa para colocarse en posición.

Se agacha tanto que el pelo de su vientre susurra contra la piedra cuando se mueve.

La dejo ir delante para que pueda avanzar a su ritmo.

Trago saliva y decido que lo más sencillo será gatear.

Me pongo a cuatro patas con todo el cuidado del que soy capaz y empiezo a avanzar poco a poco.

El corazón está a punto de salírseme por la boca durante todo el trayecto.

Si ocurre cualquier alteración, o si alguno de los lobos se despista y alza la cabeza…

Los oídos me la juegan, pues crean sonidos que en realidad no existen.

La escasa luz azul se difumina ante mis ojos.

Me tiemblan las manos. Mantengo toda la concentración en cada movimiento.

Despacio, despacio. Centímetro a centímetro.

Al final, el túnel termina y nosotros nos enderezamos.

Cuando levanto la vista y miro más allá de Venna, me parece distinguir una puerta; sí, es una umbral despejado por el que ahora pasa Venna, luego Skaia…

No mucho después, ya hemos pasado todos y, con las respiraciones agitadas, nos sacudimos el cuerpo para quitarnos la suciedad.

En contraste con el denso silencio de la estancia que hemos dejado atrás, nuestras respiraciones son escandalosas.

«¿Venna?», tanteo, y esta vez sí logro establecer la conexión mental. ¿Será que ya hemos completado la prueba? Ella me mira, y solo cuando estoy a su lado me percato de sus temblores. Me acerco y la cojo de la mano.

«Gracias».

Ella asiente con un resoplido.

«Casi vomito».

Aprieto su brazo contra mi pecho brevemente.

«No habríamos salido adelante sin ti. Has estado increíble. —Su mirada se dulcifica—. ¿Qué era esa luz azul?».

Ella duda.

«Es… algo con lo que he estado experimentando, ahora que nuestros poderes se han vuelto un poco impredecibles. Sigo torciendo las sombras, como cuando fisuro, pero, en vez de llamarlas hacia mí, las alejo, de manera que dan paso a cualquier resplandor cercano».

Sacudo la cabeza.

«Eso es brillante. ¿Sabes de algún Kryptos que lo haya hecho antes?».

Antes de que pueda responder, la estancia en la que nos encontramos cae presa de una lacerante luz roja.

Yo me agarro al brazo de Venna con un respingo.

Cuando miro adelante, distingo el símbolo de Daemos ardiendo en un fuego grana antinatural en la puerta.

Y así, sin más, nuestra conexión mental se rompe. Mi magia vuelve a quedar mermada.

Cratos da un paso al frente. Su negra silueta se recorta contra la sanguinaria luz. Stark nos observa.

—¿Preparadas?

—Me da que esa pregunta la responderías tú mejor que nosotras —señalo yo.

Él tensa la mandíbula y se da la vuelta sin vacilar para acercarse a la puerta.

Se abre igual que la otra, con un ruido que hace que me rechinen los huesos.

La cámara que aparece al otro lado, larga y estrecha, está vacía también, pero esta vez sí podemos ver el otro extremo.

La pared más alejada cuenta con otra puerta de piedra en el centro. Y está cerrada.

—Parece que tendremos que averiguar cómo abrirla —susurra Noemi.

—Magia Daemos —dice Venna tras los pasos de Stark—. Quizá tengas que derrumbarla.

—¿Sin que se nos caiga la torre entera encima? —exclamo yo.

«Mala idea», secunda Anassa.

—Silencio —dice Stark.

Ya está en medio de la habitación. Monta a lomos de Cratos y ambos dan una vuelta por la estancia. El fuego escarlata titila a nuestro alrededor, sin desprender ni una pizca de calor. Con un estremecimiento, estudio el entorno, confusa.

—¿No sientes nada? —inquiere Venna.

—No —contesta Stark.

—Espera —digo antes de darme la vuelta. Entorno los ojos en dirección al espacio que hay sobre el corredor del que acabamos de salir—. Hay una inscripción sobre la puerta.

En cuanto lo digo, el portón por el que hemos pasado se cierra de golpe a nuestras espaldas.

Los latidos de mi corazón se disparan de nuevo.

Ahora estamos encerrados por completo, atrapados en ambas direcciones.

Los lobos gruñen y se remueven inquietos, agitando los rabos y con los ojos con un brillo de alerta.

Están hechos para espacios amplios, no para habitaciones angostas.

Venna lee la inscripción en voz alta:

—La lealtad es luz, la fuerza es fuego; juntas son la mano capaz de ganar el juego.

Al instante, el fuego rojo se ilumina y trepa por la piedra desnuda. No debería ser posible. No hay combustible que le permita propagarse. Pero, pensándolo bien, nada de esto debería ser posible.

Contemplo, con una mezcla de terror y asombro, cómo las llamas comienzan a grabar decenas de símbolos a lo largo de la pared. Son manos en distintas posiciones:

Un puño que desciende para golpear un yelmo quebrado.

Una palma abierta hacia fuera, como si rogara paz.

Una mano sosteniendo un pequeño espejo circular.

Una mano envuelta en fuego, elevada en lo alto.

Dos manos aferradas con fuerza, encadenadas por las muñecas.

Y una que sujeta una corona con el ímpetu necesario como para sangrar.

—Creo que tenemos que elegir una —digo.

Se oye una reverberación más allá de las paredes, en lo más hondo de la piedra. A mi lado, Anassa se tensa y se da la vuelta. Las paredes en llamas se ciernen sobre nosotros, arrastrándose contra el suelo a una velocidad constante.

—¡Stark! —grito.

—¡Tenemos que elegir deprisa ! —vocifera Venna.