Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

Meryn

Meryn?

Mi hermana asoma una dubitativa cabeza en mi habitación mientras yo termino de hacer el equipaje. El corazón se me congela en el pecho al verle la cara; se siente vulnerable. Asustada , incluso.

Entiendo lo que decía Venna acerca de la importancia de ver más allá de los cambios de Saela y aceptarla como persona en su conjunto; una persona que tiene un lugar en este mundo.

Acerca de lo difícil que le he puesto que me cuente cualquier cosa sobre lo que está viviendo.

Pero eso no hace que ver la duda en su semblante a la hora de hablar conmigo duela menos.

—Ven, siéntate —le digo. Me subo de un salto a los pies de la cama y le doy unos toquecitos al colchón a mi lado.

Ella obedece y yo la arrimo a mí, revolviéndole un poco el pelo.

—Eres mi heroína, ¿lo sabías? —Mi voz suena ahogada por la emoción, lo que me obliga a tragar saliva—. Es impresionante la facilidad que tienes para deducir cosas. Estaríamos perdidos sin tu ayuda.

Saela permanece callada. Yo me aparto para mirarla bien. Habría esperado que se mostrara emocionada ante la perspectiva de encajar piezas y unir puntos, de averiguar qué es lo que tenemos que hacer a continuación para garantizar que Killian no va a echarles el guante a las Lágrimas.

—¿Qué pasa, Saela?

—Sé que siempre buscas lo mejor para mí, que siempre quieres protegerme —contesta ella, y yo empiezo a prepararme.

Habla deprisa—. Pero he estado pensándolo y, aunque sé que quizá no te parezca bien, creo que debería quedarme aquí…

Lo cierto es que quiero quedarme en Astreona, al menos un tiempo.

—Ahora se mira los pies—. Quiero entender lo que implica ser un sifón.

Yo exhalo un suspiro profundo y tembloroso.

Deseo dar con la manera de racionalizarlo, de alterar la realidad lo suficiente como para que tuviera sentido que Saela viniera con nosotros.

Pero soy consciente, muy consciente , de que llevárnosla la pondría en peligro, y se merece algo mejor.

Ya la he puesto en riesgo demasiadas veces, al llevarla al frente con nosotros primero y a lo que creí que era pleno territorio enemigo después.

Puedo optar por permitir que Saela se quede aquí, lejos del conflicto, acompañada de otros sifones. Acompañada de nuestro padre . Al margen de lo que yo sienta por él, es evidente que le profesa un afecto sincero a Saela, y que ella también desea conocerlo mejor.

Le levanto el rostro. Sus ojos están tan vidriosos como los míos, y no logro contener el abrazo que le doy.

—No quiero dejarte —le susurro.

Saela deja escapar un sollozo con hipidos y se arrebuja contra mí. Sus lágrimas no tardan en mojarme la camisa. Yo le paso una mano por el pelo y, cuando hablo, lo hago tanto para reconfortar a mi hermana como a mí misma.

—No se trata de algo permanente. Te prometo que volveré a por ti.

Saela asiente en mi pecho y dice:

—Puedo esperarte una eternidad, así que intenta no morir, ¿de acuerdo?

Mi risa empieza a disipar el peso abrumador de tanta emoción.

—Haré lo que esté en mi mano.

Saela se aparta lo justo para mirarme a los ojos.

—Y…, ¿Meryn? Haz que Killian lo pague.

Yo aprieto los dientes, envuelvo la mejilla de mi hermana con la mano y digo:

—También haré todo lo que pueda para cumplir eso.

A primera hora de la tarde, nuestro grupo ya está reunido en un patio ajardinado a la sombra de los espesos árboles.

El aire templado trae consigo una suave brisa que mece la colorida vegetación.

Hay una fuente en forma de mujer con cola de pez de la que cae agua a la que la luz arranca destellos turquesa.

La idílica escena contrasta ineludiblemente con la mezcla de urgencia y recelo que me sube por la garganta.

Cratos, Anassa y Ephyse beben agua a la espera de que lleguen los demás antes de partir hacia Colmillo Floral.

Saela y nuestro padre han acudido para despedirse.

Dejo que ella mime un poco a Anassa, que sufre con este adiós casi tanto como yo.

Aprovecho para fulminar a mi padre con la mirada.

Sus labios se tensan y luego cabecea en dirección a un rincón apartado del jardín.

Paso por su lado y él me sigue hasta allí.

Cuando estoy segura de que nadie más puede oírnos, me giro y, con un susurro colérico, le digo:

—Más te vale ser el mejor puto padre de la historia. Tienes once años que compensar, y va a necesitarte mucho en estos momentos.

Es insoportable dejarla aquí con él, con ese padre que ha estado sano y salvo todo este tiempo, con ese padre que decidió no volver con nosotras. Las líneas de expresión de su rostro se acentúan.

—Sé que tal vez tú y yo nunca nos… repongamos. Pero me tomo muy en serio la posibilidad de conocer a mi otra hija. Me aseguraré de que las horas que compartamos sean valiosas.

—¿Me lo prometes? —le digo—. Porque como tenga aunque sea la más mínima impresión de que la has desatendido durante mi ausencia, acabarás muerto de verdad y desearás que sea tan rápido como lo sería en el campo de batalla.

—Te lo prometo, Meryn. Aquí estará a salvo y feliz.

Y, aunque sé que una parte de mí siempre estará resentida con él, en este instante le creo. No le doy un abrazo de despedida. Ni siquiera digo nada más. Tan solo asiento y me doy la vuelta. Pero entonces me coge de la muñeca. Sus dedos tiemblan ligeramente.

— Por favor —suplica sin aliento. Se esfuerza por mantener la compostura—. Sé que acabarás volviendo a Nocturna para enfrentarte a él. Por favor, asegúrate de que a Ruby no le pasa nada. Haz todo lo posible. Por favor.

Como me quedo mirando la forma que tiene de agarrarme, me suelta sin demora.

—Te importa de verdad, ¿no?

Era obligatorio preguntarlo. Él hace una mueca. Me resulta extrañamente satisfactorio ver mi propia incomodidad reflejada en su rostro.

—Ruby ha sido la persona más importante de mi vida los últimos doce años.

Lo que tenemos… no es solo el vínculo señorial —concluye antes de apartar la mirada.

Se pierde en sus recuerdos, unos recuerdos que, salta a la vista, le resultan dolorosos—.

El amor que sentía por tu madre era importante para mí, y era auténtico.

Espero que lo creas. Y no pretendo decir que lo que tuvimos palidece de ningún modo en comparación con lo que estoy viviendo ahora.

Pero mi conexión con Ruby es distinta. Está escrita en mi alma.

Es un tipo de amor que no sabía ni que existía hasta que la conocí.

Es duro oírle decir esto. Para mí, Ruby sigue siendo ese sifón chupasangres que nos robó a mi padre cuando más lo necesitábamos.

Es casi imposible para mí verla de otro modo.

No obstante, la emoción que se desprende de su voz es sincera.

Contemplo el rostro de mi padre y, por primera vez, veo a la persona al margen de mí misma, a una persona que nos amó a mí y a mi madre y que cometió sus propios errores.

Quizá este hombre y yo no volvamos a congeniar nunca. Pero, por el bien de Saela, haré lo que pueda por él. Dejo escapar el aliento y, con él, me abandona parte del resentimiento. Puede que haya sido un mal padre, pero no merece sufrir por ello.

Lo miro.

—Me aseguraré de que nuestras fuerzas la protegen.

Cuando me reúno con los huargos, Saela me pone el colgante de la Lágrima en la mano y me regala una brillante mirada esperanzada. Yo me lo pongo y no puedo evitar preguntarle:

—¿Sigue sin haber rastro de alguna conexión señorial?

Ella sacude la cabeza.

—El bloqueador que me dio Lucien funciona.

Toca la delicada cadena de oro que le rodea el cuello, como para asegurarse de que sigue ahí. Me alivia saber que, aunque yo no vaya a estar aquí para proteger a mi hermana, al menos Killian sigue sin acceder a ella.

Saela se gira, abre su mochila y saca el libro sobre las reinas Hielormenta junto con los diarios de nuestra madre para dármelos.

—Por si necesitas que mamá esté contigo —me susurra.

Cojo los tomos y poco me falta para romper a llorar. Sin embargo, el momento queda interrumpido por Lucien, que aparece por las escaleras pavoneándose.

—¡Ya estoy aquí! De nada.

Alzo la vista y compongo un mohín al ver lo que lleva puesto.

Luce una túnica de cuello alto hecha con una tela oscura —negra e iridiscente, como el plumaje de un cuervo—, con costuras brillantes y unas hombreras que se curvan hacia arriba como cuchillas.

Es un atuendo que resalta todavía más su estatura y su figura espigada.

Seguramente sea la ropa menos apropiada para la batalla que me pueda imaginar.

Solo le faltan unas mangas abullonadas que le estorben todavía más.

Elias va más preparado, aunque su ceñida armadura de cuero sigue estando diseñada para combatir el calor astreonense.

Es decir, que presenta aberturas en puntos vitales.

Aun así, debajo lleva una camisa azul marino con mangas anchas.

Parece que los astreonenses tienen fijación con la ropa que vuela al viento.

—¿Qué lleva puesto? —me susurra Saela.

Esbozo una sonrisa.

—Tiene pinta de que está listo para ponerse a bailar con nuestros enemigos más que para luchar contra ellos, ¿verdad?

Saela suelta una risita, pero Anassa interviene: «No subestimes sus habilidades».

—Sí, sí —mascullo yo—. ¿Habéis traído un poco de ropa de abrigo, aunque sea? —les pregunto a ambos—. Si vamos a acercarnos a Nocturna, vais a necesitar unas cuantas capas más.

—Sí, mamá, no te preocupes, que no nos resfriaremos —replica Lucien, clavándome la mirada.

Se acerca a nosotras a grandes zancadas. Queda claro que espera viajar conmigo, pero Anassa le lanza una dentellada acompañada de un grave gruñido y un sonoro ladrido. Él retrocede un poco y la observa con el ceño fruncido.

—Anassa se niega a dejarte montar —le digo, procurando que no se note lo mucho que me divierte—. No es negociable.

Lucien frunce aún más el ceño.

—Vale.