Capítulo 45
Meryn
La luz tiñe el pelaje de Anassa de un azul pálido, como si nos sumergiéramos en un estanque de luz de luna que se intensifica a medida que descendemos. Cuanto más bajamos, más denso resulta el aire. Es agobiante.
Hundo los dedos en el pelo de Anassa.
«Esto no me gusta». Una punzada de ansiedad me oprime la garganta.
«No importa que te guste o no —replica ella—. Concéntrate en pasarlo».
Debo hacerlo, así que lo haré… Una vez más. El lema de mi vida. Sorprendentemente, este pensamiento me reconforta mucho más de lo que lo haría cualquier palabra amable.
Aunque salta a la vista que este lugar es muy antiguo, la escalera de caracol es lo bastante amplia como para que nuestros lobos quepan sin problema, lo cual refuerza la sospecha de que este sitio fue diseñado para los vinculados.
Las escaleras bajan y bajan hasta profundidades inverosímiles. Llevamos marchando una eternidad, acompañados únicamente por el sonido de nuestra respiración y el repiqueteo de las garras de nuestros lobos contra la piedra, cuando por fin llegamos al último escalón.
Aquí nos encontramos con una estancia más espaciosa construida a partir de la roca de la isla, inundada por idéntica tonalidad azulada. Ephyse suelta un leve gruñido cuando, junto a Noemi, se aproxima a la pared con la mirada fija al frente.
Hay una puerta, una entrada circular que, al igual que el acceso exterior, parece estar hecha a partir de un bloque monolítico de piedra.
Esta vez, en lugar de un poema, lo que hay grabado en ella es un símbolo; el símbolo de Kryptos, tan familiar como si estuviera adornando la sala común de los Kryptos en Hielormenta.
—¿Deberíamos…? —empiezo a decir, pero, casi al instante, el símbolo cobra vida.
Se enciende con un frío fuego azulado al que escuece un poco mirar directamente. Otra prueba, entonces. Kryptos. ¿Tendrá Venna que superarla en solitario o podemos acompañarla?
De pronto, percibo una asfixia mental, como si alguien hubiera tapado mis poderes con una pesada manta para envolverlos con fuerza.
«Stark», murmuro para comprobar si él también lo experimenta.
Pero no logro contactarle. No logro contactarle.
«¡¿Anassa?!».
«Estoy aquí», me da un toquecito en el hombro con el suyo.
Trago saliva para mantener el pánico a raya.
—¿Estáis… todos bien…?
—Pasa algo raro —confirma Stark sin rodeos—.
Me pregunto… —Advierto cómo se concentra en algo mientras flexiona los dedos—.
No. No puedo invocar mi tuercesombras. Probaría también con el poder de impulsión, pero estamos a demasiada profundidad y un derrumbe resultaría letal.
En cualquier caso, sospecho que el resultado sería el mismo.
Noemi asiente.
—Yo aún puedo llegar a Ephyse, pero eso es todo.
Venna, en cambio, se nos ha quedado mirando perpleja.
—Yo no noto ninguna diferencia.
Clavo de nuevo la vista en el símbolo Kryptos iluminado.
—Venna… —digo, señalándolo—. Si tus poderes siguen intactos, me pregunto…, ¿no serás tú la única capaz de hacernos pasar?
Ella y su loba avanzan un poco. Las orejas de Skaia apuntan hacia atrás con cautela, pero Venna tiene un velo de obstinación en el rostro.
En cuanto se acercan lo suficiente, el umbral vibra y se hace a un lado.
El frío fuego azul vuelve a arder y los demás retrocedemos con una exclamación ahogada.
El fuego se prende a lo largo y ancho de la estancia para iluminar la inmensa cámara antes de extinguirse de nuevo.
Unas formas sombrías y extrañas pueden apreciarse más adentro, pero, con la disminución de la luz azulada, no consigo ver nada más que penumbra.
Anassa y yo avanzamos hacia la puerta, pero Venna extiende el brazo para frenarnos. Desciende de su montura y examina el entorno. Yo la observo sin comprender muy bien qué pretende. De un tirón, arranca uno de los pequeños botones que abrochan el puño de su manga.
Con un rápido movimiento de muñeca, arroja el botón a la cámara. La pieza surca el aire; si no la perdemos de vista es gracias a los destellos que la tenue luz de este lugar le arranca al metal.
Nada sucede.
Finalmente, el botón impacta contra el suelo con un distintivo tintineo.
Justo entonces, cuatro trozos dentados de roca emergen de las paredes y se precipitan sobre el botón en un movimiento que los hace chocar entre sí con un estruendo ensordecedor.
Cada uno de los trozos, afilados hasta lo mortífero, es del tamaño de mi brazo.
—Vaya, qué divertido —musito.
Nadie se ríe.
Venna se vuelve hacia mí con los labios torcidos.
—Creo que vamos a tener que ser silenciosos. Me preguntaba… Bueno, daba por hecho que sería o eso o la fisura. En cierto sentido, fisurar sería más sencillo. Yo iré primero. Miradme y haced lo que haga yo. Y una vez dentro…
Duda, y adivino el motivo de su vacilación.
—No podremos hablar ahí, ¿verdad? ¿Crees que la cámara reacciona al sonido?
Ella asiente.
Trago saliva. Genial. Justo cuando nuestra comunicación mental habría sido más útil, nos vemos privados de ella.
Caigo en la cuenta de lo bueno que es que Noemi se uniera a nuestras lecciones de lenguaje de signos. Ha aprendido lo básico. En cuanto a Stark, ya se lo sabe y se le da bastante mejor que a mí. Típico de él.
Aun así, Venna repasa con rapidez unas cuantas frases clave con nosotros para asegurarse de que estamos preparados para comprender cualquier instrucción que deba darnos. A su vez, los cuatro podemos comunicarnos mentalmente con nuestros lobos.
Venna asoma la cabeza a la habitación y apoya los brazos contra el marco, pero después retrocede con el ceño fruncido.
—Está demasiado oscuro como para ver algo más allá de donde cayó el botón. Creo que tendremos que… avanzar sin más.
Desmontamos. Venna nos muestra la forma lenta y silenciosa de moverse si lo que pretendemos es no hacer el menor ruido.
—No me parece que haya piedras sueltas o guijarros en el suelo —indica—. Así que asentad cada pie con cuidado, pegadlo centímetro a centímetro al suelo, y tomáoslo con calma. Yo iré primero para avisar en caso de que el terreno varíe.
Por suerte, la magia de la isla tuvo a bien secarnos antes. De lo contrario, el chapoteo de nuestras botas anegadas resonaría por el recinto y tardaría días en desaparecer, de tanta agua como absorbieron.
Anassa, Cratos y Ephyse se hacen a un lado con movimientos que dejan claro que están prestando mucha atención a la lección de sigilo de Skaia.
Reparo en que la clave son las almohadillas; tienen que pisar de una forma distinta para evitar el repiqueteo de las uñas.
O eso o se arriesgan a perder una pata. Trago saliva.
A petición de Venna, todos revisamos nuestra ropa y nuestros morrales para asegurarnos de que nada haga ruido cuando nos movamos.
Desprendernos de lo prescindible antes de zambullirnos en las heladas aguas del mar fue muy útil.
Ajustamos correas y hebillas alrededor de las armas —de los pocos objetos a los que dimos total prioridad al margen de si íbamos a tirarnos al agua o no—.
Venna y Skaia se aproximan a la puerta. Ella permite que la loba pase primero, supongo que para que sea más sencillo comunicarse con los signos, ya que, de este modo, el inmenso cuerpo de su huargo no se interpondrá entre nosotros.
Skaia se mueve tan silenciosamente como una sombra.
Como loba Kryptos que es, nació para esto.
Todos contenemos el aliento. Pero la dupla Kryptos es una maestra en lo suyo.
Venna y su compañera se adentran en la estancia en un mutismo absoluto.
Antes de desvanecerse en la penumbra, Venna vuelve la cabeza para mirarme y dobla la mano hacia abajo y la cruza para trazar el gesto de: «Sígueme». Anassa y yo vamos a continuación. Replicamos la seña para Noemi y Ephyse. Stark y Cratos cierran la retaguardia.
Venna y su loba progresan a un ritmo lento y desesperante. Comprendo que yo nunca podría haber sido una Kryptos. Se me da mucho mejor tirarme de cabeza a los problemas que abordarlos con esa pausada delicadeza. Probablemente sea algo que deba corregir.
Venna y Skaia miran en cada dirección habida y por haber mientras avanzan. De algún modo, son capaces de identificar las mejores zonas en esta penumbra cada vez más espesa.
Me asalta un recuerdo del Ascenso, cuando Venna ayudó a orientarnos por los traicioneros tramos de hielo. Es un recuerdo agridulce, ya que trae consigo la feroz determinación de Izabel, vívida en mi memoria. Venna nos guio entonces, y hará lo mismo ahora.
Me doy cuenta de que estoy conteniendo el aliento, así que lo dejo escapar despacio y en silencio. La luz es cada vez más tenue pero, por suerte, aún veo la silueta de Venna, que se detiene delante de mí.
Mi corazón palpita con tanto ímpetu que lo oigo en los oídos, un sonido atronador en la quietud de este lugar.
Venna se gira y señala: «Hay algo enfrente».
Un cosquilleo repta por mi piel y entorno los ojos con la intención de vislumbrar algo al frente. Pero la penumbra que nos rodea es casi total; el resplandor azul se ha atenuado tanto que Venna y Skaia son poco más que sombras en la oscuridad.
«Skaia aún podrá ver —me reconforta Anassa—. Los guerreros de Kryptos se adiestran para esto; es frecuente que sus lobos tengan una visión nocturna más aguda que las de los lobos de otras manadas, y aprenden a operar como los ojos y oídos de sus jinetes».
Y yo me alegro mucho por ellas, pero ¿qué pasa con los demás?
Inmóviles, aguardamos en silencio a que Venna y Skaia avancen. Por fin, Venna me hace una señal, exagerando los signos para que pueda discernirlos. «Enfrente y a la izquierda está despejado».
Yo le transmito el mensaje a Noemi. Venna y Skaia empiezan a moverse hacia delante; Anassa y yo las seguimos. Mi huargo hace lo que puede por compartir su visión superior conmigo, pero no es una habilidad que hayamos practicado.
Sin embargo, no transcurre mucho tiempo hasta que el espacio se vuelve demasiado oscuro incluso para ella. Nos detenemos y esperamos a que Venna se dé cuenta de que lo hemos hecho, ya que no puedo avisarla.