Capítulo 37 #2
Cierro la puerta con delicadeza a nuestras espaldas y me acerco a ella… Pero no demasiado, no sea que decida que aún no ha apuñalado a tantos monarcas como le gustaría esta noche.
—¿Qué es lo que pasa? —pregunto con suavidad.
Ella alza el rostro congestionado y arrasado por las lágrimas.
—Lo siento, Meryn… Lo siento mucho. Lo he visto con esa mujer, y quizá ella accediera a estar ahí, no lo sé, pero lo que presencié me pareció falto de… consentimiento. No sé. Estallé.
Asiento para animarla a seguir hablando, pero sé a lo que se refiere.
No es que parezca que los humanos de este reino tengan elección.
Los que están al mando son los que ponen las reglas, unas reglas que benefician a los sifones sin tener demasiado en cuenta la sensibilidad humana que pueda haber al respecto.
Si a un sifón se le permite beber su sangre como pago de una deuda o como premio tras vencer en un combate desigual… , ¿hasta qué punto es libre esta gente?
Sí, parece que los humanos disfrutan de la sensación de que… se alimenten de ellos, por mucho que me repela a mí la mera idea. Pero yo mejor que nadie sé lo mucho que el placer puede ir de la mano de la coacción.
Unos ojos azules y brillantes relampaguean en mi memoria al pensarlo. Me estremezco.
Las mejillas de Noemi recuperan algo de color —lo que, por supuesto, incrementa su belleza—, y ella junta las manos con fuerza sobre su regazo.
—Hay algo que debes saber. Durante mis Pruebas de Vinculación, yo fui la compañera escogida por el rey Cyril.
Pronuncia esa palabra con amargura y un claro deje de repugnancia.
No . Se me cae el alma a los pies.
—Como estoy segura de que sabes, ser su compañera alimentaba cierta rivalidad entre algunas de las mujeres.
Que te escogiera te daba estatus, de alguna manera.
Sin embargo, yo no tuve elección. —Ahora desvía la mirada, que se ha vuelto vidriosa una vez más.
Se muerde el labio inferior durante unos largos segundos antes de proseguir—.
Mi padre, lord Caída Férrea, orquestó mi compromiso con el rey años antes de que se celebraran las Pruebas.
Cyril me vio en persona en una ocasión, cuando tenía doce años, y le dijo a mi padre que su feudo obtendría grandes beneficios si se me…
instaba… a competir por su atención durante las Pruebas cuando tuviera la edad adecuada.
—Me mira de reojo, lo que me permite apreciar que el acero se ha instalado de nuevo en sus ojos—.
Nunca se habló de sentimientos o de consentimiento.
Accedí a las Pruebas con dieciocho años recién cumplidos y acepté mi destino.
Si no satisfacía las expectativas de Cyril, mi padre se disgustaría mucho.
A mi estómago revuelto se le suman las ganas de llorar por ella, por la chica que fue y a lo que tuvo que hacer frente.
Por la mujer que es ahora, que sigue viviendo con ello.
—Mi padre controla un feudo entero, Meryn.
Uno muy grande. Sabes tan bien como yo que el poder que ostentamos como vinculadas no significa nada cuando un noble chasquea los dedos.
Y yo… —Enmudece, se mira los pies, y traga saliva.
Después alza la mirada con el rostro compungido—.
Es una persona horrible, lo sé, pero es mi padre.
Una parte enferma de mí solo quiere hacerle feliz.
Me acerco a ella y la tomo de la mano. Nos quedamos aquí sentadas un momento, en silencio.
La expresión de Noemi se vuelve más dura, como si estuviera recuperando su coraza. Lentamente, separa su mano de la mía y la cierra en un puño.
—No quiero que ninguna otra mujer pase por lo que pasé yo.
—Lo sé —le digo—. Yo siento lo mismo.
Mi mente vuelve a Killian, a lo que ocurrió entre nosotros.
Aunque no es comparable al abuso y a las violaciones experimentadas por Noemi.
Al fin y al cabo, yo creía que lo hacía con mi consentimiento.
Pero estaba viciado . Toda nuestra relación, una relación construida a base de mentiras y manipulación, atentó contra mi autodeterminación.
Es algo que admito ante mí misma por primera vez.
Me arden los ojos, pero trago saliva para mantener a raya el arrebato.
Ahora, nuestro agresor es la misma persona. Alistair estaba en Cyril y ahora está en Killian.
—Vamos a ir a por él, Noemi —le digo con la voz cortante como una daga.
Ella asiente de un modo que me da a entender que sabe que no estamos hablando de Lucien—.
Le haremos pagar. Haremos que el verdadero culpable pague por lo que ha hecho.
Pero no seremos capaces de lograrlo sin la ayuda de Lucien.
Sus labios se convierten en una fina y tensa línea. Después, dice:
—Lo sé. ¿Qué hago? He cometido un error tremendamente grave.
—Tienes que disculparte. De verdad —le digo, y ella suelta un sonido angustiado—. Sé que es insufrible. Va a alargar este asunto todo lo que pueda. Pero es la única manera.
Ella asiente.
—Entendido. Gracias.
Me giro con la intención de marcharme, de guiarla de vuelta a él, pero su voz me interrumpe:
—Oye, Meryn…
Al volverme, veo que una pequeña sonrisa asoma a sus labios.
—Stark y tú. Me alegro.
Me quedo de piedra.
—Yo… ¿qué? ¿Te alegras? ¿Cómo has…?
—Por favor —dice ella, sorbiendo por la nariz—. Lo conozco desde que era un crío. No puede ocultarme nada.
Yo me detengo, vacilante. Sé que Stark no está interesado en Noemi desde un punto de vista romántico, pero no sé si es recíproco.
—¿Y tú…? ¿Seguro que te parece bien? O sea, tú nunca… Tú no… Esto…
Ella saca algo en claro de mi absurdo balbuceo y alza una mano entre risas.
—Uf, no. Jamás ha habido nada entre nosotros. Una vez, de adolescentes, nos dimos un beso y casi nos caemos para atrás del asco. Fue como besar un zapato. Lo cierto es que me gustan las mujeres.
Hostia .
Lo mucho que me he torturado con su supuesta relación cuando podría habérselo preguntado sin más.
«Parece que tenías razón», le digo a Anassa de mala gana.
«Has ganado sabiduría en algunas cosas, pero no en otras», responde mi loba.
«Claro, y en ningún momento podías haberme dicho que no tenían interés el uno en el otro, ¿no? ¿Qué, demasiado cotilleo humano para tu gusto?».
Anassa permite que sienta su diversión.
«Nada de eso, simplemente me gustaba ver cómo le dabas vueltas. Estabas tan desquiciada que rozaba lo entrañable».
Perra sarnosa.
Le ofrezco la mano a Noemi y a ambas se nos borra la sonrisa al recordar que, al otro lado de la puerta, hay un rey sifón que exige la cabeza de ella por lo que ha hecho.
Interrumpiendo nuestros pensamientos, alguien llama a la puerta.
—Se acabó el tiempo —dice Lucien con esa voz tan cantarina como letal.
Con suerte estará abierto a solucionarlo de algún modo. Porque no pienso dejar que maten a Noemi por lo que ha hecho, independientemente de lo grave que haya sido su error.
Si Lucien quiere verla muerta, primero tendrá que pasar por encima de mi cadáver.