Capítulo 34
Meryn
No puedo apartar la mirada. Junto a mi horror instintivo, me invade una curiosidad brutal y morbosa. La mujer echa la cabeza hacia atrás, suspira con aparente placer y su expresión se transforma en una de éxtasis mientras Lucien bebe con avidez, sin dejar de mirarme con expresión divertida.
Alrededor de la mesa, los demás sifones empiezan a alimentarse de manera similar de los humanos que se han unido a ellos, con la misma naturalidad con la que nosotros cortaríamos un filete.
Sintar levanta la cabeza tras darse un festín con el cuello de su humana. Pasa la mano por la mejilla ensangrentada de la mujer y se relame los dedos con desidia. La humana ahora yace lánguida, desparramada en el regazo de Sintar.
El destino del que creíamos haberla salvado ahora se desarrolla de un modo mucho más humillante y público.
En teoría, no debería sorprendernos. Por supuesto que ya sabíamos que beben sangre.
Y durante el camino, Elias nos afirmó que muchos humanos participaban de manera voluntaria. Incluso la mujer del pueblo, técnicamente, decidió esto sobre otra forma de castigo.
Aun así, me arden las mejillas de ira y consternación.
Hay algo en toda esta situación que me parece irrespetuoso .
Mis amigos están de acuerdo. La silla de Stark chirría levemente como si hubiera estado a punto de levantarse y entrar en acción, pero hubiera logrado contenerse al recordar nuestra misión aquí.
Venna lleva la mano hacia el arma que tiene escondida, aunque mantiene una estudiada expresión neutral.
El rostro de Noemi ha perdido todo el color y observa al monarca con una mezcla de odio y repulsión.
Es evidente que el sifón que tiene al lado la fulmina con la mirada.
No puedo culparla. La mujer sentada sobre Lucien se sumerge cada vez más en una rendición eufórica, tanto que deja escapar un leve gemido. Es una escena lujuriosa y guarda un parecido inquietante con el espectáculo del rey Cyril mientras jugaba con su «compañera» en su regazo.
El aire se vuelve más cálido. Los sonidos de su deglución son… húmedos y perturbadores. Y, a medida que los humanos se rinden a lo que está sucediendo, todos empiezan a suspirar o a gemir levemente.
Me cuesta imaginar que algún día mi hermana pueda alimentarse de la misma manera.
De hecho, puede que ella y nuestro padre se estén alimentando justo así ahora mismo. Reprimo un escalofrío.
La mujer del regazo de Lucien jadea con suavidad cuando él retira los colmillos. Él se lleva la yema del pulgar a los labios y lo pasa por su boca ensangrentada, relamiéndose como si no quisiera desperdiciar ni una gota.
Sus ojos azules se desvían hacia mi plato de comida intacto.
—¿No te gusta la comida de tus anfitriones?
Está insinuando que yo soy la irrespetuosa, pero acaba de pasarse treinta segundos succionándole el cuello a una mujer delante de mí, ¿quién es él para hablar?
—No —le respondo con frialdad—. No confío en la comida.
Lucien se ríe.
—¿De verdad crees que le pediría a Elias que te trajera hasta aquí solo para envenenarte?
Sin esperar mi respuesta, pasa el brazo por encima de la mujer extasiada de su regazo y coge un trozo de carne de mi plato. Se recuesta en su silla y acerca la carne a los labios de la mujer, quien los separa y muerde.
Hago una mueca mientras mastica. Lucien me mira de nuevo y, al ver mi expresión asqueada, me muestra los colmillos en una sonrisa como si le pareciera divertido.
—¿Ves? La comida está bien.
Me inclino hacia delante y entorno la mirada.
—¿Has terminado ya con el espectáculo? Estoy preparada para hablar del motivo por el que me has hecho venir hasta aquí.
Lucien suspira y murmura algo entre dientes. A continuación, acaricia el brazo de la mujer y le dice:
—Puedes irte, ricura.
Ella le sonríe, inclina la cabeza y se levanta para marcharse, tambaleándose ligeramente. Cuando lo hace, los demás humanos la siguen. Se levantan todos al mismo tiempo y se alejan hacia la salida, algunos en línea más recta que otros.
En el otro extremo de la mesa, la humana se levanta y recoge su coraza y su espada con movimientos lentos e inseguros. Se me encogen las entrañas.
—¿Qué le pasará a ella? —pregunto en voz baja.
Lucien le quita importancia con un gesto de la mano.
—Ah, no le pasará nada. Dormirá y luego volverá a su lugar de residencia.
Me arden los ojos y empiezo a odiarlo con todas mis ganas.
Lucien se inclina hacia mí. Ya no sonríe. Muestra una mirada seria y despejada.
—Alistair Brilloscuro es mi hermano mayor; sin embargo, yo heredé el trono en su lugar y toda esta guerra es por venganza. Quiere conquistar Astreona y recuperar lo que cree que le pertenece por derecho de nacimiento.
Lo miro, boquiabierta, abrumada por las náuseas.
¿Me está diciendo que estos cinco siglos de guerra, las incontables vidas perdidas, las interminables horas de lágrimas derramadas y dolor y el conflicto que ha marcado toda la historia y cultura de Nocturna se deben a una disputa familiar por un tema de sucesión ? ¿Una mera riña entre hermanos?
Todos los sacrificios y el sufrimiento que ha soportado mi pueblo, el sistema de explotación y opresión que nuestros falsos reyes establecieron en torno al esfuerzo bélico…
¿Podría ser cierto? ¿Podría ser verdad que no fuera para proteger a Nocturna de los monstruos chupasangre?
Si Lucien dice la verdad, no éramos más que soldados de juguete desechables, peones en una guerra de poder entre dos inmortales a quienes no les importaba cuántos morían y vivían por ellos.
La conmoción recorre el vínculo de comunicación. Todos han oído las palabras de Lucien resonar en los techos abovedados. Todos lidian con la misma sensación de pérdida e ira.
—Decidme que no lo he oído bien —suplica Venna—. Seguro que no, que toda esta guerra no puede haberse debido a un motivo tan absurdo. —Su voz silencia las conversaciones en voz baja que mantienen los demás sifones.
Lucien la mira por encima de la mesa y algo en su mirada arde mientras la evalúa. ¿Va a regañarla por hablar fuera de turno? Deslizo la mano de nuevo hacia la daga, pero finalmente él dice:
—¿Qué es una guerra sino una insignificante batalla de egos?
—¿Cómo te atreves ? —espeto—. Puede que esto haya sido insignificante para ti , pero nosotros hemos perdido incontables vidas.
Gente que creía que sus seres queridos se estaban sacrificando por un bien mayor.
—No puedo pensar en mi padre. No puedo—.
¿Cómo esperas que me lo crea? Nos estás diciendo que toda nuestra historia, todo lo que conoce nuestro país, no es más que una mentira.
No una parte, sino todo . Pero sois vosotros quienes poseéis poderes de control mental, no nosotros.
Lucien apoya el codo sobre la mesa y descansa el rostro en la palma de la mano. Me observa con aburrimiento, como si fuera tonta.
—Sí, supongo que es cierto. Pero el sifón que ocupaba vuestro trono también tenía poderes de control mental, ¿verdad? ¿Por qué íbamos a usarlos contra vosotros?
Aprieto los labios. Sí…, Alistair usó magia de sangre y control mental para borrar la historia de mi linaje.
—¿Con qué fin nos acusas de usar nuestros poderes contra vosotros? —continúa—. ¿Crees que somos nosotros quienes os hemos mentido a lo largo de la historia? ¿O acaso piensas que estoy intentando engañarte ahora mismo?
Antes de que pueda articular palabra, el rey prosigue:
—Al igual que tus acusaciones sobre la posibilidad de veneno en la comida.
Creo que pronto descubrirás que manipular tu mente iría en contra de mis propósitos.
¿Por qué iba a traerte hasta aquí para convencerte de trabajar juntos si podía haber hecho que mis portaestandartes te alteraran la mente en la frontera?
Además, tengo la impresión de que no tenéis ni idea de cómo funciona el poder.
Se me olvida lo poco que sabéis los nocturnianos.
¿Se consideraría irrespetuoso que le clavara uno de estos elegantes tenedores en la mano?
—Ilumínanos —respondo con los dientes apretados.
Lucien hace una pausa. Aguardo. Si pretende ganarse nuestra confianza, tendrá que compartir información con nosotros por propia voluntad; información verídica. Tras un suspiro dramático, responde al fin:
—El tipo de poder en el que piensas, como el que Alistair demostró, requiere una fuerza mágica increíble y una reposición constante.
La mayoría de los sifones solo son capaces de crear ilusiones tan efímeras como el humo.
Sí, algunos tenemos cierta capacidad de control mental, pero solo sobre aquellos que están bajo sumisión o de quienes hemos bebido recientemente.
Sumisión . Esa palabra se me cuela en la cabeza como un parásito, metiéndose por debajo de la piel.
Le brillan los ojos con diversión y seguridad en sí mismo.
—Los espías que llevan años atravesando la frontera, por ejemplo. Los capturamos, bebemos de ellos, les alteramos los recuerdos y los enviamos felizmente de vuelta a vuestro país.
—Lo que has dicho antes…, ¿bajo sumisión?
—Una conexión única entre un sifón y un humano que requiere un intercambio de sangre por ambas partes.
Pero basta de teoría mágica. Entiendo por qué no quieres creerme, así que ¿por qué no dejas que te lo muestre ?
—propone Lucien—. Deja que te convenza de que estamos del mismo lado, Meryn Hielormenta.
Stark se inclina hacia mí con aire protector mientras Lucien se levanta la corona solar; brilla cuando la mueve hacia delante.
—Póntela —dice.
Observo la Lágrima de la corona. Parece idéntica a las dos que ya tengo: la de mi corona y la que lleva Saela colgada del cuello.
—¿Qué es esto?
—Seguro que eres consciente de que estas gemas poseen poder —comenta con una sonrisita.
Es una de las pocas cosas que he conseguido deducir hasta ahora. La corona parece potenciar mis poderes cuando la llevo puesta, al igual que el colgante de Saela. Es evidente que las Lágrimas tienen ciertas propiedades mágicas.
Pero Saela no tenía más información sobre ellas.