Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 42
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Capítulo 42

Meryn

Stark y yo nos apresuramos en vestirnos y luego avisamos a los demás.

En cuestión de treinta minutos, Saela, Venna y Noemi están reunidas con nosotros en el espacio común de nuestros aposentos.

Mi padre, al enterarse del revuelo, se nos ha unido.

No he tenido valor para decirle que se vaya a tomar por culo.

Aún estoy afectada por la intensidad de mi encuentro con Killian y tengo que esforzarme por tranquilizarme.

La estridencia de esta habitación no se parece a nada que pueda haber en casa, pues rebosa color debido a los azulejos y a las suntuosas telas, aunque los rostros de mi círculo más cercano me ayudan a no perder la perspectiva.

—Sé que esto no es algo que haya compartido con todos, pero he podido mantener el contacto con Killian por medio de mis sueños —les informo tan deprisa como puedo, y respondo a sus dudas antes de decirles lo que averigüé anoche—: Está buscando más Lágrimas.

A diferencia de la expresión pétrea de Stark, la alarma se refleja claramente en el rostro de Venna.

—¿Cuántas hay?

Sacudo la cabeza.

—No tengo ni idea, y él tampoco. Lo que sí sé es que cuando consulté mi clarividencia ayer, el único camino viable nos mostraba a nosotros yendo a una torre. Creo que vi que encontrábamos una Lágrima allí. Así que debe de haber, al menos, una más, en esa torre…, sea lo que sea.

Evito pensar en el cuerpo de la mujer de mi visión y en los gritos agónicos de Stark. En cómo todas mis visiones acaban con muerte y esta es, simplemente, la menos sanguinaria.

—La Lágrima que tiene ya le ha conferido el poder suficiente como para conquistar un reino entero. Si consigue más…

Noemi deja que su voz se extinga en el aire.

Las implicaciones de lo que ha dicho son evidentes.

Con el suficiente poder, quizá no seamos capaces de detenerlo de ninguna manera, independientemente de nuestras alianzas con Astreona.

El pánico empieza a reptar por los márgenes de mi corazón, un pánico que me oprime el pecho.

Pero, entonces, los ojos de Saela se encienden eufóricos; pone la misma cara que cuando resuelve un problema de matemáticas complicado.

—Un momento —dice.

—Momento concedido.

Su entusiasmo basta para desterrar parte de mis temores. Sonrío con la respiración más pausada. Ella se levanta de un salto.

—Creo que hay una cosa…

Corre por la habitación y desaparece en la cámara contigua.

—¿Sae? —la llamo.

—¡Hay algo! ¡Lo vi! —responde ella a voz en grito.

Venna suelta una leve interjección divertida.

Cuando mi hermana reaparece, sostiene uno de los maltrechos diarios de nuestra madre en sus manos.

Se deja caer en el sofá de nuevo y lo abre con presteza para pasar las páginas a toda velocidad.

Nuestro padre se inclina para leer a su lado y después se aparta de golpe con una expresión de estupor en la mirada.

Debe de haber reconocido la caligrafía de madre.

—¿Y bien? —la exhorta Noemi.

—Dadle un minuto —digo yo, mientras me arrodillo frente a mi hermana.

Alzo la vista hacia ella para verla en acción.

Finalmente, estampa la mano en una página con un ruidito emocionado, sin dejar de sacudir los pies. Le da la vuelta y me muestra la página.

—¿Lo ves? Mira, mira.

Yo paso los dedos sobre la imagen de la página.

Hay garabatos dispersos a su alrededor, pero no es eso en lo que Saela quiere que me fije.

En mitad de la página de la derecha hay un diseño que remite a una estrella de seis puntas o a una especie de flor de ángulos rectos y geométricos cuyos extremos tienen forma de lágrima, forma que también se repite en su centro.

A Saela le falta el aliento. Se inclina hacia delante para ver la imagen de nuevo y después me mira con una expresión rebosante de esperanza.

—¿Crees que…?

¿Qué son las Lágrimas de Diosa? Me arden los ojos. Una vez más, queda patente que nuestra madre no estaba loca. Ella lo sabía .

—Tal vez —le digo a mi hermana. Salta a la vista que se muere de ganas de creer en la fuerza de nuestra madre. Yo también lo ansío—. Es posible. Siete.

—Siete en total. Lo que significa que, al menos, no irá por ahí agrupando docenas —señala Saela.

Noemi alza la cabeza con un destello en los ojos.

—Siete lágrimas y una torre. —Coge a Stark por el brazo y tira de él con vehemencia—. Stark, la canción .

Suena a desvarío hasta que la comprensión demuda las facciones de Stark.

—¿Qué es eso? ¿Alguna cuestión vinculada de la que no me he enterado? —pregunto.

Noemi se acerca a mí con su resplandeciente cabello brillando a la luz del sol matinal.

—A mi padre, lord Caída Férrea, le encanta una canción acerca de la esposa infiel de un hombre. Le pone los cuernos con su hermano y, cuando lo descubre, se la lleva a rastras hasta una torre de la que es imposible escapar, donde la encierra ¡y en la que ella llora siete lágrimas! Justo siete .

—Sería atrevido verlo como una coincidencia, pero no deja de ser solo una canción —declara Venna, a la que está claro que le preocupa que nos estemos ilusionando en vano.

—A menos que no lo sea —digo yo.

—¿Creéis que se basa en algo real? —pregunta Venna.

—Yo creo que cualquier cosa es posible. Sí. ¿Y si…? ¿Y si la Diosa Sin Rostro era la esposa? ¿Y si estuvo encerrada en esa torre?

Stark resopla y se cruza de brazos.

—¿De repente eres creyente?

Mi mente va a toda velocidad. ¿Estaré buscando conexiones donde no las hay? ¿O es que, por fin, hemos dado con un hilo del que tirar?

—No. No lo sé. Sean lo que sean estas gemas, está claro que ostentan un poder considerable.

Pero que eso signifique que la Diosa era…

o es… real…, quién sabe. De momento, el problema principal es encontrar la torre de mis visiones.

No hallaremos respuestas a menos que podamos identificarla de alguna manera… y descubrir si alberga alguna Lágrima.

Stark cruza sus robustos brazos frente al pecho y suspira profundamente, con la mirada anclada en el techo.

—Sí —digo yo—. Ya sabes a quién tenemos que consultárselo.

Veinte minutos después, me encuentro sola ante los aposentos de Lucien con la intención de determinar qué palabras usar para hacer que conteste con relativa sinceridad. Abro las puertas sin llamar. Sus guardias ni siquiera intentan impedirme el paso. Ojalá lo hubieran hecho.

Las puertas dejan ver a un Lucien de mirada intoxicada y hambrienta sobre unos labios teñidos del rojo de la sangre.

Está sentado en una opulenta silla de comedor, pero, en vez de una mesa, lo que tiene delante es una exuberante mujer con poca ropa encima que se recuesta en su regazo.

Le rodea la cintura con una mano para que no caiga.

Ella tiene la cabeza echada hacia atrás, con una expresión de éxtasis en su cara, en una postura que le da a Lucien un acceso total a su garganta, de la que se alimenta.

Lucien alza la mirada al oír las puertas.

Fija sus ojos en los míos al tiempo que agacha la cabeza y clava los dientes en la mujer una vez más, que gime mientras él bebe con avidez.

Se me retuerce el estómago en una extraña mezcla de repulsa y fascinación.

Es más fácil olvidar que estoy tratando con el enemigo cuando no puedo ver cómo devora a sus presas.

Ignoro la sensación y, negándome a sentirme intimidada, me acerco a él con aplomo.

—Lucien, tenemos que hablar.

Receloso, se aparta de su manjar y la mujer parpadea unos instantes para recobrar el sentido, claramente aturdida. Con un cabeceo, él le hace una señal a un sirviente, que acude raudo para tomar la mano de la mujer y, con delicadeza, ayudarla a ponerse en pie para sacarla de la estancia.

—¿Sí? —inquiere Lucien, pero sus ojos siguen perdidos en los generosos cuartos traseros de su fuente de alimentación, que abandona la sala con lentitud. La vaporosa tela de su vestido no deja nada a la imaginación.

Suspiro.

—Estoy aquí, Lucien.

Él me devuelve la mirada, acompañada de una media sonrisa divertida y un movimiento ágil de la lengua para relamerse los labios manchados.

—¿Sabes? En Astreona, interrumpir el almuerzo de alguien está considerado de muy mala educación. Si vas a intervenir así, podrías, al menos, ofrecerme tu propio cuello.

—Preferiría tragar cristales —espeto, molesta—. Hemos dado con algo importante acerca de las Lágrimas de Diosa.

Él inspira y se sienta como si estuviera aburriéndose.

—Algo importante —se burla con fingido entusiasmo—. En fin, a ver de qué va esa increíble revelación. Sorpréndeme.

Su ego llena toda la estancia, pero empieza a menguar a medida que atiende a mis palabras. Incluso parece fascinado. Intrigado de un modo inquietante. El hambre latente en sus pupilas es más acusada ahora que cuando tenía los colmillos metidos en el cuello de la mujer.

Las palabras envenenadas de Killian acerca de lo poderoso que es Lucien y lo imperativo que es pararle los pies regresan a mi cerebro. ¿Estaré depositando mi confianza en otro apuesto miembro de la realeza que aspira a traicionarme?

—Bueno —dice Lucien, reclinado en su asiento. Apoya la barbilla en el pulgar y desliza el dedo por la mandíbula—. Pues sí me has sorprendido.

—¿Sabes algo de alguna torre misteriosa cerca del agua? —pregunto.

Él ladea la cabeza.

—¿Qué me darás a cambio?

Yo pongo los ojos en blanco.

— Lucien .

Él ríe y se pone en pie.

—Es una leyenda, más que nada. En el mar hay una isla en la que puede que se halle la torre de tu visión, pero nunca hemos conseguido llegar. Llama a Elias —le ordena a un criado—, y que traiga los mapas del mar de la Espina Sangrienta.

—Que venga también mi séquito —añado yo.