Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Sus ojos azules examinan el patio. Justo cuando se gira, Venna avanza con suavidad para unirse a nosotros a lomos de Skaia. Las comisuras de los labios de Lucien se curvan y, con delicadeza, desliza un dedo sobre ellos.

—Montaré con ella.

Yo hundo los dedos en el pelaje de Anassa mientras mi pretendiente se aproxima a Venna, que baja la vista hacia él con una ceja arqueada.

Lucien le devuelve la mirada como si anhelara tener su cuello bajo sus colmillos, lo que hace que se me erice el vello de la nuca.

Pero Venna ni se inmuta. Lo deja montar, suspirando como si acabara de aceptar una tarea doméstica incómoda.

Elias mira a Stark, interpreta correctamente su semblante contraído, y se acerca a Noemi para montar con ella.

—Prometo que no te apuñalaré —le dice ella con dulzura.

Saela y yo compartimos un último y potente abrazo y después me encaramo a lomos de Anassa.

Tras girarnos para abandonar el territorio del castillo, miro hacia atrás para ver cómo la distancia va haciendo que la figura de mi hermana sea cada vez más pequeña.

Todos mis instintos me imploran que dé la vuelta, que la tome entre mis brazos y no le quite ojo.

«Su manada la cuidará», dice Anassa.

Sus palabras son como cuchillas afiladas.

«Su manada somos nosotros», protesto con el corazón dolorido.

«Sí que lo somos —coincide Anassa—, pero también tiene una manada en este lugar. Y no podremos mantenerla a salvo allá donde nos dirigimos».

Antes de cruzar las puertas que dan a la ciudad, veo cómo mi padre envuelve a Saela con los brazos.

Ella se inclina para dejarse mecer por ellos.

Me giro para mirar al frente una vez más y hago todo lo posible por ignorar la voz de mi cabeza que no deja de repetirme: «Está feliz sin ti. Está feliz sin ti».

Llegar a Colmillo Floral nos lleva dos días de cabalgata incesante a la máxima velocidad de la que son capaces los lobos huargo.

Lucien, a pesar de dar constantemente la impresión de ser un rey malcriado, se comporta.

No se queja por no tener un colchón de plumas ni a nadie que se lo prepare.

Apenas se le nota el desagrado en el rostro cuando bebe la sangre envasada que compra Elias.

No obstante, sus egocéntricos comentarios son agotadores, pero su presencia mantiene a Elias a raya.

Y, para mi sorpresa, la compañía resulta más grata que la que tuvimos en nuestro viaje a Astreona.

Sin embargo, ni Stark ni yo dormimos bien por las noches.

La ansiedad que siento ante lo que estamos haciendo, ante la carrera por vencer a Killian, hace que mi mente no pare ni un segundo.

Stark se pasa las noches dando vueltas junto a mí, pero cuando le pregunto al respecto, no le da importancia.

Tengo la sensación de que todavía está sobreponiéndose a la muerte de Siegrid.

El paisaje se difumina a nuestro alrededor a medida que nos movemos.

No es más que un árido desierto y tierras agrietadas.

Entonces, casi de repente, la presencia de la humedad vuelve más denso el aire.

La vida empieza a regresar a la tierra, que brota sólida y vibrante.

Para cuando atisbamos Colmillo Floral a lo lejos, el entorno vuelve a gozar de frondosidad y vitalidad.

Anassa baja el ritmo y a mí se me corta la respiración.

La ciudad es hermosa, con edificios altos y pálidos que, desde la distancia, parecen conchas talladas.

Se erige en mitad de una exuberante ensenada verde con múltiples caminos que serpentean a su alrededor desde la modesta montaña contra la que se asienta.

Pero es el mar lo que hace que me detenga en seco.

El mar .

Nunca antes lo había visto. No tiene final.

Es algo que sabía, pero era pura teoría.

Verlo es otra cosa. Es una inmensa extensión azul de libertad.

El sol crepuscular danza en su superficie, como si un millar de monedas de oro hubieran quedado atrapadas en una red azul oscuro. Nunca he visto nada tan bello.

—Mi reina —murmura Stark.

Al mirarlo, me doy cuenta de que tengo lágrimas en los ojos. Él aprieta la mandíbula. Su cabello se revuelve al abrazo de la brisa, una brisa fresca procedente de las aguas, refrescante después de las largas jornadas de viaje bajo el sol inclemente. Incluso el aire huele diferente en este lugar.

Comprendo que lo que me pregunta es si estoy bien, así que sonrío y le concedo un destello de lo que siento a través de nuestro vínculo. Sus ojos me devuelven la sonrisa de inmediato. Nada más en su rostro lo atestigua, pero lo capto de todos modos.

Nos aproximamos y entramos en la ciudad en grupo.

No pasa mucho tiempo hasta que, al vernos llegar con nuestros lobos, los ciudadanos entran en pánico.

Los hay que deben de reconocer a su rey, que viaja con nosotros, porque se agolpan a nuestro alrededor para mirar con fascinación.

Por lo visto, la presencia de Lucien les hace sentir lo suficientemente seguros como para lidiar con la cercanía de nuestros huargos.

A medida que nos acercamos al puerto, los graznidos de las gaviotas adquieren más protagonismo. La gente va de acá para allá pegando voces, ocupada con sus trabajos de carga y descarga de mercancía. Las campanas de las torres anuncian la llegada y la salida de los distintos barcos. Arrugo la nariz.

—¿A qué huele? —pregunto.

—A pescado —responde Elias, que también tuerce el gesto.

—Y a mar, Meryn —añade Noemi—. El agua salada tiene su propio aroma. A algas, a pescado. Pero también a salitre, simple y llanamente.

Cómo no va a saberlo: Caída Férrea está junto al mar.

—Y a sudor de jornaleros —contribuye Lucien sin intención de aportar nada útil y sin quitarle la vista a uno de los trabajadores en cuestión, junto al que pasa Venna con su montura.

Ella se gira y me dirige una mirada que grita «¿De qué va este tío?», lo cual me arranca una sonrisa.

—Hemos llegado —anuncia Lucien.

Después extiende el brazo como si me estuviera haciendo un regalo, y yo sigo su dirección hasta el muelle más alejado del puerto.

Allí flota una magnífica embarcación con una multitud a su alrededor que la mira y la señala.

No es tan grande como algunos de los barcos de carga que hay por aquí, pero tiene un velamen afilado como un surtido de navajas y un casco estrecho pero alargado que se curva en la proa.

Sus tablas están pintadas de azul cerúleo y marino con destellos plateados que imitan el brillo de la luz del sol en la cresta de una ola.

Es lo suficientemente grande como para acomodar a toda nuestra comitiva, incluidos los lobos.

Sin embargo, bajo mi inexperta mirada, también da la impresión de estar diseñada para ser veloz.

Noemi se gira para empaparse de todo lo que ven sus ojos.

Le da un empujón de emoción a Elias, quien se habría caído de no ser porque consigue agarrarse al pelaje en el último segundo.

Al embarcar, noto que algo se asienta dentro de mí, algo que ha estado agitado como un torbellino desde que abandonamos Brilloscuro.

O quizá desde antes. Nos encontramos en el angosto camino que nos conduce a la derrota de Killian.

En el escueto sendero que desembocará en la torre y en la próxima Lágrima.

Es lo que hay que hacer. Lo sé. No importa lo que cueste.

La proa de nuestro barco corta el agua mientras yo permanezco aferrada a la barandilla, completamente doblada sobre mí misma y con el pelo pegado a mi piel húmeda.

Tengo el estómago revuelto. Cierro los ojos, víctima de una nueva náusea, pero procuro respirar.

No funciona. Se me va a salir el estómago por la garganta.

Y ahí va otra ración de bilis que cae por la borda.

Unas sombras me acarician la cara antes de recogerme el pelo para que el vómito no me lo ensucie.

—¿Intentas hacer que me sienta peor? —le digo a Stark entre quejidos—. Es insoportable lo bien que se te da.

Stark se limita a esbozar una sonrisa. Solo hace una semana que se convirtió en alfa soberano y ya domina el tuercesombras; algo que yo no termino de conseguir.

Es como si él hubiera contado con la guía de algún tutor mientras yo andaba por ahí dando tumbos.

Pero, bien pensado, siempre se le ha dado bien tener el control.

Es una idea que me infunde cierto calor y hace que las náuseas remitan un poco.

—Puto mar de los cojones —mascullo—. A la mierda las olas y a la mierda este barco.

—El mar ha dejado de parecerte bonito, ¿eh? —comenta Stark.

Yo me limpio la boca y me enderezo.

—No pienso volver a poner un pie en un barco en toda mi vida —farfullo. Él ríe. Yo le miro con el ceño fruncido y sorbo por la nariz—. Debo de estar preciosa, ¿a que sí?

Stark se me queda mirando un momento.

—Te juré que no te mentiría.

—Miente ahora.

—Ni siquiera te has puesto un poco verde; estás muy guapa. Ya verás como el mar se calmará enseguida —me reconforta él.

Yo suspiro con un asentimiento y me alejo como buenamente puedo de la barandilla.

Cuando me doy la vuelta, mis ojos recalan de forma instintiva en Lucien, lo que hace que vuelva a sentir náuseas.

Está recostado con gracilidad en el timón, con una mano apoyada en él.

Cómo no, viste con ropas vaporosas que ondean al son de la misma brisa que alimenta las velas.

Al verlo, cualquiera diría que estamos en un viaje de placer.

—Ni se te ocurra —le advierto.

Sus ojos centellean por la diversión que siente. No me hace ni caso.

—La todopoderosa reina de Nocturna superada por unas simples olitas.

Mis miserables circunstancias no me impiden fulminarle con la mirada. Stark pasa junto a mí con los ojos fijos en Lucien, por lo que me fuerzo a ir tras él.

—Stark —digo, débil.

Él hace una pausa. Su enfado parece divertir todavía más a Lucien.