Capítulo 38 #3
El viento se agita y envuelve el rostro de Siegrid en el humo que trae consigo.
Ella mira más allá y observa cómo una figura emerge entre las volutas de humo que el viento no tarda en disipar: Tormun, el alfa de Phylax.
A lomos de su lobo, se mueve con agilidad y enarbola una inmensa maza que, en teoría, sería imposible de manejar en esa posición.
Se le tensa el brazo por el peso del arma al levantarla.
La manera que tiene de fijar sus ojos en Siegrid resulta extraña.
Su lobo aplasta a un lobo Estrategos con toda la fuerza de su peso. La maza desciende hasta el cráneo de su oponente, que perece al instante entre alaridos bajo el enorme cadáver de su montura. A este ritmo, Tormun llegará hasta ella, pero Siegrid no piensa permitirlo.
Con un grito, se arranca la lanza del costado, aterida por el dolor. El dolor compartido le arranca un aullido a Genicos, lo que no impide que siga curando a su jinete. Se ha entrenado para esto. La ha curado miles de veces, y lo hará de nuevo. Siegrid lo sabe.
Tormun casi está sobre ellos, acompañado de una sanguijuela: el puto Jonah .
Todo se difumina en la vorágine de la batalla a lomos de los lobos.
Movido por la cólera, el lobo de Siegrid embiste al de Tormun.
Ella logra desviar la primera estocada con su espada y siente por todo el brazo la vibración resultante del golpe, lo que le reabre la herida del costado y arranca otro grito de su garganta.
Puede que no sea físicamente superior a Tormun, pero sí es más hábil.
Y ahora, la magia de Genicos surte efecto; su carne se entreteje, sus fuerzas regresan.
Siegrid ataca con fiereza y le inflige una larga herida en el muslo a Tormun.
Este retrocede con un grito. Su lobo jadea sin dejar de sangrar.
Aprovechando la ventaja, aúna su magia Daemos y la vierte sobre Tormun con un chillido.
Pero, justo entonces, se ve alcanzada por la corrupción en la magia de la manada: puedo sentir su dolor, la confusión ante la onda expansiva que vuelve a ella tras rebotar, lo que provoca que incluso el poderoso Genicos se tambalee.
A Siegrid no le resulta fácil enderezarse a lomos de su lobo, con los ojos fijos en Tormun, que se acerca de nuevo.
Pero, entonces, Jonah. No ha estado prestándole atención; lo consideraba irrelevante.
Él sigue el poderoso movimiento del cuerpo de su lobo, espada en mano.
La introduce bajo la armadura de Siegrid.
Una agonía lacerante se apodera de ella en cuanto el acero atraviesa sus órganos vitales.
Yo lo siento todo.
La sangre inunda el paladar de Siegrid. Se pregunta, en un instante de extraño silencio, cuando todos los alaridos y aullidos de su alrededor quedan ahogados por la lejanía, si fue su hijo el que enseñó a este muchacho a inclinar el arma de esta manera.
Genicos intenta sanarla, pero su energía está agotada tras haberle curado la herida anterior, y la hoja de la espada continúa atrapada en sus entrañas.
La herida es letal. Se va a morir. Ella también lo sabe.
En sus últimos momentos, se pregunta si le habrá enseñado a Stark todo lo necesario para lo que se avecina.
Si está preparado para convertirse en alfa soberano y lo que implica (a quién implica) dicho papel.
Siegrid baja la mirada hasta la espada. La coge débilmente por la empuñadura, como si pretendiera sacársela para usarla.
Pero ya no le quedan fuerzas. Las ha agotado todas.
Lamenta la relación que han tenido. Creyó que mantenerlo alejado le proporcionaría un escudo, de alguna manera.
Espera haberlo convertido en alguien lo bastante fuerte.
Siegrid se desliza del lomo de su lobo y cae de lado sobre el fango ensangrentado, con la espada aún hundida en su carne.
Su lobo aúlla angustiado. Es un sonido que resuena por todo el campo de batalla; su devastación se propaga por todos los vínculos.
Su consciencia, cada vez más endeble, registra una última y terrible visión.
El puesto del mando central está en llamas. Las cenizas se pierden en el firmamento. Todo se sume en la negrura.
Nunca he estado tan cerca de la muerte. Nunca.
Ahogo una exclamación. El aire llena mis pulmones de un modo doloroso. Agito la mano en busca de la espada que con tanta nitidez he notado que perforaba mi cuerpo, pero ahí no hay nada. No hay nada.
Desvío la mirada. Busco a Genicos, el lobo de Siegrid, allá donde se ha derrumbado, a su lado; la vida se le escapa.
No veo más que documentos dispersados por toda la mesa. Un sollozo se abre paso por mi garganta, y después estoy en el suelo. Todo mi cuerpo se sacude conmocionado por la muerte de Siegrid, sacudida por sus últimos estertores.
Saela se arrodilla junto a mí y me coge de la mano con el rostro lívido de miedo.
—Meryn, dinos algo —me llega la voz de Venna desde lo que parece una gran distancia.
—¿Qué ha pasado? —inquiere Lucien con la voz preñada de urgencia—. ¿Qué ha pasado?
Me sobrepongo a las lágrimas y me esfuerzo por articular las palabras. Mi voz se quiebra de una forma lamentable cuando consigo recobrarla.
—Nocturna ha caído.