Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 34 #3
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Capítulo 34 #3

El rey hace una señal a sus guardias. Se desplazan como un borrón difuso ante mis ojos para reaparecer momentos después con más gente. Un grupo de hombres y mujeres rodean a Alistair, todos con expresión seria.

Los guardias dan un paso adelante y levantan las mangas de los recién llegados, dejando al descubierto los brazaletes que llevan todos: dorados con piedras preciosas rojas como la sangre en el centro.

Se me cae el alma a los pies mientras, como una oleada que tiñe todo de un temor carente de matices, mi horror se desborda ante esa visión.

Brazaletes de sumisión . Idénticos al brazalete de compromiso que llevo en la muñeca.

La escena continúa desarrollándose a pesar del miedo que me paraliza.

Lucien se echa atrás en su asiento como si quisiera poner espacio entre él y lo que está sucediendo.

Frunce el labio superior y podría jurar que comparte mi repulsión.

Todavía no soy consciente de todo lo que eso implica, pero la mirada de Lucien es una advertencia.

A Alistair se le descompone el semblante. Su fachada temblorosa y asustada se desvanece tan rápido como lo hizo la amabilidad de Killian. Se endereza y niega con la cabeza.

—Está bien. Me habéis pillado. Pero es por el bien de nuestro reino, Padre.

El rey levanta la mano abruptamente.

—No deseo escuchar tus mentiras. Has roto una de las leyes fundacionales de Astreona y, con ello, has demostrado de una vez por todas que no eres digno de portar el apellido real. Serás exiliado y tu hermano Lucien heredará mi trono.

Lucien se gira hacia su padre con los ojos abiertos en pánico.

—¡¿Qué?!

—¡No puedes hacerme esto! —brama Alistair—. ¡Soy tu heredero! ¡El primogénito! Esto es…

—¡Silencio! —grita el rey. Su voz resuena con violencia, se propaga rápido y luego impacta con fuerza sobre toda la estancia y provoca dolor—. Así serán las cosas. Alistair, no quiero volver a verte cerca de Brilloscuro jamás.

Alistair cierra los puños, preparando sus armas.

—Lamento que hayamos tenido que llegar a esto, Padre —entona y sus ojos azules brillan por un instante antes de que los cierre.

Parpadeo y a las personas que llevan el brazalete de sumisión se les ponen los ojos vidriosos, tiemblan y comienzan a convulsionar. En unos instantes, estallan en movimientos frenéticos y empiezan a atacar a todos los que tienen a su alcance.

Destellos de colmillos. Gritos. Los guardias apuntan a los cautivos con sus armas.

Lucien se levanta de un salto, contempla la escena con una mirada salvaje y se gira para proteger a su padre, el rey.

Pero llega demasiado tarde. Los sirvientes de su padre ya se han abalanzado hacia él con los brazaletes brillando en las muñecas. Uno de ellos consigue eludir a los guardias leales. Otro saca una larga daga y decapita de un solo golpe al rey, con el rostro inexpresivo.

Lucien llega hasta su padre en ese mismo instante y logra atrapar el cuerpo cuando se desploma por encima del trono, empapado en sangre. Aúlla de ira. A continuación, saca sus armas y ataca al sirviente que, por lo que entiendo, no ha actuado por voluntad propia.

Con un único movimiento fluido, Lucien recoge la corona de Astreona del suelo y se la coloca sobre la cabeza.

De repente, veo a una docena de Luciens, todos corriendo hacia delante con las espadas en alto persiguiendo a Alistair. Nunca había presenciado semejante magia sifona: ilusiones tan reales y vívidas, visibles para todos de modo simultáneo.

Me doy cuenta de que la corona debe de haber amplificado el poder de Lucien y me estremezco.

No soy la única sorprendida, los guardias y sirvientes bajo el control de Alistair se dispersan y gritan, confundidos por la convincente imagen de su príncipe atacándolos desde todos los costados.

Alistair ladra órdenes con las venas que cruzan su cara hinchadas mientras intenta mantener el control de su ejército reticente.

Por todas partes veo al auténtico Lucien masacrar a más sumisos de Alistair.

La velocidad de Lucien también parece potenciada por los poderes de la corona.

Se mueve tan rápido que apenas puedo distinguirlo.

Supera sus defensas con facilidad e interrumpe en seco un grito tras otro. La sangre empapa los suelos de mármol.

Alistair, frenético, convoca a más de sus sumisos para que se interpongan entre él y la línea de Luciens.

—No quieres esto, hermano —dice Alistair casi con amabilidad al tiempo que retrocede hacia la puerta—. Los dos sabemos que es demasiada responsabilidad para ti.

Ha vuelto a hacerse el humilde e incomprendido. Qué rápido cambia de una personalidad a otra.

—Tú estás hecho para una vida de lujos y placer —prosigue Alistair—. Dame la corona, deja que yo lleve esta carga.

Lucien clava la vista en su hermano directamente con una mirada fría como el hielo mientras acaba con otros dos sumisos.

—Ni hablar, sádico de mierda.

El rostro del primogénito se contrae en una mueca de rabia.

—Lo lamentarás, Lucien. Te prometo que recuperaré mi trono. Cueste lo que cueste.

Antes de que su hermano pueda alcanzarlo, Alistair se esfuma y desaparece por la puerta.