Capítulo 35 #2
Meryn desliza la mirada hacia su muñeca y la mantiene ahí.
No soy el único que se da cuenta.
Lucien le agarra la mano con la sospecha reflejada en el semblante. De un rápido movimiento, le levanta la manga y deja expuesto el brazalete ante toda la mesa.
La sorpresa se apodera de la estancia de inmediato. Los astreonenses retroceden, apartan la mirada y huyen de Meryn como si tuviera la peste y no quisieran respirar el mismo aire que ella. Elias es la única excepción, el único de la corte que observa el brazalete en su muñeca.
Noemi, Venna y yo nos acercamos a ella.
Se produce un tenso momento de silencio seguido por un destello blanco.
Y veo un cuchillo en el cuello de Meryn. Un instante antes, Lucien estaba sentado a mi lado y, al siguiente, se yergue sobre Meryn y le apunta a la yugular con la daga, con los colmillos al descubierto y un brillo malévolo en la mirada.
Me levanto casi tan rápido como Lucien y saco el arma que llevaba escondida.
«¡Atención!», aviso a Cratos.
Lucien tiene una mirada depredadora.
Disimulaba bien con ese aire desenfadado que había adoptado, pero yo estaba esperando a que la criatura salvaje que habita en su interior emergiera. Por fin veo el auténtico peligro que acecha bajo esa apariencia aburrida y juguetona.
—¡Suéltala de inmediato! —espeto—. Mi huargo está de camino y, para él, los reyes tienen un sabor tan delicioso como cualquier otro.
Noemi y Venna también han sacado las armas, pero a Lucien no parece importarle que haya varios filos apuntándolo ni que se acerque un enorme huargo curtido en la batalla. Refuerza el agarre sobre Meryn y la inmoviliza contra la silla.
—Si la reina está aquí bajo el control de Alistair, supone un peligro para todos, incluido tú. Los brazaletes de sumisión le confieren a mi hermano un dominio absoluto sobre la mente de quien los lleva.
Eso no tiene ningún sentido. El brazalete de Meryn no parece funcionar así.
Mientras Lucien habla, Meryn curva la muñeca y coloca su propia daga en el ángulo apropiado.
Lucien se tensa cuando ella la presiona en su costado, justo entre las costillas, donde un simple empujón la haría atravesar órganos vitales.
Abre los ojos de par en par, pues no esperaba que Meryn le devolviera el golpe.
—Vaya puta mierda de diplomacia —espeta ella con el labio fruncido—. No soy una sumisa. Si no tuviera el control de mi propia mente, lo sabría. No sé qué hacía Alistair con esos brazaletes, pero el mío no funciona igual.
Lucien resopla.
—¿Lo sabrías ?
—Dice la verdad —intervengo.
—Killian puede influir sobre mis poderes, pero no sobre mi mente —responde Meryn con frialdad—. Puede absorber parte de mis poderes y acceder a los vínculos de manada.
Lucien se detiene y su ceño se disipa. A continuación, retrocede con elegancia.
La daga se aleja del cuello de Meryn y dejo caer la mía al instante. Percibo que el ritmo de Cratos se ralentiza en la distancia.
Lucien se sienta y todos los astreonenses lo siguen, aunque no sin mirarnos a los demás como si fuéramos nosotros los agresores.
Meryn levanta la mano y la baja de nuevo, mientras que Venna y Noemi regresan a sus asientos, igual que han hecho los sifones.
Yo no me muevo. Me quedo en pie junto a ella, todavía consumido por la rabia.
Cuando Lucien se sienta, la mira fijamente por unos segundos. Acto seguido, como si no acabara de amenazarla de muerte, dice con toda la calma:
—Nunca he visto un brazalete que actúe así. —La contempla de nuevo, reconsiderando sus ideas—. Tendré que consultarlo con nuestros bibliotecarios.
—Yo tengo otra pregunta —dice Meryn; vuelve a sentarse por fin, al igual que yo—.
En ese recuerdo, vuestro padre aparentaba unos cincuenta años.
El rey Cyril y, de hecho, todos los reyes anteriores en los que se ha alojado Alistair, parecen ser de mediana edad.
Pero tú tienes cientos de años y pareces joven. ¿Cómo funciona eso?
—En realidad, tengo mil años —dice con sarcasmo y se señala los aros que lleva en las orejas—. Nos ponemos uno cada cien años.
Me fijo y veo que lleva cinco en cada oreja, diez en total.
Elias lleva uno, así que debe de tener cien años. Ruby llevaba cuatro, por lo que son cuatrocientos años.
—Gracias por la clase de moda, pero ¿lo de envejecer? —pregunta Meryn.
Lucien se recuesta en su silla.
—El proceso de envejecimiento de los sifones es diferente del de los humanos, sí.
Envejeces al mismo ritmo hasta que llegas a la veintena y, después, se ralentiza drásticamente.
Sin embargo, nuestro aspecto depende mucho de la calidad de la sangre que bebemos.
Con sangre humana puedes mantenerte joven y hermoso para siempre.
Se señala su propia cara, que pide a gritos un puñetazo.
—Eso es debatible —farfulla Venna mientras come y él le lanza una mirada fulminante. Bueno saberlo: insultar su vanidad lo irrita enormemente.
—¿Y si no bebéis sangre humana? —insiste Meryn.
Lucien acaba apartando la mirada de Venna.
—Si bebes sangre animal de manera exclusiva, sí, envejeces.
La esperanza de vida seguirá siendo mayor que la de un humano, pero estarás más débil.
Mi padre era un asceta cuyo único placer era la autonegación.
En eso nunca nos entendimos. Supongo que los reyes nocturnianos hacían lo mismo para engañar al público.
Meryn respira hondo.
—Tenemos mucho que aprender sobre los poderes sifones.
Lucien le dirige otra mirada expresiva y seductora.
—Si tienes alguna pregunta, mis aposentos personales estarán siempre abiertos para ti, reina Meryn.
Un instinto territorial y furibundo se desata en mis entrañas.
La mirada burlona de Lucien se dirige hacia mí y amplía su sonrisa.
Espero que sus aposentos personales estén abiertos para mí también, porque pienso sacarle los ojos mientras duerme.
Seguirá vivo, pero no podrá volver a mirarla así ni una puta vez más.
Meryn ignora la insinuación.
—Vale, ya me has mostrado la verdad. ¿Qué me propones?
Lucien se inclina hacia delante, serio de nuevo.
—Nocturna y Astreona no tienen por qué ser enemigas. El auténtico enemigo es Alistair Brilloscuro y su vasallo Killian. Te propongo un alto el fuego permanente y que nuestras naciones se conviertan oficialmente en aliadas en la lucha contra él.
Meryn parpadea sin inmutarse.
Doy otro puñetazo sobre la mesa que hace que toda la estúpida y reluciente cristalería se tambalee de nuevo y Lucien arquea las cejas.
—¿Hay algo que quieras añadir, alfa? —pregunta con desidia.
—¿Eso es todo? ¿Un alto el fuego y convertirnos en aliados? Es básicamente lo mismo que nos dijo tu general en la frontera. Entonces ¿por qué cojones nos has hecho venir hasta aquí?
«Stark —me advierte Meryn—. Tenemos que escucharlo».
Lucien toma un sorbo de su licor dorado.
—Teníais que conocer Astreona en persona para poder creer que llevan años alimentándoos con mentiras. Además, quería ver a la reina con mis propios ojos y juzgarla, por supuesto.
Alarga demasiado la vocal de la palabra «ver». Es descarado, el cabrón. Nos fulminamos mutuamente con la mirada.
—Alfa Stark tiene razón —interviene Meryn con frialdad—. Me atrae la idea del alto el fuego y de convertirnos en aliados, pero esperaba más de ti. ¿Tienes algún plan para lidiar con tu hermano y su actual anfitrión?
Lucien apoya la cabeza en la palma de la mano con una expresión felina.
—Reina Meryn, si deseas algo más de mí, te prometo que soy muy generoso.
Antes de que pueda levantarme y partirle la cara, Meryn baja el brazo y me aprieta la rodilla con fuerza. Su contacto después de tanto tiempo despierta en mí un deseo irrefrenable e imposible.
«Ignóralo. Solo está jugando contigo».
«No, está jugando contigo y no lo soporto».
Meryn relaja el agarre de mi rodilla y quiero sostenerle la mano, agarrarla y abrazarla con fuerza.
«El rey Lucien está poniendo a prueba los límites como un niño malcriado. Si permites que te saque de quicio, solo tendrá más ganas de meterse contigo. Cálmate de una puta vez, Daemos, antes de que acabes provocando un conflicto diplomático».
—Eso que hacéis es adorable —dice Lucien con una nueva sonrisa de suficiencia—. Estáis hablando, ¿verdad? Lo sé porque no dejáis de miraros el uno al otro. No es tan sutil como pensáis.
Meryn clava en él una mirada cada vez más acerada.
—Tienes razón, no soy nada sutil. Lo que sí estoy es cada vez más irritada.
Las sombras de la estancia comienzan a ondular de nuevo. Parece que ha olvidado lo de no dejar que nos saque de quicio.
—¿Y bien? ¿Tienes algún plan o solo nos has hecho venir para juzgarme?
—continúa—. Porque mi país está al borde del colapso y preferiría estar allí lidiando con la cuestión del liderazgo en lugar de aquí , viéndote organizar combates de espadas por diversión o presenciando tus horribles orgías .
—Se le rompe la voz en la última palabra.
El salón se sume en el silencio.
Lucien se recuesta en su silla y muestra las puntas de los colmillos mientras sonríe ampliamente.
—Lamento oír que no te ha gustado. Tú eres mi plan, reina Meryn. Llevo años siendo un gobernante muy querido porque sé delegar.
Frunzo el ceño. ¿Qué intenta decir?
—Ve al grano —exige Meryn.
Lucien se endereza y dice:
—Si aceptas trabajar conmigo, te daré el control total de las fuerzas astreonenses. Estarán bajo tu mando.