Capítulo 38 #2
—No te tenía por un erudito —comento mientras nos acercamos lo suficiente como para que su proximidad empiece a consumir mi buen humor.
Su sonrisa es firme.
—Normalmente, no me las doy de erudito. Claro que, ¿qué queda por aprender después de un milenio?
—Suspira y desliza el libro en mi dirección.
Saela se inclina igual que yo para examinar la sofisticada caligrafía.
Venna, por su parte, observa con el ceño fruncido—.
Estos son documentos acerca de la manufactura de los brazaletes de sumisión.
Estoy intentando determinar por qué el tuyo funciona de forma tan distinta.
—¿Y? —exhorto.
Él acaricia una página con delicadeza.
—La respuesta sigue esquivándome. Sospecho que puede guardar relación con el vínculo con tu lobo huargo. Estos solo se han puesto a prueba en humanos. O quizá esté diseñado de una manera que se me escapa, con el objetivo de afectar a tus poderes.
—Así que sí hay cosas que no sabes —apunta Venna con suavidad.
—Ja —replica él, atravesándola con la mirada antes de clavar los ojos con intensidad en mi hermana y en mí.
Le paso un brazo por los hombros a Saela para atraerla hacia mí.
—Hablando de conexiones incómodas con Killian y Alistair, hay algo que tienes que saber: mi hermana comparte un vínculo señorial con Killian. Él es quien la transformó.
Lucien frunce el labio superior y sus dedos se endurecen en torno al manuscrito.
—¿Y decidiste mantenerme al margen de semejante información?
Hay una leve nota de cólera en su voz. Venna se acerca más a Saela y a mí en un acto reflejo protector.
La mirada afilada de Lucien se clava en mi hermana.
—¿Puedes oírlo?
Saela sacude la cabeza mientras yo saco la Lágrima de debajo de su blusa.
—Parece que el colgante tiene una especie de poder protector —explica ella—. Bloquea la conexión.
Tanto Lucien como Venna estudian el colgante. Un destello de reconocimiento se enciende en las pupilas de Lucien.
—Interesante —murmura—. No creí que…, pero, claro, ¿cómo podéis estar seguras?
—Lo estamos —intervengo. Al mirarla, no me da la impresión de que Saela esté nerviosa—. Estuvo un tiempo sin esta protección, no mucho. Lo hemos comprobado. —Me doy cuenta de que intenta decidir si creerme o no, pero yo no tengo paciencia para esto—. ¿Qué sabes de las Lágrimas, Lucien?
Lucien cierra los ojos y se pasa un dedo por el entrecejo, como si quisiera aliviar un indicio de dolor. Después mete la mano por el cuello de la camisa y, con ese mismo dedo, levanta la cadena que le rodea el cuello.
De ella cuelga otra Lágrima a modo de abalorio, reluciente de poder. Es un reflejo de la de Saela, como su corona lo es de la mía.
Se me escapa una suave exclamación de incredulidad.
—Por lo visto no soy la única que se reserva información. ¿No te pareció apropiado sacarlo a relucir anoche, mientras te jactabas de lo poderosas que pueden llegar a ser las joyas?
Su sonrisa se vuelve cortante, lo que me indica que voy a odiar lo próximo que salga de su boca.
—Solo me gusta enseñar lo mío si tú me enseñas lo tuyo.
Venna pone los ojos en blanco.
Capullo infantil. ¿Cómo es posible que haya vivido mil años sin que nadie le haya cortado la cabeza?
Ignoro su provocación y le pregunto:
—¿Eres más poderoso cuando la llevas? ¿Potencia tu magia de sifón?
Él la acaricia con el pulgar y asiente. Después, habla en voz muy baja:
—Me pregunto…
De forma totalmente inesperada, coge la gema, se la quita, y me la ofrece.
Yo la tomo, dudosa.
En cuanto la joya toca la palma de mi mano, el poder despierta, sacudido ante la silenciosa llamada de la gema, justo como hizo cuando me puse el otro colgante en el campamento.
—Tu cara me dice que sí funciona contigo —declara Lucien.
Tiene la cabeza ladeada, como si pretendiera dar con el ángulo correcto para ver lo que pasa por mi mente.
Saela, con los ojos abiertos de par en par, está demasiado ocupada digiriendo toda esta nueva información como para reparar en el brillo interesado de los ojos de Lucien. Venna sí se percata. Me digo que debería discutirlo con ella más tarde.
—Así que las coronas te ayudan a controlar tus poderes, los collares te dan protección y ambas Lágrimas hacen que tu magia sea más fuerte —recita Saela—. Me pregunto cuánta fuerza tendría una persona si llevase todas las Lágrimas al mismo tiempo.
Aunque hay otra Lágrima de Diosa: la que lleva la suma sacerdotisa. Posiblemente sea astuto ocultárselo a Lucien, al menos de momento.
Le devuelvo el colgante a Lucien con cierto recelo.
—Voy a necesitar la Lágrima de Saela si… si vamos a enfrentarnos a Killian y a Alistair.
Todavía no hemos hablado de su propuesta de alto el fuego.
No sabe que voy a aceptarla, aunque es obvio que prevé que lo haré, dado lo favorables que son sus términos para mí.
En cualquier caso, cuando me encuentre con Killian en el campo de batalla, sé que necesitaremos de toda la fuerza de la que podamos disponer.
Lucien esboza una sonrisa y se vuelve a poner la Lágrima.
—Ay, qué bien te vendría tener mil años de experiencia a tu disposición para resolver ese pequeño problema.
Venna vuelve a poner los ojos en blanco, gesto que, en esta ocasión, no pasa inadvertido para Lucien, que la mira con curiosidad. Percibo que no está acostumbrado a inspirar indiferencia en la gente.
—Los sifones son muy estrictos con el consentimiento —prosigue Lucien al final—.
Con el paso del tiempo, desarrollamos artilugios capaces de bloquear los poderes del señor en cuestión.
De hecho, la mayoría tienen diseños de joyas normales y corrientes.
Saela puede intercambiar su joya por otra, sin más.
—¿Otro colgante? —Venna parece reticente—. ¿Qué prueba tenemos de que eso hará lo que dices?
—Por no mencionar que no sé si me entusiasma la idea de darle a mi hermana joyería sifona hechizada que quizá no sea capaz de quitarse nunca —añado yo, y alzo la muñeca a modo de ejemplo.
Lucien se encoge de hombros.
—Habla con tu padre si necesitas garantías. No son nada del otro mundo. —Apoya la cadera en la mesa y vuelve a esbozar esa sonrisa autosuficiente—. Me parece que ese es el único modo de que recuperes tu Lágrima.
—¿Te lo dicen tus diez siglos de experiencia? —inquiere Venna, sardónica.
—Alto y claro —confirma él antes de darse la vuelta en busca de otro manuscrito.
Pero ninguna de las motivaciones de Lucien está clara.
El dolor acude a mis sienes a la vez que me asalta esa última ocurrencia. Al principio es un dolor de cabeza sin más. Después, Lucien dice algo, algo que yo no oigo a pesar de que solo está al otro lado de la mesa.
Saela dice mi nombre, creo, y Venna se apresura hasta mí. Pero ambas se me antojan muy lejanas.
Proviene de los vínculos mentales… Un grito que aumenta progresivamente segundo a segundo, hasta que mi visión se vuelve borrosa y el ruido y el dolor me desconectan del todo de mi cuerpo.
De pronto, veo el mundo a través de Siegrid.
No sé cómo, pero estoy en su cabeza. Percibo un arrebato de furia y confusión.
Desespero. Odio. Un odio lacerante. Cabalga sobre su inmenso lobo. Y padece un dolor terrible.
Una lanza le perfora el costado. El asta está hundida en las profundidades de su carne. Lucha por mantenerse a horcajadas sobre Genicos, que intenta curarla, pero la herida no puede sanar mientras el arma siga alojada en su cuerpo.
Siegrid lanza otro iracundo grito de angustia.
A nuestro alrededor, las fuerzas nocturnianas libran una lucha desesperada.
Nadie puede pararse a ayudarla. Odia que el dolor le nuble el juicio.
Odia su propia debilidad y haberse colocado en una posición tan vulnerable.
Pero, sobre todo, se odia a sí misma por no haberse anticipado a esto. A él .
Este no es un ataque sifón. En este mar de cuerpos dolientes, maltrechos e inertes, distingo que nuestras fuerzas se están enfrentando a… Phylax. La manada también cuenta con multitud de soldados de su parte.
Siegrid aprieta los dientes para sobrellevar el dolor y ordena a sus tropas que se reagrupen. Si la línea de defensa cae…, perderán todo el frente. Perderán el reino. Y lo ganará él.