Capítulo 34 #2
—Sí, lo sé. —Quiero preguntar más, averiguar si posee más información sobre las Lágrimas que desconozcamos. Sin embargo, no es el momento adecuado para mostrarle a Lucien ningún tipo de debilidad—. Quería preguntarte qué pretendes con esto.
—Ya te lo he dicho —responde manteniendo el ofrecimiento en alto—. Voy a mostrarte lo que deseas saber.
Sigo sin confiar en Lucien. La magia de las piedras es antigua, al igual que él. Podría saber cómo usar su Lágrima contra mí. Pero su mirada es perspicaz. Se ha dado cuenta de lo mucho que anhelo obtener respuestas y sabe que voy a aceptar.
Así que dejo de resistirme. Levanto los brazos, me quito mi corona y se la paso a Stark para que la mantenga a salvo. A continuación, cojo la de Lucien. En cuanto el metal se posa sobre mi cabeza, me desplomo. Es como la primera vez que me puse mi corona, aunque algo menos violento y más difuso.
No soy capaz de distinguir tantos detalles como cuando vi a la reina Chiara, pero, a juzgar por la piedra clara y los muebles regios, estoy en una habitación del castillo de Astreona.
Me tambaleo levemente, floto fuera de mi piel hasta que vuelvo a acomodarme en mis huesos.
Mientras recupero el sentido, oigo un suave gemido detrás de mí.
Me giro pensando que podría haber alguien herido o moribundo, dispuesta a presenciar la impronta de alguna tragedia sucedida antaño. Pero no es dolor lo que oigo.
Me quedo boquiabierta y levanto las manos para ocultar la escena que estoy presenciando.
Estoy en una habitación lujosamente decorada, bañada por la luz suave y parpadeante de las velas.
Y Lucien se encuentra en pleno acto con otras tres personas en una cama de proporciones descomunales.
Hay una mujer a su izquierda, un hombre a su derecha y otra mujer entre sus piernas.
Están todos desnudos. Solo veo piel, cuerpos y sudor.
¿En serio ? Me entran ganas de gritar. El muy cabrón me ha transportado a presenciar una orgía .
¿Qué cojones le pasa?
Sabía que tenía razón con él. Me está tomando el pelo. Claro que lo hace. Tiene cientos de años y es probable que esté aburrido.
Me doy la vuelta y me cubro las mejillas acaloradas con las manos para intentar borrar todo lo que he visto y oído.
En cuanto me giro, la puerta que tengo delante se abre de repente y da un golpe tan fuerte contra la pared que rebota y traquetea.
Aparece una mujer de aspecto más mayor y cabello oscuro en la puerta.
—Tu pa… —Jadea y se echa hacia atrás como si le hubieran dado una bofetada. A continuación, se lleva una mano a la cara para protegerse del ataque visual como he hecho yo—. ¡Lucien! ¡Habrase visto!
Lucien se ríe en la cama mientras el hombre le da un beso en el cuello, sin inmutarse ante la repentina aparición de la mujer. Ella mantiene la mirada fija en el techo y suspira profundamente. Tengo la sospecha de que esto es algo habitual.
—El rey ha convocado una reunión de emergencia del consejo. Tienes que venir de inmediato.
—¿La habéis oído todos? —responde él con una sonrisita. Deja caer la cabeza atrás un breve instante antes de levantarla de nuevo—. Ha llegado la hora de correrse.
—Enseguida —dice una de las mujeres. La otra vuelve a colocar la boca entre las piernas de Lucien y obedece la orden con entusiasmo.
La mujer mayor se da por vencida y fulmina a Lucien con la mirada. Aprieta los puños y su cuidado peinado le tiembla contra las mejillas.
—Lucien, no tengo tiempo para frivolidades. Tu padre te necesita de inmediato; es sobre Alistair.
Lucien se incorpora de inmediato. Se le ha borrado la sonrisa. Sus compañeros de cama se quejan y se apartan de él. Su pecho sube y baja varias veces mientras mira a la mujer de la puerta. Acto seguido, se dispone a levantarse.
Maldigo en voz baja y aparto la mirada mientras él se viste a toda prisa, exhibiendo un cuerpo que, debo admitirlo, es digno de admiración. Sus compañeros han vuelto a lo suyo, indiferentes a su ausencia.
Agradezco dejarlos atrás mientras Lucien sigue el apresurado paso de la mujer por los pasillos. No intercambian ni una palabra en todo el camino hasta lo que parece una sala de audiencias con un trono en un extremo de la estancia.
No logro distinguir muchos detalles más allá de la imagen borrosa de los estandartes ondeando bajo la brisa desde un amplio balcón que se extiende a lo largo de la sala.
Hay un hombre sentado en el trono, flanqueado por guardias y sirvientes.
Lo distingo con mucha más nitidez que a su entorno, con el cabello rubio platino como el de Lucien y la misma corona en forma de rayos de sol que me ha traído a esta visión.
Parece más joven que Lucien. Si no fuera un sifón, diría que ronda los cincuenta y carece del encanto juguetón y felino del actual rey.
Este regente tiene una expresión seria. Es posible que esté enfadado, aunque no sabría decir si las profundas arrugas de su frente están siempre ahí, independientemente de su humor.
El rey, el padre de Lucien, no saluda a su hijo cuando llega. Lo observa mientras avanza hacia el trono para ocupar un asiento más bajo a su lado.
Sigo a Lucien y examino la tensa expresión de su rostro. Es la misma mirada que vi en sus ojos cuando me habló de la venganza de Alistair.
Seria, clara y penetrante. Se parece más a su severo padre cuando mira de esta manera.
Las puertas se abren de golpe una vez más.
Aparecen guardias ataviados con armaduras escuetas pero elegantes arrastrando a un hombre de aspecto desorientado.
Aquel cautivo se parece tanto a Killian que no puedo evitar retroceder.
Tiene sus mismos ojos dulces y engañosos, el mismo tono de cabello rubio y los mismos rasgos afilados. Se me revuelve el estómago.
Los guardias lo arrojan al suelo de piedra rosa pálido. Deja escapar un gemido por el impacto y permanece arrodillado con la cabeza levantada.
«A cuatro patas, perro», gruño para mis adentros.
—Ha habido una acusación muy grave contra ti, Alistair —dice el rey mirando a su hijo con frialdad. Si esa mirada estuviera dirigida a mí, me congelaría por completo—. Dicen que has estado creando brazaletes de sumisión.
Otra vez esa palabra. Sumisión .
Alistair mira a su padre con una fingida expresión de asombro.
—¿Qué…? ¡Padre! ¡Yo nunca haría algo tan abominable!
Se le rompe la voz. Se le llenan los ojos de lágrimas. Parece vulnerable y asustado. Sincero. Nadie diría que está mintiendo.