Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Gimo alrededor de su polla y se me cierran los ojos de placer y saciedad.

Me llena la boca y la abro aún más para permitir que la cabeza de su polla me roce el fondo de la garganta.

Me aparto y me la meto de nuevo, rápido.

Cuando entra a mayor profundidad, estoy a punto de atragantarme.

Él mueve ligeramente las caderas y me roza una vez más la garganta.

Me llena por completo y se me nubla la vista.

Gimo de nuevo, de manera profunda e incoherente.

Después me aparto succionando con fuerza, solo para bajar la cabeza de nuevo sobre él una y otra vez.

—Levántate.

Es una orden brusca pero controlada.

¿Qué? ¿No le gusta? Alejo la boca de él y me levanto poco a poco, insegura.

Tiene el rostro sonrojado y los ojos oscuros y rebosantes de promesas.

—Date la vuelta —dice a continuación, y mi cuerpo recuerda cuando seguí sus instrucciones en el bosque. Se me eriza la piel y obedezco, temblando de deseo.

Se oye el inconfundible susurro de una daga al salir de su vaina y no tengo ni un instante para procesar la confusión.

Un milisegundo después, se me sueltan de golpe todos los cordones de la espalda.

El cuchillo resuena al golpear la piedra arenosa a nuestros pies.

Acaba de cortarme el vestido, cercenando todos los lazos de un solo tajo.

Reprimo otro gemido ante la imagen y anhelo girarme de nuevo, pero espero su siguiente orden.

—Necesito estar dentro de ti —dice, con su aliento rozándome el cuello. Introduce los dedos ásperos en mi ropa interior y me la baja hasta los tobillos. Me esfuerzo por permanecer en pie, a pesar de que se me aflojan las rodillas con sus palabras—. Te has estado tomando el brebaje, ¿verdad?

—Sí, sí —me apresuro a responder. Nos aseguramos de coger suficiente cantidad del tónico anticonceptivo que tomamos todas antes del viaje. Solo por si acaso—. Entonces ¿me crees? ¿Estás convencido por fin de que estoy segura?

Me lame la nuca y se me escapa un jadeo.

—Te creeré cuando vea lo mojada que estás. Inclínate, princesa.

La brusquedad de su orden me enciende. Obedezco despacio, me llevo las manos a los tobillos y me ruborizo al pensar en lo que estará viendo: a mí desde atrás, desnuda, presentada para su placer, con mi entrepierna ardiendo por él.

—Muéstrame que estás preparada para mí.

Me recorre el interior de los muslos con las manos y se detiene justo antes de llegar al punto donde más lo necesito.

Es una tortura. Entre las piernas, observo cómo se arrodilla detrás de mí.

Me invade el placer cuando presiona la boca contra mí y me lame de delante hacia atrás, saboreando mi humedad.

Me arqueo y gimo, ya medio enajenada.

—Estás chorreando —murmura. El movimiento de sus labios y las vibraciones graves de su voz hacen que me tiemble todo. Lleva la boca a mi clítoris y gimo. Lo vuelvo a hacer cuando lo rodea con la lengua, provocándome con intensidad.

—E-espera —tartamudeo y se detiene en seco, aunque aún noto su aliento cálido contra mi piel sensible—. Necesito oírte decir que no me vas a destruir. Que no huirás de esto otra vez.

Me da un profundo beso entre las piernas y reprimo un suspiro.

—No voy a irme a ninguna parte.

A continuación, se levanta y me entran ganas de llorar al perder su calor de entre mis muslos.

Me coge del brazo con una fuerza exquisita y tira de mí para incorporarme.

Acerca la boca a mi oído y la calidez de su aliento hace que me recorra un escalofrío de pies a cabeza.

Me rodea con su cuerpo y su polla insistente me presiona la parte baja de la espalda.

—Pero sí que te voy a destruir, princesa. Voy a empezar ahora mismo. —Se me corta la respiración y se me afloja todo—. Date la vuelta.

Obedezco más rápido de lo que pienso. Me giro y me quedo frente a él, piel desnuda contra piel desnuda. Me fuerza a retroceder un poco más hasta que mi espalda queda contra el saliente rocoso y me empuja hasta que mi piel enrojecida toca la piedra fría.

—No voy a poder contenerme contigo, Meryn —me advierte.

Busca mi mirada en la creciente penumbra.

Alargo la mano y atraigo su boca hacia la mía a modo de respuesta, estampando los labios sobre su boca.

Cuando se aparta, jadeo. Me acaricia un pecho con una mano rugosa y me aprieta el pezón entre los dedos, lo que hace que me estremezca contra él.

—Joder. Me desatas, Meryn. Me haces perder el control.

—Bien —contesto con la voz marcada por el deseo—. Piérdelo. Muéstrame cómo eres cuando estás desatado.