Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 44 #3
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Capítulo 44 #3

Nos lleva un rato reponernos de la impresión que nos ha causado el baño sumado a la mágica recuperación.

No hay duda de que nos encontramos en el lugar adecuado.

La isla parece ponernos a prueba y, cuando superemos dicha prueba, nos recompensará.

Eso está claro. Pero, en cuanto me pongo de pie en la playa y contemplo la torre, una inclemente sensación de peligro me oprime la garganta.

Esta isla es antigua , y está lo suficientemente viva como para reconocernos como vinculados, como para ofrecer resistencia y secarnos como si fuera un padre que envuelve a sus retoños en una toalla.

Los demás se acercan a mí. Yo alzo la mano para posarla en el cuello de Stark.

—Gracias —le digo.

Él pone su mano sobre la mía un momento y después me suelto para dirigirme al resto.

—Moveos con cuidado —les digo—. Ni de lejos esto es lo único que la isla nos tiene reservado. Diría que es solo el principio.

El islote es más pequeño de lo que parecía desde el barco, pero no por ello menos amenazador.

Está dominado por una escarpada colina central coronada por la torre.

De cerca, se aprecia que no es una formación natural, sino una edificación esculpida intencionalmente en piedra gris por una mano experta.

Entre las rocas de la colina hay unas pronunciadas escaleras que conducen a la puerta.

La torre en sí está erosionada por el correr de los años, con manchas viscosas que revisten las zonas que quedan más expuestas al embate del mar.

Sin embargo, me llama la atención que su superficie permanezca intacta, a pesar de lo antigua que es.

Se alza al menos veinte plantas, como un faro sin luz, a merced de la bruma.

Solitaria.

Eso es lo que me cala los huesos: la soledad.

Es el eco antiguo de una diosa, quizá, en caso de que nuestras alocadas teorías sean correctas y de verdad ella hubiera estado aquí tiempo atrás.

Mientras subimos por los resbaladizos peldaños en dirección a la entrada, mis ojos confabulan para jugármela otra vez.

Capto movimiento. No es como el que provocan mis sombras, fáciles de identificar cuando uno sabe dónde mirar.

Aquí, mi mente no deja de procesar movimiento, pero cuando me giro para verlo de frente, todo está extraordinariamente quieto.

De forma paulatina, caigo en la cuenta de que las propias rocas cambian de forma.

No consigo apreciar el movimiento con los ojos.

No soy lo bastante rápida. Pero cuando no miro directamente a la torre, los patrones en la roca danzan y se agitan en mi visión periférica.

Me marea, y hace que tenga la sensación de que nos observan. De que nos siguen.

—Seguid caminando —aconsejo a los otros, y ellos obedecen.

Nuestros lobos avanzan con cautela, con unas pisadas silenciosas a pesar del tamaño de sus patas.

La niebla se diluye un poco, lo que nos permite ver la entrada a la torre con nitidez.

Es una puerta inmensa, hecha a partir de una sencilla pieza de piedra rectangular con una superficie irregular.

Aun así, tallada en la fachada natural de la roca, hay una inscripción.

—¿Y eso? —inquiere Noemi.

Subo los escalones que me separan del portón de piedra y estiro el cuello para leer. Se trata de un poema.

la primera se mueve para que la luz no la vea, entre secretos envueltos en gráciles sombras serpentea. ve las grietas de cada mentira traicionera, y ataca antes de que los vigías la atisben siquiera.

donde sangra el caos, la segunda estalla, su ira es la fuerza que alimenta la batalla. rompe las líneas, la llama enciende, para que otros vivan… y su nombre recuerden.

la tercera se mueve como una única marea, escudo con escudo, zancada con zancada. mantienen la posición cuando otros flaquean, un muro viviente, una llamada amparada.

la última carga con un peso que ninguna alma elegiría, asumiría las consecuencias, se arriesgaría, perdería. dibuja el mapa donde hay vidas entrelazadas, y diseña el campo con trazas delicadas.

cuatro como uno, alineados sus caminos, una fuerza entretejida, numinosos sus destinos.

—Es sobre nosotros, ¿no? —dice Venna, mirándome.—. Las manadas, ¿verdad?

—No estoy segura —replico—. Desde luego lo parece. Pero en cualquier caso tenemos que seguir.

Inspiro hondo y estiro el brazo. Cuando pongo la palma de la mano contra la fría piedra de la puerta y empujo, la losa entera empieza a ceder con un horrible chirrido acompañado de un estruendo que se prolonga a medida que se mueve hacia el interior.

Y, sin embargo, carece de resistencia. Más magia, pues.

Doy un paso al frente y contemplo el lugar que se revela ante mí.

Hacia abajo, no hacia arriba. Qué singular. ¿Qué clase de torre se extiende hacia abajo?

Hay una escalera de caracol iluminada por un fulgor fantasmagórico que parece provenir de las piedras en sí. El resplandor se altera a nuestro alrededor, intensificándose y menguando como si la torre respirase.

—Pues adentro —susurro. Y doy el primer paso hacia las entrañas de la torre.