Capítulo 40
Meryn
El silencio sepulcral de la biblioteca hace que me piten los oídos.
Después, desde la distancia, nos llegan los aullidos apenados.
Son de Anassa, Cratos, Skaia y Ephyse. Están en el exterior, lejos, pero sus dolientes lamentos son lo suficientemente potentes como para sospechar que todos los ciudadanos de Brilloscuro los han oído.
Temblorosa, me levanto y me apoyo en la mesa antes de dejarme caer en la silla. La voz de Anassa llega de inmediato a mi mente.
«Estoy comunicándome con los otros lobos. En cuanto tenga más información, te avisaré».
El vínculo me transmite lo dolida que está, la pena, una fiera y tiránica, como un espejo quebrado de mis propias emociones.
«¿De verdad han caído?», pregunto, a pesar de conocer la respuesta.
Ha sido una visión demasiado vibrante y espantosa como para no pertenecer a la cruda realidad.
«Han caído, Meryn».
Me apoyo con fuerza en los reposabrazos de la silla e inspiro un par de veces más para calmarme.
—¿Cómo que Nocturna ha caído? ¿Qué quieres decir? —pregunta Lucien en voz baja, con un tono serio y letal.
—Killian ha superado nuestras defensas. Se ha hecho con nuestro campamento. Mi alfa soberana, la líder de nuestro ejército, está muerta. Tiene el control de la frontera en nuestro lado.
Venna deja escapar un quejido ahogado. Se tambalea al perder el equilibrio y acaba sentada en el suelo con la cabeza entre las manos.
Lucien se acomoda lentamente en su asiento mientras Saela me rodea el cuello con los brazos para hundir el rostro en mi hombro.
Se encarama a mi regazo y yo la sostengo con firmeza contra mi cuerpo.
Como se me humedece la camisa, comprendo que está llorando. ¿Estaré llorando yo también? Alzo la mano hasta mi cara y descubro lágrimas en ella. Estoy tan conmocionada que ni siquiera me había dado cuenta.
—Meryn… —empieza Lucien, pero yo hago un ademán para silenciarlo.
Tengo que contactar con los alfas que están en el frente. Tengo que saber qué está pasando. Quién está vivo.
Diosa, ¿ por qué no lo vi venir? ¿Por qué no he estado usando la clarividencia constantemente para proteger a nuestras tropas? ¿Por qué he permitido que Astreona me distraiga tanto como para perder de vista lo importante?
Cierro los ojos y busco la esencia mental única de Egith, acoto mis pensamientos hasta que solo los canalizo hacia ella.
El caos se ha adueñado de los vínculos tras la muerte de la alfa soberana, lo que me obliga a abrirme paso mentalmente a través de la confusión.
Cuando mis pensamientos por fin rozan los suyos, me encuentro con que su mente está agitada, ya que la crisis todavía no ha concluido a su alrededor.
«Mi reina», saluda Egith, cuyos tensos pensamientos están distraídos y envueltos en una pátina de dolor.
«¿Estás sana y salva?».
«Lo estoy —confirma ella, compartiendo conmigo retazos de la escena a su alrededor…
Compañeros de manada corren entre los árboles del bosque, muchos de los cuales cargan con soldados heridos sobre sus propios lobos—.
Hemos perdido la batalla. Me estoy batiendo en retirada con un grupo de supervivientes, pero la situación sigue siendo delicada, alteza.
Me volveré a poner en contacto en cuanto tenga más que informar».
Nuestra conexión se extingue antes de que pueda responder.
Tengo la esperanza de que sea a consecuencia del extraordinario estrés al que está sometida Egith y no a que la situación se ha torcido aún más.
En cualquier caso, debo dejar que se centre en lo que la rodea y no distraerla más hasta que esté en un lugar seguro.
Abro los ojos. Lucien, por encima de la cabeza de mi hermana, me observa con una expresión indescifrable. Venna me mira desde el suelo.
—¿Están bien?
—No. —Acomodo a Saela en mi regazo (lo cierto es que ya ha crecido demasiado como para sentarse aquí) y añado—: Al parecer ya no tengo ningún país cuyas alianzas pueda negociar, Lucien.
Lo que queda de mis tropas se bate en retirada.
Si de verdad quieres que trabajemos juntos, voy a necesitar tu ayuda más que nunca, pero Astreona tendrá que ser la fuerza impulsora.
Lucien se levanta de su asiento para empezar a ir de acá para allá tras la mesa.
—¿A qué está jugando? ¿Por qué te arrebata la frontera?
Tras siglos de guerra, el bastardo de mi hermano ha sido incapaz de ganar ningún territorio significativo en Astreona, y eso que tenía un ejército entero a su disposición.
Está claro que no intentará hacerlo ahora, y menos con los pocos vinculados con los que cuenta.
—Sospecho que esto tiene que ver con Killian más que con Alistair —le digo—. No creo que vaya a por Astreona. Quiere hacerme sentir culpable por todas las vidas que se han perdido para que vuelva a por él.
—¿Y funciona? —inquiere Venna con una nota de ansiedad.
Ahora mismo es difícil sentir algo que no sea pena. Pero me niego a dejar que la sangre que Killian ha derramado me manche las manos. Alzo el mentón.
—No. Lucien, ¿estás de nuestra parte o no?
Espero que la desesperación no trasluzca en mi voz porque, sin su apoyo, no hay remontada posible.
Lucien evalúa mi semblante con cuidado antes de contestar. En sus ojos hay una astucia que no me gusta nada. Nada de nada.
—Podemos mantener nuestra alianza —dice.
La pausa posterior dura una eternidad. Hay ciertas condiciones adheridas a esa concesión, pero no se anima a definirlas.
—¿A cambio de…? —lo exhorto yo.
Me dedica una sonrisa escalofriante.
—A cambio de que te cases conmigo.
Me levanto tan deprisa que Saela apenas tiene tiempo de enderezarse y trastabilla hasta el suelo.
—¡Mer!
—Perdona —murmuro antes de volverme hacia él—. Ni de coña.
—Es una locura —bufa Venna.
La sonrisa felina de Lucien no hace sino crecer.
Salta a la vista que mi reacción no le amilana.
Otro juego, otra vez. Y en esta ocasión, lo que nos jugamos son las vidas de mi gente.
No puedo. Simplemente no puedo. Lo dice completamente en serio, ¿verdad?
Qué bien, otro hombre que intenta controlarme a mí y a mi reino a través de la posesión.
Puede que Stark estuviera en lo cierto; quizá hacerse con toda Nocturna una vez Alistair esté fuera de juego haya sido su plan desde el principio.
La penumbra se cierne sobre la biblioteca. Aprieto los puños y las sombras más oscuras en los márgenes de la habitación comienzan a distorsionarse para llegar hasta él. Los ojos de Lucien se desvían hacia la negrura en movimiento. Dedica un momento a evaluarla.
Después se aparta del camino de una de ellas como si fuera un charco sucio.
—No te gusta mi propuesta —concluye.
Un grito amenaza con romper en mi garganta. Está a solo tres segundos de que lo parta en dos con mi magia de sombras, y ni siquiera está mínimamente inquieto. Nada de lo que hace este tipo tiene sentido.
—Quizá debería explicarme. Justificarme —dice entonces, apartándose de otra sombra reptante—. Yo tengo algo que tú necesitas: un ejército. Y tú tienes algo que yo quiero : tus Lágrimas.
La mano de Saela vuela hasta su colgante.
—¡No puedes quedártelas!
Bravo.
—Ya lo has oído —respondo con calma.
—No lo has entendido. Lo que quiero es garantizar que las cuatro Lágrimas permanecerán siempre en nuestros dos reinos.
Si nos unimos en matrimonio, no podrás conspirar para quitarme las mías, y yo no podré arrebatarte las tuyas.
—De sus palabras se desprende cierto timbre de amenaza—.
Además, si nos unimos, la plebe en ambos reinos estará más dispuesta a aceptar el cese de hostilidades.
Podríamos gobernar los dos países juntos —añade, como si eso hiciera que su propuesta fuera más asumible.
Se me retuerce el estómago al pensarlo. Nunca podría aceptarlo. Debe de ver el rechazo en mi rostro, porque prosigue:
—Te recomendaría que tuvieras en seria consideración esta oportunidad. Que barajes tus opciones. Piensa en lo mucho que necesitas mi ayuda. —Esboza una sonrisa al otro lado de la mesa—. Además, ¿tan horrible soy de mirar?
—Sí —decimos Venna y yo a la vez.
Lucien suelta una risita.
—Qué duro.
Gilipollas .
Por muchas ganas que tenga de ahogarlo en sombras y arrojarlo por la ventana de la biblioteca, lo cierto es que no puedo arriesgarme a ofenderlo con una negativa inmediata.
—Meditaré tu oferta —le digo, tensa.
Pero, en el fondo, sé que no podría aceptarla jamás. Y mucho menos ahora que cada fibra de mi ser anhela a Stark.
Stark .
Joder, tengo que encontrarle y contarle lo que ha pasado con Siegrid. ¿Lo sabrá ya? ¿Habrá heredado ya los poderes del alfa soberano?
Inclino la cabeza ante Lucien y les hago un gesto a Venna y a Saela para que sepan que es hora de irse.
—Lo discutiremos más tarde —le digo a Lucien—. Tengo que reunirme con mi gente.
Con mi persona .
Mis pensamientos se mezclan entre sí: la proposición de Lucien, que más bien parece un ultimátum; el terrible hecho de que Nocturna vuelve a estar en manos de Alistair Brilloscuro; la pérdida de la líder de mi ejército…
, a quien admití despreciar con todo mi ser.
Aun así, Siegrid era una de mis comandantes más experimentadas y de mayor confianza.
Inicio una conexión con Stark, sencilla, en la que no se cuelen pensamientos de más, sin confiar en mi capacidad para ser precisa en estos instantes tan turbulentos.
«¿Dónde estás?».
«En camino».
Casi al momento me llega la percepción de la presencia de Stark, abriéndose paso hasta mí por el castillo.
Me apresuro a alzar una barrera entre Anassa, Cratos y Stark, ya que no quiero que se filtre entre nosotros la noticia de la proposición de Lucien antes de que yo esté lista.
No es ninguna sorpresa que, una vez más, las cosas se estén filtrando por medio del vínculo de pareja; ni nosotros dos ni nuestros lobos nos hemos recuperado del todo tras la muerte de Siegrid.