Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 41
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Capítulo 41

Meryn

Aceptarías? —pregunta con una calma en la que subyace la tormenta.

Yo retrocedo con las pocas fuerzas que me quedan.

—¡No!

Él tensa la mandíbula bajo esa sombra de barba incipiente.

—Como alfa soberano… —Su voz se quiebra y yo vuelvo a pensar en la cantidad de emociones latentes en él, reflexiones acerca de la muerte de Siegrid que todavía no sabe cómo expresar—.

Si fuera un mejor alfa soberano, te diría que deberías hacerlo.

Deberías desposar a alguien útil desde un punto de vista político, sobre todo si lo que queremos es salvar nuestra nación.

Los ojos de Stark se detienen en los míos.

Ahora es a mí a quien le falta el aliento; hay demasiadas cosas escritas en su mirada.

El peso de todo lo que nos dijimos anoche carga el aire entre nosotros.

Sí que deseó ese destino para mí en el pasado: que estuviera con alguien cuya posición fuera, a su juicio, mejor para la imagen de una reina.

Creía que ya habíamos superado eso. ¿Acaso va a volver a rechazarme?

—¿Pero?

La palabra surge de mis labios en un susurro.

—Condenaría a todas las almas habidas y por haber con tal de quedarme contigo, Meryn.

Me arden las mejillas. Algo en mi pecho se quiebra y queda abierto de par en par.

Me acerco a su rostro y le acaricio el contorno de la mandíbula con el dedo antes de darle un suave beso.

Él reacciona con hambre, de manera que su lengua se hunde entre mis labios como si necesitara saborear cada parte de mí.

Al final, me separo y apoyo la frente en la suya.

—Bueno, por suerte para los habitantes de Nocturna, no hará falta que tomes esa decisión. No puedo hacerlo. Aunque quisiera, que no es el caso. La clarividencia me ha mostrado que, aunque nos casáramos, el final sería el mismo: Killian gana y toda la gente a la que quiero acaba muerta.

Sin que apenas se note, Stark cambia de postura mientras encaja la seriedad de mis palabras.

—¿Pudiste ver el final del camino? —pregunta con la voz ronca.

Sacudo la cabeza, confusa.

—He tenido tres visiones, pero solo una parecía viable. Y no he logrado entenderla. Tú, Noemi, Venna y yo estábamos en una especie de torre antigua cerca del mar con nuestros lobos. ¿Te dice algo?

No menciono el cuerpo que vi. Puede que no llegue a suceder nunca. Stark entorna sus ojos oscuros, pensativo.

—¿Una torre? No.

—A mí tampoco. Pero sí creo que Lucien tiene razón en una cosa —continúo—. Sea lo que sea que Killian esté haciendo en este momento, es distinto de lo que hacía antes. No puede pretender invadir Astreona ahora que sus efectivos están mermados. Debe de estar ocurriendo algo más.

Stark asiente mientras me acaricia el costado. Ese gesto, tan reconfortante y posesivo, enciende un fuego en mi vientre que procuro ignorar.

—Stark… Necesito que no te acerques a mi cama esta noche. —Un destello de alarma se enciende en sus ojos y yo prosigo—. Tengo que acceder al mundo de los sueños y enfrentarme a él. Es la única manera.

Él ladea la cabeza y exhala un profundo y colérico suspiro.

— Detesto la idea de dejarte sola con él.

—Lo sé —digo en voz baja. Qué difícil tiene que ser esto para mi fiero protector—. Pero tenemos que averiguar qué está tramando, y si es posible que me dé alguna pista, entonces merece la pena arriesgarse. No me despiertes, aunque parezca alterada.

La mandíbula de Stark se contrae.

—No puedes pedirme eso.

—Vale —digo, frustrada pero agradecida—. Confío en tu criterio. Pero dame el tiempo suficiente para ver qué puedo sacarle. Deja que intente que el riesgo valga la pena.

Acaba por aceptar, y la noche llega con demasiada presteza; el temor que siento por ella hace que las horas avancen más deprisa.

Después de lavarme y darle las buenas noches a Saela, me dirijo lentamente a mi alcoba, arrastrando los pies mientras cada fibra de mi ser protesta ante lo que estoy a punto de hacer.

Stark se ha acomodado en una silla junto a la ventana, a escasos centímetros de Anassa, cuya postura en el suelo da a entender que duerme, aunque no lo hace; está tan alerta como Stark. Dos peligrosos depredadores dispuestos a entrar a matar. Mis guardianes, unidos en mi defensa.

Es la primera vez que voy a dormir sin Stark a un brazo de distancia desde que comenzó a ayudarme con estos sueños.

Incluso durante el trayecto hasta aquí, cuando apenas hablábamos, se mantuvo a mi lado.

El vacío de la cama refuerza el temor imperante en mi mente cuando me deslizo entre las finas sábanas, pues en este extraño y cálido país no hace falta más.

En la penumbra de la habitación percibo la deliberada mirada de Stark en mí, como el calor de una llama.

La suya es una postura atenta y preparada a pesar de lo tardío de la hora.

Tras colocar las sábanas sobre mi cuerpo, cierro los ojos y me obligo a relajarme entre los almohadones.

No estaba segura de que fuera a ser capaz de dormirme sabiendo lo que me espera, pero, al final, no es cuestión de fuerza de voluntad, sino del agotamiento después de dos días enteros de preocupación y de haber presenciado la muerte de Siegrid a través de sus ojos.

Me envuelve la oscuridad.

Una vez más, me encuentro en ese paisaje de sombras.

De algún modo, la oscuridad parece más densa que la última vez que estuve aquí.

Una risa tenebrosa es la única advertencia que recibo antes de que Killian emerja de las retorcidas sombras.

Su cara y su cuerpo mantienen la belleza de siempre, pero ahora verlos me provoca arcadas.

—¿Ha venido mi gatita a jugar por fin? —Su voz es amable y su mirada es como la caricia tierna de un amante—. ¿Dónde has estado, querida?

Sin recuperarme del todo de la impresión, empiezo a trazar una estrategia.

He venido lista para una confrontación directa, pero Killian ha recurrido de inmediato a ese numerito de chico triste y manipulador.

Intenta jugar conmigo. O quizá esté interpretando un papel por amor al arte.

Con él nunca se sabe. Aunque una cosa está clara: si lo ataco con agresividad, él responderá de la misma manera.

Así que, aunque se me revuelva el estómago, debo lidiar con esto de un modo distinto al que había planeado.

—He intentado llegar a ti —miento, y mis palabras invocan un regusto amargo en el paladar—. Durante semanas. Stark ha estado haciendo algo. Nos ha mantenido separados. Pero como ahora está tan ocupado, con todo lo que ha sucedido en la frontera…, no ha podido detenerme. ¿Estás bien?

Mi voz suena urgente e intranquila, pero él no termina de fiarse.

—¿Tengo que creerme que has estado por ahí preocupada por mí? —espeta.

Yo me acerco a él y compongo una fachada de suplicante debilidad.

—Pues claro que estaba preocupada. Tenías razón, Killian.

Tenías razón en todo. Esto me supera, no sé ser una líder, y ahora estoy atrapada en Astreona, donde soy una rehén .

Alistair y tú sois mucho más poderosos…, el enfrentamiento en la frontera lo demuestra.

Te necesito. Por favor. Por favor, perdóname. Tengo miedo.

Las lágrimas brotan de mis ojos, y sé que él las interpretará como le dé la gana. Decirle esta clase de cosas es como reventar una llaga. Killian se acerca también, con un optimismo comedido en su hermoso y taimado semblante.

—¿Qué ha pasado? —pregunto—. ¿Por qué has atacado a las tropas vinculadas y tomado la frontera?

Él alza una mano hacia mi rostro. Yo me preparo para su toque, con la esperanza de que, al fingir intimidad, lo persuada para que revele más detalles acerca de lo que pretende hacer.

Sigo el movimiento de su mano con la mirada, igual que seguiría el movimiento de una serpiente que se prepara para morder.

Algo resplandece en el intervalo de tiempo que tarda en tocarme. Brilla incluso en esta oscuridad absorbente. Yo entorno los ojos con la intención de discernirlo, pero pierdo la concentración en cuanto sus palabras llegan a mis oídos:

—Ha sido todo cosa de Alistair —dice despacio, acariciándome la mejilla.

Me muero de ganas de girar la cara y morderle la mano, igual que haría Anassa—.

Personalmente, no creo que sea necesario tanto derramamiento de sangre.

Pero quería castigar a aquellos que se mantenían leales a ti.

Y quería mandarle un mensaje a su hermano.

—¿Un mensaje?

—Quiere que Lucien sepa que nunca lo vencerán. Y quiere que ambos os mantengáis alejados de Nocturna mientras dure su… búsqueda.

Parpadeo. Eso es nuevo.

—¿Qué búsqueda?

Killian ignora mi pregunta y baja la mano desde mi cara hasta mi cintura para envolverla. Yo me estremezco pero me inclino sobre él, con la esperanza de que parezca un estremecimiento apasionado, de amor.

—¿Lo ves ahora, gatita? Yo no soy el problema. Alistair y Lucien son los que se están cargando nuestro mundo. Pero juntos, tú y yo, podríamos derrotarlos. Podrías ayudarme a deshacerme de Alistair y de su hermano para que, después, yo gobierne ambas naciones contigo a mi lado.

Cerdo narcisista.

Pero, en vez de decirle lo que de verdad pienso, respondo:

—¿Cómo? Alistair es muy poderoso. Y Lucien también. ¿Cómo vamos a derrotarlos?

Él aparta la mano de mi cintura y por poco suelto un suspiro de alivio. Pero después, cuando la eleva hacia mi cara, me quedo sin respiración: lleva la sortija de la suma sacerdotisa.

Killian tiene una Lágrima de Diosa.

—¿Qué es eso? —pregunto haciéndome la ignorante, a pesar de que soy plenamente consciente de lo que es.

Él se endereza con orgullo. Su sonrisa se vuelve más amplia.

—Es de la Diosa Sin Rostro. Y tiene unos poderes formidables.

Me da vueltas la cabeza. Saela tenía razón .

—¿Qué clase de poderes?

Killian retrocede con cierto aire receloso.

—No estoy seguro de que deba contártelo, querida. Has sido esquiva durante demasiado tiempo. Te enseñaré sus propiedades cuando volvamos a vernos en persona.

Mi cerebro elabora los cálculos a toda velocidad. Tiene derecho a desconfiar, por supuesto. Así que tengo que darle algo. Si ha obtenido ese anillo de la suma sacerdotisa, lo más seguro es que ella le haya dicho que mi colgante es otra Lágrima. Pero quizá no sepa…

—Lucien también tiene una.

—Lo sé —dice Killian con indiferencia—. Su corona.

—No —replico con urgencia—. Un colgante, justo como el mío. Si posee poderes, igual que tu anillo, quizá pueda averiguar lo que hace. Y llevártelo a ti.

Finalmente, sus recelos ceden y una tenue sonrisa se abre paso en su cara.

—De acuerdo, gatita. Esta provoca devoción, como lo haría un dios.

Por eso Alistair y yo hemos podido poner a tanta gente de nuestra parte…

Sus poderes van más allá del control mental de los sifones, y carece de las limitaciones propias de la magia de sangre.

Él cree que hay más ahí afuera. Pretende encontrarlas para tener ventaja sobre su hermano de una vez.

—¿Y qué es lo que pretendes tú ? —inquiero, sin aliento.

—Quiero encontrarlas y utilizarlas contra Alistair y Lucien. Es la única manera, creo. ¿Qué es más fuerte que un sifón milenario? El poder de un dios.

Tiene razón. Y también la ventaja.

Mierda .

—Dime qué debo hacer —solicito desesperada—. ¿Cómo puedo ayudarte?

Él me acaricia la mejilla de nuevo, acercándose más. Reconozco la ternura falsa que aparece ahora en sus ojos. Lo siguiente es intentar besarme.

—Siempre te gustó que te dijera lo que debías hacer, ¿a que sí?, ¿a que eres una chica buena?

Qué asco.

Las frases así suenan como deben cuando provienen de Stark, porque sé que nos encontramos en un intercambio equilibrado de poder. Porque participo en esta dinámica por voluntad propia.

Killian, sencillamente, aspira a que renuncie a cualquier atisbo de autodeterminación o independencia… en todos los aspectos de mi vida.

Incapaz de decir nada, asiento sin más. Más le vale darse prisa, joder. Las sombras empiezan a contraerse en los márgenes de este reino, y no tengo claro que pueda seguir fingiendo mucho más.

—Quédate como estás, por horrible que pueda parecer. Intenta convencer a Lucien de que estás de su parte, y cuando sea el momento y yo haya encontrado más Lágrimas, te haré llamar. Aún no sé cuántas quedan exactamente. Tendrás que traerme su corona y ese collar, claro.

—Claro —murmuro. Después, en un arrebato de inspiración, alzo la muñeca en la que tengo el brazalete de compromiso—. ¿Y esto? Lucien me ha hablado de ellos. Brazaletes de sumisión. ¿Tú puedes…? ¿Estoy… sometida? ¿Serías capaz de coaccionarme?

Killian exhala un suspiro rápido.

—No, Meryn. No, por supuesto que no. Quiero que seas dueña de ti misma. Quiero que me elijas . En cuanto me enteré de la existencia de los brazaletes de sumisión, trabajé a conciencia con Alistair para elaborar uno que sometiera tus poderes, no tu mente.

La forma que tiene su cabecita de funcionar es asombrosa, simple y llanamente. Que quería que fuera dueña de mí misma, dice. ¿De verdad se cree la mierda que está diciendo? Lo peor es que sí, lo cree.

—¿Por qué? —pregunto, con el tono algo afilado—. ¿Por qué usar un brazalete de sumisión, así, en general?

—Para que estuviéramos en igualdad de condiciones, gatita. —Su voz al arrimarse a mí, pecho con pecho, es un ronroneo lento. Siento un hormigueo en el cuerpo; esto está mal —. ¿Cómo íbamos a estar juntos sin compartir tus poderes?

Y, de nuevo, pienso en Stark, a quien tengo que rogarle que use mis poderes. Quien me ayuda a usar la oscuridad dentro de mí en vez de arrebatármela para quedársela. Quien nunca toma cosas de mí. Mi auténtico igual, en todos los sentidos.

Killian inclina la cabeza hacia mí con la intención de plantarme ese horrible beso que he estado temiendo, pero yo doy un paso atrás.

—Viene Stark. Lo noto —miento—. Con suerte, podré volver pronto.

Después, libero todo el enfado y el dolor que esta conversación me ha provocado. Las sombras empiezan a sacudirse con violencia. Sus oscuros tentáculos parecen estar vivos. Me acarician la cara, el cuello, se enredan entre mis dedos y, temblorosa, cierro los ojos.

La salida, sin embargo, no es inmediata. Nunca es fácil escapar de este lugar. Es como si me estuviera hundiendo en las sombras. Como si me consumieran. Alzo las manos y fortalezco mi mente antes de empujar.

«Por favor, por favor, déjame salir de aquí».

Algo en la oscuridad parece oír mi plegaria, porque me lanza hacia un vórtice tras el que sobreviene el silencio.

Abro los ojos con una exclamación ahogada. Por lo visto han pasado varias horas; es por la mañana, y la luz, que se cuela por las ventanas arqueadas, tiñe la estancia de oro. Stark, al verme despierta, corre a mi lado.

—¿Estás bien? —pregunta—. ¿Qué ha pasado?

—Tiene la quinta Lágrima de Diosa, la que llevaba la suma sacerdotisa —le digo a Stark con la voz agitada—. Y está buscando otras. Hay más.