Capítulo 32 #3
Venna baja de su huargo de un salto y se acerca a Saela para ayudarla a desmontar. Stark desciende de Cratos con la misma elegancia de siempre, pero ni siquiera eso logra distraerme. Me deslizo del lomo de Anassa y comparto con ella mi inquietud.
Ella gira la cabeza y me roza el pecho con el hocico.
«Estaré a un momento si me necesitas. Siempre».
La observo marchar con la mandíbula tensa.
Cratos se coloca junto a ella y roza su costado.
Sus colas se acarician al caminar. Al menos, se tienen el uno al otro.
¿Y yo? Stark ya está a mi lado, con los brazos cruzados sobre el pecho mientras observa al grupo de astreonenses como si los desafiase a darme un puñetazo.
Todavía desea protegerme… aunque no me desee. Suspiro.
Felippe nos guía a través de los ornamentados patios y pasillos, y no consigo sacarme de la cabeza la sensación de que, a pesar de que hemos venido voluntariamente, somos en esencia rehenes.
No importa lo bonito que sea todo. No importa que haya una cascada interior o que la arquitectura proyecte delicadas sombras y reflejos sobre el agua. Una cárcel también puede ser hermosa.
La actitud de los astreonenses sugiere que nos ven como curiosidades salvajes.
No me imagino lo que habrían pensado si nos hubiéramos presentado con nuestras pieles.
Unos instantes después, Felippe ratifica mis preocupaciones con un tono notablemente condescendiente, como si estuviera hablando con niños pequeños.
—Hemos hecho todo lo posible por preparar las habitaciones a vuestro gusto, pero estoy seguro de que las cosas son un poco diferentes aquí de aquello a lo que estáis acostumbrados en Nocturna. Aquí dormimos en camas, no en el bosque con nuestros animales.
Resoplo. Cuando miro a Stark, parece tan incrédulo como yo.
¿Qué putas historias habrán oído sobre nosotros?
Me planteo corregirlo, pero decido que no vale la pena el esfuerzo.
Estoy acostumbrada a ignorar la condescendencia, así que hago lo de siempre: recibo el golpe y lo guardo para después, por si necesito algo más de potencia para añadir a un ataque por mi parte.
Llegamos a un espacioso conjunto de habitaciones que han acondicionado para nuestro grupo.
Hay una amplia y lujosa zona común rodeada por dormitorios individuales.
Un enorme tragaluz rectangular baña con su luz las alfombras tejidas.
Disponemos de una pequeña piscina excavada en el suelo de piedra, en cuya superficie se refleja a la perfección el arco que da al balcón.
Distingo incluso una jofaina embellecida con azulejos muy elaborados.
—La distribución de las habitaciones será la siguiente —indica Felippe mientras desenrolla un pergamino—: En la primera se alojará Venna.
En la segunda, Noemi. —Pronuncia el nombre con mucha dificultad, le sale algo parecido a «Nummy»—.
En la tercera, eh…, Stark. Y las dos últimas serán para la reina Meryn Hielormenta y la princesa Saela respectivamente.
—Felippe se gira hacia mi padre, quien se ha mantenido en silencio desde que hemos llegado al castillo, y añade con desdén—: Puedes regresar a tu casa en la ciudad.
Mi padre hace una profunda reverencia y Saela deja escapar una exclamación de sorpresa. Me mira con los ojos suplicantes abiertos de par en par. Se lleva las manos al pecho y se las coloca sobre el corazón.
Nunca se me ha dado bien negarle a mi hermana algo que quiera. Y, para mi disgusto, me doy cuenta de que tampoco puedo negarle esto.
—Espera —digo a regañadientes. Mi padre se sobresalta y me mira—. ¿Puedes…? ¿Puedes quedarte? ¿Tienes disponibilidad para quedarte?
Abre y cierra la boca como un pez fuera del agua. Finalmente, dice:
—No tengo ninguna otra obligación ahora mismo.
Uf. Supongo que ya está decidido. Miro a Felippe y le digo:
—Mi padre se quedará en el castillo en calidad de emisario oficial entre nuestros reinos.
No puedo permitir que se marche. No puedo dejar que Saela sufra su ausencia sabiendo lo que siente.
—En ese caso, prepararé alojamiento para él también —responde Felippe—. Se os llamará para cenar más tarde. —Se dirige hacia la puerta y se detiene un instante antes de darse la vuelta—. Casi se me olvida preguntarlo. ¿Coméis carne cruda, al igual que vuestros animales?
Confirmado. Es un puto ignorante.
Stark aprieta los puños, pero antes de que pueda estallar como Cratos, interviene Noemi para terciar. La sonrisa que esboza no le llega a los ojos mientras explica:
—Comemos lo mismo que cualquier otro humano.
Enfatiza la palabra «humano» para destacar intencionalmente la distinción entre nosotros y los sifones.
La implicación es evidente: deberían atendernos como a cualquier invitado que no sea un chupasangre.
Eso asumiendo que alguna vez tengan a humanos como invitados y no solo como empleados sumisos o como bolsas de sangre medianamente voluntarias.
Felippe nos informa de que los sirvientes llegarán en una hora para ayudarnos a arreglarnos para la cena, y se marcha por fin.
En cuanto la puerta se cierra tras él, la máscara de cortesía de Venna se desvanece. Se gira hacia mí con un peculiar brillo en la mirada.
—Por favor, ¿puedo ir a espiar a estos capullos?