Fury Bound. Furia de lobo (Los lobos de la Ruina 2) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

—Ah, sí. Y como de costumbre, la reina ha traído a su protector.

Se produce una breve pausa durante la cual hace girar el dedo alrededor del borde de la copa. A continuación, se levanta, y la manera en que despliega su alta estatura y ejecuta una reverencia es deliberada. Lo tiene todo estudiado. Es meticuloso. Pero también es una reverencia lenta y superficial.

De nuevo, no sé si me están faltando al respeto.

Cuando se vuelve a erguir en toda su estatura, algo brilla en su corona. Entorno la mirada.

En el centro hay un ópalo parecido al del colgante de mi madre, el de mi corona y el del anillo de la suma sacerdotisa.

¿Otra Lágrima de Diosa?

El corazón me retumba en los oídos. ¿Qué significa que haya otra lágrima aquí en Astreona?

La sonrisa de Lucien no le llega a los ojos. Ni siquiera a la totalidad de sus labios. Sus rasgos no son demasiado expresivos.

—¿Por qué no vienes y te sientas a mi lado para que podamos hablar como es debido?

«Siéntate en el extremo opuesto de la mesa —me aconseja Stark a través del vínculo—. Marca tu posición como su igual».

Podría hacerlo, pero he venido a averiguar qué quiere Lucien, a oír lo que tiene que decir.

Será complicado hablar en privado con él teniendo en cuenta cómo rebota el sonido en los techos abovedados.

No quiero tener que gritarle que nuestros reinos llevan siglos intentando aniquilarse mutuamente ni rogarle que cesen las hostilidades.

Toco el brazo de Stark y tomo asiento junto a Lucien. El rey sifón parece complacido.

Sus numerosos pendientes brillan cuando se sienta y sus túnicas ondean alrededor de su esbelto cuerpo. Stark se sienta de inmediato bruscamente a mi otro lado, lo que me separa del resto de la corte sifona.

Cuando Venna y Noemi se han distribuido a lo largo de la mesa, Lucien hace una sutil señal a sus sirvientes, que abren una puerta al fondo del salón y permiten la entrada de dos figuras con armadura.

Stark salta de su silla, listo para protegerme.

—Es solo un poco de entretenimiento antes de la cena —dice Lucien con un tono tranquilizador y burlón al mismo tiempo—. Es una tradición que tenemos en la corte, no os preocupéis.

La armadura parece más ceremonial que práctica.

Corazas doradas, mangas de malla plateada que tintinean y terminan en el codo y yelmos relucientes.

Las guerreras desenvainan las espadas para saludar a su rey, quien aplaude educado.

El resto de la corte lo imita, así que doy una palmada antes de dejar caer las manos de nuevo en mi regazo.

Ninguna de las dos mujeres lleva casco. Entorno la mirada para observar con atención a la de menor estatura.

Jadeo. Es la humana del pueblo sifón, la que intentamos salvar. Cuando ve que la observo boquiabierta, se sonroja y agacha la cabeza.

—¿A qué estáis jugando? —le espeto a Lucien señalando a la mujer.

Él me mira y parpadea despacio.

—Murió un sifón. Fue culpa suya. Se negó a pagar y luego se resistió cuando el arrendador fue a cobrar. Tiene las manos manchadas de sangre.

Stark da un puñetazo sobre la mesa y una delicada copa de cristal cae y resuena contra un plato.

— Yo tengo las manos manchadas de sangre. Yo lo maté.

Lucien se encoge de hombros levemente.

—Y es una lástima que seas un representante diplomático de una nación extranjera. Pero ella es mi ciudadana, creció con nuestras leyes. Si no las hubiera roto repetidas veces, ese sifón seguiría con vida.

La boca me sabe a ceniza. Si no hubiéramos intervenido, no estaría aquí. Pero… ¿cómo podíamos quedarnos mirando lo que le estaban haciendo sin intentar impedirlo?

—¿Y vas a hacer que luchen a muerte para abrirte el apetito?

Lucien pone los ojos en blanco.

—No seas tan dramática, reina Meryn. Como he dicho, es un mero entretenimiento. Nadie tiene que morir esta noche. —Es inevitable leer el trasfondo—. Pudo elegir entre esto y la cárcel y optó luchar. Y ahora, si no os importa, me gustaría que comenzara el espectáculo.

Las dos mujeres se enfrentan mientras los sirvientes entran con bandejas de comida.

Los platos llegan con presentaciones elaboradas y coloridas.

No se parecen en nada a cualquier manjar que hubiera visto jamás, ni siquiera durante mis primeros días en el castillo.

Desprenden un aroma tentador y desconocido.

La intensidad de las especias impregna el aire.

Huele a cereales, carne y pescado junto con el dulce aroma de las frutas exóticas cortadas en rodajas y dispuestas simulando flores.

Veo tonos morados intensos, rojos apetitosos, amarillos pálidos y verdes profundos.

Pero mi mirada no deja de posarse en la humana a la que hemos condenado a esta humillación.

Los sirvientes colocan la comida frente a nosotros mientras comienza la batalla.

Es evidente que están acostumbrados a presenciar este tipo de entretenimiento durante las cenas, pues mantienen las manos firmes mientras sirven sopas frías y un líquido dorado y espeso con un fuerte olor a alcohol. Ignoran por completo los gruñidos de las combatientes y los choques de las espadas.

La humana resulta ser sorprendentemente fuerte, ataca con rapidez y obliga a su oponente a mantenerse a la defensiva.

Me cuesta mirar. He visto a luchadoras como ella antes, personas en apuros que han tenido mala suerte. Su velocidad denota desesperación.

Se abalanza aprovechando una abertura y está a punto de herir a la sifón, pero esta retrocede justo a tiempo. Sin embargo, su espada se engancha con la manga de su rival y corta la tela sin esfuerzo. El jirón de tela flota y cae lentamente al suelo.

Observo mientras la sifón avanza, primero recibe los golpes uno a uno y, de repente, aumenta cada vez más la velocidad.

—Los combatientes sifones deben dar a los humanos dos minutos de ventaja antes de empezar a usar sus poderes para igualar las probabilidades —explica Lucien con naturalidad—. Sintar es una de mis luchadoras favoritas.

Sintar ya no se contiene. La veo atacar a una velocidad insólita, sus movimientos son un torbellino que mis ojos no logran seguir.

Está obligando a la humana a retroceder hacia nosotros.

Algunos de los sifones del final de la mesa apartan las sillas y las combatientes se acercan a los límites marcados con tiza, a pocos metros de los comensales.

Se me forma un nudo en el estómago al ver la desigualdad entre ambas oponentes.

¿Se supone que esto es divertido? No hay competencia.

Pobre mujer. El rostro de su hijo aparece en mi mente, asustado y preocupado en su casa.

¿Quién cuida de él mientras su madre hace de entretenimiento para el rey?

Violencia por diversión. Me resulta demasiado familiar.

La humana cae de rodillas ante una maniobra de la sifón demasiado rápida para seguirla con la mirada. Me estremezco cuando Sintar la hace sangrar con dos cortes rápidos, uno en cada mejilla.

¿Hasta dónde van a dejar que llegue esto? Extiendo la mano hacia la daga, lista para desenvainar.

Sin embargo, cuando me dispongo a levantarme, el combate se detiene en el momento en que Sintar la hace sangrar por tercera vez con un fino tajo en el dorso de la mano que obliga a su rival a dejar caer la espada.

La humana levanta las palmas en señal de rendición.

La corte sifona aplaude de nuevo, algunos de ellos vitorean a la vencedora. Lucien parece complacido.

Me dan náuseas.

—Buen combate —dice el rey—. Esa humana ha durado más que la mayoría contra mi campeona.

Mientras habla, sale otra procesión de la puerta de los sirvientes, esta vez con las manos vacías.

Un puñado de hombres y mujeres hermosos, todos vestidos con prendas ínfimas y vaporosas que apenas dejan margen a la imaginación.

Entran en dos filas, una a cada lado de la mesa.

Una de las mujeres, una morena voluptuosa de párpados caídos, se acerca a Lucien y se sienta con elegancia en su regazo.

Él le recorre el muslo con la mano llena de anillos hasta llegar a la cadera.

Observo la escena con desconcierto y me pregunto si se trata de una extraña práctica sexual astreonense. ¿Puede que aquí sea normal que la gente celebre una o dos orgías antes de cenar para abrir el apetito?

Me giro y descubro que a la luchadora victoriosa, Sintar, le han ofrecido una silla en nuestra mesa.

Extrañamente, la oponente derrotada está sentada en el regazo de Sintar con las corazas retiradas y apartadas a un lado.

Sintar se ríe y charla con el sifón que tiene a su derecha mientras enreda los dedos con aire distraído en el cabello rubio de la humana acomodada sobre ella. La mujer tiene la mirada perdida.

Me supone un gran esfuerzo contenerme para no correr a su lado, quitársela del regazo a Sintar y alejarla de este castillo.

Lucien sonríe a su campeona a través de la larga mesa. Ella lo mira y él le dirige un asentimiento y levanta la copa en su honor.

—Disfruta de tus derechos como vencedora —proclama—. Bien hecho, Sintar.

La humana cierra los ojos y se mantiene inmóvil. Todavía le gotea sangre por la barbilla, que brota de los cortes en ambos lados del rostro.

Otro destello de lo que había visto con mi poder de clarividencia: sangre goteando por un cuello.

Observo paralizada y horrorizada cómo Sintar le levanta la mano herida y le limpia la herida con un lametón.

—Que aproveche —me dice Lucien en ese momento y clava sus profundos ojos azules en los míos con un brillo desafiante. Inclina la cabeza hacia la hermosa mujer que tiene sobre sus piernas y le clava los colmillos en el cuello.