Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

En menos de lo que canta un gallo, estamos todos reunidos en las habitaciones de Lucien, con un montón de mapas desplegados en una gran mesa pulida frente a nosotros.

Lucien se mantiene a una distancia prudencial de Noemi.

El pendiente de Elias titila bajo la luz cuando se inclina sobre la mesa.

Dispone documento tras documento con sumo cuidado.

A Saela casi le sale humo de la cabeza de las ganas que tiene de echarles un vistazo.

Stark, Venna y Noemi contemplan la escena en completo silencio.

Al menos, mi padre no está invitado a esta reunión.

—Este es —dice Lucien, apoyando una mano en el hombro de Elias para hacerlo a un lado con amabilidad.

Es un mapa de dimensiones considerables, ya que ocupa varios metros.

Su nivel de detalle es formidable. Con la yema del dedo, Lucien traza brevemente la línea que separa nuestros reinos.

Suspira. Después, desliza la mano por el mapa hasta detenerse en una zona del mar de la Espina Sangrienta.

Yo me apoyo en la mesa con una mano y entorno los ojos mientras nuestro anfitrión golpetea el punto señalado dos veces.

Entonces aprecio que hay varias islas. Tres de ellas conforman un archipiélago muy cerca de Caída Floral.

Como quería tener un conocimiento extenso de las tierras bajo mi mandato, me he dedicado a estudiar numerosos mapas de Nocturna y Astreona desde que me convertí en reina.

Pero no creo haber visto esas islas nunca.

—En una de estas islas es donde creo que está la torre —explica Lucien, que se yergue con una mano en la cadera.

—¿Qué significa esta nota? —pregunto, señalando el símbolo junto a las islas.

—Denota territorio inexplorado. O… —Saela dedica unos segundos a buscar el término adecuado— sin cartografiar. La persona que ilustró esto nos indica que es posible que la representación no se corresponda con la realidad.

—Correcto, así es —secunda Elias, que parece impresionado… y sorprendido.

Será condescendiente el muy capullo… Pero a Saela, que no parece percatarse de su tono, sus palabras de aprobación solo la animan.

—Y sigue sin estar cartografiado porque esta isla está rodeada por una niebla intransitable —nos dice Lucien.

—Niebla —repite Venna, escéptica.

Lucien fija sus ojos en ella.

—Niebla. Bruma. Nubes particularmente bajas. Como sea que lo llames —replica él antes de dedicarle una sonrisa. Después atiende de nuevo a la totalidad de la mesa—. La gente lleva siglos intentando tomar tierra allí. ¿Por qué? —pregunta Lucien con un gesto a Elias.

—Porque sería una posición excelente desde la que efectuar una aproximación marítima a Nocturna —contesta Elias.

—Exacto. —Lucien asiente—. Sin embargo, todas las expediciones han resultado un absoluto desastre. Un desastre trágico —informa, como si dichos desastres no le quitaran demasiado el sueño.

—¿Qué… clase de desastre? —pregunta Venna, dubitativa.

La imagen de la mujer muerta en la torre relampaguea en mis párpados. ¿Quién de nosotras era? Pestañeo para disolverla.

—La clase de desastre que inspira leyendas de espectros marinos que emergen de la niebla inmóvil para arrastrar a sus víctimas a sus mortíferas aguas —responde Elias con un tono de voz aburrido que contrasta con la gravedad de sus declaraciones.

—Leyendas, por supuesto —ríe Lucien—. Aunque la niebla es realmente insólita. Ya puede haber un viento huracanado capaz de arrastrar cualquier embarcación, que la niebla ni se inmuta. Tan solo… se queda donde está.

—Entonces ¿de qué se trata? ¿Magia? —dice Stark.

—¿Quién sabe? —suspira Lucien—. Es probable.

—Pero alguien ha navegado lo bastante cerca como para ver las islas —apunta Stark.

—Desde luego. Y quienes se las han arreglado para hacerlo han informado de retazos de una torre inmensa que han podido vislumbrar entre los huecos que deja la niebla —explica Lucien—. ¿Elias?

Este se aparta de la mesa y saca otro enorme portafolio de cuero del que, al volver, extrae cuidadosamente varios bocetos amarillentos, cada cual más frágil que el anterior.

Los bocetos no son limpios ni detallados, y parecen estar hechos por manos distintas.

Muestran una torre de piedra que se eleva sobre unas rocas escarpadas.

Cuando me agacho para observar los bosquejos más de cerca, distingo el detalle en lo alto de la torre.

Es casi como otra formación rocosa natural, como si allí, en lo alto de la isla, hubiera sufrido la erosión combinada del viento y las olas.

Con la diferencia de que unos símbolos adornan su extremo.

Están retratados de manera irregular e imprecisa.

Quienquiera que los viera solo debió de verlos un segundo.

Pero, a pesar de ello, son muy reconocibles para mí. Para cualquier vinculado.

Contengo una exclamación y mantengo la mano suspendida encima del boceto más detallado, sin apartar los ojos de la simbología.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —inquiere Elias.

—Hostia —dice Noemi.

—Estos son los símbolos de las cuatro manadas de lobos huargo —les digo, señalándolas una a una—: Estrategos, Daemos, Kryptos y Phylax.

Elias coge el papel y lo estudia con atención. Los vinculados inician una conversación apresurada y tensa. Salta a la vista que están desconcertados y preocupados.

«Anassa —sondeo yo—. ¿Saben los lobos algo de esta torre?».

Hay un silencio que me permite notar que Anassa está pensando. Luego: «No. No figura en nuestras historias. Pero es evidente que pertenece a nuestras tierras. O a los vinculados».

Yo ladeo la cabeza, pensativa.

—¿Qué? —exhorta Venna.

Comparto el comentario de Anassa con el grupo.

—Quizá… —Saela repasa la torre con un dedo, deteniéndolo en cada emblema—. Quizá haga falta la magia de las cuatro manadas para atravesar la niebla.

Observo al grupo, víctima de un cosquilleo impaciente en la piel.

—Tienes razón, Sae. Puede que eso sea lo que haga falta. Y… miradnos.

Una Estrategos, un Daemos, una Kryptos y una Phylax.

Noemi prorrumpe en una carcajada.

—Bueno, entonces Killian y Alistair la han cagado. Si eso es así, no podrán llegar. No tienen a nadie de Estrategos o de Kryptos de su parte.

«A no ser que use sus poderes de persuasión con los miembros de esas manadas».

Me he puesto al día con Egith esta mañana. Tanto ella como las fuerzas restantes se dirigen a Caída Floral, en compañía de Ruby, lo cual nos beneficia dado lo importante que es esta última para Lucien.

Aun así, quedan los vinculados retirados y los que no estaban de servicio. También me he puesto en contacto con Aldrich, quien me ha dicho que, por lo visto, las fuerzas de Killian avanzan hacia Hielormenta. ¿Cuánto falta para que esta y la Ciudad Vinculada estén bajo su control?

—Deberíamos intentar hacer la travesía cuanto antes —digo—.

La coincidencia es muy rara, y puede que tengamos poco tiempo antes de que Killian se percate.

—Me vuelvo hacia Lucien, cuyo rostro compone una expresión astuta, con la cabeza hacia atrás, los ojos entornados y los brazos cruzados sobre el pecho—.

¿Tienes alguna embarcación que podamos usar para llegar hasta allí? Y, en caso de que así sea, ¿es rápida?

Lucien se me queda mirando un rato, sin renunciar a esa expresión calculadora que no me gusta nada de nada.

Después alza un dedo y dice:

—Sí, pero con una condición.

Cómo no.

—¿Cuál es? —inquiero con cautela.

—Necesitaréis a alguien que capitanee el barco, y resulta que soy un marino excelente. Así que Elias y yo os acompañaremos personalmente en la expedición.

Se me queda mirando sin parpadear y, por una vez, infiero sus pensamientos con total nitidez.

Ahora mismo, ambos contamos con dos Lágrimas.

Si encuentro una tercera en la torre y él no está ahí conmigo, el equilibrio de poder entre nosotros se inclinará a mi favor.

Puede que estemos en medio de una tregua y que tengamos un enemigo común, pero la realidad más elemental sigue siendo que nuestros reinos llevan siglos en guerra.

Ninguno se fía del otro. Ninguno quiere que el otro sea más poderoso.

Stark cierra los puños en un gesto que hace que sus tatuajes se curven alrededor de sus nudillos. Pero, bajo la mesa, yo le acaricio la mano con la mía. No relaja los puños, pero al menos tampoco los usa para partirle la cara a Lucien.

Pequeños triunfos.

—¿Y después de llegar a la torre? ¿Qué pasa si descubrimos que hay una Lágrima allí?

Lucien inclina la cabeza.

—Bueno, creo que esa sería una razón más por la que afianzar de manera formal nuestra alianza, ¿no te parece?

Se me hiela la sangre. Habla del matrimonio.

Esto no será más que otra moneda de cambio con la que presionarme y obligarme a aceptar.

Trago saliva. Es preferible a escupirle en la cara.

Necesitamos los recursos de Lucien y, probablemente, también sus conocimientos.

Y, sin duda, necesitaremos tener su Lágrima de nuestra parte si vamos a enfrentarnos a Killian y a Alistair, por no hablar de su ejército.

Así que, con un profundo suspiro, me resigno.

—Baja el dedo, que quedas en evidencia. Pero accedo: iremos juntos.

Tras unas cuantas charlas apresuradas sobre los aspectos logísticos del viaje, todos abandonamos los aposentos de Lucien para empezar a preparar el equipaje.

Sigo sin compartir ese último detalle de mi visión: el del cuerpo de la mujer en la torre, con el rostro oculto.

Puede que no se trate de ninguna de nosotras.

O quizá fuera una interpretación errónea y la mujer esté viva.

Intento convencerme a mí misma de eso, pero, más allá de mis pensamientos, late una verdad aún más oscura: alguno de nosotros perecerá en esta travesía.