Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

Meryn

Hacen falta súplicas y un poco de humillación colectiva para que Lucien acepte la disculpa de Noemi. Al final, cede y nos manda a todos a la cama. En cualquier caso, algo me dice que me lo reprochará cuando llegue el momento. Parece la clase de persona a la que le gusta tener siempre el control.

Stark y yo nos desplomamos en la cama de mi alcoba.

Con todo lo que ha pasado hoy, creía que el sueño me llevaría consigo con rapidez, pero no es así; tengo demasiadas cosas en la cabeza: el brazalete de la sumisión y todo lo que he averiguado acerca de los sifones, la posible alianza con Astreona y lo que Lucien pueda sacar de ella, las Lágrimas.

Mis reflexiones me llevan constantemente a las Lágrimas de Diosa. ¿Cómo es que Lucien y yo hemos acabado con joyas gemelas en cada una de nuestras coronas? Hay algo en eso que parece deliberado.

Después, vuelvo a pensar en Killian. Voy a necesitar todo el poder que pueda reunir si quiero enfrentarme a él, si de verdad Alistair es tan poderoso como Lucien afirma. Lo cual me lleva una vez más a las Lágrimas, en particular a la que cuelga del cuello de mi hermana.

En algún momento, el sol despunta por el horizonte. Apenas he dormido. Un dedo me acaricia la mandíbula.

—Estás inquieta por algo —señala Stark.

¿Cuánto tiempo lleva viéndome dar vueltas en la cama? Me acurruco más cerca de él.

—Creo que necesito la Lágrima de Saela —susurro.

Ojalá pudiera embotellar la paz que siento en este momento, vulnerable pero segura entre sus brazos—.

La Lágrima de mi corona me hizo mucho más poderosa en batalla, y cuando me puse el colgante durante ese breve instante en el campamento, también sentí que amplificaba mis poderes. Pero…

—Protege a Saela —completa Stark.

Yo jugueteo con el botón de su camisa.

—No puedo permitir que la influencia de Killian llegue hasta ella, pero necesito ese poder si quiero derrotarlo. Antes de abandonar el frente, Ruby dijo que hay formas de bloquear el vínculo señorial.

Stark frunce ligeramente el ceño.

—Aquí hay alguien que quizá pueda despejarte algunas dudas.

Yo me doy la vuelta sobre la espalda con un gruñido.

—Ya lo sé . Lo he pensado. Pero no sé hasta qué punto estará dispuesto a echarnos una mano esta mañana teniendo en cuenta que intentamos cargárnoslo anoche.

Por un momento, ambos reflexionamos sobre lo absurdo que suena lo que acabo de decir.

—Ha dejado que Noemi viva —señala Stark—. El muy cerdo te hizo suplicar por ello, pero lo hizo. No es la actitud de un monarca que pretenda romper las negociaciones de paz.

Lo medito.

—Tienes razón —concedo—. Ha sido insufrible y ofensivo, pero es cierto que de momento ha cooperado bastante. Uf, tenía la esperanza de pasar unas cuantas horas más sin tener que ver esa estúpida cara que tiene.

Stark sale de la cama y yo voy tras él a regañadientes antes de ponerme un conjunto de ropa limpia.

Necesito hablar con Saela. Ella debería ser la primera en saber lo que se me ha ocurrido, dado que el colgante está en su poder… y además es lo que la mantiene a salvo.

Con los ojos enrojecidos por la falta de descanso, abro la puerta de la sala de estar compartida y freno en seco.

Saela y Venna, sentadas en el sofá, hablan despacio pero con fluidez en la lengua de signos.

Saela parece muy cómoda… O al menos así era hasta que he llegado yo.

No era consciente de que hubiera aprendido tanto de la lengua de signos, ni de que lo hubiera hecho tan rápido.

Pero, bien pensado, a ella nunca le ha costado aprender.

—Buenos días, chicas.

Intento recordar los signos que he visto antes de interrumpir su conversación, pero había demasiadas palabras incomprensibles para mí.

Saela alza la vista para mirarme, sonrojada.

Es evidente que oculta algo, pero no tengo ni idea de qué puede ser. ¿De qué estaría hablando con Venna?

Venna se levanta.

—Dejaré que ambas os preparéis para el día —dice, con un ademán para marcharse.

—Espera, Venna, ¿podemos hablar primero? —pregunto—. ¿Damos un paseo?

Ella asiente y me sigue, lejos de los oídos indiscretos de mi hermana, hacia el pasillo del palacio. Giro a la izquierda sin tener un rumbo concreto en mente.

—¿De qué iba eso? ¿Qué le pasa a Saela? —espeto—. Me ha parecido que me ocultaba algo ahora mismo.

Miro a Venna de soslayo mientras caminamos. Ella aprieta los labios y respira hondo.

—Eso es asunto vuestro, Meryn —responde—. No quiero entrometerme.

Yo me quedo quieta. Así que sí que hay algo que no me están contando.

—Si necesita hablar de alguna cosa, debería hacerlo conmigo . ¡Soy su hermana! No debería actuar a escondidas y emplear un lenguaje que apenas entiendo.

Venna exhala un suspiro de evidente exasperación y se vuelve hacia mí con las cejas arqueadas.

—Bueno, Meryn, ¿y de quién es la culpa de que no hayas pasado de las nociones más básicas?

—Me muerdo el labio y me doy la vuelta para mirar por la ventana a mis espaldas, desde donde contemplo el jardín que hay al otro lado.

La vergüenza me quema todo el cuerpo. Sé que tiene razón.

No es algo a lo que haya dado prioridad; no tanta como debería, al menos—.

Mira —dice Venna detrás de mí, con un tono más considerado del que merezco—, Saela está pasando por ciertas cosas que cree que solo yo entenderé.

De pronto, se me llenan los ojos de lágrimas, por lo que parpadeo deprisa con la intención de contenerlas.

—¿Qué cosas? ¡Ya debería saber que a mí puede contarme lo que sea!

—Ah, ¿sí? Sé sincera contigo misma, Meryn. —Venna me pone una mano en el hombro y yo giro la cara para encontrarme con su mirada que, aunque intensa, no resulta cruel—. ¿Sabes lo que es ser la diferente? ¿Sentir que una parte esencial de quien eres no es bien recibida? ¿Puedes imaginarlo?

Yo trago saliva.

Venna deja caer el brazo desde mi hombro y retrocede un paso. Cuando vuelve a hablar, lo hace con cansancio:

—A Saela le emociona estar en un lugar en el que encaja por fin, en el que no es considerada un problema, sino alguien del montón. Y no tiene claro cómo vas a tomarte tú eso.

Pues sí, duele. Soy una gilipollas de manual.

Me he aferrado demasiado a la idea del futuro que había imaginado para nosotras, un futuro en el que envejeceríamos juntas. Uno en el que atravesaríamos los momentos importantes de la vida en compañía de la otra.

Es todo por lo que luché durante las Pruebas: encontrar a mi hermana para que nuestras vidas pudieran volver a la normalidad.

Pero su normalidad ya no es la misma. Y, en vez de aceptarlo, me he dedicado a rechazar su nueva existencia una y otra y otra vez.

Venna regresa a nuestros aposentos y luego echa un vistazo atrás para ver si la sigo.

—Podemos hablar siempre que quieras, Meryn. Pero si esperas que sea tu hermana la que te lo cuente, deberás tener esa conversación con ella y escuchar lo que tenga que decirte. Ver quién es de verdad, no quien tú quieres que sea.

Diosa, ojalá pueda recuperar nuestra relación. Ojalá me perdone y pueda confiar de nuevo en mí.

—Entendido —digo.

Venna frena de golpe y se da la vuelta.

—Un momento, antes de que haya oídos inocentes que puedan conmocionarse… ¿Stark y tú? Ya sabía yo que anoche no te desgarraste el vestido tú sola.

Me arde la cara. No le he contado a Venna lo que pasó entre Stark y yo fuera de Salvia y todo lo que vino después. Me pareció que contarlo sería una especie de traición hacia él, al menos hasta que se hubiera decidido.

Y, bueno, se ha decidido.

—Sí —digo—. Está pasando.

Venna esboza una media sonrisa.

—Bien.

Le doy una palmada en la espalda.

—Gracias. Significa mucho viniendo de la Matadora Kryptos.

Tanto Venna como Saela quieren acompañarme a preguntarle a Lucien cómo bloquear el vínculo señorial de Saela. No me sorprende: se parecen en muchos aspectos, incluido su deseo de aprender todo lo posible. Seguramente me vendría bien ser un poco más como ellas.

Stark está atrapado en el dilema de venir con nosotras o quedarse con Noemi, que aún se está recuperando de su numerito de anoche.

Le aseguro que estaremos bien sin él y que lo avisaré mentalmente si percibo la más mínima señal de peligro.

Me alegra que acepte. Tengo la intuición de que nuestros progresos con Lucien serán mayores si él no está presente.

El interés de Saela pasa a ser indiscutible entusiasmo en cuanto nos informan del lugar en el que el rey está pasando la mañana: la Biblioteca Real de Astreona.

Yo sonrío al ver cómo la noticia le ilumina el rostro, pero no consigo disipar la culpa y la tristeza subyacentes.

Con Saela, últimamente no he hecho más que cometer un error tras otro. ¿Cómo sería acertar por una vez?

Felippe nos muestra el camino hasta la biblioteca y abre las inmensas puertas de madera con una pomposidad exagerada. Me veo obligada a contener la risa que me produce porque la estancia que hay al otro lado de las puertas me deja atónita.

Llamar biblioteca a esto es quedarse corto: es un maldito templo de los libros. A mi lado, Saela ahoga una exclamación y echa el cuerpo hacia atrás en un intento de mantener la compostura ante lo que ven sus ojos.

Hay varios niveles de tomos y pergaminos conectados entre sí por unas angostas escaleras de caracol.

El material rebosa en las estanterías talladas directamente en la pálida piedra del castillo.

El lugar, enorme como es, cuenta con una iluminación muy ingeniosa, con ventanales esbeltos sobre los libros.

Después, más abajo, allá donde la exposición al sol degradaría las páginas, hay un sistema de espejos dispuesto para reflejarse entre sí y diseminar la luz por todas partes de un modo que protege los ejemplares al tiempo que reviste la estancia de luz diurna.

Los pendientes de Lucien despiden destellos bajo el roce de la luz cuando se inclina sobre una gran mesa de madera pulida en el centro de la habitación. Frente a él hay un montón de libros viejos y pergaminos enrollados.