Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

Stark

Sucede en un santiamén. Un instante, Meryn se coloca la corona dorada de Lucien sobre su cabello plateado. Al segundo, se desploma con el rostro marchito.

Me muero por dentro.

Salto de la silla en cuanto cae y sostengo su cuerpo. Su cabeza se apoya en mi regazo, pero ha estado muy cerca de estrellarse contra el suelo de piedra.

Joder . Me invade un pánico ardiente.

Se oyen chirridos de sillas cuando Venna y Noemi se levantan de un salto con las armas desenvainadas. Todos los astreonenses nos observan con aire ofendido.

Sostengo con fuerza los brazos inertes de Meryn.

«Está muerta —me grita mi cerebro—. Está muerta y es culpa tuya. No has podido protegerla, como tampoco pudiste proteger a Noemi».

«La has dejado morir pensando que eres un cobarde».

Pero… su cuerpo sigue caliente. Y su pecho sube y baja con las respiraciones lentas y constantes.

«Cratos, ¿Anassa está bien?», le pregunto a mi lobo.

Me confirma que están las dos bien y la tensión de mis músculos se relaja levemente. Es justo lo mismo que sucedió cuando se puso la corona de Hielormenta por primera vez.

Empiezo a respirar de nuevo. Joder, menos mal. Todavía tengo tiempo.

Las palabras que me dijo al atravesar la frontera han estado repitiéndose sin cesar en mi cabeza.

Sé lo que soy. Sé de qué soy capaz. Nunca he rehuido mi reputación; me enorgullece y me la gané a pulso a base de destruir mis partes más vulnerables.

Y esas palabras, «¿Cómo no vas a ser mi igual?», lo han desmoronado todo.

La idea de enturbiar su reinado, de corromper su capacidad para reinar de manera justa me ha estado atormentando. Pero… ¿y si su oscuridad no debe ser rechazada, sino domada?

¿Y si yo puedo ayudarla a domarla?

Lucien Brilloscuro nos mira con una sonrisa burlona. Verme así de aterrorizado… le ha hecho gracia . Cierro los dedos mientras considero la idea de borrarle esa expresión de un puñetazo.

—Más te vale que no tenga ni un puto cardenal en el cuerpo —siseo—. O habrá consecuencias.

Ni siquiera se estremece.

—¿Así que consecuencias? Sí, seguro que estás acostumbrado a repartirlas.

¿Sabes? Aquí también eres famoso, alfa Stark.

¿Debería haber consecuencias por todos los tatuajes que luces?

¿Por todas las vidas que has arrebatado a los míos?

¿Por el asesinato que cometiste justo después de atravesar la frontera?

¿Por las numerosas bajas que tu reina y tú causasteis antes del alto el fuego?

Frunzo el ceño y tiene la audacia de reír.

—Supongo que podemos considerar que todo eso son efectos secundarios de la guerra —espeta—. Pero no me das miedo, si eso es lo que esperas.

—No —respondo—. Ya supongo que no me tendrás miedo a mí, pero deberías tenérselo a ella. —Señalo a Meryn con la cabeza. El tono rojo de su vestido se parece demasiado al de la sangre derramada—. No tienes ni idea de lo que es capaz y, por tu bien, espero que nunca llegues a averiguarlo.

Es mentira. Me encantaría verla haciéndole estallar la cabeza.

Lucien aprieta los labios en una fina línea calculadora y mira a Meryn más de cerca, quien elige este preciso momento para removerse.

—Stark. —Traga saliva e intenta incorporarse, pero la sujeto con fuerza.

—Te has desplomado en cuanto te has puesto la corona de Lucien.

—Las palabras salen de manera mecánica, como si fuera el informe de un soldado a su comandante.

Sin embargo, por dentro estoy ardiendo —.

Tu cuerpo se ha quedado rígido antes de caer al suelo.

Te he atrapado antes de que te golpearas el cráneo contra la piedra, pero llevas varios minutos inconsciente.

—Estoy bien —se apresura a decirme. Me agarra del brazo y me aprieta con tanta fuerza que me duele—. Stark, estoy bien.

Le acaricio el cabello, enredo los dedos brevemente en él y tiro con suavidad. He sabido que estaba bien casi de inmediato y, aun así…, el alivio me invade como una ola.

—Levántame —gruñe Meryn—. Así parezco idiota.

La ayudo a incorporarse, envuelvo mi mano callosa alrededor de la suya y tiro de ella mientras me levanto.

Le tiemblan un poco las piernas. Su mano se mantiene sobre la mía mientras la acompaño de vuelta a su asiento.

Noemi y Venna nos observan con atención sin dejar de vigilar a los astreonenses. La tensión se palpa en el ambiente.

A Meryn le tiemblan levemente los dedos mientras se quita la corona de Lucien. Se gira hacia él y la deja caer sobre la mesa con un golpe seco.

Él solo sonríe con suficiencia. Una puta sonrisita más y le corto los labios. Puede que no me tenga miedo, pero seguro que es tan vanidoso que le aterraría ser feo.

Lucien se vuelve a colocar la corona sobre su perfecta cabellera rubio platino. Suspira al hacerlo, como si pesara.

—¿Qué era ese brazalete de la visión? —pregunta Meryn—. El que ha usado Alistair con esas personas.

Me tenso.

«¿Brazalete?».

«Igual que el mío», responde sombría.

Lucien se frota la corona con dos dedos, justo por encima de la oreja. Luego deja caer el brazo en su regazo.

—Mi hermano siempre ha sido el sifón más poderoso que he conocido.

Pero… —continúa con un pesado suspiro—. Para explicártelo, primero debes comprender que todos los sifones poseemos magia de sangre que nos permite crear sumisos, como he mencionado antes.

No es solo un intercambio de sangre; los humanos quedan atados a nosotros.

Se me revuelven las entrañas. Sabía que podían convertir humanos, pero ¿esto? ¿Atar a gente a ellos? Putos enfermos.

—Un intercambio —repite Meryn tranquilamente—. ¿En ambos sentidos?

—Sí, hay un intercambio recíproco. El sifón bebe sangre del humano y el humano del sifón. Solo un poco, no lo suficiente para convertirse.

Aprieto la mandíbula con tanta fuerza que empiezan a dolerme los dientes.

Lucien continúa:

—El vínculo otorga al sifón cierto control sobre el humano.

A diferencia de una ilusión mental, brinda la posibilidad de obligar al humano a hacer cosas.

Pero, como es evidente, tiene sus límites.

La conexión de sumisión requiere una renovación regular con intercambios de sangre fresca y se debilita notablemente con la distancia.

Se acerca aún más a Meryn. Su lenguaje corporal es relajado, pero su mirada es intensa. Como se acerque un poco más, tiraré la puta mesa entera por los aires.

—Y, lo más importante: la creación de un sumiso tradicionalmente requiere consentimiento por ambas partes.

Meryn entorna la mirada.

—Parece un trato estupendo para los sifones. ¿Qué ganan los humanos con este supuesto intercambio consensuado?

Yo me pregunto lo mismo.

—Sentidos agudizados —responde—. No al nivel de los poderes de los sifones, pero son capaces de moverse más rápido y de ver a mayor distancia. De saborear, oler y oír mejor. En especial, el tacto se agudiza, lo cual tiene aplicaciones particularmente interesantes para los humanos.

Su sonrisa adquiere un matiz afilado y el significado de sus palabras queda más que claro.

Mis ojos se dirigen con rapidez a Noemi al otro lado de la mesa.

Se ha puesto pálida, la repulsión se refleja en su semblante.

Sostiene el cuchillo de la cena con tanta fuerza que se le han puesto blancos los nudillos.

Está tan asqueada como yo y, por una vez, desearía que compartiéramos manada para saber cómo se encuentra.

—Entendido —contesta Meryn con rigidez.

Lucien se recuesta de nuevo con la mirada perdida.

—Por medio de la experimentación, Alistair descubrió que podía crear una joya que funcionaba como un vínculo de sumisión, pero sin los límites naturales.

Estos «brazaletes de sumisión» mantienen el poder de manera indefinida y permiten un control completo de la mente del humano sin importar la distancia.

Y los humanos no reciben ningún beneficio a cambio.

Meryn palidece al instante y se me hiela la sangre. Ambos sabemos lo que esto significa.

—La piedra que hay en el centro de cada brazalete se crea mezclando sangre humana con la de un sifón, pero como el humano no tiene que beber activamente la sangre sifona para establecer la conexión, permite la existencia de vínculos no consensuados.

Mientras el sifón pueda conseguir la sangre humana por el método que sea, puede crear un brazalete.

Meryn parece mareada.

«¿Tenía tu sangre?», pregunto con la sed de violencia corriendo por mis venas.

«A raudales —contesta con debilidad—. Siempre me estaba… atendiendo. Me limpiaba la sangre después de las peleas o del entrenamiento. Me curaba las heridas».

Necesito toda mi fuerza de voluntad para no saltar sobre Cratos y regresar a Nocturna para darle caza. Vamos a inventar nuevas formas de darle muerte a Killian Valtiere.

Las sombras empiezan a removerse en los límites de la estancia. Lucien desvía la mirada hacia ellas y la entorna con aire crítico.

«No es el momento, princesa», le digo a Meryn intentando disuadirla. Su poder está hirviendo, pero la persona a la que quiere dañar no está aquí».

Respira hondo y las sombras se retiran, pero se la ve destrozada.

«Fue desde el principio —susurra a través del vínculo—. Desde el principio de la relación».

Lucien coge la copa. Tras un largo trago, remueve el líquido dorado y continúa:

—Por supuesto, ese tipo de magia se prohibió de inmediato en toda Astreona por ser una abominación, una violación fundamental de la autonomía. Pero a Alistair no le importó. Continuó creando brazaletes de sumisión en secreto, lo que le costó finalmente el exilio.

Meryn parece incapaz de hablar.

—¿Sabéis quitarlos? —le pregunto con la voz tensa—. ¿Es posible?

Lucien niega con la cabeza.

—Solo puede quitarlos el creador. Si el portador consigue quitárselo de algún modo, muere. Es uno de los principales motivos por los que se prohibió este método.

La corrupción en nuestra magia, el modo en el que usa las sombras de Meryn; todo seguirá igual hasta que él muera. Joder . Al menos, no parece tener ningún poder de coerción sobre ella. Si lo tuviera, seguramente ya habría obligado a Meryn a acudir a su lado.