Capítulo 44 #2
Ephyse aúlla de nuevo. Ya no veo a Noemi. La he perdido. Y Anassa también, a juzgar por la postura con la que se mantiene a flote, volviendo la cabeza a todos lados; intenta recurrir a su olfato a pesar de que el salitre lo impregna todo y la niebla no nos deja ver nada.
Después lo noto. El miedo. La oscuridad.
El boqueo en busca de aire que trae consigo agua salada, corrosiva para los pulmones.
Se hunde. Se muere. El cuerpo de mujer de mi visión original se dibuja en mi mente.
¿Se trataba de Noemi? ¿Estamos destinados a perderla?
Dejo escapar el grito que ella no logra proferir.
Mi voz se eleva clara entre las olas. Mis sentidos se mezclan con los de ella por un momento y empiezo a soltar el pelaje de Anassa mientras las olas me golpean sin parar, amenazando con hundirme junto a Noemi.
Y entonces siento un dolor paralizante en el brazo. Luz. Noemi se desvanece. La sangre tiñe el agua. Pero la están levantando.
«¡ MERYN !».
La voz de Anassa me devuelve a mi cuerpo. Me estaba resbalando.
Con un carraspeo ahogado, vuelvo a aferrarme a su pelaje.
«Noemi. Está…».
«Está a salvo».
Yo inspiro y me giro entre rápidos parpadeos que combaten el escozor de mis ojos.
El enorme cuerpo de Cratos surca las olas a una velocidad que debería ser imposible.
Stark está de espaldas, aferrándose a él con una sólida mano, inclinado hacia adelante para llegar hasta Noemi, quien está completamente inerte, con un brazo atrapado en la mandíbula de Cratos. Sangra, pero aún está viva.
Ephyse suelta un lamento desesperado sin dejar de nadar junto a Cratos, procurando empujar el cuerpo lánguido de Noemi hacia Stark. Anassa me implora que me centre. El miedo no termina de desaparecer del todo, pero percibo que la orilla está cerca.
El trayecto a nado debería durar unos minutos, pero con tanta pelea a contracorriente y el gélido terror que me quema las entrañas, me parecen horas.
Años enteros, de hecho. Emergemos de un tramo de niebla particularmente espesa y, de pronto, la orilla de la isla se perfila ante nuestros ojos, mucho más cerca de lo que pensaba.
Me refugio en el alivio que siento. Aunque ahora me cayera de encima de Anassa, sería capaz de recogerme.
Me desplomo en su lomo mientras ella hace un último esfuerzo por llegar a la isla.
Una vez en la orilla, encuentra apoyo en el fondo rocoso y se pone en pie.
El peso de su pelaje empapado debe de ser abrumador, pero eso no es impedimento para que se impulse y avance tambaleante hasta la playa.
Aferrada con debilidad a su cuello, procuro darle ánimos, transmitirle mi agradecimiento, hacerle saber lo jodidamente impresionada que me tiene.
Ella colapsa con un gruñido en la orilla pedregosa.
Me dejo caer de su lomo y me doy con un golpe seco en el suelo de rocas redondas, sueltas y oscuras, donde me quedo tendida como un cadáver empapado, deleitándome en la dulzura de la tierra firme.
Boqueo, ávida por respirar, con el cuerpo tembloroso de pies a cabeza pero lejos de esas olas asesinas, por lo que por fin puedo concentrarme lo suficiente como para ordenar los vínculos en mi cabeza.
Los cuatro estamos vivos. Agotados pero vivos.
Con los ojos escocidos por la sal, veo a los demás llegar a la orilla a duras penas.
El lobo de Venna apenas nada, pero ahí está Cratos, prestando su fuerza, empujándolo para ayudarlo a llegar.
Stark ya está en la orilla, con Noemi bajo el brazo.
Aunque sigue sangrando, ha recuperado la consciencia y está vomitando agua de mar sobre las pequeñas rocas.
Ephyse, que consigue llegar hasta ella, se inclina para centrarse en sanar su brazo.
«Acércate», impele Anassa, preocupada.
Ella me empuja con el hocico y me lame. Comprendo entonces por qué está asustada.
Mi cuerpo se está poniendo azul, y no dejo de temblar con brusquedad.
Estoy bastante segura de que me encuentro al borde de la hipotermia.
Toso y gruño en mi intento por arrastrarme hasta Anassa, con la esperanza de que su cuerpo me transmita algo de su calor.
Ella intenta atraerme hacia sí con la pata y se mueve para llegar mejor, pero yo caigo sin fuerzas sobre las piedras, aplastada por el peso de mi ropa empapada y con la cara enterrada en su pelaje, ahora salado.
Cuando vuelve a pasarme la lengua por la cabeza, el calor se apodera de mí como si acabaran de ponerme una manta encima.
Abro los ojos, sorprendida. En cuestión de segundos, el frío que impera en el aire mengua.
El calor se propaga por mis venas. Las piedras que noto bajo las manos se calientan como si hubieran pasado horas expuestas al sol, a pesar de la densa niebla.
El agua que me arrastra hacia abajo se evapora con un siseo y un vapor que se desprende de mi piel.
No mucho después, estoy completamente seca, como si nunca me hubiera metido en el agua.
Miro en derredor, perpleja. A los demás les está pasando lo mismo. Sus atuendos y su pelo apenas tardan unos segundos en secarse. Los lobos se sacuden al salir del mar, con movimientos que salpican por doquier. Sin embargo, cuando se quedan quietos, su pelaje vuelve a ser ligero y esponjoso. Seco.
Stark me mira tan atónito como yo. Se alisa la ropa seca con la mano y niega con la cabeza. No puede ser. Las cosas así no suceden sin más. Es una magia como nunca he visto.