Capítulo 44
Meryn
Me vuelvo hacia la isla con los ojos desorbitados.
De pronto, de la nada, unas inmensas rocas puntiagudas emergen del mar.
Deben de haber estado ocultas tras la niebla, pero ahora esta nos ha engullido y nos conduce hacia ellas.
El agua blanca nos salpica; el casco cruje por el esfuerzo del viraje repentino.
—¡Joder! —grito, trastabillando.
Stark me atrapa del brazo y tira de mí.
—¡Cratos! —vocifera, echando a correr a mi lado.
Mi equilibrio no logra imponerse a la inclinación de la cubierta, lo que obliga a Stark a sostenerme y enderezarme. Cratos está de pie, con los colmillos al descubierto y un rugido en la garganta. Llegamos hasta él justo cuando el casco del barco golpea las rocas.
Suelto un grito al verme arrojada a la cubierta, pero Cratos ya está sobre mí.
Recurriendo a su peso y fuerza, se apoya en su enorme cuerpo para mantenernos firmes a los tres.
Hunde los colmillos en el cabo que cuelga del mástil.
Stark me sujeta con un brazo y se aferra al pelaje de Cratos con el otro.
Se oye un crujido áspero y espantoso cuando el barco rebota contra las rocas.
Una pincelada difuminada de blanco se cruza ante mis ojos.
Yo grito al comprender que se trata de Anassa, que sale despedida por la cubierta mientras araña la madera con las zarpas en un intento de luchar contra la gravedad.
Su cuerpo se estampa contra la baranda, lo que le arranca un alarido que hace que Cratos gruña y gima, aunque no se suelta ni siquiera entonces.
Sin embargo, el barco empieza a enderezarse enseguida.
Cratos nos abandona de inmediato para ir con Anassa.
Yo jadeo al ver su preocupación, presa de un pánico que se cristaliza en mis venas.
La muerde con delicadeza, como si necesitara aferrarse a ella.
Después, ella traza una dentellada y le gruñe antes de levantarse sobre sus patas.
No necesito oír sus palabras para saber que le está diciendo que está bien y que deje de ser tan dramático.
Él le da un mordisquito en la oreja y ella le devuelve el gesto mientras me busca con la mirada.
Me pongo de pie y corro a su lado. A diferencia de Cratos, a mí sí me deja abrazarla.
—Menudo susto me has dado.
«Odio los barcos».
«Ya somos dos».
Alzo la cabeza. Stark se apoya en la barandilla, con la vista fija en las rocas escarpadas.
El aparejo se queja y sisea. Lucien acciona una palanca que tensa los cabos, de manera que las velas se repliegan.
Se oye un potente sonido metálico producido por el ancla al desprenderse de su lugar de reposo.
—No podemos navegar por ahí —explica Lucien—. No hay una ruta clara.
Dedico unos segundos a acariciarle la cara a Anassa y después me acerco a él. Tiene razón. Las rocas con las que nos hemos chocado no son las únicas que hay. El mar está repleto de ellas.
—¿Ni una sola alternativa? —pregunto.
—Si la hay, yo no la veo —me dice Venna—. ¿Ves la sombra en ese hueco? Todo apunta a que hay más rocas justo bajo el agua.
Hago una mueca. La isla está tan condenadamente cerca…
Pero sigue habiendo una extensión considerable de agua recubierta de niebla entre nosotros y la orilla.
Incluso aunque hubiera zonas despejadas, si intentáramos acercarnos, más formaciones rocosas aparecerían de pronto en mitad de la niebla.
En un enclave así, no podemos fiarnos de lo que vemos.
—Está en lo cierto —confirma Lucien, mientras baja los escalones del puente de mando con un golpe seco—. Navegar más cerca pondría el barco en riesgo. Ya nos encontramos en aguas peligrosas.
—¿Tú estás bien? —le pregunto.
Le gotea sangre de un brazo. Él hace un ademán para quitarle hierro al asunto.
—Me he hecho daño con el aparejo al replegar las velas, pero ya casi se ha curado. ¿Cómo vais a acercaros?
El debate estalla enseguida, pero la voz de Anassa se impone a las demás. «Solo hay una cosa que pueda hacerse. Resulta obvia, ¿no?».
«¿Qué quieres decir?», pregunto.
«Hay que nadar».
Yo me atraganto y la miro.
—¡¿Perdona?!
—¿Qué? —exhorta Venna—. ¿Qué ha dicho?
—Anassa dice que deberíamos nadar . Lo cual es ridículo. Y temerario. El agua parece estar helada, la distancia es enorme y, permíteme que te lo recuerde: ¡no sé nadar! —exclamo, presa del pánico.
Crecer en la siempre helada y esteparia Hielormenta no me ofreció la oportunidad de asistir a clases de natación, precisamente.
Y ahogarse parece una forma terrorífica de morir.
Pero Anassa se limita a alzar la cabeza y poner firmes las patas.
Es su mirada de «Tú te equivocas, yo tengo razón», la cual claramente convence a Cratos, quien empuja a Stark con el hocico hasta que logra llamar su atención. «Adelante», significa eso.
—¿Qué pasa? ¿Los huargos pueden nadar con tanto pelo? —exijo saber.
—Sí… pueden —admite Stark, rascándole la oreja a Cratos.
Esa pausa dubitativa indica una mala experiencia al respecto. Estupendo.
—¡Eso no significa que deban hacerlo! —protesto.
—Ah, ¿no? —inquiere Noemi—. Tenemos que llegar a la isla.
El debate se reanuda de nuevo. Yo me mantengo fiel a la posición de «Eh, mejor no saltar al agua y ahogarnos, porque me gustaría vivir un poco más, ¿os parece?», pero por lo visto votan en mi contra.
—No podéis votar en mi contra —espeto, medio en broma—. Soy vuestra reina.
—Creo que acabamos de hacerlo —dice Venna.
«Podemos llevar a nuestros jinetes hasta la orilla sin peligro. Si la isla solo es accesible para los vinculados, puede que esta sea nuestra única manera», insiste Anassa.
Me paso la mano por la cara.
—Voy a mataros a todos.
—No si el mar se te adelanta —replica Venna, a propósito, para picarme.
Yo le doy un golpetazo cuando pasa junto a mí y ella se ríe. Al ver que se queda algo rezagado, le lanzo una mirada a Lucien.
—Como te vayas mientras estamos en la isla…
Él se lleva una mano a los labios.
—En ese caso, carecería de sentido que te hubiera acompañado hasta aquí a por otra Lágrima solo para dejarte morir ahí, ¿no crees?
Entorno los ojos.
—¿Y mi corona?
Lucien se reclina contra la barandilla.
—No creo que debas ponértela para nadar, ¿o sí? Disfruta del agua, seguro que te viene bien después de tanto vómito.
Con un resoplido, me giro hacia Anassa. Tiene una expresión de autosuficiencia y parpadea perezosa, como si acabara de cazar al ciervo más grande del grupo. Cómo le gusta salirse con la suya.
—Lo he pillado —mascullo yo, y empiezo a quitarme la ropa.
Cuantas menos prendas, menor será la cantidad de tela mojada y pesada a la que tendré que enfrentarme mientras monto. Un aire frío me envuelve el cuerpo, y la niebla no tarda en desterrar el calor de mi piel cuando me encaramo a lomos de Anassa.
—Odio esto —le digo mientras ella se aproxima a la barandilla. Los demás montan también y se reúnen en el margen de la cubierta—. Odio esto y te culpo a ti —insisto—. Creo que lo único que quieres es salir de este puto barco de una vez.
Ella bufa.
Stark y Cratos se nos acercan. Sus ojos buscan los míos. Sus intenciones se proyectan a través del vínculo. No son palabras como tal, sino más bien una sensación: «Estoy contigo».
—Más te vale no tirarme —le susurro a Anassa al oído—. Pretendo morir de un modo mucho más heroico.
Ella suelta un resoplido divertido y luego saltamos por encima de la barandilla.
Por un breve instante, ambas flotamos en el aire.
Yo me aferro a su pelaje. En cuanto golpeamos el agua, un frío inmisericorde se adueña de cada fibra de mi ser.
El aire escapa de mis pulmones. Estoy convencida de que me voy a desmayar.
Después noto el picor de la sal en los ojos, y se me inunda el paladar de su desagradable y abrumador sabor. Me veo obligada a toser y a boquear.
Me inclino sobre Anassa y me agarro a ella para enfrentarme a una ola tras otra, con los dedos enredados en su pelaje.
Sus poderosos músculos se abren paso por el agua.
No tengo ni idea de si avanzamos deprisa o despacio.
En cuanto pasa una ola, que me deja los ojos ardiendo y los pulmones desesperados por aire, llega otra que me aplasta como un peso asfixiante. No hay descanso en esta tortura.
Mi mente se queda tan aturdida como mi cuerpo, ralentizada a cada segundo que pasa.
Intento ver qué hay del resto en este caos indefinible, pero ni la niebla ni las olas me permiten distinguir nada.
El agua, gélida e implacable, me saca constantemente del trance en mis fútiles intentos por ubicarlos a través de los vínculos.
Las rocas surgen de entre la niebla como si fueran dientes enormes.
Bajo mis pies, puedo sentir cómo el océano abre sus fauces para engullirnos.
Las olas empiezan a llegar desde otro ángulo y la corriente nos arrastra de lado, lo que dificulta nuestro progreso, ya que nos desvía de nuestra ruta.
Lo único que me mantiene cuerda es la fuerza de Anassa, que atraviesa el mar como una daga de plata.
Confío en ella. Lo único que tengo que hacer es aguantar.
No separarme. Dejar que me lleve hasta la seguridad de la tierra.
Un agudo aullido se expande por el aire y yo me pongo alerta de inmediato mientras intento vislumbrar en la niebla qué es lo que lo ha originado.
El lobo de Noemi, Ephyse, nada hacia atrás, moviéndose junto a las olas en vez de contra ellas.
Y Noemi está en el agua, boqueando e intentando gritar.
Se han separado. La cabeza de Noemi desaparece bajo la superficie antes de reaparecer de nuevo.
Mi preocupación restalla por cada vínculo. Se impone a la bruma mental, al miedo. La abrumadora necesidad que siento de proteger a Noemi nos invade a todos. Anassa reacciona a mis impulsos y comienza a girar con los músculos temblorosos.