Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Stark

Al dar con Noemi en la zona común, la encuentro con la mirada perdida en una montaña de bollos y pasteles para desayunar. Tiene un aspecto espantoso; imagino que apenas ha dormido esta noche, dadas las circunstancias.

No creo que vuelva a colapsar, pero le prometí a Meryn que la tendría vigilada, solo para asegurarnos.

—¿No tienes hambre? —Me sitúo detrás de ella y le pongo una mano en el hombro con suavidad, para no sobresaltarla.

Noemi se gira y me ofrece una débil sonrisa.

—Busco algo que me suene un poco.

Miro el plato. Los rollitos de hojaldre glaseados se mezclan con pastas pegajosas y siropes de diversos colores. Algunos de los dulces están recubiertos de fruta o semillas que no conocemos.

Cojo una al azar y se la paso.

—Toma. No puede ser peor que los experimentos de cocina de Gertie. Vayamos a dar un paseo.

La parte trasera del castillo de Brilloscuro es un laberinto gigante de jardines y césped.

Al salir al exterior, el sol nos recibe con la fuerza de un horno a pesar de que todavía es temprano.

La intensidad de la luz aquí, en el sur, hace que los colores parezcan irreales; hay infinidad de tonos de verde, rosa y naranja en las exóticas plantas y flores que nos rodean.

Una intrincada fuente, en la que se aprecia un llamativo mosaico con un diseño de peces coloridos, gorgotea en el centro del patio.

Incluso la piedra está trabajada con profusión.

Los arcos y las paredes están tallados con complejos patrones y formas que los escultores deben de haber tardado toda una vida en elaborar; supongo que, si eres un sifón, no te importa demasiado tardar un siglo o dos en completar un proyecto.

Es un poco opulento… Pero, claro, también lo es su rey.

Noemi mantiene el ritmo a mi lado, pero está inusualmente callada mientras arranca trocitos del bollo antes de metérselos en la boca.

Atravesamos otro arco que nos lleva a un patio más pequeño en el que no hay flores, tan solo hierba fresca, árboles y arbustos frondosos.

Aquí, la piedra está pintada de azules y verdes, lo que hace que parezca que estamos bajo el agua.

Los árboles proyectan algunas sombras que contribuyen a enfriar el aire, lo cual acentúa el efecto.

Giro la cabeza a la izquierda para mirar a Noemi una vez más.

Su rostro, apagado y cansado, me conmueve y hace que me den ganas de golpear algo.

De lo que más me arrepiento es de no haber podido protegerla de lo que pasó durante las Pruebas.

Pero lo cierto es que yo ya estaba en el frente, con el rango de alfa.

El instructor de Daemos de ese año era uno de mis gammas.

Le dije que no le quitara el ojo de encima, que la vigilara aunque no formara parte de nuestra manada.

Le dejé bastante claro, o al menos creí hacerlo, que ella era mi familia.

Quizá, el rito por el cual el rey escogía compañera era algo que tenía demasiado asimilado culturalmente.

Quizá miró a esa muchacha asustada de dieciocho años y vio a una mujer hecha y derecha dispuesta a complacer a su rey.

Ya no puedo preguntarle qué se le pasó por la cabeza.

Cuando me enteré de lo sucedido, y no sin cierto entusiasmo, separé su inútil cerebro del resto de su cuerpo.

Pero no pude deshacer el daño que ha sufrido Noemi.

—¿Mimi? —inquiero ahora, con la esperanza de que mi preocupación no la retraiga más—. ¿Estás bien?

Noemi alza la cabeza hacia mí. Tiene los ojos hinchados y enrojecidos, cercados por unas sombras oscuras y siniestras.

Deja de caminar y yo me detengo a su lado, sin decir nada para darle su tiempo.

—Creía estarlo —confiesa finalmente—. Pero en realidad solo se me daba muy bien…

no pensar en nada de ello. Ya sabes cómo son las cosas en el frente.

Siempre hay alguna crisis nueva, alguna batalla o alguna estrategia defensiva que atender.

Podía bloquearlo todo para no enfrentarlo.

—Agacha la cabeza y desvía la mirada hacia el diseño del camino bajo nuestros pies—.

Incluso cuando estábamos en casa con mi familia —prosigue—, víctima de sus desprecios, teniendo que escuchar esa canción tan misógina sobre las lágrimas de las mujeres, hostigada por mi primo…

, me resultaba ajeno. Como algo que hubiera sucedido en otra vida, a otra persona.

Una versión de mí misma que fui en un pasado remoto.

Noemi mira a su alrededor y encuentra un sitio en un banco a la sombra a unos pocos metros, sobre el cual hay un árbol de ramas sinuosas revestidas de vegetación verde y plateada que cae como una cascada.

Juguetea con el dulce; come un poco, pero deja que gran parte de las migas caiga al suelo.

—Ya sé que Lucien no…, no es él —continúa—.

Quizá solo sea igual de malo, o lo mejor es un gobernante excelente, quién sabe.

Pero al verlo con esa mujer…, de pronto volvía a estar sentada en el regazo de Cyril delante de todo el mundo, teniendo que forzar una sonrisa con todo lo que estaba viviendo porque, si no lo hacía, me matarían.

—Aprieto la mandíbula con fuerza y cierro los puños.

Apenas ha querido hablar de nada de esto nunca, y ¿quién podría culparla?

—. Lo reviví todo de pronto, con la misma intensidad que entonces.

Resulta que no he pasado página. No he dejado atrás esos sentimientos.

Han estado dentro de mí todo este tiempo, pudriéndose.

Su voz se quiebra en esa última palabra, y yo la rodeo con un brazo. Cómo me gustaría, de algún modo, convertir en algo físico todo ese dolor y ese trauma, para así poder enfrentarme a él, vencerlo por ella. Con un suspiro, apoya la cabeza en mi hombro.

—Ojalá fuera tan fuerte como Meryn y pudiera convertir en combustible el odio y la ira que siento, que me motivaran para vengarme. Pero no, solo tengo cansancio. Estoy agotada, Valstark. Agotada.

La tomo de la mano y le aprieto ligeramente.

—Sobrevivir también requiere fuerza, Mimi. Tú saliste de ahí. Estás aquí. Es suficiente.

Su cuerpo pierde parte de la tensión contra el mío. Nos quedamos en el banco sentados, el uno junto al otro, con la mirada fija en un pajarillo de plumas blancas y azules que revolotea entre los helechos delante de nosotros y cuyas alas se mueven tan deprisa que apenas las vemos.

—Sabes lo que diría la tía abuela Gertie, ¿no? —pregunto, con la esperanza de hacerle sonreír.

—¿El qué? ¿Que no te dejes crecer una barba cana? —prueba, y yo me río.

La cara de Noemi se ilumina un poco.

—Eso nunca lo entendí. ¿Tú? —pregunto.

Algunos de los dichos de Gertie eran auténticas perlas de sabiduría una vez los comprendías, pero otros eran un perpetuo enigma.

Ella lo medita.

—Barba cana… Ni idea. Parece más útil para hombres que para mujeres.

—Se sabía unos refranes rarísimos. No, me refería a lo de no dejar que alguien te quite la mantequilla…

—… de tu rebanada de pan —completamos los dos al unísono, y Noemi logra esbozar una tenue risa.

Sostiene lo que queda de su bollo frente a la cara, examinándolo.

—Estoy segura de que esto rebosa mantequilla. Así que quizá no lo esté haciendo del todo mal.

Noemi me mira, al ver que la expresión de dolor de su rostro se ha atenuado un poco. Eso alivia la opresión que sentía en el pecho.

—¿Sabes? Los dulces de por aquí no son tan horribles —concede ella.

Yo me levanto y le ofrezco una mano. Justo cuando envuelve mis dedos con los suyos me asalta una punzada de dolor lacerante que me nubla la vista.

Doblo el cuerpo y caigo con estrépito. En la distancia, percibo la mano de Noemi en mi espalda, oigo su voz amortiguada llamándome.

Es como si estuviera bajo un manto de nieve o muy lejos de mí, ya que suena distorsionada y solo parece llegarme su eco.

Pierdo lo que queda de mi visión. Cuando la recupero, necesito un momento para darme cuenta de que ha vuelto. Estoy completamente rodeado de sombras. ¿Será algún tipo de magia enemiga? ¿Estará Killian recurriendo a los poderes de Meryn de alguna forma?

Hago caso omiso del martilleo que me taladra la cabeza y alzo ambas manos para invocar una ráfaga de poder con la que repeler las sombras e identificar la amenaza. Pero… algo va mal.

Conectado a mi poder, recurro a esa energía que late en mi interior, pero resulta extraña, desconocida.

Es un manantial de poder más hondo, mucho más profundo que nunca.

Es fuerte y embriagador, tanto que me tienta la posibilidad de ahogarme en él, de absorberlo al máximo sin importar las consecuencias.

Es casi como estar en el campo de batalla con Meryn, cuando canalizó sus increíbles poderes en mi dirección. Y, sin embargo, también es totalmente distinto, porque mientras que con ese poder sentí a Meryn en la cabeza, de manera que siempre fue indiscutiblemente suyo, este me pertenece a mí .

Siempre he sido fuerte, claro, capaz de aunar todos los poderes de la manada Daemos. Pero ahora prácticamente me veo desbordado por ello. Y hay algo más . De ningún lado y de todas partes: voces.

Me doy la vuelta y escruto el paisaje de sombras con la intención de discernir de dónde provienen, pero es extraño; no parece haber una fuente específica.

Simplemente están ahí , en la retorcida oscuridad que me rodea, atisbos de susurros, retazos de sonidos flotando como briznas de viento o niebla.

Se oye un llanto, un sollozo. Después hay otro quejido: un grito de dolor. El sonido se diluye en una cacofonía de ruidos de batalla, gritos y alaridos y lamentos y el choque de las armas. Y una frase alta y clara: «¡La alfa soberana ha muerto!».

Me fallan las rodillas.

¿Muerto? ¿Siegrid está… muerta?

Me esfuerzo por mantenerme en pie en este lugar de sombras al comprender lo que ha pasado: conexiones mentales muy intensas con mentes de jinetes de todas las clases y no solo de Daemos, el poder recién adquirido y que se basa en poder Daemos reforzado, pero también en algo totalmente distinto y que no entiendo todavía…

Siegrid está muerta. Ahora, el alfa soberano soy yo.

Cierro los ojos, me concentro, y lo alejo todo.

La luz del jardín casi resulta cegadora después de la penumbra; al cabo de unos segundos, se me acostumbran los ojos y consigo ver a Noemi, acuclillada a mi lado, con su pálido rostro contorsionado por la preocupación.

Me sujeta por los hombros sin dejar de decir mi nombre.

—¿… bien? Valstark, ¿me oyes? ¿Te encuentras bien? ¿Qué ha pasado?

A pesar de que la luz del día ha vuelto a mí, el fiero poder que se ha desatado en mi interior no se ha apaciguado. Me sacude la sangre, deseoso de que lo utilice.

Los ríos de los vínculos de las manadas también están ahí, a mi alcance.

Estoy acostumbrado a un único afluente oscuro que alimente a mi manada, como un arroyo que se ramifica hacia cada individuo que la conforma.

Pero ahora son cuatro los caminos que se entrelazan entre sí mientras los examino mentalmente, los cuales se conectan a incontables individuos.

Es un conjunto inabarcable, como un mar en vez de un río, un mar embravecido, violento.

Como si lo hubiera envuelto la oscuridad resultante de una tormenta letal.

A Noemi se le entrecorta la respiración en cuanto percibe lo sucedido. En algún lugar alejado del castillo, los huargos empiezan a aullar.

Yo contacto con Cratos y me topo tanto con su pena como con su confirmación: «Sí, la alfa soberana ha muerto. Ahora tú eres el alfa soberano».

Con lo que ratifica lo que yo ya sabía en lo más profundo de mi ser, en ese lugar de sombras que ahora habita en mi interior.

—Siegrid ha muerto —digo en voz alta, con un tono de voz sereno, extraño incluso para mí.

El arrebato de oscuridad en mi interior no cesa. Es como si lo único que separara ese lugar del día resplandeciente que hay en el exterior fuera una fina capa. Mi visión interna y mi vista normal están separadas por una casi insignificante frontera que podría desvanecerse en cualquier momento.

Luego, Cratos acude a mi mente para orientarme e infundirme ánimo.

Contraigo y tenso los músculos antes de relajarlos uno a uno. Despacio, me enderezo.

Noemi y yo volvemos rápidamente al banco a nuestras espaldas. Ahora le toca a Noemi mirarme con preocupación. Ella lo sabe mejor que nadie: Siegrid y yo nunca tuvimos una relación de familia. No de verdad.

No tengo muy claro qué sentir.

Siempre he sabido que este día llegaría, por supuesto. Pero Siegrid parecía intocable, casi como una diosa, con ese poder y ese control. Comprendo que en realidad nunca creí que alguien pudiera vencerla. Desde luego, no tan pronto.

Puede que no hubiera amor entre Siegrid y yo, pero era una comandante poderosa, toda una institución entre los vinculados.

Su pérdida es como un tropiezo del universo, un desequilibrio.

Caigo en la cuenta, ligeramente asombrado, de que lamentaré su pérdida.

Tanto como un soldado que lamenta la pérdida de su comandante.

—Estoy bien —le aseguro a Noemi—. La transición ha sido… inesperada.

La duda no termina de abandonar sus ojos, pero asiente y apoya la mano en mi hombro en un gesto reconfortante.

Yo estudio las líneas de su rostro, pensativo. Puede que Siegrid esté muerta, pero eso no significa que me haya quedado sin familia. Tengo a Noemi, por ejemplo. A Cratos, por descontado. Y a Meryn. Sobre todo a Meryn.

Meryn … Si mi magia ha reaccionado con tanta violencia ante esta muerte, ¿cómo lo habrá hecho la suya?