Capítulo 33
Meryn
Me siento en la gloria al no estar cubierta de sudor y mugre por primera vez en una eternidad.
Los cuartos de baño son tan lujosos como el resto del castillo, así como la ropa que nos han proporcionado.
Las prendas son sorprendentemente diferentes de nuestros atuendos habituales, de una calidad tan fina que no puedo moverme por miedo a rasgar la delicada tela o arrancar una de las perlas que llevan cosidas.
A todas las mujeres del grupo nos han dado vestidos ligeros con intrincados cordones en la espalda, mangas largas y cuellos altos.
Debe de ser la moda de la corte, aunque me parece poco práctico con este tiempo.
Supongo que, si tienes el lujo de vivir en un castillo enorme diseñado para canalizar la brisa y puedes permitirte tener sirvientes que te abaniquen, no has de preocuparte por el calor.
Termino de arreglarme el pelo lo mejor que puedo mirándome en el espejo dorado de mi habitación. El rojo intenso del vestido es un color mucho más llamativo de lo que estoy acostumbrada a llevar. La tela me hace parecer que estoy en carne viva; desollada pero elegante.
Salgo de mi habitación y observo a mis compañeros.
Ver a Stark con ropa astreonense hace que me detenga en seco.
Lleva unos pantalones holgados y una túnica de una tela ligera parecida, todo en tonos azules.
Los pantalones son de un azul marino más oscuro, pero la parte de arriba es de un azul más claro, como el cielo en un día soleado.
El contraste entre el color llamativo y la profunda oscuridad de su mirada me hace tragar saliva.
La túnica es de manga larga y cuello alto y le cubre la mayor parte de los tatuajes, de manera que solo se le ven los de las manos y los de la parte superior del cuello.
Mi mente completa los faltantes sin mi permiso. Quiero trazar el recorrido de esos tatuajes que descienden hacia su pecho, se extienden sobre los abdominales y siguen más abajo…
Me giro de golpe y me meto en la habitación de Venna para ver si necesita ayuda.
Se está vistiendo a toda prisa para compensar el tiempo perdido, pues había estado ocupada husmeando por el castillo mientras los demás nos preparábamos.
Puede que los sifones del frente sean capaces de identificar a nuestros espías y confundir sus habilidades, pero es evidente que el ambiente es mucho más distendido al alejarse de Nocturna.
Sus habilidades de Kryptos la vuelven rápida e indetectable y ha aprovechado para trazar posibles rutas de escape.
Que sepamos, nadie la ha visto.
—Parece un simple castillo —dice Venna.
—Sí, ya lo había pensado. —Resoplo al recordar lo que había oculto bajo los cimientos de nuestro propio castillo. Si había algún secreto escondido por la magia sifona, ¿Venna se habría dado cuenta? ¿Se daría cuenta alguno de nosotros?
Me parece alarmante que nos hayamos acostumbrado al ligero aroma dulzón de su magia que impregna el aire continuamente. Ya ni lo noto.
—Pero hay guardias apostados en todas las salidas…, supuestamente por seguridad, aunque a mí me da la sensación de que es más por contención. Toma, Meryn.
Venna me toca el muslo, levanto la pierna y me subo la falda hasta la cadera. Se inclina y me ata a la pierna una funda con una daga.
Yo hago lo mismo por ella, deslizando la vaina de cuero sobre su piel.
Es fácil ocultar armas bajo faldas vaporosas, lo cual es bueno porque ni de coña vamos a ir desarmadas por completo. Está más que justificado que desconfiemos de nuestros anfitriones.
Siempre podría usar mi habilidad de tuercesombras si las cosas se complican… Pero casi confío más en mis cuchillos que en mi magia.
Regresamos a la sala principal cuando llaman a la puerta con fuerza e insistencia. Suspiro. Hasta sus golpes me suenan ofensivos.
—¿Preparados? —pregunto al resto del grupo para asegurarme.
—Todo lo preparados que podemos estar —responde Noemi.
—Sé que tengo tantas probabilidades como cualquiera de vosotros de cometer un error, pero intentaremos no entorpecer las negociaciones antes de saber qué van a proponernos —digo a regañadientes—.
Por mucho que nos entren ganas de dejar a un lado la prudencia y permitir que nuestros lobos se desenfrenen.
En ese momento, conecto mentalmente con Anassa, quien me transmite su apoyo.
«Buena suerte. Pero deberías permitir que me desenfrenara. Me arden los colmillos de ganas de destrozar a nuestros enemigos».
Tuerzo la boca. Miro a mi alrededor y veo claramente que todos están hablando también con sus huargos. Ojalá pudieran acompañarnos esta noche.
Saela me da un fuerte abrazo. Ella cenará en sus aposentos, pues las negociaciones políticas no son lugar para una niña, y menos aquellas que podrían desembocar en la violencia.
Friedrich —todavía me cuesta pensar en él como padre — se ha ofrecido a quedarse con ella. He intentado que no me doliera que Saela se haya mostrado tan entusiasmada.
Me alejo de mi hermana, abro la puerta y veo a un Felippe totalmente sereno. Si le molesta que le hayamos hecho esperar, no lo demuestra. Se mantiene tan erguido que, por un instante, me pregunto si tendrá una varilla metálica implantada quirúrgicamente en la columna.
—Buenas tardes. Se os convoca a una audiencia y cena con el rey Lucien.
«Convoca». Una oleada de irritación invade a todo el grupo.
Mientras tanto, Felippe nos observa y admira nuestra transformación de viajeros cansados a comensales listos para una cena real. Por su expresión burlona, es evidente que le parece insuficiente.
Seguimos su paso enérgico por los espléndidos pasillos del castillo. Venna lo mira con instinto asesino, como si quisiera arrancarle la varilla y clavársela en el ojo.
Nos guía a través de una serie de pasillos cada vez más ornamentados —cortinas de seda pintada que ondean con la brisa cálida, azulejos que relucen en multitud de estanques cristalinos, estatuas de aves de largas plumas alzando el vuelo en hornacinas de piedra— hasta que llegamos al comedor real.
Felippe inclina únicamente la cabeza mientras dos sirvientes abren las altas puertas de madera en perfecta sincronía.
El espacio que se revela ante nosotros es impresionante.
Techos altos y arqueados cubiertos de intrincados mosaicos que hacen que parezca que caminamos bajo el cielo estrellado con remolinos de pan de oro y constelaciones formadas por piedras preciosas.
En la pared del fondo, unos enormes ventanales ofrecen vistas panorámicas de la ciudad y del desierto desolado pero hermoso que se extiende más allá.
Ya hay varios miembros de la corte sifona sentados en la larga y oscura mesa de madera pulida repleta de vajilla y cristalería reluciente, incluido Elias, quien me dedica una sonrisa forzada en cuanto entramos en la estancia.
Todos brillan con joyas y ropa bordada. Es una imagen hermosa, como todos los sifones.
Y a la cabeza de la mesa…, el rey Lucien Brilloscuro.
Lo reconozco al instante, a pesar de que no se parece en nada a lo que esperaba.
Tiene la piel suave y pálida. Perfecta. Soy consciente de su longeva edad, pero no estaba preparada para lo joven que parece físicamente.
No parece mayor que Stark. Aparenta estar cerca de la treintena como máximo.
El cabello rubio platino le llega hasta los hombros y lo lleva recogido detrás de las orejas, cargadas de pendientes de oro.
Los mechones claros enmarcan un rostro de una simetría tan perfecta que no parece real.
Es imposible, como si un maestro escultor lo hubiera cincelado en mármol y hubiera suavizado sus rasgos con ambas manos a base de caricias: pómulos altos y afilados, labios carnosos y mandíbula fuerte.
Es hermoso hasta un extremo doloroso.
Lucien está acomodado con una elegancia relajada en una silla con una labra minuciosa, cuyo respaldo se inclina alrededor de la curva de sus hombros.
Una corona de oro reposa sobre su cabeza; se trata de una pieza formada por retorcidas púas metálicas de un aspecto tan bello como letal. Enmarcan su cara como rayos de sol.
Contengo la respiración. Es la corona que vi con mi poder de clarividencia cuando intentaba decidir si deberíamos aceptar o no la oferta de Ruby.
A pesar de que está sentado, la altura de Lucien es evidente. Un brazo descansa sobre la mesa frente a él y sus dedos, adornados con multitud de anillos, juguetean con el tallo de su copa. Tiene los hombros cubiertos por una tela negra como la noche con sutiles bordados dorados.
Negro. Una elección atrevida para una tierra de aparente sol eterno.
Es evidente que ha prestado mucha atención a su apariencia: la tela negra complementa su tez pálida, las joyas doradas resaltan su cabello rubio casi blanco y los anillos de sus dedos son pesados, pero tienen diseños variados para no sobrecargar la forma de sus largos dedos.
Sin embargo, nada de eso puede compararse con sus ojos.
Tienen un brillo familiar que me provoca un escalofrío. Son de un azul profundo y penetrante y, a pesar de la diferencia de tonalidad, mirarlos me lleva de vuelta de inmediato a los brazos de Killian.
Al menos, me doy cuenta de que los ojos de Lucien no fingen inocencia. A primera vista es evidente que es cínico y astuto.
Espero que no alargue la situación más de lo necesario, no estoy de humor para jueguecitos.
El rey Lucien posa la mirada sobre mí, echa la cabeza atrás y habla desde su asiento.
—Bienvenida. Llevo muchos años sin reunirme con una reina Hielormenta.
La referencia casual a la reina Chiara junto con el tonito divertido de su voz me provocan otro escalofrío. La conocía. Es probable que en persona.
Lo que para mí es historia antigua, para él son meros recuerdos.
Me concentro en la sutil presión de la daga contra mi muslo para tranquilizarme.
Antes de que pueda responder, Stark se interpone entre ambos e inclina el cuerpo como si se estuviera preparando para parar un golpe.
—Pues levantaos y recibidla como es debido —declara en tono cortante.
Lucien desvía la mirada con desidia hacia Stark y una sonrisa afilada se dibuja en su rostro.