Capítulo 43 #3
—He dicho que ni se te ocurra, Lucien —insisto—. De verdad, quiero dejar que te mate. Y creo que es posible que haya echado por la borda el órgano que segregaba la sustancia que me hacía ser moderada, así que mi paciencia está al límite.
El aludido suelta una risita.
—Eres graciosa.
Me siento en la cubierta y Stark hace lo mismo, acomodándose a mi lado.
«Necesitamos su colaboración. Ninguno de los nocturnianos sabe cómo pilotar esta maldita cosa. Tendrás que conformarte con imaginar su desmembramiento», le digo a Stark a través de nuestro vínculo.
Él se gira para mirar a Lucien. Un segundo más tarde, percibo las aristas de sus pensamientos.
Pensamientos increíblemente violentos. Despacio, sin dejar de mirar a Lucien, empieza a sonreír de un modo escalofriante que no termina de reflejarse en su mirada.
La sonrisa de Lucien se congela en sus labios antes de esfumarse.
Se aleja de nosotros todo lo que puede sin llegar a soltar el timón, con la vista clavada en Stark, como si le preocupara que fuera a atacarlo de un salto.
—Hielormenta, haz que pare.
—No —respondo yo, apoyando la cabeza en el hombro de Stark.
Justo entonces, Anassa completa una de sus rondas por la cubierta. Se detiene delante de mí, olfatea el aire y me toca la mejilla con el hocico.
—Sigo bien —le digo—. Y antes de que vuelvas a quejarte, sé que detestas todo esto.
Ella deja escapar un bufido de aire caliente y retoma su ronda.
No se ha relajado ni una vez desde que embarcamos, a excepción, quizá, de cuando no le queda más remedio que recostarse para descansar un poco.
E incluso entonces, la única forma en que lo consigue es hecha un ovillo contra Cratos.
Lo cierto es que somos mucho más parecidas de lo que pensaba.
Hay que decir a favor de Cratos que mantiene la compostura mucho mejor que ella.
Está tumbado cerca de los mástiles, donde el vaivén de las olas se nota menos.
Sus ojos verdes escudriñan el mar como si esperara que una serpiente saltara a la cubierta de un momento a otro para cazar algún aperitivo.
He intentado convencer a Anassa de que ponerse en el centro del barco disiparía un poco su malestar y le ayudaría a relajarse, pero me ha gruñido a mí, a Stark e incluso ha amenazado a Cratos con una dentellada.
Es media tarde, y me estoy planteando ir a sentarme con Venna y Noemi para asistir a otra clase de lengua de signos.
He dedicado todo el tiempo que he estado en el barco y que no he sentido ganas de vomitar a estudiar y mejorar.
Venna ha sido una profesora muy paciente.
Noemi quiso unirse a nosotras. Pero antes de que me dé tiempo de ir a buscarlas, Lucien dice algo desde donde está, cerca del timón.
—¡Nos acercamos a las coordenadas!
Yo me incorporo con un gruñido y Stark me ayuda a levantarme. Me aferro a su mano durante unos segundos mientras contemplo la infinidad azul del mar. Solo que ya no es tan infinita.
Los demás se agolpan contra la barandilla.
Nos protegemos los ojos del resplandor que el sol conjura en el agua y, simplemente…
aparece. Una niebla densa que flota sobre el agua.
El cielo que la rodea es límpido hasta cierto punto.
Luego se oscurece bastante. Sopla un viento vehemente.
Las velas ondean y el aparejo se sacude a medida que nos acercamos a la bruma.
Sin embargo, la espesa niebla no se mueve ni un ápice.
Es como si alguien hubiera bajado una nube del cielo y la hubiera anclado a las olas. No. A la isla. Un escalofrío me recorre la espalda. Agarro la mano de Stark con más fuerza.
—Qué perturbador —dice Venna cuando llega a la cubierta, poniéndole voz al pensamiento que tenemos todos.
Ese muro blanco se extiende interminable a lo largo de nuestro camino. Está a punto de engullirnos. Juraría que puedo oír susurros transportados por el viento. La humedad me recubre la piel; fría, pegajosa.
—¿Notas… notas eso? —le pregunto a Stark.
Es extraño. El malestar que me ha asediado desde que abandonamos el puerto ha desaparecido.
Se desvanece en cuanto las primeras gotas me rozan la piel.
Ahora tengo una sensación de consciencia cada vez mayor.
De alerta. Como un instinto que no supiera que tenía.
Muevo los ojos en todas direcciones en la niebla, que me impele a que preste atención al viento.
—Sí —confirma Stark.
Algo me hace apartar los ojos de él. Yo me aferro a la baranda, mientras contemplo el paraje, expectante.
En medio de la blancura infinita se dibuja la torre.
Cada vez estamos más cerca de la niebla, tanto que el sol se pierde tras su imponente muralla y nuestro barco se pierde en la penumbra.
Aun así, percibo la isla. Es una masa oscura que nos aguarda y en la que la protuberancia de la torre resulta inconfundible, al igual que los símbolos de cada manada que hay grabados en su superficie.
Elias contempla la escena, atónito. Creo que es la primera vez que compone una expresión sin una pizca de artificio.
—Es como si una leyenda cobrara vida —murmura para sí.
Todos observamos la imponente torre que se alza frente a nosotros mientras la niebla que la envuelve comienza a disiparse. Su negra silueta se vuelve cada vez más grande, hasta que adquiere una apariencia increíblemente alta, propia de un cuento fantástico.
—¡Mierda, mierda! —exclama Lucien.
De pronto, el aire se convierte en una ráfaga fría que cae sobre nosotros. Jadeo y me doy la vuelta sin querer. Nos hace virar con todas sus fuerzas, tan deprisa que el timón se convierte en un borrón.
—¡ AGARRAOS ! —vocifera.